Noche de los cristales rotos LARGA DISTANCIA, #5
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LARGA DISTANCIA, #5

¿No les parece hermoso?, preguntó y se quedó mirándome de reojo, con expresión de éxtasis, como si quisiera bajarse las bombachas allí mismo o chuparme la pija. Hija de puta.

Solo entonces miré a mi alrededor y lo entendí todo, Olivera.

Yo estaba paralizado. Estábamos en octubre y entendí que, ese 9 de noviembre, iban a actuar contra distintas tiendas judías de Buenos Aires, empezando por La Boca.

Esos sujetos estaban realmente desquiciados.

No se trataba de un arrebato ni de una provocación aislada: estaban organizando algo, un programa metódico, una noche de fuego y vidrieras rotas en distintos puntos de la ciudad.

Entendí que esas veladas eran habituales, pero que aquella era distinta, porque estaban preparando el operativo.

En fin, estaba amaneciendo cuando fui a mi casa, mi verdadera casa, quiero decir, en Avellaneda.

Llevaba meses sin aparecerme por allí. Tal vez fue temerario.

Tal vez alguien me siguió y encendió las alertas.

Qué sé yo. Me afeité, me cambié ropa. Estaba excitado, pero tranquilo.

Pensaba que ya estaba, que lo había resuelto.

Pensé que tenía tiempo y estuve a punto de ir al cementerio a contarle a mi abuelo.

Finalmente, enfilé hacia la comisaría. ¿Estás seguro?

, me preguntaron. Qué si estoy seguro, vi al nazi con mis propios ojos le dije, estuve allí.

Un anciano que dan ganas de cagarse en los pantalones.

¿Cómo?, me preguntaron, ¿un ancianito de cuento que da miedo?

Tiene ojos de demonio, dije. Me miraron con expresión de duda y uno de ellos me dijo que le arrojara el aliento.

¿No fumaste nada, Zárate? Mirá que los tiempos no están para que hagamos el ridículo.

Fuimos con patrulleros, pero para entonces ya no había nada, excepto cristales rotos desparramados por el piso.

Habían roto todas las ventanas. Un mar de vidrio.

Años más tarde leí un versículo del Apocalipsis que dice: “Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego”.

Lo único que permanecía era el gallinero, con todas sus ocupantes, picoteando la tierra revuelta de plumas y maíz.

Y la pelota sucia de mierda. Deambulé en vano por el lugar.

No quedaba nada. Cuando volví a salir, algunos hijos de puta, compañeros míos, se permitieron burlarse de mí imitando la onomatopeya aviar.

Otros se aguantaban la risa. Abrieron el corral y fueron sacando las gallinas una por una, llamándolas por los apellidos que le colgaban del pescuezo.

Uno de ellos me tiró la pelota y me preguntó si quería jugar a los truquitos.

Me abalancé sobre él culpándolo de que había dado aviso.

No sé si fue él, pero alguno de esos hijos de puta debió hacerlo.

De qué otro modo podrían haberse enterado, Olivera, dígamelo usted, que es un policía moderno.

Ya nadie se acuerda de los crímenes, Olivera. Yo, en cambio, no voy a olvidarme nunca.

En la Glorieta de Quique, el Carnicero, conocí a un pibe muy especial.

Le decían Mantecol porque era muy aficionado al dulce aquel.

Donde quiera que usted lo viera, llevaba consigo uno de esos turroncitos de pasta de maní y almíbar.

Tenía los bolsillos llenos de envases vacíos arrugados, como si fueran billetes viejos.

Mantecol tenía dos particularidades que, combinadas, resultaban muy hilarantes.

Por un lado, era un eximio conocedor de batallas de la Segunda Guerra Mundial.

Por otro, tenía el sueño de convertirse en relator de fútbol.

Cuando iba a la cancha llevaba siempre una pequeña radio diminuta pegada a la oreja, como si se tratara de una prótesis.

¿No adivina, Olivera? Mantecol se sentaba en las bermas de la calle o en alguna esquina y comenzaba a relatar las batallas de la Segunda Guerra Mundial como si fueran partidos de fútbol a cambio de alguna moneda.

Apenas conseguía lo suficiente, el pibito iba al quiosco y compraba su dosis de turrón.

Tenía toda la dentadura cariada, la cara llena de espinillas.

Iba encaminándose tranquilamente a una diabetes.

La mayoría de las personas que se topaban con él debía creer que solo hablaba incoherencias, pero los datos que recitaba Mantecol eran rigurosamente ciertos, desde las fechas, hasta los nombres de los generales involucrados y el número de bajas de cada banda en las batallas.

Nos hicimos buenos amigos. O algo parecido.

Una vez le pedí que me relatara el Desembarco de Normandía.

Estuve tres horas escuchando las maniobras militares como si fueran un partido de fútbol.

En el relato de Mantecol, los soldados bajando de los ferris y yendo hacia la orilla de la playa parecían como el ataque de Holanda del 74.

Los alemanes, en cambio, parecían la reserva de algún equipito de tercera categoría.

Una vez fui a su casa. La mamá de Mantecol era costurera y solía coser banderas de Boca.

El papá era chófer de un camión que repartía refrescos.

Un borracho que no estaba nunca en casa.

Mantecol me pidió que lo acompañara a su pieza.

Un cuchitril. Me llamó la atención que estaba lleno de cuadernitos llenos de garabatos y croquis.

Le hablo de centenares de cuadernitos de notas, acribillados con reglones con la letra torcida del pibito.

Supongo que eran nombres de tiendas de Buenos Aires que utilizaba para amenizar sus relatos deportivos, como hacen en la radio.

Debajo de la cama tenía lleno de envases de dulces.

Mantecol tenía casi treinta años, pero la edad mental de un pibe de catorce.

Sé que está dato no va a servirle de nada a usted, pero a mí me hacía recordar a Benjy, un personaje de Faulkner de su novela El ruido y la furia.

Por algún motivo, no recuerdo exactamente por qué, comenzamos a hablar de la Batalla de las Termópilas.

Tal vez le propuse que me hiciera un relato de la batalla como si fuera un partido.

Le prometí que iba a regalarle un ejemplar de Heródoto donde habla de aquel asunto.

Mantecol estuvo especialmente interesado en Efialtes.

Me pidió que le repitiera la historia una y otra vez.

Una y otra vez. Yo le contaba que los espartanos estaban montaron una defensa espectacular y Mantecol homologó enseguida con un equipo que se repliega sobre su propio arco para evitar que vulneren a su arquero.

Me dijo que los espartanos contaban con buena defensa: Gatti, Pernía, Tesare, Mouzo y Tarantini.

¿Y los persas? Le pregunté quiénes eran los persas.

Los gallinas, me dijo. Buen pibe, Mantecol.

Después de toda esta mierda ya no volví a verlo y lo lamento.

Para mí, un estadio de fútbol es un lugar terrorífico.

Un lugar habitado por fantasmas. Tal vez por eso me gustan cuando están llenos, es un modo de espantar los temores.

Un modo de tantear el interruptor en la pared y encender la luz en una habitación oscura.

Créame, conozco muchos estadios de fútbol y no hay ninguno que no me haya causado miedo cuando me tocó visitarlos sin público en las gradas.

Todos esos pasillos y recovecos de concreto son sitios en los que podría cometerse crímenes atroces y nadie se enteraría.

Piénselo, son lugares que, de cierta forma, se prestan para el encierro y la vigilancia, una especie de panóptico, ese edificio de los que habla Foucault.

Especialmente La Bombonera, ahora que lo pienso.

Cuando estoy en un estadio de fútbol tengo, casi siempre, la sensación de que estoy en un campo de concentración o en un lugar sobre el que podría levantarse un campo de concentración.

Y eso me asusta. Lo que me asusta es que esos cretinos a los que los oí planear erigir campos de concentración en todos los estadios de fútbol de Argentina no estaban, en el fondo, tan equivocados.

¿No ha tenido, Olivera, cuando va al supermercado, al aeropuerto o al estadio la sensación de estar entrando a un campo de concentración, en todo caso a un lugar donde algunos de sus derechos podrían quedar suspendidos?

, ¿un lugar al que es acarreado como si fuera una especie de cordero que será sacrificado?

Es, como dice Agamben, el estado de excepción vuelto regla.

No se preocupe, Olivera, no voy a preguntarle si ha leído a Foucault o a Agamben.

Tengo clarísimo que los policías no leen siquiera Condorito.

Todos, Olivera, todos los estadios me causan miedo.

Ahora, no sé exactamente por qué, pero uno de los estadios que más terror me causa es, probablemente, uno de los más inofensivos.

Es el sitio en donde hace de local Gimnasia y Esgrima de la Plata, en la Plata, provincia de Buenos Aires, probablemente porque está rodeado de un parque lleno de árboles añosos, por eso le llaman El Bosque.

Digo, ¿cómo podría no causarme miedo un estadio que está rodeado de árboles, un estadio que tiene al alcance un lugar que podría ser un buen escondite para toda clase de rufianes?

Yo, al menos, no puedo dejar de pensar en la guarida del lobo, el Führerhauptquartier Wolfsschanze, el nombre clave de uno de los mayores cuarteles de Hitler.

Era un complejo con casi cincuenta búnkeres, rodeado de campos minados y alambres de púas en un tupido bosque que tenía hasta central eléctrica.

Pues yo me digo, a veces, Olivera, que la guarida de Hitler pudo estar perfectamente en el bosquecillo que rodea al estadio en que juega Gimnasia y, por eso, cada vez que piso ese estadio, yo no veo el partido y a lo único a lo que me dedico es a perder mi mirada entre el follaje,

imaginando que alguien yace oculto en algún búnker planeando alguna marranada mientras nosotros disfrutamos de un partido de fútbol.

El Estadio Nacional de Santiago es, por razones obvias, un lugar terrorífico, ¿se imagina usted un estadio que funcionó como centro de detención de prisioneros políticos?

¿Se imagina usted esas galerías con miles de detenidos convidándose las pitadas de un cigarrillo, mal abrigados, mientras unos tipos con ametralladoras se pasean entre ellos como zorros buscando una gallina apropiada?

Ahora, el Centenario de Uruguay también es un lugar terrorífico con ese túnel interminable que lleva a los jugadores hasta el campo de juego y que, perfectamente, podría ser el camino que lleva a alguien a un matadero.

De su país, el Defensores del Chaco también es como una casita de horror.

Ninguno se salva, Olivera, no hay ningún estadio que a mí no me dé escalofríos.

El Monumental de River, un campamento de concentración descomunal.