LARGA DISTANCIA,
BUENOS AIRES - ASUNCIÓN
Buenos Aires, 9 de octubre de 2001
Créame, Olivera, del Mundial del ’78 tengo muy pocos recuerdos.
Lo que sí recuerdo con claridad es que durante el partido con Perú vomité frente al televisor, a pesar de que durante esos días prácticamente no había comido.
Vomité bilis, supongo. Yo llevaba largos meses durmiendo y comiendo mal.
Todo lo que hacía era leer prensa extranjera buscando alguna noticia de barristas cruelmente asesinados.
Ese día, tuve algo parecido a la vergüenza mientras veía el partido tirado en el sofá y me enteré después, igual que casi todos, de algunas cosas francamente asquerosas.
Como usted sabe, por esos días, el grandísimo hijo de puta de Kissinger nos estaba haciendo el honor de visitar Argentina.
Pues bien, poco antes de que iniciara el partido, Videla bajó al camarín de los peruanos, acompañado de Kissinger.
Los jugadores estaban cambiándose de ropa y tuvieron que detenerse para escuchar a Videla, quien leyó un mensaje de Francisco Morales Bermúdez, el dictador peruano de entonces.
¿Sabe de qué les habló? ¡Les habló de la hermandad latinoamericana!
Se imagina usted, los jugadores peruanos estaban ahí en calzoncillos, qué sé yo, Cubillas, Oblitas, Cueto, Chumpitaz, en fin, todo el equipo vendándose los pies con las medias enrolladas en las pantorrillas aún,
y tuvieron que escuchar que ese mal nacido les diera una perorata sobre hermandad latinoamericana.
Y eso no fue todo, acto seguido, esa pareja de imbéciles se dirigió hasta el vestuario de Argentina y repitió el espectáculo.
Hay una fotografía del camarín, en que aparece Jorge Videla, de espalda, estrechando la mano de Alberto Tarantini, que está con el torso desnudo, en ropa interior y con cara de niño asustado.
Una mierda. Me da vergüenza. Perú ya estaba eliminado porque había perdido con Polonia y con Brasil, pero de ahí a perder del modo en que perdieron.
Después, he leído y escuchado que algún funcionario argentino tomó contacto con algunos oficiales que acompañaban a la selección del Perú y les ofreció cincuenta millones de dólares y una donación de 35,000 toneladas de granos.
Un obsequio de parte de unos de los mayores productores de trigo a un país hermano.
Juan Alemann, el ministro de Hacienda de la época, confirmó más tarde que esas donaciones se realizaron y sabemos también que el cargamento de cereales llegó hasta puertos peruanos.
El asunto es que para cuando Argentina jugaba la final con Holanda yo ya no estaba en Buenos Aires.
Estaba aparcado en el estacionamiento de alguna gasolinera de carretera mirando un mapa sobre el capó.
Desde ahí vi a los empleados la Shell, vestidos con sus overoles amarillos, comiéndose las uñas junto a un televisor en blanco y negro.
Tal vez alcancé a escuchar el griterío por el gol de Kempes, el del primer tiempo, pero yo escuchaba otros gritos en mi cabeza. Gritos ahogados de bocas amordazadas.
A mí no me importaban los goles de Kempes.
Lo único que quería era escapar, pero no sabía a dónde, es decir no sabía por dónde empezar.
Miraba el mapa y era como ver un laberinto sin salida, me sentía igual que un niño al que le dan a resolver un laberinto.
Un día antes había comprado una camioneta, una Ford Bronco año 75, maravillosa, un vehículo como para filmar una película de carretera.
Yo tenía un plan. Un plan idiota, pero tenía un plan.
Yo tenía la idea de viajar por todo el continente siguiendo las pistas del alemán.
Yo creía que, tarde o temprano, el tipo volvería a matar u ordenarle a alguien que matara.
Judíos, desde luego. Recorrí Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, Perú, Colombia, Bolivia…
en fin, recorrí todo el continente y frecuenté partidos de fútbol en todos lados.
He presenciado todos los clásicos del fútbol latinoamericano, todos.
Los vi con la esperanza idiota de encontrar entre el público, alguna vez, a un alemán octogenario con apariencia de SS.
Necesitaba encontrar de nuevo alguna pista que me permitiera agarrar la hebra de la madeja que había perdido en Buenos Aires.
Así fue como encontré el primer video, en Chile, ¿quiere que le cuente, tiene tiempo Olivera o lo llamo en otro momento?
Así es, Olivera, yo podría escribir mi biografía completa a partir de los clásicos del fútbol sudamericano.
Mi vocación de policía –si acaso existe tal cosa– fue tardía.
De adolescente yo quería estudiar filosofía o literatura, imagínese.
Leía mucho. Todavía leo. Era un ratón de biblioteca.
Por esos días recordé La carta robada, un cuento de Edgar Allan Poe, ¿sabe quién es Poe?
Con todo respeto, Olivera, no puedo creer la ignorancia supina de los policías de este continente miserable, ¿es decir cómo puede un policía que se precie de tal no haber leído, por ejemplo, ¿qué sé yo, Los crímenes de la calle morgue o El misterio de Marie Rogêt?
Válgame, Dios. En fin, el asunto es que yo recordé a Allan Poe y su cuento.
Para resumirlo, le diré que es una historia en que le encargan a un policía encontrar un documento, una carta que ha sido robada y que contiene información preciada y que han buscado infructuosamente en la casa en que se supone que está oculta.
Entonces, el policía, que se llama Dupin, supone que la misiva debe estar escondida en un sitio en que se vuelve especialmente poco probable buscar y ese lugar no es, precisamente, un escondite, porque el mejor modo de esconderse, sépalo bien, Olivera, es exponerse.
Así, Dupin encuentra la carta a plena vista.
Del mismo modo, creía yo que el anciano nazi no permanecería oculto en algún cuchitril de mala muerte o en algún sótano húmedo, sino que se expondría descaradamente y se arriesgaría a asistir a partidos de fútbol de alta convocatoria, que alguien, algún idiota incauto,
lo llevaría en silla de ruedas al estadio.
Después de todo, no había ninguna orden de aprehensión en su contra.
Nadie, salvo yo, lo perseguía, nadie sabía siquiera que existía.
Con ese ánimo era que viajaba por todo el continente buscando vejetes en sillas de ruedas.
Era una carrera contra el tiempo, pues cuando conocí al nazi, en un edificio de pintura que se caía de las paredes en La Boca, ya era muy viejo.
Debía tener setenta y cinco años. Cada año que pasaba era como un puñal.
Solo en una ocasión, en Ecuador, tuve la sensación de que le había encontrado.
Asistí a un partido entre el Emelec y el Barcelona, en Guayaquil.
Me pareció ver, a lo lejos, a un viejo que alguien llevaba en silla de ruedas.
Llevaba puesta una camiseta del Barcelona y una manta escocesa sobre las rodillas.
Era muy blanco y delgado y su cabeza estaba coronada con algunas pelusas blancas que casi no se distinguían y que alguna vez debieron ser rubias.
El que lo llevaba, en cambio, tenía apariencia de indígena.
El corazón me saltó como a un dibujo animado que ve al amor de su vida.
Los seguí a un par de metros de distancia.
Yo había visto al anciano hace cuatro o cinco años y desde esa distancia me parecía probable que fuera él.
Antes de subir las escaleras plegaron la silla de ruedas y el anciano subió tomado del brazo del acompañante.
A pesar de su condición física desmejorada, el anciano recriminaba al indio agitando las manos y elevando la voz.
Este, en cambio, lo escuchaba sin mirarlo, como si fuera un sirviente que le debía la vida.
Me senté en la misma tribuna a seis o siete puestos de distancia, pero un escalón más arriba, de modo que podía espiarlo sin inconvenientes.
El estadio estaba lleno y, en realidad, puse poca atención al partido.
Lo miraba de reojo. Creo recordar que ganó Emelec.
Me pareció ver que el viejo llevaba un par de audífonos, en cualquier caso debía escuchar muy poco porque el acompañante se acercaba para explicarle las jugadas al oído como si estuviera contándole un secreto.
Cuando el primer tiempo terminó, se levantaron para ir al baño.
Primero, el indio ayudó al viejo a orinar y luego lo dejó a un lado, sentado sobre la silla mientras él hacía lo suyo.
Sentí que era una oportunidad inmejorable.
Me acerqué, tomé las manillas para empujar la silla y la saqué del baño antes de que su cuidador pudiera advertir nada.
No miré atrás y avancé a toda prisa dando algunos codazos.
El viejo, desconcertado, intentaba hablar o voltear para mirar quién lo estaba transportando, pero no podía hacerlo.
Me detuve debajo de una escalera, en un rincón donde no había nadie.
A causa de la altura había comenzado a ahogarme y a dolerme la cabeza, como si alguien me hubiese puesto una bolsa de nylon en la cara.
En fin, di vuelta la silla para ver al viejo cara a cara y me bastó echarle un vistazo para saber que no era él.
El anciano estaba aterrorizado. No era posible que ese viejo hubiese sido un exoficial nazi, en cualquier caso, no era el hijo de puta que yo había visto en Buenos Aires hace un par de años atrás.
Pero bueno, para entonces yo llevaba cinco años persiguiendo a ese fantasma y no quería que nadie fuera a engañarme.
Comencé a hacerle preguntas sobre los campos de concentración.
Yo había aprendido algunas cosas en alemán y comencé a espetárselas a la cara para que dijera algo, cualquier cosa que le incriminara, pero él me miraba con expresión de idiota y haciendo un ademán de que no escuchaba a causa de una supuesta sordera.
Me desesperé, tomé al viejo por los hombros y lo sacudí hasta que se cayó de la silla y entonces, desde el suelo, comenzó a suplicarme que lo dejara en paz, pero yo no quería hacerlo y seguí sacudiéndolo y hablándole del Reich y de vagones de trenes sin asientos y de cámaras de gaseado.
Le quité el audífono y lo pisoteé como si fuera un escarabajo o una cucaracha.
Me detuve cuando vi una mancha húmeda que se acercaba a mi zapato.
El viejo se estaba orinando. Precisamente, en ese momento, vi a lo lejos al indígena haciendo un gesto con las manos y dando un grito.
Venía acompañado de dos policías que corrían más lento que él y eso me dio tiempo para huir y esconderme entre los recovecos del estadio, hasta que terminó el partido.
Para salir, me oculté entre la muchedumbre.