Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #15
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #15

Entendí que, a pesar de todas mis miserias, el Espíritu Santo se presentaba ante mí, a pocos metros de los barracones, a un par kilómetros de las cámaras de gaseo y hornos crematorios, para ofrecerme la oportunidad de abandonar esos caminos.

Salí del agua y busqué mi ropa, entre las cuales tenía una pistola.

Regresé y la puse frente a la paloma que siguió hablándome, sin moverse y disparé.

La paloma, muerta, se quedó flotando sobre el agua.

Grité muy fuerte mirando al cielo. Eso es, lo que quería confesar.

Antes de salir de la habitación, el sacerdote de Amberes quiso saber qué eran aquellas cosas que la paloma le hablaba. Kohl sonrió sin levantarse de la cama y dijo que no recordaba ese detalle.

Pero recordaba claramente lo que creyó que la paloma dijo: “Deja estas marranadas y estarás conmigo en el Paraíso. De otro modo, te irás directo al Infierno”.

“¿Quién eres tú?”, preguntó Kohl mentalmente, mirando fijamente al ave.

“El espíritu santo”, dijo ella. Qué es el Espíritu Santo, preguntó entonces el germano.

“Ignorante. El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Una entidad espiritual, sin un cuerpo de carne y hueso. A menudo me llaman también el Espíritu de Dios, el Espíritu del Señor o el Consolador. Circunstancialmente, cuando quiero salvarle el pellejo a algún cretino como tú,

aparezco en el cuerpo de una paloma blanca. No me hace ninguna gracia perder mi tiempo con malnacidos como tú, pero así es el asunto: he venido a rescatar a los peores de ustedes. He estado antes en el río Jordán, ¿has oído hablar del río Jordán, simio con uniforme?”

. Kohl se encogió de hombros. “Te exhorto nuevamente”, dijo entonces la paloma blanca: “Deja estas porquerías o te irás directo al Infierno. Aún peor que lo que hace el resto de tus camaradas, cerdo infame, es lo que haces tú”.

Kohl recordó una frase que había oído cuando niño: “Pero Jesucristo es nuestro abogado”.

“Ni siquiera Él puede defenderte de tus asquerosidades sin nombre”.

Kohl preguntó entonces cómo era el Infierno.

La paloma parecía incólume, pero el alemán la oyó sonreír y luego reír a carcajadas dentro de su cabeza.

Las carcajadas resonaron en sus sienes como un tambor.

“¿El infierno?”, creyó, o imaginó escuchar Kohl: ¨No te hagas el imbécil, sabes perfectamente como es aquel lugar”.

“No lo sé”, dijo el germano y la paloma volvió a reír escandalosamente.

Entonces, Kohl disparó y dejó de oír a la paloma.

—¿Sabía que sus compatriotas saquearon Cinecittà en 1943?

— preguntó Baggio cuando se levantó a desayunar—.

Así es, las tropas alemanas se llevaron a Berlín dieciséis vagones repletos de material técnico y decorados.

¿Se imagina a usted? Soldados cargando los vagones con escenografías y utilerías.

Me pregunto en que utilizaron luego toda esa tramoya.

Mientras Roma estuvo tomada, las dependencias fueron utilizadas como campos de concentración.

Más tarde, las instalaciones fueron bombardeadas por los aliados y luego de la liberación fueron ocupadas por cientos de personas sin hogar.

Incluso funcionó un hospital. Una vez, por esos días, fui a husmear las instalaciones.

Fui a hacer eso que hacemos los sacerdotes.

Dar una palabra de ánimo. Me encontré con un espectáculo peculiar.

Los ocupantes habían encontrado una bodega con vestuarios y estaban todos disfrazados.

Se daban calor arrebujados unos contra otros y habían encendido fuego dentro de unos tambores de aceite vacío.

Estuve un par de horas, predicando el Evangelio.

En fin, hijo mío, si no hablamos nosotros hablaran las rocas con nosotros y si no hay nadie que quiera escuchar, pues entonces tendremos que ir a predicarles a los peces en el mar, igual que hizo San Antonio.

Kohl quiso saber de qué trataba esa historia.

Baggio explicó que San Antonio fue a Rímini y allí no encontró a quien dirigir la palabra.

Era una ciudad en manos de heréticos. Las iglesias estaban vacías.

En las plazas nadie estaba dispuesto a escuchar.

El santo, sin perder la compostura, se encaminó hacia la orilla de la playa bañada por el mar Adriático y una vez allí llamó a los peces a escucharlos y estos comenzaron a aflorar por centenares, ordenados y palpitantes, a oír las palabras de exhortación y alabanza.

El alemán cerró los ojos e imaginó millares de peces varados en la orilla de una playa sucia con algo parecido al petróleo.

Hay algo, sin embargo, que Baggio no confesó sobre aquella noche entre las ruinas de Cinecittà.

Esa noche, estacionó su Fiat blanco a cien metros de la entrada.

Iba hasta allí con la misión de dar una palabra de aliento a los pobres diablos que esperaba encontrar viviendo en la desesperanza.

Alcanzó a caminar un par de metros cuando comenzó a oír risotadas y algarabía.

Parecía una fiesta. Cuando entró al lugar encontró algo que no esperaba.

Los desposeídos que ocupaban los galpones estaban disfrazados, divirtiéndose, o eso parecía.

Habían encontrado las bodegas donde guardaban el vestuario.

Baggio vio a Cleopatras, Robespierres, Napoleones, médicos y enfermeras, senadores romanos, indios apaches, cowboys y policías italianos, deambulando por el lugar.

Algunos estaban ebrios y otros drogados.

Un carnaval, pensó Baggio que había oído, hace un par de años y casi casualmente, una conferencia sobre las ideas de Bajtín en su libro sobre Rabelais.

También había fogatas que amenazaban con reducir a cenizas lo poco que aún quedaba de los estudios cinematográficos.

Baggio, de todos modos, decidió acercarse a un grupo de personas.

Abriéndose espacio en el círculo, preguntó cómo estaban.

Entonces, se dio cuenta que los demás lo juzgaban como uno de ellos, disfrazado de sacerdote.

Se dio cuenta porque nadie dejó de hacer lo que estaba haciendo –sobar las manos contra el fuego de la fogata, masticar un mendrugo, hurguetearse los dientes, escupir en el suelo– y nadie lo llamó padre.

Todos creyeron que era un desposeído, tal vez un drogadicto igual que ellos, luciendo el hábito de sacerdote que había sido el vestuario de algún filme piadoso, tal vez alguna comedia.

Recibió un trato familiar, incluso grosero, además de palmadas en la espalda.

Es decir, todos actuaron como si nada estuviera ocurriendo.

Sin saber por qué guardó la Biblia en su bolsillo y se quedó callado.

Al cabo de cinco o diez minutos, cuando estuvo seguro de que todos lo tomaban como uno de ellos se puso de pie y comenzó a deambular por el lugar.

Era primera vez, en muchos años, en que sentía algo semejante a la libertad.

Podía actuar como quisiera porque nadie iba a juzgarle por el atuendo que llevaba encima.

Esa noche, ese atuendo era un disfraz. No significaba nada.

De hecho, pensó que, por algún motivo, la gente está especialmente disponible para recibir bromas de alguien que está disfrazado de sacerdote.

Pasó por algunas escenografías arruinadas.

Había una ruta romana y un ágora griego.

Había una cantina que probablemente se utilizó para filmar un espagueti Western.

Baggio trató de recordar si había visto algún filme en que se hubiese utilizado ese decorado.

Caminó hasta unos galpones que los nazis habían desmantelado.

Oyó gemidos. Avanzó y se dio cuenta de que un hombre y una mujer mantenían relaciones sexuales sobre un escaparate de utilería.

Un disfraz de enfermera y otro de bombero estaban arrojados en el suelo, como piel desollada.

Más allá, un niño de cuatro o cinco años dormía plácidamente sobre un sofá roído.

Baggio fingió estar profundamente indignado y tomó al niño en brazos apresuradamente, evitando despertarlo; evitando, sobre todo, alertar a la pareja.

Luego, atravesó Cinecittà a toda prisa, como si estuviera rescatando a alguien de un incendio o desde un campo de batalla.

Nadie lo detuvo. Algunos, de hecho, le hicieron señas como si despidieran a uno de ellos.

Puso al niño en el asiento trasero del auto y echo a andar el motor.

No sabía hacia dónde iba. En el trayecto miró un par de veces al niño por el retrovisor.

No despertó. Dormía profundamente. Dio un par de vueltas circulares.

No sabía que camino tomar. Al final, al cabo de quince minutos decidió conducir hasta un bosquecillo en el foro itálico.

Cuando llegó, al cabo de cuarenta y cinco minutos, apagó el motor y los focos del auto.

Se bajó y dejó la puerta abierta y dio un par de vueltas torpes alrededor del auto, como un perro que busca un neumático sobre el cual orinar.

Pensó, sin saber muy bien por qué, en Edipo y el leñador.

Creyó estar en Corinto, deshaciéndose del hijo indeseado de Layo.

Volvió al auto y cargó al niño aún dormido.

Caminó hasta un claro del bosque evitando despertarlo.

Ahí, lo depositó en el suelo. Fue como si llevara de vuelta a su hábitat a un animal indefenso.

Tuvo una erección tan contundente que le causó dolor.

Entonces desnudó al niño y no puedo evitar que, al despertar, este abriera los ojos y se sorprendiera al verlo.

¿Qué pasa? ¿dónde estamos?, preguntó somnoliento y Baggio tuvo la sensación de que no era la voz del niño, sino de que era la voz de Dios, preguntándole que diantres estaba pasando.

Dios, pensó Baggio, de quien nadie puede esconderse, me está preguntando qué estoy haciendo con este niño desnudo en medio de un bosque en la noche.

¡Un bosque en la noche, por Dios!, gimoteó.

No quiso escuchar y se bajó los pantalones, torpemente.

A pesar de que su pene estaba erecto Baggio no sabía qué hacer.

Sus rodillas tiritaban, de ansiedad y nerviosismo, incluso por algo semejante a la alegría, la clase de dicha que un crápula siente cuando cree tener todo a su favor.

Se alejó un metro, errático, y se quedó mirando al niño con los pantalones arrugados en los tobillos.

Cualquiera que lo viese, de pronto, sin reparar en el niño, juzgaría que se aprestaba a defecar.

Entonces, creyó escuchar crujir un par de hojas o ramas secas y miró hacia donde creía que venía el ruido.

Le pareció ver una túnica blanca, un par de alas plegadas, tal vez una especie de armadura –¿la punta de una espada brillante?

–, pero eso era imposible, no podía haber ángeles deambulando por ese bosque siniestro.