LARGA DISTANCIA, #6
El Hernando Siles de La Paz, un campo de concentración a más de tres mil seiscientos metros de altura.
El Atanasio Girardot, en Medellín, un campo de exterminio y de trabajos forzados.
El Estadio Nacional de Lima. El estado Olímpico de Atahualpa, otro campo de exterminio.
Todos Olivera, ninguno de salva, no existe uno solo de esos lugares que no me haga temblar y, francamente, me cuesta entender que al resto no le suceda lo mismo.
Todas las escenas del crimen idénticas, Olivera, todas.
Los pobres diablos, a veces pibitos, completamente desnudos o vestidos solo con la remera de River toda cubierta de sangre.
Una vez pensé que era la camiseta de recambio porque estaba toda manchada de rojo, pero era la remera típica, la de la banda sangre.
En fin, todas las víctimas amarradas de manos y pies, la mayoría de las veces con cordones de zapatos, pero otras veces con alambre.
Apuñalados, quemados con cigarrillo, orinados.
Aunque usted no lo crea, ninguno de esos ineptos se había dado la molestia de atar el cabo de que todos esos indefensos eran judíos, digo, ni siquiera se molestaron en leer las fichas.
Me obsesioné, Olivera. Tomé esas fotografías y las pegué con imanes en la puerta de mi refrigerador.
Cada vez que comía algo las miraba, ¿usted cree que alguna vez una mujer hubiese tolerado eso, mirar esos cadáveres cada vez que va a sacar un bife del freezer?
¿Le gusta el cine, Olivera? ¿Ha visto la película Quién quiere ser John Malkovich?
Para resumirla, diré que es la historia de un sujeto, un artista callejero, que descubre casualmente un pasadizo que lleva directamente hasta la mente de John Malkovich, un actor y director de cine estadounidense al que, seguramente, usted debió haber visto en un par de filmes.
El artista y otros rufianes encuentran el modo de lucrar con el descubrimiento, ganándose unos mangos con la gente que quiere echar un vistazo en la mente de Malkovich.
El asunto es que una vez soñé que me ocurría algo semejante.
Yo encontraba, en un edificio viejo de Buenos Aires, un entrepiso que llevaba directamente hasta la mente de Carlos Bilardo, de modo que si mi sueño hubiese sido una película bien podría haberse llamado Quién quiere ser Carlos Bilardo.
En fin, yo entraba a la mente de Carlos Bilardo que era un piso lleno de puertas y al abrir las puertas descubría toda clase de objetos y situaciones extrañas.
Por ejemplo, una de las habitaciones estaba atestada de maniquíes con la forma de César Luis Menotti.
Detrás de otra de las puertas, el mismísimo Menotti, semidesnudo, era sometido a una tortura medieval: estaba atado a una mesa desde las muñecas y las piernas sujetas a una rueda que giraba para extender sus extremidades.
Después, entraba a otra habitación en la que había tan solo una cama perfectamente tendida.
Me sentaba en ella y por pura curiosidad levantaba la almohada, debajo de la cual me encontraba nada menos que un muñequito vudú con la efigie de Menotti, flacuchento, de cabello largo hecho con un ovillo de lana y un cigarrillo diminuto que pendía de su boca.
En fin, en la mente de Bilardo había muchas habitaciones disponibles para Menotti, pero también había espacio para Maradona y Caniggia y un desfile incansable de futbolistas,
periodistas y hasta de narcotraficantes colombianos y estadios de fútbol en llamas que no se derrumbaban nunca y del que salían fanáticos envueltos en fuego, gritando su pasión.
En algún momento del sueño, me subía a un avión junto a Bilardo.
Quedábamos en la misma fila, Bilardo hacia la ventanilla.
Mientras mirábamos hacia el exterior, yo le preguntaba cómo creía él que era el Cielo.
Bilardo sin dudar, dijo que era un rectángulo de césped, largo, tal vez interminable.
El Cielo era una cancha, reluciente, rodeada de galerías repletas de gente que vitoreaba y entonaba cantos lindos hasta el final de los tiempos, hasta el pitazo final, diríamos.
Tal vez, decía Bilardo, hay trompetas y coros angelicales y los mejores jugadores de todos los tiempos juegan sobre ese césped perfectamente mantenido.
Lo miraba y sonreía, y él también reía, pero solo un momento.
Después se ponía muy serio y decía que, en cambio, el infierno era una canchita diminuta, con las medidas reglamentarias mínimas o aún más pequeñas que lo que dicta el reglamento.
Un campo húmedo y caluroso, un poco como esas canchas incómodas del Brasil profundo o de Colombia.
Más bien, como algún campo perdido en lo más recóndito de África.
Sin pasto, desde luego, solo barro y maleza, rodeada de fotógrafos y cables de micrófonos que estorbaban para cobrar los lanzamientos de esquina, también de energúmenos que querían entrar a la cancha a darle trompadas al árbitro.
El infierno, según Bilardo, era como un cuadro de El Bosco.
¿Ha visto El jardín de las delicias, de El Bosco?
Así mismo era la cancha del Infierno, según Bilardo.
Entonces, le preguntaba yo qué jugadores hacían de las suyas en el infierno.
Sujetos malos para el fútbol, decía Bilardo que en ningún momento apartaba la mirada de las nubes que veía a través de la ventanilla.
Ni siquiera lo distraía la turbulencia. Cómo quiénes, quise saber, y Bilardo estuvo un largo rato dándome una lista de condenados, entre los cuales sobraban los alemanes, los rusos y los italianos.
En mi sueño, Bilardo había leído la Divina Comedia, porque entonces comenzó a nombrar a algunos futbolistas y los anillos del infierno a los que serían condenados.
Me habló de los jugadores lujuriosos, entre los cuales mencionó a Paolo Maldini y también a los glotones, entre los que nombró a Fabio Cannavaro, y a los avaros, donde inscribió a Lothar Matthäus.
También añadió los jugadores iracundos y tristes, y los herejes y los fraudulentos (acá omitió mencionar a los argentinos que debieron ser muchos, él incluido desde luego; pero en cambio, enumeró una generosa lista de jugadores uruguayos y paraguayos,
también de algunos chilenos que jugaron las eliminatorias y el Mundial de 1982) y los violentos, como Paolo Montero y Gennaro Gattuso, y también mencionó a un par de nombres condenados a permanecer sumergidos debajo de un lago congelado.
Añadió que, de vez, en cuando, sobre la cancha del infierno se dejaba caer huracanes y torbellinos, piedras desde las tribunas y, sobre todo, lluvia de granizo.
Le preguntaba entonces a Bilardo dónde iba a jugar Maradona.
Por primera vez giró para mirarme y dijo: “En el cielo, dónde más iba a jugar Diego. Qué clase de pregunta es esa, Zárate”.
¿Y si Maradona fuera al Infierno?, quise saber y Bilardo dijo que, en ese caso, no tenía inconvenientes en ir a dirigir con zunga y bloqueador desde el borde de un campo húmedo y caluroso.
Luego nos quedábamos en silencio y en algún momento, a lo lejos, nos pareció ver un campo de fútbol, un rectángulo verde en todo caso, oculto detrás de las nubes, a diez o doce kilómetros de altura, sostenido sobre nada, flotando.
Bilardo llamaba a la azafata para preguntarle en qué sitio estábamos o tal vez para pedirle un vaso de whisky o para solicitar que lo dejarán ahí, entre esas nubes blancas que parecían algodones de azúcar, pero se arrepintió y simplemente se quedó embobado,
mirando la cancha celestial hasta que el avión la dejó atrás y entonces se reclinó a dormir con una sonrisa complacida, no sin antes advertirme de que solo lo despertara cuando aterrizáramos. A su manera, fue un lindo sueño.
Ese día, cuando Argentina le ganó la final de la Copa del mundo, en 1978, a un par de cuadras del estadio, en la Escuela de Mecánica Armada, centenares de argentinos estaban sufriendo los peores apremios que usted pueda imaginarse.
Eso incluye a mujeres embarazadas que eran engañadas sobre el futuro destino de sus hijos.
¿Saben qué hacían esos mal nacidos? Les hacían escribir cartas a sus papás para hacerles albergar la esperanza de que sus bebés serían entregados a los abuelos ¿Puede creer que exista gente tan miserable?
A la misma hora en que Videla le entregaba la Copa del mundo a Passarela centenares de personas estaban siendo torturados.
¿Me va a decir usted a mí que eso no tiene que darme vergüenza?
Por el culo tienen que haberle metido a la Pantera Rosa la copa del Mundo.
Si usted lo piensa cuidadosamente, hay algo en la indumentaria que se usa en el fútbol que recuerda a la disciplina de los campos de concentración.
Para empezar, todos los equipos usan casaquillas de colores distintos y cuando estas coinciden, o se asemejan en algún sentido, deben utilizarse camisetas de recambio.
Olimpia, usted lo sabe bien, juega con camiseta blanca con una franja negra sobre el pecho, pero cuando se enfrenta a un equipo de tricota similar, debe utilizar una camiseta que invierte esos colores: camiseta negra, franja blanca.
Además, todas las remeras lucen en el pecho, habitualmente del lado izquierdo, una insignia.
Más aún, es frecuente que los relatores de fútbol, para no redundar en sus relatos, hagan referencia a los equipos utilizando los colores que visten.
Así, por ejemplo, Real Madrid es el equipo merengue, mientras que el Barcelona es el equipo blaugrana, o el Inter de Milán son los nerazurri o el Inter de Portoalegre son los colorados.
¿Me va a decir que no sabía que Hugo Boss amasó buena parte de su fortuna fabricando los uniformes que llevaban esos hijos de puta?
Decir que encontré el video es inexacto, en realidad.
El video me encontró a mí. Suena cursi, pero es cierto.
Era 1983. Para entonces, yo llevaba cuatro o cinco años viajando.
Estaba en Chile porque había viajado en mi camioneta a ver un partido entre Santiago Morning y Magallanes, dos equipos que, seguramente, usted no conocerá.
Magallanes se llama así en honor al navegante que descubrió el estrecho que permite navegar desde el océano Atlántico al pacífico, cuando se llamaba Mar del Sur.
Ese equipo, por el que yo tengo simpatía porque su camiseta luce parecida a la de Racing, tiene el mérito de haber ganado los tres primeros campeonatos de la historia del fútbol chileno.