LARGA DISTANCIA, #4
Al día siguiente que me lo hice, cuando desperté con resaca, me quería morir, pero sin ese tatuaje yo no hubiese entendido nunca el modo de operar de los criminales.
Al día siguiente, por la noche, mientras yo deambulaba por la Boca, me tomaron por la espalda y me subieron a un Fiat 128, verde.
No me olvidaré nunca de eso. Acto seguido me cubrieron la cabeza con una bolsa de nylon.
Apretaron despacio detrás de la nuca. Quedate tranquilito pibe, me dijeron.
No te va a pasar nada. No te resistás. Dimos un par de vueltas enloquecidas, como si fuéramos a bordo de uno de esos carros chocadores de los parques de entretenimientos.
Se detuvieron al cabo de veinte minutos, pero tuve la sensación de que en lugar de alejarnos habíamos dado vueltas y vueltas para permanecer en el mismo lugar, como si nos estuviera succionando un agujero negro.
Eso me hizo dudar de que quisieran lastimarme.
Me bajaron sin quitarme la bolsa, pero yo lograba ver a través de ella.
Llegamos a un patio donde la tierra estaba sucia de aceite de auto.
Me quitaron de encima la bolsa y entonces vi algo que nunca he olvidado.
Un detalle trivial, absurdo, Olivera, usted va a creer que estoy bromeando, pero estoy hablando muy en serio.
Había un gallinero. Tal como oyó. Un gallinero enorme, como si estuviéramos en una granja.
Sobre el cercado del gallinero alguien había clavado un cartel de madera en el que habían escrito con pintura roja MONUMENTAL DE NÚÑEZ.
Uno de los sujetos pasó junto al corral y agitó la alambrada y las gallinas cacarearon y volaron de un lado a otro, como si un zorro estuviese merodeando.
Decenas de plumas quedaron suspendidas. Debía haber cuarenta, tal vez cincuenta avecitas de corral.
Reparé en que la mayoría eran blancas y le habían pintado una banda roja a la altura del buche.
Todas las gallinitas tenían la banda sangre.
Uno de ellos hurgó en un tarro lleno de maíz y les arrojó un puñado e imitó la onomatopeya de las gallinas.
Dentro del corral había una pelota de cuero, desinflada y sucia de mierda.
Para entonces yo intuía que el propósito del paseo no era matarme, así es que me relajé y me acerqué al gallinero.
Soy un curioso incorregible, Olivera. Me di cuenta de que todas las aves tenían unos cartoncitos que les colgaban del cogote.
Y no me va a creer. Sobre cada uno de ellos estaba escrito el apellido de algún jugador de River.
No pude evitar que me diera risa. Cómo no iba a morirme de la risa.
Algún hijo de puta se había dado el tiempo de bautizar a cada una de las gallinas.
Uno de los pibes me explicó que, a veces, abrían el corral y las dejaban pasear por el patio para que estiraran las patas.
Le tiraban la pelota, pero las gallinas —me dijo— no dan pie con bola, igual que en Núñez.
Se cagan nomás, todo el día, las gallinas se cagan todo el día.
Igual que en Núñez, repitió alguien más.
Alcancé a leer los nombres de algunas gallinas.
Labruna, Ferreyra, Peucelle, Loustau, Moreno, Pedernera, Carrizo, Vairo, Rossi, Prado, Sívori, Onega, Artime, Delém, Más, Varacka, Cubillas, Matosas, Barisio, Morete, Alonso.
Dentro del corral, todos esos próceres de River eran gallinas dando aletazos ciegos.
Me tomé un par de minutos viendo el gallinero.
Sucede que no imaginé nunca que dentro de la casa iba a encontrarme con el espectáculo que vería más tarde.
Hasta entonces yo pensaba que iba a ser sometido a alguna especie de ridículo ritual de iniciación.
Supuse, estúpidamente, que iban a hacerme degollar a alguna gallina y dibujar un pentagrama invertido y me harían prestar juramento de lealtad a los xeneizes.
Alguna estupidez de esa clase. Pensé que la riña de la noche anterior me había granjeado simpatías y que me permitirían acceder a círculos más íntimos de la Doce.
Imaginé que me iban a poner delante de Quique, el Carnicero, quien me iba a dar la bienvenida o a ofrecerme un trabajo en La Glorieta.
Nada de eso. O, pensado con cuidado, muchísimo más que eso.
Me quedé embobado de las gallinas y al cabo de unos minutos, alguien junto a mí carraspeó.
¿No querés pasar?, me preguntaron. Asentí con la cabeza y me llevaron dentro de la casa.
Me hicieron subir por una escalera estrecha, donde el aire estaba muy espeso, de modo que tuve la sensación de estar en un submarino, bajo una extraña presión atmosférica.
Alcancé a ver de reojo una fotografía donde un perro pastor alemán vestido con camiseta de Boca yacía junto al gallinero y supuse que, de vez en cuando, soltaban al perro dentro de la jaula de las gallinas para que hiciera sus tropelías.
Cuando llegamos al segundo piso me hicieron un gesto para que me acercara hasta un grupo que rodeaba un sofá apenas iluminado por una lámpara de pedestal con una ampolleta mortecina.
Algunos pibes tenían bordado el logo de la SS y el Totenkopf sobre la camiseta de Boca.
Caminé hasta allí y tuve que alzarme en punta de pies, para mirar sobre los hombros de los que estaban amontonados.
Sentado en un sofá, había un anciano muy pálido, con apariencia de enfermo.
Daba la sensación de que alguien había usado los surcos de sus arrugas como cenicero.
Calculé que debía tener ochenta años. Respiraba con dificultad.
Llevaba encima la chaqueta gris verdosa de un uniforme nazi.
Reconocí la prenda enseguida, inequívocamente, pues tengo buen gusto y sé reconocer una prenda de Hugo Boss.
Un hombre como yo es capaz de esas finezas, Olivera.
La chaqueta estaba desteñida y estoy casi seguro de que era un uniforme que utilizaban desde antes de la guerra.
Era el uniforme de teniente, un SS Obersturmfuhrer, eso es seguro.
La chaqueta, en todo caso, le quedaba muy ancha porque el anciano estaba muy delgado, casi esquelético, la cabeza pequeña coronada por una mata de pelos rubios que parecían la cabellera escasa de una muñeca vieja.
Me sobrepuse al desconcierto y me di cuenta de que el viejo tenía sobre los muslos, como si fuera una manta para el frío, una camiseta de Boca.
También tenía una Biblia sobre el regazo.
Estaba leyendo en alemán. Cada cierto tiempo se detenía y un pibe de pie junto a él traducía con expresión solemne, mientras el viejo recuperaba el aire.
Estaban leyendo fragmentos del Antiguo Testamento que hablaban de circuncisiones masivas de filisteos.
Dijo el traductor: En aquel tiempo Jehová dijo a Josué: Hazte cuchillos afilados, y vuelve a circuncidar por segunda vez a los hijos de Israel. Y Josué se hizo cuchillos afilados, y circuncidó a los hijos de Israel en el collado de Aralot.
“Hazte cuchillos afilados”, gimoteó el alemán, y se quedó mirando al traductor que, repitió a su vez, desgañitándose.
Desde aquella noche sé cómo se dice “gallina” en alemán: se dice “henne”.
Ese anciano debía tener los días contados, Olivera, pero a pesar de eso daba mucho miedo.
Pocas veces he sentido miedo como cuando estuve frente a ese viejo.
¿Ha visto El Exorcista? Una comedia de Porcel y Olmedo al lado del vejete alemán.
Yo estaba absorto, Olivera. Lo más inquietante es que no había nadie que yo recordara de la Bombonera.
Ninguno. De dónde carajos salieron estos pelotudos, me preguntaba.
De pronto, uno de ellos con el torso desnudo apareció con un directorio telefónico.
Lo abrieron delante del viejo como si fuera un texto sagrado.
El viejo achicó los ojos para ver y luego fue pasando su dedo por las distintas páginas hasta que encontró uno o dos apellidos hebreos.
Ya saben qué hacer, dijo luego. Salieron seis o siete caminando como si les hubieran encargado ir a comprar fernet y Coca-Cola.
Me quedé escuchando al viejo. No puedo estar seguro de que traducían exactamente sus palabras.
El pibe a cargo de compartir con nosotros las palabras del nazi, preguntó cómo iban las tareas encomendadas y entonces, apareció otro sujeto, uno que llevaba camisa y corbata y traía unos papeles enrollados.
Eran planos de estadios de fútbol de Buenos Aires, intervenidos para que se convirtieran en campos de concentración.
Era como si planearan edificar campos de concentración y exterminio sobre todos los estadios de Buenos Aires.
Las galerías, explicó, permanecerían intactas y sobre la cancha, cercadas de alambradas eléctricas iban a concentrar a los prisioneros.
En la tribuna de los palcos de la Bombonera iba a estar el centro de operaciones.
Hay que aprovechar la línea del tren, argumentó y el viejo pareció especialmente complacido con aquel comentario.
Desde allí iban a administrar el horror.
Era una locura, Olivera, desde luego, una distopía irrealizable, pero el modo en que lo decían no podía dejar indiferente.
Daba escalofríos oír toda esa mierda, dicha con la frialdad de alguien que va a hacer un depósito al banco.
El sujeto hablaba también de líneas férreas que conducían a prisioneros hacia cada uno de los estadios, distribuyéndolo como si fueran pasajeros de viajes frecuentes.
Esa red de ferrocarril se articulaba desde la Bombonera.
Entendí que imaginaban que allí funcionaba un cuartel de operaciones desde donde velaban la logística de todos los trenes.
Yo no podía dar crédito. Estaba impávido.
Me acerqué a un rincón donde una muchacha relataba historias a un puñado de pibitos.
Entendí perfectamente que estaba contándole, orgullosa, la historia del pogromo de Buenos Aires de 1919, un suceso del que seguramente usted no ha escuchado nunca.
Para entonces, Olivera, hubo una huelga de obreros de uso talleres metalúrgicos en Buenos Aires.
La historia de siempre. Los policías salieron a la calle y reprimieron la huelga.
Otros energúmenos aprovecharon de emprenderlas contra los judíos porque creció el rumor de que había algunos de ellos que estaban preparando una suerte de revolución bolchevique.
Entre ellos había civiles armados, pero también fuerzas policiales.
La muchacha les decía, con una sonrisa de oreja a oreja, que por entonces en las calles de Buenos Aires se habían visto a ancianos de largas barbas arrancadas de cuajo y obreros judíos con ambas piernas astilladas,
como si fueran tablones rotos y a pistoleros valientes que hicieron justicia blandiendo la bandera argentina.