Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #17
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #17

Estuvieron un largo rato –un momento, en todo caso que a Kohl le pareció una eternidad– viendo la cancha vacía, en silencio, como si estuvieran esperando el inicio de un partido al que habían llegado con mucha anticipación o como si estuvieran presenciando un partido de espectros o de alienígenas

invisibles.

—Me cuesta entender —dijo el sacerdote al cabo de un momento—, que nuestra cultura haya persistido en levantar estos edificios circulares con una arena en su centro, ¿no le parece tétrico?

Si trajésemos acá a un cristiano del siglo II o III se orinaría encima de su túnica.

Sin embargo, no veo de qué otro modo podríamos edificar un sitio como este, un lugar para que muchos se diviertan con un espectáculo de algunos pocos.

Por otro lado, agregó, ¿no le parece que hay algo de belleza en estos sitios vacíos?

Creo que se debe a que, después de todo, para los cristianos el más bello de los lugares, el más decisivo y trascendente, es un lugar vacío.

Baggio creyó que había sido lo suficiente elocuente como para que Kohl lo entendiera. Cuando se dio cuenta de que no era el caso, agregó:

—El sepulcro, hijo mío. Cuando María Magdalena fue a echar un vistazo el sepulcro, este estaba vacío.

El cimiento del cristiano es, de cierta forma, esa ausencia fundamental.

Los lugares vacíos implican para nosotros, los cristianos, un asunto difícil de discernir.

Contemplamos el vacío (una habitación, un bolsillo, un pasillo, una casa, un baúl, un estadio, incluso el cajón de una cómoda) y tenemos una extraña sensación, difícil de precisar, un cosquilleo, la piel de gallina, la extraña certeza de que, cuando salgamos,

alguien va a decirnos qué parecemos estúpidos buscando a los vivos entre los muertos.

Ese es, de cierta forma, el peor de los ridículos que podemos sufrir: buscar a los vivos entre quienes están muertos.

No animarnos a reconocer que, tal vez, queremos encontrar muertos a los muertos.

Creo que a eso se debe la incomodidad que nos causan los cementerios.

¿Ha tenido alguna vez, al estar en uno de esos sitios, la sensación de que podría estar buscando en el sitio equivocado?

No sabemos cómo reaccionar frente al vacío.

¿Debemos alegrarnos o entristecernos? La ausencia es la quintaesencia del cristianismo.

De regreso, en el auto, Baggio volvió a hablar frotándose las manos para combatir el frío que hacía a esa hora.

—En el futuro, hijo mío, todos esos sitios que ustedes levantaron por Europa se transformarán en lugares hermosos y frecuentados por decenas de miles que estarán interesados en conocer el modo en que algunos seres humanos padecieron y fueron transformados en la más infame de las cosas.

Dejarán de ser campos de concentración y exterminio y se volverán lugares en los cuales contemplar la belleza, es decir, se volverán museos y, por tanto, lugares sujetos a curaduría.

Dicho de otro modo, el dolor de algunos será más bello que el de otros.

El sufrimiento será categorizado. ¿Lo imagina?

Qué digo, desde luego que puede imaginarlo, usted era uno de ellos.

Quiero decir, los barracones, las cámaras de gas, los hornos crematorios, se volverán habitaciones de museo.

He visto fotografías de algunos de esos sitios tétricos y no son, en mi opinión, espacios muy distintos a los que podríamos encontrar en una galería de arte contemporáneo.

Las personas harán fila para entrar a las dependencias después de comprar un boleto igual que antes, los judíos, hacían fila para morir asfixiados.

No sería extraño, de hecho, que el mundo llegue a ser tan excéntrico que algunos paguen suculentas cifras para experimentar la estadía de los prisioneros, incluidos los baños de desinfección, inacabables jornadas de trabajo forzado y las ingestas mínimas de calorías.

Sí, hijo mío, en el futuro no muy lejano las salas de las galerías de arte serán bastante parecidas a una cámara de gaseo.

Habrá triunfado el sentido estético de los nazis y usted, querido amigo, donde quiera que esté brindará complacido.

En el fondo, hay algo de belleza en la crueldad.

La estética de los enemigos habrá vencido.

No sería extraño que, al correr del tiempo, nuestro modelo de belleza, especialmente la femenina, se vea contaminado por toda esta infamia, hijo mío.

La voluptuosidad, no lo dude, será reemplazada por los cuerpos esqueléticos y enjutos, bastante parecidos a los que hemos visto arrumados en los campos de concentración.

No se sorprenda cuando la belleza se consiga suprimiendo la carne y la leche de la dieta y poniendo en lugar de privilegio las sopas aguadas, carentes de nutrientes y las ingestas mendicantes de comida.

Sí, hijo mío, la moda de los siglos que viene venerará a mujeres como Catalina de Siena o Rita de Casia, mujeres que perseguían el éxtasis a través de ayuno frecuente, alimentándose tan solo de hostias, hierbas silvestres, pan y agua.

A las hambrunas que algunos fueron obligados por medio del uso de la fuerza, otros se someterán voluntariamente.

En cambio, gente como Tomás de Aquino, el único santo obeso del que yo tenga noticia, será despreciado por las generaciones futuras.

Salvo, claro está, que los biógrafos descubran que Santo Tomás era bulímico.

Hace un par de meses atrás, tuve acceso a las páginas de una especie de manual o minuta de un médico de Auschwitz en que daba instrucciones claras y contundentes respecto a la ingesta de calorías que debían consumir los prisioneros para sobrevivir.

Ni más ni menos. La cantidad estrictamente necesaria para cumplir las tareas encomendadas sin desmayarse, más bien, sin morir en el esfuerzo y no perder mano de obra.

En el futuro, nuestras dietas serán calculadas en base a fórmulas de cálculo tan restrictivas como esas, hijo mío, no tengo duda de aquello.

Nuestra alimentación será sometida a una disciplina estricta.

La industria de la moda no podrá explicarse sin los ejercicios de los nazis en sus campos de concentración.

Por qué, pues porque hemos atravesado una frontera de la que después ya no podremos regresar.

Es un viaje sin retorno, querido hijo, sin retorno.

Horas más tarde, Kohl irrumpió en el bañó mientras Baggio se cepillaba los dientes.

El sacerdote estaba en calzoncillos y camiseta, se sorprendió con la intempestiva entrada del alemán.

Kohl tuvo que esperar que enjuagara su boca.

Le dio un poco de asco ver la espuma blanca en el lavamanos.

Luego, terminaron las buchadas de Baggio, el alemán tomó el tubo de dentífrico y untándose el índice derecho con la pasta de dientes, comenzó a trazar unas líneas con pasta dental sobre el espejo.

Baggio sonrió, pues no tardó en darse cuenta de que estaba dibujando un muy burdo croquis del templo de Jerusalén.

Enumeró cada espacio y lo asoció con las dependencias de Birkenau.

Al final, añadió que, sin lugar a ninguna duda, la cámara de gas era el lugar santo y los hornos crematorios eran el lugar Santísimo.

Cuando terminó, ambos se quedaron mirando el dibujo.

Baggio le deseó a Kohl buenas noches y apagó la luz.

El bávaro se quedó un minuto en el cuarto de baño a oscuras mirando el espejo y tuvo la sensación de alguien más lo espiaba detrás de la cortina del baño, respirando despacio, como un animal herido.

Al día siguiente, muy temprano, viajó rumbo a Génova y luego, un par de días después abandonó Italia.

Por la mañana, cuando Kohl ya no estaba en el departamento, Fognini despertó y fue al baño a orinar se encontró con un par de líneas incomprensibles que se intersectaban dibujadas sobre el espejo.

Se acercó para olerlas y se dio cuenta de que estaban hechas de dentífrico.

Se rascó el culo y ladeó la cabeza como si intentara comprender la figura.

Luego, hizo una mueca de desagrado y humedeció un paño húmedo para quitar las líneas.

Ni Baggio ni Fognini volvieron a saber de él, aunque cada vez que llegaba correspondencia conservaban la esperanza de encontrar alguna misiva con el nombre de Kohl como remitente.

A veces se quedaban hasta tarde imaginando qué destino habría escogido al final.

Baggio apostaba por Río de Janeiro; Fognini, en cambio, fantaseaba con alguna región selvática de Perú, Bolivia o Venezuela.

Ambos, en secreto, lo imaginaban dedicado a la farmacología.

Como nunca llegó carta alguna, para justificar la ingratitud de Kohl solían repetirse que, en el fondo, habría sido temerario enviar correspondencia desde Sudamérica.

Cuando al fin se subió al trasatlántico que lo llevaría hasta Buenos Aires, Kohl sintió como si fuera otra persona o como si estuviera invitado a un baile de máscaras, o, peor aún, como si fuera el único invitado a una fiesta que hubiese llegado disfrazado.

Estaba asustado, con la infantil ocurrencia de que alguien pudiera reconocerlo.

Por ello, los primeros días paseaba cabizbajo esforzándose por pasar desapercibido.

La mayor cantidad del tiempo lo pasaba encerrado en su camarote individual, aburrido mortalmente, o paseando por los pasillos interiores de la embarcación, como si fuera miembro de la tripulación buscando algún desperfecto imperceptible al ojo de los pasajeros.

Uno de esos días, al hurgar en su equipaje, se dio cuenta de que Baggio, sin avisarle, había guardado un libro entre su ropa.

Era La cartuja de Parma. Cada uno de los reglones estaban tachados, excepto un par de palabras en el capítulo dieciocho, que formaban una oración legible: “Estaba prohibido hablar de aquella construcción”.

El alemán sonrió, como si acabaran de contarle un chiste especialmente imbricado, una humorada que no estaba seguro de entender del todo.

El volumen resultaba ilegible, pero Kohl lo utilizaba para mantener su rostro oculto cuando se animaba a dar algún paseo por la cubierta.

Entonces, simplemente, abría el libro y, apoyado en las barandas o sentado sobre alguna reposera, fingía leerlo concienzudamente para evitar tener que levantar la vista y saludar cuando alguien pasaba junto a él.

El resto de los pasajeros debió tomarlo, simplemente, como un afanado lector de Stendhal, un amante de la literatura francesa; tal vez como un sujeto tímido y retraído, pero en ningún caso como el criminal de guerra que era.