Noche de los cristales rotos LARGA DISTANCIA, #7
38%

LARGA DISTANCIA, #7

Ahora, Racing Club ganó siete, sí, me escuchó bien, siete torneos consecutivos de primera división del fútbol argentino, entre 1913 y 1919, además de haber ganado una Copa Libertadores en 1967 y ser el primer equipo argentino en ganar la Copa Intercontinental, el mismo año.

Se la ganó al Celtic, de Escocia, un equipo que por entonces hacía de las suyas en Europa.

En esa época, la Intercontinental se jugaba en partidos de ida y vuelta y hubo que jugar un partido decisivo en el Estadio Centenario, en Montevideo.

Ganamos con gol de Juan Carlos Cárdenas.

Bueno, no voy a aburrirlo. El asunto es que para entonces yo me puse a pensar que, tal vez, el nazi podía esquivar clásicos de mayor resonancia y por eso comencé a aventurarme a ver partidos menos concurridos.

Me dije, bueno, tal vez el nazi no ha leído a Poe y no tiene idea de cartas robadas y, en lugar de exponerse, trata de pasar desapercibido en partidos de baja estopa.

Recorrí Argentina entera viendo partidos de mala muerte y después de que terminé con los incontables clásicos de la Argentina –usted ni siquiera se imagina la cantidad de clásicos que hay en mi país: cuando se trata de fútbol, todo el mundo se la tiene jurada a alguien más,

desde la cuna– seguí con Chile.

Por esos días me alojé en un hotelito del centro de Santiago.

No tenía casi nada en los bolsillos y un día me entretuve viendo TV en el vestíbulo.

Había un concurso de dobles. No recuerdo ya de quién, probablemente de Sandro o de Julio Iglesias.

Lo importante era que estaban promocionando que al día siguiente elegirían al doble de Rambo.

A mí siempre me han encontrado parecido a Sylvester Stallone y pensé que era una buena oportunidad para sacarle provecho a la semejanza.

Con la poca guita que me quedaba compré un pantalón militar en un persa de Santiago, una camiseta negra y un pañuelo rojo para atármelo en la cabeza.

Al día siguiente, desde muy temprano, estaba en las dependencias de la Televisión Nacional de Chile haciendo fila con una treintena de alfeñiques que seguramente se estaban muriendo de hambre y por eso se jugaban una última carta.

Estaban dispuestos a humillarse por hacerle una finta al hambre.

Me bastó un vistazo rápido para darme cuenta de que apenas media docena podría hacerme frente.

Algunos habían llevado consigo metralletas de juguete.

Si me pregunta a mí, a los transeúntes no debió resultarles divertido encontrarse con esos tipos cargando metralletas, aunque fueran de mentira, en plena dictadura.

Al cabo de media hora, un productor de anteojos y chaleco sin mangas salió y les indicó a tres cuartas partes de la fila que podían irse de regreso a sus casas o donde ellos quisieran y los demás entramos al canal, donde nos condujeron a unos vestuarios que parecían bodegas de útiles de aseo.

El procedimiento del concurso era sencillo.

Cada uno de los dobles salía al escenario y respondía algunas preguntas idiotas del animador, mientras comparaban nuestro rostro con el de Stallone.

Yo necesitaba ganar y me presté para el espectáculo haciendo flexiones de brazos sobre el plató.

En esa época yo estaba en muy buena forma.

Estuve a punto de ganar, pero no me fui con las manos vacías, claro que no, Olivera, y no hablo de cualquier premio de consuelo.

La historia es difícil de creer. Por llegar en segundo lugar me regalaron un calefón.

Sí, como lo oye, un calefón, uno de esos aparatos que calientan el agua.

Eran regalos que, según entiendo, eran frecuentes en la TV chilena.

Lo tomé y me encaminé hacia la salida pensando que podía venderlo para conseguir algo de plata y prolongar mi estadía en Santiago, pero algo me detuvo.

No me pregunté qué, el instinto policial probablemente.

Me dije que estaba precisamente en un lugar que debía estar repleto de cintas de video.

Hice un par de preguntas y me encaminé hacia unas bodegas donde almacenaban los archivos audiovisuales de la Televisión Nacional de Chile que, para entonces, debía llevar más de veinte años de funcionamiento.

Me recibió un tipo de delantal azul al que le hizo gracia verme llegar disfrazado de Rambo y con un calefón en la mano.

Me hice el gracioso y le pregunté si podía hacerme un favor.

Yo sabía que ese canal había transmitido el partido de la final del 78 y le pregunté al empleado si podía conseguirme una copia.

Expliqué que me gustaban los comentarios de Pedro Carcuro, un periodista deportivo del que hemos escuchado al otro lado de la cordillera.

Me dijo que no podía, pero después de hablar un rato conseguí que me hiciera una copia en un Betamax.

Entonces, no recuerdo de qué forma, comenzamos a hablar de las dictaduras de Chile y Argentina y, en algún momento, me atreví a comentar sobre los nazis que vagaban por este continente y le conté, como si fuera una leyenda urbana, la historia del hijo de puta que viajaba filmando películas,

y al chileno se le iluminaron los ojos y me llevó hasta otro lugar de la bodega, un cuartito estrecho tapiado de anaqueles con cintas de video.

Allí, encendió un televisor y un equipo Sony reproductor de video.

Yo me senté y él se quedó de pie, fumando, aunque seguramente eso debía estar prohibido en un sitio como ese.

No podía creer lo que estaba viendo, Olivera, era un video de una sesión de tortura de algún sitio de Chile.

Cuando terminó, al cabo de diez o quince minutos, lo primero que hice fue preguntarle si había más videos como ese, intentando disimular mi desconcierto.

Me dijo que había trajinado el archivo pero que nunca había encontrado nada más, de hecho, esa cinta la había encontrado casualmente y no sabía de dónde había salido.

Era la primera vez que la compartía con alguien.

Varias veces había estado a punto de deshacerse de ella.

Como es obvio, yo no podía irme de ese lugar sin la cinta y le pedí que me la diera.

El chileno no dudó mucho. De cierta forma, el video le incomodaba.

Entonces cambió de tema. Comenzó a hablarme de que en su casa se habían quedado sin calefón y llevaban un par de días duchándose con agua helada.

No hizo falta que dijera nada más. Un trato justo.

Volví dos o tres días después para preguntarle si había encontrado algo más, pero me dijo que no y, en realidad, después de ese día se volvió algo distante.

Después regresé a Argentina y me reuní con algunas de las personas que también le han contactado a usted.

No podían creerlo. Lloraron. Sabían del rumor de la existencia de las cintas, pero no tenían la certeza de que hubiesen existido de verdad o de que, en caso de haber existido, aún estuvieran intactas algunas de ellas.

Fue como encontrar el oasis del desierto.

Desde entonces supimos que el asunto no era un espejismo y yo viajé con más expectativas que nunca.

He dedicado mi vida a esta búsqueda incierta, Olivera, y solo he encontrado un par de videocasetes.

No se olvide del bloqueador, Olivera. Seguro tendremos tiempo para darnos un buen chapuzón en la piscina del hotel.

Elegí un hotelito con piscina; ni modo, en Bolivia no hay playas.

Me imagino una pileta enorme, de agua limpia y azulejos blancos.

Piense que, si al final cumplimos nuestro cometido, podríamos descansar allí para siempre, tendidos en una reposera.

Encontré uno de los videos en Ushuaia, en la Patagonia argentina, en 1985.

En ese viaje viví una de las experiencias más curiosas que me ha tocado vivir.

Lo de la cinta fue, en apariencia, un asunto sencillo.

Un médico descendiente de austríacos, de apellido Huber, la había recibido de manos de un conocido cuyo nombre prefirió no revelar.

Según creí entender, un militar chileno retirado, residente en Punta Arenas, se la había entregado a un empresario maderero argentino, amigo del médico.

Huber me la pasó sin aspavientos y me permitió verla sin volumen en un televisor de su cuarto de estar, mientras él bebía whisky y atizaba el fuego de la chimenea.

Afuera hacía un frío sucio y las nubes parecían algodones manchados.

Cuando terminé de ver la cinta, no quiso saber más del asunto.

Me explicó que aquel VHS le incomodaba desde hacía tiempo, que desde que había llegado a sus manos su vida se había vuelto un estropicio.

Creía que la cinta cargaba con una especie de maldición.

No dio más explicaciones. Hablamos, en cambio, de fútbol.

De lo bien que se proyectaba la aventura de la selección argentina rumbo al Mundial de México.

Lamentó que Austria no hubiera clasificado; de otro modo –confesó– habría viajado.

México le parecía un destino irresistible.

Yo, por mi parte, había decidido no volver de inmediato a Buenos Aires.

Tenía planeado un viaje hasta el lago Fagnano para echar un vistazo a los castores que, según se comentaba, estaban devastando el paisaje patagónico. Sí, Olivera: castores, como oyó.

La historia de cómo llegaron los castores a Tierra del Fuego merece, aunque sea, un breve desvío.

En 1946, el gobierno argentino resolvió diversificar la fauna fueguina e impulsar la industria peletera en la zona austral.

Para ello importaron desde Canadá veinte parejas de castores, que viajaron en avión y fueron liberados en Isla Grande.

Hay un video, francamente cómico, en el que puede verse a los animales descendiendo ordenadamente de sus jaulas, como turistas que llegan a un destino exótico.

Con el tiempo se descubrió que su piel no servía para sostener industria alguna y los castores fueron abandonados a su suerte.

Buena suerte, en todo caso: la isla era un paraíso sin depredadores naturales.

En pocas décadas se multiplicaron hasta convertirse en decenas de miles.

Algunos llegaron a decir que su presencia equivalía a dejar caer una bomba en la Patagonia.

Había visto en revistas y noticiarios los estragos: bosques inundados, árboles tumbados, cursos de agua desviados.

Un solo castor puede derribar cientos de árboles al año, con la misma facilidad con que un hombre se hurgaría los dientes.

No lo hacen por gusto: si no liman sus incisivos, estos crecen hasta matarlos.

Para colmo, los árboles fueguinos no resisten el anegamiento como los canadienses y terminan pudriéndose mientras los animales levantan diques sin remordimiento alguno.