LARGA DISTANCIA, #3
El médico advirtió que no debía pasar malos ratos y, para un hincha de Racing, los malos ratos venían con el fútbol, eran casi una condición permanente.
En casa no encontraron nada mejor que quitárselo.
Para él, dejar el fútbol fue como dejar de respirar.
A regañadientes, el abuelo estuvo de acuerdo con no ir a la cancha o dejar de escuchar los partidos por radio, pero exigió enterarse de los detalles y resultados de los partidos de la Academia, puntualmente, apenas terminara la fecha.
Se revolvía en la cama, gritando con su mandíbula desfigurada por la parálisis, especialmente los fines de semana.
Para hacerse cargo de la situación, a ratos insostenible, mi papá no encontró nada mejor que falsificar las tablas de posiciones.
Todos los fines de semana, de local o de visita, Racing ganaba sin sobresaltos.
Punteaba desde la primera a la última fecha.
Mi papá se sentaba frente a su máquina de escribir y elaboraba cuidadosamente las tablas de posiciones en que Independiente era relegado siempre a las peores ignominias.
Boca, River y San Lorenzo no peleaban nunca por nada importante.
Condenados a la medianía de la tabla. Pero mi abuelo no es imbécil.
Comenzó a sospechar. Miraba de reojo cuando leían la clasificación, preguntándose por qué carajo leían la tabla de posiciones desde un folio de roneo en lugar de, desde la página de un diario, como la gente normal.
Por qué siempre tienen que ser tan rebuscados, se quejaba.
Para que sea solemne, argumentaba mi viejo.
Solemnidad las pelotas, decía el abuelo.
Mi papá se vio en un aprieto que resolvió de modo aún más delirante.
Comenzó a grabar falsos partidos en cintas de casete.
Tiempo real. Una hora y cuarenta y cinco minutos de transmisión, más comentarios, publicidad incluida.
Grababa un día antes en algún boliche para ganar sonido de ambiente.
Los que lo conocían y sabían de la historia se prestaban para la charada y daban puteadas a un árbitro imaginario y coreaban los goles con él, como si estuvieran en un estadio.
Otros, los que no sabían, se quedaban mirándolo como si fuera un imbécil.
Cuando llegaba el domingo, mi papá colocaba la cinta y fingía sintonizar la radio.
Buenas tardes amables oyentes, bienvenidos a la cita de todos los domingos con la Academia, qué vivan los racinguistas.
En esas falsas transmisiones también ganaba siempre Racing, a veces con suspenso, la mayoría de las veces con holgura escalofriante.
Puede parecer sencillo, pero era una tarea compleja.
Para que la comedia tuviera éxito mi papá tenía que grabar todos los partidos del fixture de Racing y conseguir las alineaciones de todos los equipos.
Para colmo de males, a veces, a mi abuelo le entraban ganas de escuchar los partidos de Independiente para reírse a carcajadas de lo mal que lo estaban pasando y mi papá no tenía más remedio que grabar también esos partiditos de mierda.
Era un trabajo de media jornada, tranquilamente.
Veinticinco horas a la semana dedicaba mi viejo a la opereta esa.
Para asegurarse de no ser descubierto, hablaba con los vecinos para que mantuvieran esas versiones en caso de que fuera necesario, es decir, en caso de que mi abuelo fuera a pedir detalles a través de la ventana.
Los vecinos no tenían problema con ayudar a que el viejo viviese semejante mundo paralelo, al contrario.
Era un gusto soñar con qué Racing era el mejor de todos, que, al menos, uno de nosotros viviera con esa ilusión.
Lo más complejo era simular la alegría desatada cuando terminaban los campeonatos en los que inevitablemente nos coronábamos siempre.
Había que conseguir fuegos artificiales y llegar a acuerdos con algunos pibes para que tocaran el claxon de sus autos o entonaran cánticos en la calle.
Levantamos la bandera de una historia inigualable.
De una vida de esperanza. De un amor inquebrantable.
Sos mi gloriosa Academia del Cilindro y del potrero.
Era una locura que, encima, nos obligaba a mantener el televisor apagado casi siempre.
Tal vez por eso me acostumbré a leer. Mi abuelo murió convencido de que Racing era imbatible.
En la cabeza deteriorada de mi abuelo Racing era como el Real Madrid, el mejor equipo del siglo XX.
Mi papá puso dentro del ataúd esa única cinta de casete sobre la que grababa una y otra vez.
Pocas cosas me gustarían más que tener conmigo esa vieja cinta estropeada por el uso.
La escucharía todos los días, mientras fumo y veo atardecer en Buenos Aires, complacido por el delirio de los triunfos infinitos de Racing Club de Avellaneda. Qué viva la Academia, Olivera.
En la imaginación de mi padre, Maradona fue flamante refuerzo de Racing para el Campeonato Metropolitano de 1977.
¿Qué tal es ese Maradona?, le preguntó mi abuelo a mi papá cuando se enteró de que era el nuevo fichaje.
Un crac, le dijo mi padre. Va a hacer muchos goles para Racing.
Y bueno, al final hizo muchos goles para Argentinos, Boca y Nápoles.
Hizo goles hasta en Sevillla. Para Racing, ninguno.
A Diego, lo perdono. ¡Maradona!, hubiese gritado aquella tarde en el pretorio. Maradona.
Finalmente, me despedí de Avellaneda y no sabía por cuanto tiempo.
Vagué por la Boca, haciéndome el pelotudo.
Las manos en los bolsillos del pantalón.
El cuello alzado de la chaqueta. El pelo revuelto.
Me dejé crecer la barba. Alquilé un piso mugriento.
Carísimo. Me inventé una historia y la ensayaba delante del espejo.
Me llamo Ezequiel Masotta. Me dicen Equis.
Mejor aún: Equis para los amigos. Aún mejor: Equis para los de Racing.
Para el resto de los hijos de puta, el señor Masotta.
Soy de Tucumán. Solía trabajar en la planta de SCANIA de San Miguel.
Estaba en cajas de cambio que exportamos a Brasil.
Toda mi familia es de Boca. Todos. Mi papá y mi mamá.
Mis abuelos. Mis bisabuelos. También mis tatarabuelos.
Todos, menos un primo. Un desheredado que está vetado de todas las fiestas familiares.
Ni muerto pone un pie en el mausoleo familiar.
Soy soltero. Vine a probar suerte. Pediré trabajo en la Ford.
No tengo hijos, que yo sepa, si llego a tener más le vale que sea bostero, sino que se vaya de vuelta a la concha de su madre.
Todo de memoria, sin repetir ni equivocarse.
Las cosas no fueron fáciles, Olivera. Si la barra de Boca hubiese sido una legión romana, yo hubiese estado al final, muy lejos de la avanzada.
Hubiese sido el sujeto que llevaba las lanzas y las jabalinas.
Un caddie del ejército imperial. Si hubiese sido el ejército de Leónidas en las Termópilas, yo hubiese sido Efialtes, el pastor deforme que guio a los persas a masacrar a los trescientos espartanos.
Yo era nada. Un muerto. Una vez, uno de esos imbéciles se quedó mirándome y me preguntó: ¿Por qué no donás los órganos, muerto?
¿Hace mucho frío en la morgue?, me preguntó otro gil.
Por entonces, la barra estaba al mando de Enrique Ocampo, mejor conocido como Quique, el Carnicero.
Este sujeto era un comerciante de la Boca y se las ingenió para llegar a dirigir La Doce.
Tenía la apariencia de un mafioso italiano.
Un personaje secundario de Mario Puzo. Fue el primero en comprender que la afición futbolística podía convertirse en un negocio rentable.
El Carnicero, diríamos, fue el primero el delinear el modelo de negocios que se fue perfeccionado desde allí en adelante.
Hizo tratos con todos por igual. Un niño de pecho eso sí, comparados con los hijos de puta que vinieron después.
Ocampo nos bautizó con agua y después nos vacunaron con fuego.
El Carnicero hizo buenos contactos políticos y llegó a participar de operaciones montadas por la SIDE.
Fue acumulando tanto poder que cuando Boca perdía, los jugadores iban en procesión a pedirle disculpas.
Se postraban y Ocampo los absolvía. Ego te absolvo, les decía, pero no pequen más, que los santos bosteros tienen poca paciencia.
En fin, el hijo de puta aquel reinaba en la paravalancha y tenía un círculo de hierro, el primer anillo diríamos, con tipejos como el Capitán, el Viejo Carrascosa, el Alemán y una veintena de pibes de la Boca.
Luego venía otro círculo y así sucesivamente.
Yo estaba lejos de todo eso. Tiritando de frío en el noveno círculo.
Incluso allí me miraban con desconfianza.
Pasaban los meses y nada cambiaba. Yo era un enfermo incurable.
Un leproso. Era como si pudieran oler que, en el fondo, yo era otra cosa.
Intentaba ganarme un lugar, Olivera, pero no había caso.
Tal vez eran como sabuesos que olían mi charada.
Para colmo de males, ni siquiera podía asomarme por la comisaría.
Tenía la sensación de que incluso allí yo era nadie, un bulto incómodo.
La sensación de que incluso allí querían deshacerse de mí, que me pagaban el sueldo a cambio de que yo estuviera de vacaciones.
Nadie nunca me pidió un informe. Pensé que iba a volverme loco.
Lo peor de todo es que no podía hablar del asunto con nadie, así es que compré una grabadora Sony y muchos casetes.
Todas las noches, antes de dormirme grababa mis pensamientos, como una especie de diario de vida o bitácora.
Una noche, en el colmo de mi desesperación, me emborraché.
Cuando salí del boliche me topé con un tugurio donde hacían tatuajes y entré, convencidísimo.
Me dije: para resolver esto tengo que cambiar de piel, sacarme de encima este olor a policía.
Transformarme en un hijo de la re mil puta.
Ese miércoles, después de un partido que Boca le ganó a Ferro con tres goles de Mastrángelo, nos encontramos con un grupo de pelotudos de River que quisieron quedarse con una bandera.
Hubo una pelea descomunal. Me dije que no tendría otra igual a esa.
Me lancé como san Jorge entre dragones. Mientras forcejeaba, me rompieron la camisa y todos los presentes pudieron ver que yo tenía una esvástica perfectamente tatuada sobre el pectoral izquierdo.
Así fue. No fue mi perseverancia la que me permitió resolver el caso.
No fueron mis viajes interurbanos por Argentina, o los sendos viajes que hice por el continente para ver los partidos de la Libertadores del 77, pues sepa que viajé por nuestras inhóspitas carreteras hasta Cali, Montevideo y Asunción.
Nada de eso. Fue el tatuaje. Fue aquella estupidez esa noche de juerga.