Noche de los cristales rotos LARGA DISTANCIA, #2
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LARGA DISTANCIA, #2

Esa noche, sin embargo, dormí tranquilo porque estoy seguro de que no dejé escapar al exoficial nazi.

Ese anciano era inocente, al menos no era culpable de los crímenes que a mí me quitaban el sueño.

A pesar de eso, estuve un par de días investigando prensa ecuatoriana, trajinando en busca de algún crimen que imitara el modus operandi de Buenos Aires. Nada.

Una vez, en un averiado televisor de la habitación de un hotel de carretera, vi un video en que Bilardo explica la función de los stoppers.

Supongo que no hace explicar que Carlitos Bilardo es el entrenador campeón con el seleccionado argentino de fútbol en México 86.

Para muchos es un genio pragmático; para otros, un tramposo incorregible.

Pero incluso sus enemigos te dicen que Bilardo cambió el fútbol argentino para siempre.

El asunto es que ese video me hizo entender, de cierta forma, de qué se trataba la vida.

En realidad, me hizo entender de qué trataba mi vida.

Los stoppers, decía Bilardo garabateando flechas, rectas y circunferencias en una pizarra acrílica, deben seguir al delantero donde quiera que este vaya, sin importar nada más.

Tomaba como ejemplo a Ruggeri y a Cuciuffo.

Yo me sentía como ellos, pero obligado a ir detrás de un tipo que era como un fantasma, Olivera, un tipo que yo no conocía y al que, en realidad, nadie era capaz de precisar, entregar alguna característica inequívoca que ayudara con su identificación.

Nunca nadie había visto siquiera una vez.

Era una especie de leyenda urbana. Es decir, en todos estos años entrevisté a muchas de las víctimas de nuestras dictaduras.

Me presentaba como alguien que estaba haciendo una investigación periodística, alguien que planeaba escribir un volumen.

Nunca nadie fue capaz de entregar algún detalle que ayudara a encontrar la aguja en el pajar.

No es sencillo. El mayor triunfo del torturador es lograr avergonzar a sus víctimas y que estas callen por miedo a ser juzgadas o apartadas.

Cuando al fin hablan, cuando se animan a vomitar toda esa podredumbre que llevan encima…

En fin, todos estos años que he corrido detrás de un espectro, me he sentido como un stopper lento y sin respuesta, persiguiendo a un tipo al que no logro verle ni el número de la camiseta.

¿No me cree? Haga la prueba, pregúnteme por cualquier clásico del fútbol sudamericano.

Los he visto todos. River Plate versus Boca Juniors; Huracán versus San Lorenzo; Bolivar y The Strongest; América de Calí versus Atlético Nacional; Barcelona de Guayaquil versus Emelec; Olimpia versus Cerro Porteño; Universitario y Alianza Lima; Peñarol y Nacional de Montevideo;

Atlético Mineiro y Cruzeiro; Gremio e Internacional de Porto Alegre; Millonarios e Independiente de Santa Fe; Colo-Colo y Universidad de Chile; Corinthians y Palmeiras; Flamengo versus Fluminense, Rosario y Newell’s Old Boys.

Los he visto todos. Varias veces. Debe haber pocos tipos que saben más de fútbol que yo.

Si yo quisiera, podría escribir una historia completa de fútbol sudamericano.

Permítame decirle, sin embargo, que le faltó mencionar el más de importante de todos.

El clásico de Avellaneda: Racing versus Los Amargos.

Quiénes son los amargos: Independiente, un equipo chico de Buenos Aires.

En Avellaneda, debe saberlo usted, hay dos equipos importantes: Racing, en primer lugar, y, en segundo lugar, la reserva de Racing.

Para entonces, en Argentina nos estábamos volviendo todos estúpidos.

Usted no va a creerme, Olivera, pero ninguno de nosotros reparó en que esos pobres pibitos eran judíos.

O tal vez nadie le dio importancia. Ni siquiera un periodista suspicaz.

En el fondo, esos crímenes no le importaban a nadie.

Tal vez se dieron cuenta, pero nadie sospechó que había allí una hebra, un hilo de Ariadna que podría permitirnos encontrar el centro del laberinto.

De hecho, me quedé con las fotografías y nadie puso objeciones.

Me las llevé como si fueran recuerdos familiares.

Hasta el día de hoy las tengo en un álbum fotográfico.

Ese puñado de imágenes en blanco y negro de los pibitos tendidos sobre las bandejas metálicas y sus miembros desprovistos de prepucio, coronados por matas enmarañadas de vello púbico. ¿Para qué? Ni idea, Olivera.

Newell’s Old Boys y Rosario; Estudiantes y Gimnasia; Ferro y Vélez; Atlanta y Chacarita; Colón y Unión; Talleres y Belgrano; Belgrano e Instituto, San Miguel y San Martín de Tucumán; Gimnasia y Esgrima de Mendoza e Independiente de Rivadavia; All Boys y Nueva Chicago; Almirante Brown y Morón;

9 de julio y Atlético Rafaela.

En fin, Olivera, podríamos estar toda la noche haciendo memoria de clásicos del fútbol argentino.

Para colmo de males, el anciano aquel podía estar escondido en cualquier sitio y eso me obligó a recorrer cada rincón y sentarme a mirar hasta los más insólitos partidos de rivales encarnecidos.

El último de los crímenes ocurrió en otoño de 1977.

Fueron, en total, diecinueve homicidios.

Trece pibes eran fanáticos de River. Casualidad, dijeron mis jefes.

Cómo iba a ser casualidad, Olivera. Trece jovencitos muertos, con la camiseta de River, todos judíos.

Era una pista, por Dios. Judíos y de River.

Era dos más dos. Bastaba con leer la tapa del libro.

El asesino era un fanático, un nazi. Un bostero.

Un loco de patio. Esa fue mi tesis desde el principio.

Yo me imaginaba a un skinhead, un boludo todo tatuado.

No imaginé nunca que el responsable, el autor intelectual, fuera nada menos que un exoficial de las SS, un hijo de puta que, como tantos, escapó de Europa en ruinas después de la guerra.

¿Qué carajo tiene que ver un nazi con Boca Juniors?

Esa es una pregunta que nunca he dejado de hacerme.

¿De qué modo un oficial que trabajaba en algún campo de concentración llega a convertirse en fanático de Boca?

La puta que lo parió. He llegado a pensar que los colores de Boca fue lo primero que vio cuando se bajó en el puerto.

Fue una casualidad. Ese cabrón pudo convertirse en fanático de cualquier equipo.

Me la hubiese hecho más fácil si hubiese sido de Racing.

En tal caso, los muertos hubiesen sido hinchas de Independiente.

Noche de San Bartolomé en el Libertadores de América.

Pedir de boca. ¿Cómo que no sabe? Pero qué clase de policías estamos formando en este continente miserable.

Fue una matanza de protestantes en el París del siglo XVI: cuchillos, hachas, picas; una violencia cuerpo a cuerpo.

Los muertos se contaron por miles y los cuerpos terminaron en el Sena.

¿Quiénes los mataron? Los católicos, Olivera, los buenos amantes del prójimo.

Que Dios se apiade de mi alma, Olivera, pues fui bostero durante tres certámenes del fútbol argentino.

El Campeonato Metropolitano de 1976, el Campeonato Nacional del mismo año y el Campeonato Metropolitano de 1977.

Durante todo ese tiempo, bajo el sol y la lluvia, con remera o a dorso desnudo, me desgañité cantando los himnos de Boca.

Que Nuestra Señora del Buen Aire y san Martín de Tours intercedan por mí.

Cuando llegaba al departamento me daba duchas interminables para quitarme de encima toda esa mierda.

Olía a bosta, Olivera. Para colmo de males, Boca salió campeón tres veces durante ese período.

Dos veces campeón en el 76 y el 77 ganó la Copa Libertadores frente al Cruzeiro.

Yo estuve en el partido de ida, en Belo Horizonte y en el desempate, en el Centenario.

Casita del horror, el Centenario. Tuve que fingirme exultante, Olivera, cuando a mí me importaba un carajo que Boca diera la vuelta Olímpica.

Por mí el apocalipsis podía empezar en la Bombonera.

Que Buenos Aires se abriera en dos, justo en la Boca y toda esa mierda amarilla y azul se fuera hasta el desagüe del Infierno.

Lo peor de todo es que tuve que mantenerme impertérrito cuando nos ganaron tres a cero en el Cilindro, en el Metropolitano del año 77.

Morderme la lengua para aguantarme las puteadas cuando Gatti le atajó un penal a Villa o cuando expulsaron a Killer, a muy poco del final.

Por entonces soñaba mucho. En uno de mis sueños más recurrentes estaba en un descampado y a lo lejos veía un convoy polvoriento que se acercaba hacia donde estaba, pero a la distancia no lograba distinguir qué clase de vehículos eran esos que se aproximaban.

Cuando estaban más cerca, qué sé yo, a trescientos o doscientos metros, lograba reparar en que era una hilera de Ford.

De todo tipo. Ford Falcon de todos los colores.

Verdes, grises, celestes metalizados. Rancheros.

Deportivos. Patrulleros. Taxis. Versiones estándar y de lujo.

Un inventario completo. Era un convoy lindo, pero escalofriante a la vez.

Me daba cuenta de que no iban a detenerse e intentaba correr, pero mis piernas estaban pegadas al piso como si fuera un pantano o tuviera los pies enterrados en asfalto fresco, como ocurre, a veces, en los dibujos animados.

Entonces, cuando la colisión parecía inminente, me hacía un ovillo y me cubría el rostro con las manos.

Quedaba así, esperando un impacto que no llegaba.

Al abrir los ojos, veía los autos detenidos frente a mí, dispuestos en semicírculo, apuntándome con los focos para encandilarme.

Los choferes eran todos jugadores de Racing.

Distinguía a Cárdenas, a Basile, a Frers, a Firpo, Avallay, Blén.

Algunos iban vestidos de patrulleros y con anteojos oscuros.

Cargaban macanas y comenzaron a golpearme sin dar explicaciones o expresar sus motivos.

Y entonces, mientras me golpeaban comenzaban a hacer referencias a refranes publicitarios de Ford Motor Argentina.

Antes de irme a vivir a La Boca, fui al Cementerio Municipal de Avellaneda a ver a mi abuelo.

Fui, supongo, a pedirle perdón. No le iba a hacer gracia verme con una camiseta de los bosteros.

Mi abuelo era fanático de Racing. Socio de toda la vida.

Matusalén, le decían los pibes de la Imperial.

Fumador empedernido. Parecía barquito a vapor.

A vos te engendró John Fitch, le decía mi abuela.

Como no se rio, Olivera, deduzco que no sabe quién es Fitch: el inventor del barco a vapor.

Cuando ya estaba anciano sufrió un accidente vascular encefálico y quedó en cama.