Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #16
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #16

Desconcertado, se vistió a prisa, tomó al niño y lo subió al auto.

Este, restregándose los ojos, hizo el recorrido de vuelta sentado en el asiento del copiloto.

De vez en cuando, Baggio miraba sus muslos y rodillas y sentía la tentación de soltar el volante para acariciar esa piel turgente.

Tuvo deseos de detenerse en algún callejón y masturbarse mientras lo veía dormir.

Cuando llegó de regreso a Cinecittà abrió la puerta del Fiat y le pidió que bajara igual que un taxista pide a un borracho que abandone el vehículo.

El niño bajó restregándose los ojos y alcanzó a murmurar que tenía frío cuando el sacerdote estiró el brazo para cerrar la portezuela.

Al dar la vuelta, volvió a mirarlo por el retrovisor: el niño tenía una expresión de extravío y buscaba a quién pedir auxilio. Volvió a sufrir una erección.

Más tarde, llamó a Fognini desde una cabina pública. Lo citó en una cafetería del centro y lo esperó tamborileando sobre la mesa después de encerrarse en el baño por cinco minutos.

—Necesito confesarme —le dijo apenas Fognini se sentó junto a él.

—Por fin —dijo Fognini y le hizo un gesto a la camarera para que le trajera una taza de café.

Cuando entró a la cafetería aún estaba tiritando de miedo.

La camarera se acercó y verla allí, parada junto a él, aguardando la orden con expresión de fastidio, le inquietó aún más.

Pidió un café expreso. Se dio cuenta de que el temblor de las manos no iba a dejarle tomar un solo sorbo sin derramar el contenido de la taza.

Miró hacia la calle y luego se levantó para ir al baño como si tuviera alguna urgencia.

Encerrado en el cubículo, se bajó los pantalones como si fuera a evacuar, pero, en lugar de eso, comenzó a masturbarse recordando al niño.

Justo antes de eyacular, soltó espantado su miembro, asediado por una imagen que le pareció herética, imperdonable: imagino a un mocoso desnudo, de mejillas rosadas, rubicundo y tendido en medio el bosque sobre una cama de heno, rodeado de los animales del pesebre que dormían plácidamente.

La oscuridad del bosque era iluminada por una aureola que se recortaba sobre sus perfectos rizos dorados.

Fognini tuvo curiosidad y al día siguiente fue a echar un vistazo a las ruinas de Cinecittá.

Estaban vacías, es decir, ya no había indigentes por ningún lado.

Solo estaban los galpones y los estudios vacíos.

Para ratificar la veracidad de la historia que le había contado Baggio había rastros de fogatas en el suelo y disfraces desparramados por doquier.

Fognini se puso a recogerlos como si estuviera poniendo en orden la pieza de un adolescente.

Se detuvo cuando encontró el disfraz de un senador romano.

Se desnudó para ponerse la toga y luego buscó alguna escenografía apropiada y monologó frases sin sentido.

Al cabo de diez o quince minutos de incoherencia se dejó caer al suelo súbitamente, como una marioneta a la que sueltan los hilos, y luego comenzó a llorar sacudiendo los hombros.

Quedó claro que, quizá, Kohl estaba tomando demasiada confianza cuando, una noche de domingo, durante la cena –una sopa de tomate con orégano–, dijo de pronto, sin que nadie entendiera bien por qué, que de haber estado en Alemania los sacerdotes habrían terminado en un campo de concentración.

Fognini quiso saber a qué venía ese comentario mientras cuchareaba la sopa que él mismo había tenido la delicadeza de coronar con cilantro.

—Porque esos hacíamos en Alemania con los homosexuales. Cosíamos un emblema rosado a sus vestimentas y los enviábamos a nuestros campos.

Fognini dejó caer la cuchara sobre el plato y salpicó el mantel. Hubo un momento de silencio y Kohl volvió a arremeter:

—Leí en la Biblia: “No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer”. Eso es abominación.

Baggio, simplemente, preguntó al cabo de un instante si le había gustado la sopa.

A él, le había parecido francamente exquisita.

Kohl se quedó mirándolo y luego se puso de pie y se encerró en su habitación dando un portazo.

Desde la habitación comenzó a gritar, en alemán, que el amor libre era obsceno y que debía rechazarse.

Debemos rechazar todo lo que castra a nuestro pueblo y que lo convierte en juguete de nuestros enemigos.

Baggio pidió a Fognini repetir el plato de sopa. En la cocina, mientras recalentaba el caldo, Fognini comenzó a llorar en silencio, mordiéndose los labios, apretando el mantel entre sus manos empuñadas. Regresó a la mesa con el plato, pero después de dejarlo frente a Baggio escupió dentro.

En los últimos días de la estadía de Kohl en Roma, una tarde en que Fognini no estaba en el departamento, Baggio entró al baño mientras Kohl se bañaba en la tina. Sin decir palabra, se sentó a su lado y comenzó a enjabonarle la espalda.

—Una vez tuve un sueño extraño —dijo el sacerdote—.

Yo era Jonás. Dios me hablaba y me decía que debía ir a predicar a Sicilia, pero en lugar de ir a Sicilia yo me embarcaba hacia Génova.

En medio del viaje, el barco naufragaba y yo caía al mar donde me tragaba una ballena.

Entonces, sucedía algo realmente extraño.

Yo cerraba los ojos y al volver a abrirlos ya no estaba en las entrañas de la batalla, sino que estaba al interior de un ferri de los aliados que iba a desembarcar en Normandía el 6 de junio de 1944.

Pero eso no era lo más extraño. Lo más desconcertante —continuo Baggio—, es que cuando finalmente las compuertas del ferri se abrían, yo quedaba paralizado porque resultaba evidente que no estábamos en ninguna playa francesa.

En ese momento, la mano de Baggio dejó de jabonar la espalda de Kohl y cayó sobre el agua que salpicó las baldosas.

—¿Dónde estaba entonces? —preguntó Kohl, impaciente.

—Estábamos desembarcando en Constantinopla, en 1204.

—¿Constantinopla? ¿Cómo sabe que era 1204?

—Porque conozco bien la obra de Tintoretto. Lo que vi era idéntico a la Caída de Constantinopla de 1204. En el fondo, hijo mío —dijo tomando de nuevo el jabón—, todas las guerras son iguales.

Baggio lo ayudó a salir de la tina y a Kohl no le importó que lo viera desnudo.

El sacerdote miró de reojo el miembro encogido por el agua, como si espiara el pequeño pene de un niño.

Lo envolvió en una toalla blanca y no pudo evitar pensar en aquel viernes en que la Virgen María y María de Magdalena envolvieron a Jesús en sábanas blancas.

Luego, comenzó a secarlo despacio. Comenzó por la espalda y luego continuó por el brazo y el pecho.

Después, bajó a los pies y volvió a subir por las canillas, rodillas y muslos.

Kohl tuvo la impresión de que estaba cantando, muy despacio, casi susurrando, una canción de cuna en italiano.

Dio un par de rodeos por la ingle y luego secó el pene cuidadosamente.

Un instante después dejó la toalla a un lado y comenzó a masturbarlo.

Kohl se dejó hacer y en cuestión de minutos eyaculó sobre la mano izquierda del sacerdote que se lavó las manos descuidadamente.

Desapareció luego un momento y cuando regresó traía consigo un sobre café de papel estraza.

En su interior había todo lo necesario para que Kohl se fuera de Europa sin inconvenientes. Cuando vio su nuevo nombre sonrió:

—¿Franz Kohl? Es nombre de farmacéutico.

Se rieron al unísono y estuvieron un largo rato hablando de la industria química farmacéutica alemana, imaginando, divertidos, una biografía falsa el alemán. Cuando Fognini regresó, al cabo de quince minutos, estaban desternillados de risa en el baño y Kohl aún no se vestía.

—¿De qué se ríen? —preguntó Fognini.

Ambos intentaron hacer el esfuerzo de permanecer serios, pero estallaron en una risotada brutal. Fognini tuvo paciencia y espero que dejasen de reír apoyado sobre el marco de la puerta. Baggio se quedó mirándolo y le preguntó si sabía en que universidad alemana enseñaban farmacología.

—En Humboldt, desde luego.

Esa noche, Kohl soñó que llegaba descalzo hasta el río Jordán y que, una vez frente a Juan Bautista, este le dice: “Yo soy el que necesita que tú me bautices, entonces, ¿por qué vienes tú a mí?”

. En el sueño, el río empantanado está lleno de cadáveres y a lo lejos todo era ruina y humo.

La cara de Juan está sucia de hollín y pólvora.

En ese momento, Kohl le decía al Bautista que haría bien en lavarse el rostro.

Este le decía que no había ya suficientes judíos para fabricar un buen jabón.

Kohl sacaba un jabón del bolsillo de su uniforme y hacía espuma con el agua el río y la desparramaba sobre el rostro del Bautista.

Procedía a afeitarlo y, aprovechando el cuello expuesto, lo degollaba lentamente.

En lugar de sangre, desde la herida se desparramaban saltamontes que salían brincando, por miles, hasta cubrirlo todo.

Oía entonces una voz que provenía desde cielo y que decía: “Estúpido, esos bichos devoraran el Sacro Imperio por completo”.

Al día siguiente, Baggio sorprendió a Fognini oliendo la toalla que usó su huésped como si fuera el Santo Sudario.

—¿A qué huele? —le preguntó sonriendo y Fognini, sorprendido, dobló la toalla a prisa, haciéndose el desentendido y se perdió por el pasillo hacia la cocina.

La última noche que Kohl pasó en Roma, Baggio le pidió que lo acompañara a dar una vuelta.

Se subieron al Fiat y fueron hasta el foro itálico, al que el sacerdote aún llamaba foro Mussolini.

Se bajaron del auto y dieron un par de vueltas en silencio entre los árboles.

Estaba lleno de vehículos y maquinarias de construcción.

Se encaminaron hacia el estadio con la ayuda de una linterna que alumbraba el camino.

Kohl esperó mientras Baggio hablaba con unos cuidadores para convencerlos de que les dejaran entrar.

Apuntaron con las linternas hacia Kohl y lo encandilaron.

Baggio los bendijo y luego hizo un gesto a su invitado para que se acercara.

Como si fuera el acomodador del cine, uno de los guardias los condujo hacia el interior del recinto, un círculo de obra gruesa.

Kohl sintió como si estuviera en una ruina del imperio romano.

Se sentaron sobre una de las graderías desde la cual se veía la cancha aún sin césped.

Baggio recordó Ben-Hur, la novela de Lewis Wallace.

Kohl recordó la parábola del trigo y la cizaña.