Noche de los cristales rotos LARGA DISTANCIA, #8
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LARGA DISTANCIA, #8

El asunto me intrigaba. Antes de viajar empaqué una tienda, algunos utensilios de camping y un libro.

No voy a jugar a las adivinanzas con usted, Olivera.

Se llamaba Cartas al castor y a algunos otros, editado por Edhasa.

Un ejemplar usado. Sartre y Beauvoir, como sabe, mantuvieron durante años una relación amorosa extramarital, y Sartre llamaba a Beauvoir “el castor”.

Yo llevaba el segundo tomo, con las cartas escritas entre 1940 y 1963.

Nunca lo había leído. Me pareció apropiado hacerlo mientras veía a los castores hacer de las suyas. Una excentricidad de policía retirado.

Aquella noche, cuando ya nevaba, Huber me preguntó si pensaba recorrer Ushuaia.

Se ofreció a suspender sus citas y oficiar de guía.

Al decirle que planeaba ir al lago Fagnano, sus ojos brillaron con un entusiasmo inesperado.

Conocía el lugar a la perfección y, de tanto en tanto, iba allí a cazar castores para despejar la cabeza.

Me mostró unas fotografías: él con un rifle al hombro, dos castores muertos a sus pies.

Parecían limpiapiés. Sin darme cuenta acepté embarcarme en una aventura silvestre.

Salimos temprano al día siguiente en su camioneta Chevrolet.

Por su indumentaria resultaba evidente que era un cazador experimentado.

Yo, en cambio, nunca había disparado contra nadie.

En mis años de policía apenas tiré al aire un par de veces.

No me hacía gracia disparar contra animales que no tenían la culpa de haber sido invitados por un gobierno estúpido.

El médico llevó un rifle para cada uno. Tras montar las tiendas, practicamos puntería con latas de cerveza.

Los daños eran visibles por todas partes: diques, árboles caídos, zonas enteras anegadas.

Parecía que una fuerza militar hubiera atravesado el lugar.

Huber explicó que casi todo el lago era argentino, aunque su desagüe estaba en Chile.

Algunos, dijo, creían que los castores cruzarían tarde o temprano y avanzarían hacia el norte.

Mencionó Chillán. El dato me impresionó por razones futboleras.

Al anochecer se nos acabaron las latas. El médico, algo ebrio, comenzó a disertar sobre castores como si fuera el capitán Ahab.

Me habló de su tamaño, de las especies, de sus hábitos semiacuáticos.

Los llamó ingenieros del ecosistema, máquinas perfectas de roer madera.

Un grandísimo hijo de puta, concluyó. En su mundo, Melville habría escrito una epopeya de castores conquistando América del Sur.

Acordamos salir temprano al día siguiente.

Tuve que llevarlo a su tienda, quitarle las botas y abrigarlo.

Lloró. Habló del Anschluss, de la humillación austríaca, como si se tratara de una herida personal.

Luego entendí que aludía, en realidad, a una ruptura reciente: su mujer se había ido con un guardaparques.

Me retiré a mi tienda y abrí Cartas al castor.

No soy un fisgón, Olivera, pero esas cartas permiten asomarse a la intimidad de dos intelectuales mayores.

Mientras leía, oía los dientes de los castores roer los árboles.

Salí con una linterna. No vi nada. Los oía moverse bajo el agua, como si el lugar estuviera habitado por fantasmas anfibios.

Más adelante encontré a uno limando sus incisivos contra un tronco.

Medía cerca de un metro. La cola parecía un fuelle.

Sin saber por qué, comencé a leer en voz alta una carta de 1941.

El castor se detuvo. Seguí leyendo. El animal se volvió y me miró.

Tenía una expresión extraña, atenta, como la de un niño escuchando un cuento.

Leí durante horas, fragmentos desordenados, y cada vez que terminaba el castor se pasaba las patas por la cara, como ordenando ideas.

Amanecía cuando terminé la última carta, de 1952.

El castor se alejó lentamente y se sumergió en el agua. Lo oí chapotear un momento más.

Me quedé allí, con el libro entre las manos, mirando un dique a lo lejos.

Detrás de mí, Huber se levantó y puso agua a calentar.

Me preguntó qué leía. Filosofía, le dije.

Hizo un gesto de fastidio. Le dije entonces que tenía un dolor insoportable de muelas.

A su pesar, empacamos y regresamos a Ushuaia.

Yo no iba a disparar contra un animal capaz de apreciar El ser y la nada, Olivera. Imagínese.

Ah, el mundial de 1986 es otra cosa. El gol a los ingleses puedo relatárselo de memoria.

Cierre los ojos, Olivera. Minuto 55. Maradona pisa la pelota y arranca por la derecha.

Se la toca a Burruchaga, que se la devuelve y ese gesto, simple, basta para inscribirlo para siempre en el libro de oro del fútbol mundial.

Avanza Maradona y deja atrás a Hoddle, Reid, Butcher, Fenwick y a Shilton.

Gol de Argentina en el Estadio Azteca, recinto, que a propósito de lo que hemos estado conversando debe ser uno de los más terroríficos que existan.

Imagínese usted un estadio que lleva el nombre de una civilización que aplicaba una serie de sacrificios humanos conforme a un calendario estricto que incluía extracciones de corazón, decapitación, despeñamiento desde un templo, en fin.

Cualquier lugar donde entran más de cien mil personas apiñadas me resulta terrorífico.

Un centro de exterminio, Olivera, un centro de exterminio.

Bastaría cerrar las puertas y dejar caer un par de lacrimógenas para que se desaten estampidas feroces buscando la salida.

En cuestión de segundos, los cuerpos comenzarían a atropellarse, a morir asfixiados bajo los pies de los que buscan desesperado el final de esos pasillos.

Una noche soñé que todos los campeones del mundo de 1986 morían en campos de concentración.

Pumpido moría en Dachau. Brown, Giusti y Enrique en Birkenau.

Valdano en Buchenwald. Olarticoechea en Bergen-Belsen.

Cuciuffo en Chelmno. Ruggeri y Burruchaga en Belzec.

Batista moría, en realidad, en el guetto de Varsovia.

Maradona moría en Auschwitz. En el sueño, Valdano era un oberkapo, desde luego.

Bilardo, en cambio, era un científico loco que había huido a Estados Unidos.

Deje de hacer lo que esté haciendo, Olivera, esto hay que entenderlo bien.

Cierre los ojos. El asunto es este. Imagine un edificio construido en forma de anillo, ¿bien?

En el centro hay una torre con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo.

La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa todo el ancho de la construcción, ¿lo tiene?

En realidad, tienen dos ventanas, una que da hacia el interior, correspondiente a las ventanas de la torre y otra que da al exterior y que permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra.

Imagine ahora que colocamos a un vigilante en la torre central y encerramos en cada celda a una persona.

Por efecto de la contraluz, es posible percibir desde la torre recortándose sobre la luz, las siluetas de los prisioneros.

Cada uno de ellos está permanentemente visible e individualizado, es decir, siempre bajo vigilancia.

Esa sensación permanente de sentirse bajo escrutinio les conmina a comportarse de cierta forma y a evitar otras conductas.

Imagine luego que el vigilante cierra las persianas.

Mejor aún, imagine que decide un día ausentarse de sus funciones.

Los vigilados no podrían tener nunca la certeza de si están siendo observados o no, un ojo insomne podría espiarlos oculto detrás de las cortinas y de ese modo se verían forzados a regular sus comportamientos.

Siempre que pongo los pies sobre un estadio, Olivera, me imagino que alguien erige una torre en medio de la cancha, justo al centro de esos edificios circulares.

¿Cree que estoy exagerando, Olivera? Déjeme contarle una historia.

1964, en Lima. En el estadio Nacional están jugando los seleccionados de Perú y Argentina buscando una plaza en los Juegos Olímpicos de Tokio.

El estadio está repleto con casi cincuenta mil espectadores.

Hasta el minuto 84 todo es predecible. Argentina está ganando uno a cero.

Perú anota el gol del empate, pero es anulado por un árbitro uruguayo, Ángel Eduardo Pazos.

Hasta ahí, pensado, con mayor cuidado, todo sigue siendo predecible, es decir, un gol contra Argentina anulado por un uruguayo a pocos minutos para el final.

Nada fuera de lo común. El mundo fue y será una porquería.

El asunto es que, de pronto, un fanático peruano salta a la cancha y las emprende contra el árbitro y luego, supongo, lo siguen algunos más.

Los policías peruanos reciben la orden de disparar bombas lacrimógenas para calmar los ánimos y los asistentes enardecen.

En cuestión de minutos, la nube tóxica no solo cubre a la cancha, hacia donde se dirigen los primeros cartuchos, sino que también envuelven a las tribunas que se han vuelto un cenicero gigante.

La gente, tosiendo y lagrimeando, comienza a abalanzarse hacia los pasillos que llevan a la salida.

En estas circunstancias, un estadio puede transformarse en un laberinto inexpugnable.

Miles de personas avanzan atropelladamente, casi a ciegas, como si intentaran huir de una cámara de gas.

Para colmo de males, tres de las seis puertas de salida –que son como cortinas metálicas de una tienda– están cerradas porque el personal del estadio ha recibido la orden de ponerles candado para evitar así que otros interesados intenten entrar a las tribunas,

pues están repletas y no resisten si quiera un alfiler.

Se forma una estampida y en sus intentos por escapar del humo, y de los primeros disparos que comienzan a escucharse, ya no hay ninguna clase de cuidado y algunos desesperados comienzan a pasar sobre otros que quedan arrojados en el piso.

Parece una estampida de búfalos en un acantilado.

Cuando al final abren las puertas, la cuestión no termina y las correrías siguen en las calles de los alrededores donde la policía continúa disparando a mansalva.

Al final, mueren más de trescientas personas, incluidos tres uniformados y tres perros policiales.

Hay más de quinientos heridos, ¿no le parece, Olivera, ¿que en el asunto se mezclan una serie de elementos que convierten a todos esos espectadores en vidas desechables?

¿no le parece que hubo algo de lager nazi en el estadio nacional de Lima esa tarde de 1964?

¿no le parece que, de cierta forma, cualquier estadio de fútbol puede convertirse, en el momento menos pensando, en un campo de exterminio?

A propósito, ¿sabe cuál era la capacidad de una cámara de gas promedio?