EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #18
Sin embargo, más tarde, en el camarote, se preguntó: “¿Cuál es aquel edificio del que tengo prohibido hablar?”.
Cuando al fin se animó a caminar con la cabeza erguida, creyó reconocer a uno de los suyos.
No fue el porte o el color del cabello, ni siquiera la postura arrogante del que sortea peligros sin grandes sobresaltos; fue algo distinto, algo que no supo precisar.
El otro también pareció reconocerlo y se miraban desde lejos como dos perros callejeros que se avistan desde una esquina a otra en una calle ajetreada, ansiosos por olisquearse el culo.
Sin embargo, no se animaban a hablarse y la mayor osadía consistía en levantar simultáneamente, a varias mesas de distancia, una copa en señal de brindis.
En una de esas ocasiones, el otro alemán tuvo el atrevimiento de involucrar en el brindis a todos los comensales que le hacían compañía en su mesa.
Los turistas, con cara de escandinavos despistados pero bienhumorados, levantaron sus copas sonriendo, felices.
Desde luego, no tenían ni la más remota idea del motivo infame por el que estaban levantando sus copas.
Finalmente, una noche calurosa, cuando el comedor fue quedando vacío, Kohl, que había bebido más de la cuenta, se animó a acercarse.
El otro tenía un libro entre las manos. Kohl preguntó qué estaba leyendo.
El otro sonrío y le dijo que era un clásico de la literatura argentina, la historia de un hombre valiente que trajinaba una tierra inhóspita y que reinaba sobre ella igual que el Doctor Fausto lo hacía entre las enciclopedias y tratados.
Kohl que no había leído a Goethe, salvo, tal vez, algún fragmento en su época colegial, dibujó una sonrisa sutil en su boca.
En fin, dijo el otro, el libro trata de un gaucho de La Pampa.
Kohl se encogió de hombros. Un gaucho, explicó, es como un vaquero yanqui, pero de Sudamérica.
Kohl quiso saber qué era exactamente la Pampa.
Es como el Medio Oeste, dijo, pero agitó la cabeza enseguida como si no estuviera satisfecho con la descripción.
Es como un descampado sin límites donde el tiempo transcurre distinto y donde hay mucho ganado, tal vez conejos, y atardeceres infinitos en que parece que alguien rocío las nubes del horizonte con bencina.
Continuaron hablando en el bar. En algún momento, el otro se excusó.
Fue trastabillando hasta su camarote y regresó al cabo de cinco minutos con un libro encuadernado en cuero donde había un mapa de Argentina.
Le mostró la Pampa. Una mancha verde que se volvía café, o tal vez una café que se volvía verdosa.
—¿Se imagina —le dijo— una línea ferroviaria que atraviese todo este lugar, alimentando decenas de campos —usó, para ser exactos, la palaba lager—, tan lejos del resto, tan distante de las ciudades y centros urbanos que nadie pudiera escuchar siquiera el más desesperado y aterido de los gritos?
Kohl se limitó a mirarlo curioso.
—¿Lo imagina? —repitió y Kohl pensó que sí, podía imaginarlo perfectamente.
Más tarde, le mostró en realidad que esa red ferroviaria con que deliraba ya existía.
Ni siquiera había que invertir en construirla.
Sacó de su bolsillo un mapita doblado en cuatro partes y lo desplegó cuidadosamente sobre una reposera emplazada en la cubierta del barco.
Había luna llena y no hacía falta esforzar mucho la vista para ver con nitidez.
El mapa estaba acribillado de líneas de distintos colores y grosores que iban y venían, enredándose y expandiéndose como hebras de lana en el trabajo de manualidades de un estudiante desprolijo.
El sujeto dijo que eran casi 40,000 kilómetros de tendido férreo extendido principalmente por la región pampeana y que desembocaban en Buenos Aires.
Le habló a Kohl de los trenes y de exportación de cereales y de carne de res y también de ganado y luego, poco a poco, Kohl, a pesar de estar algo mareado por el alcohol, tuvo la sensación de que habían dejado de hablar de ganado y de trigo y que habían comenzado a hablar de personas,
de grasa humana y de jabones y botones.
Tuvo, sobre todo, la sensación de que el alemán había comenzado a hablarle de vagones sin asientos y de argentinos judíos o descendientes de judíos que viajaban en esos trenes fantasmagóricos recorriendo Argentina, mudos y conmovidos por la belleza redundante de los paisajes.
Tuvo la impresión de que su compañero de viaje estaba hablándole de centros de exterminio construido a lo largo y ancho de esos descampados, o, peor aún, que aquellos que eran obligados a viajar en esos trenes morían de inanición en esos vagones porque iban hacia ninguna parte,
en un desplazamiento perpetuo, como si la línea ferroviaria fuera, en realidad, una montaña rusa que empezaba una y otra vez en un circuito único y vertiginoso, cuyos carros los gauchos veían desplazarse entre los rieles como si fueran naves espaciales.
Para cuando el alemán comenzó a hablarle de los cuatro tipos de trochas que tenía la red ferroviaria y a nombrar las líneas que llevaban los apellidos de héroes y próceres que desconocía, Kohl tenía la certeza de que ese tipo estaba completamente loco.
Apenas prestó atención cuando comenzó a hablar del Tren Patagónico.
—Solo entre 1880 y 1915, la red ferroviaria argentina pasó de tener 2234 kilómetros a 35809 kilómetros de longitud, convirtiéndose en la más larga de América del Sur y la octava más larga del mundo —dijo el alemán con exagerado entusiasmo.
Kohl bostezó.
—No desdeñe, mi buen amigo, el provecho que puede obtenerse del traslado de pasajeros indeseables.
De acuerdo con mis estimaciones, durante nuestras travesuras, el número total de judíos trasladados en tren fue de unos ocho millones y el promedio de duración de los desplazamientos rondó los 600 kilómetros.
Si cada kilómetro costaba cuatro pfennings por pasajero, los ferrocarriles alemanes, debieron embolsarse unos 240 millones de marcos en cuatro años.
Negocio redondo. No tengo dudas de estar frente a una oportunidad inmejorable.
Kohl sintió entonces que estaba hablando con un retardado mental, alguien que estaba proponiéndole un negocio irrealizable.
—¿Ha oído hablar de Alfredo Di Stefano? —preguntó de pronto el alemán.
—¿Quién es? ¿Es italiano? —preguntó Kohl—, ¿dónde combatió? ¿Grecia, Yugoslavia, Albania, Etiopía?
Entraron juntos al baño. El otro sujeto estaba tan mareado por el alcohol que estuvo a punto de mear encima de los zapatos de Kohl, que tuvo que esquivar el chorro de orina. Aun así, continuó:
—Tiene cuatro tipos de trochas: 750 mm., 1000 mm.
, 1435 mm. y 1676 mm y tiene interconexiones con Paraguay, Bolivia, Chile, Brasil y Uruguay.
En principio, la variedad de trochas puede parecer buena idea, pero no lo es, mi buen amigo.
Sin lugar a duda, lo recomendable hubiera sido utilizar la misma trocha a lo largo de toda la red.
Esa es una lección importante de aprender.
—¿Aprender? ¿Aprender, qué? ¿Para qué? —quiso saber Kohl, con la sensación de que estaban revelándole un secreto invaluable que no era capaz de comprender, pero su compatriota no contestó.
—¿Y Valentín Mazzola?, preguntó un momento después el alemán.
Kohl se encogió de hombros.
—¿Y José Nasazzi? ¿Héctor Scarone? ¿Ernesto Mascheroni?
Terminaron aún más embriagados y Kohl quiso entretener a su nuevo amigo con el divertimento que le había hecho Baggio en Roma. Le pidió el libro y dibujó apresuradamente las mismas figuras geométricas sobre la última página.
—¿Qué es? —preguntó triunfal.
El otro contestó apenas dar un vistazo, bostezando:
—Obvio: Auschwitz.
Cerró el libro de golpe y le dijo a Kohl que era recomendable evitar esos pasatiempos incriminatorios.
A pesar de las sugerencias y envalentonado por el alcohol, se aventuró con la descripción del templo de Salomón, del tabernáculo y del lugar Santísimo, pero no alcanzó a formular la pregunta, pues fue abruptamente interrumpido:
—No pierda el tiempo con eso —dijo su compañero de viaje con la lengua traposa —. En Sudamérica, a donde vamos, a nadie le interesan los templos ni nuestros dioses. Allá, sépalo bien, los templos son los estadios y el fútbol es su religión.
Acto seguido, sacó de su bolsillo una fotografía.
Era, precisamente, un equipo de fútbol. Once jugadores, muy concentrados, posaban ordenados en doble fila y con una galería atestada de gente al fondo.
Boca Juniors, decía el pie de la foto. Kohl tuvo la sensación de estar contemplando la fotografía de un puñado de mártires cristianos en la arena del circo.
Se encogió de hombros y sintió el estómago revuelto:
—¿Boca Juniors? ¿Qué es eso?