EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #14
Se quedó pensando que algo semejante debió sentir Hitler, aquel 30 de abril de 1945, antes de suicidarse, como si cargara sobre sus hombres con todos los pecados cometidos por Alemania. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Algo, algún detalle unido a otro, tal vez alguna historia que oyó sin prestar atención, hizo que Baggio comenzara a tener un presentimiento, una intuición vaga y difusa.
Por eso, uno de esos días, mientras Kohl lavaba los platos con un mantel colgando del hombro, se ofreció para llevarlo a conocer las dependencias de Cinecittà.
Kohl se quedó un momento inmóvil y luego volvió a fregar la loza.
—No, gracias, no me interesa el cine —dijo Kohl.
Baggio lo miró de reojo y sonrió igual que un profesor que sorprende a un estudiante haciendo trampa.
Desde entonces, para tentarlo, durante los almuerzos, Barrio dejaba caer algunos nombres de directores de cine italiano. Rosselini, Fellini, De Sica, Visconti. Kohl se mantuvo con la vista fija en el plato. A veces, para herir su amor propio, dejaba caer algunas críticas al cine alemán.
El más incómodo de los encuentros para Kohl tuvo lugar la noche que recibieron la visita de un sacerdote belga.
El germano se sentó frente a él en la sala de estar y el sacerdote le preguntó, casi sin dilación, en qué lugares había servido al Reich.
Fue como si le preguntara a un sacerdote en qué parroquia había servido a la obra de Dios.
El germano, en todo caso, interpretó la pregunta como un cuestionamiento, aunque la intención del belga estaba muy lejos de aquello.
—¿En orden alfabético? —preguntó el alemán, mirándolo a los ojos.
La lista, pensó, comenzaría en Arbeitsdorf y terminaría en Westerbork.
El sacerdote lo escuchó atentamente mientras daba sorbos a su taza de café. Cuando terminó lo miró sonriendo y le dijo que, aparentemente, había prestado muy buenos servicios al Reich.
Después de comer fueron a beber Sambuca al cuarto de estar.
Kohl se quedó sentado frente a la visita y le preguntó de qué ciudad de Bélgica era oriundo.
Amberes, respondió y el alemán hizo un par de comentarios sobre la suerte de Amberes en la guerra.
Disertó sobre los cohetes V2 que los nazis habían dejado caer hasta el hartazgo sobre Bélgica y luego espetó, de pronto y sin motivo aparente, que Amberes, –“qué digo Amberes, Bélgica completa”–, estaba regado de afeminados.
Una tierra de cobardes. Luego comenzó a describir la suerte que corrían los homosexuales en el Reich.
Habló de esterilizaciones forzadas, de castraciones y de inyecciones de testosterona, como si estuviera hablando de tratamientos veterinarios.
Fognini tosió y se puso de pie para buscar algún vinilo de música clásica con el propósito de distender el ambiente.
Baggio se quedó mirándolo fijamente con una sonrisa forzada.
Fognini se quedó dudando entre la Sinfonía n.º 5, de Mahler o Tristán e Isolda, de Wagner.
El sacerdote belga pidió un cenicero y después encendió un cigarrillo.
Dijo tener fundadas sospechas de que el Nacionalsocialismo se había ensañado con los homosexuales, precisamente, porque estos conocían muchos secretos incómodos sobre sus fundadores.
—No se olvide —agregó—, que el Partido Obrero Alemán fue fundado en un bar gay.
He oído decir que muchos, sino todos, de sus miembros fundadores eran homosexuales o bisexuales.
No es de extrañar que uno de los primeros actos de Hitler fuera cerrar todos los bares y cabarés regentados por homosexuales de Alemania, incluso, el Instituto de Ciencia Sexual, cuyos volúmenes terminaron ardiendo en piras escandalosas.
Varias militantes del régimen estuvieron bajo tratamiento médico en el Instituto, es decir, se trata de un sitio que debió estar rebosando de íntimos detalles de los jerarcas nazis.
Imagina usted la clase de información que contenían esas fichas clínicas.
No quiero ni imaginarlo. Había que deshacerse de toda esa evidencia incómoda.
—Nosotros, en cambio —dijo Baggio con una risa forzada—, no tuvimos esos inconvenientes. No olvide las sabias palabras de Mussolini: “En Italia todos somos machos”.
El sacerdote amberino se quedó mirándolo, sorprendido, casi escandalizado:
—No olvide, hermano mío, que ustedes tuvieron sus propias versiones de Sodoma y Gomorra.
Me refiero, desde luego, como intuirán, a Taormina y a Capri.
No se olviden que esos lugares fueron refugios predilectos de homosexuales y lesbianas de todo Europa.
No se olvide que la sodomía fue suprimida del código penal italiano recién en 1889, apenas nueve años después de que Edison inventara la ampolleta.
—Pero luego, en 1938, Mussolini volvió a incluirla. Recuerde que, en 1939, en San Domino, en la isla Tremiti, se creó una colonia donde confinaban a los homosexuales.
—¡Bah!, ¡Tremiti! Un balneario de descanso, nada más. Nada más que una bufonada. Todos los reclusos se paseaban desnudos por Tremiti. Un resort para afeminados. A otro perro con ese hueso.
El sacerdote desvío su atención hacia Kohl que lo miraba con expresión furibunda.
—Göethe, un compatriota suyo, uno de los que ustedes se sienten orgullosos, se maravilló cuando estuvo de viaje en Italia y pudo apreciar la naturalidad de las amistades desviadas en Roma y, cuando estuvo en Venecia,
se permitió incluso admirar sin inconvenientes los torsos desnudos de los gondoleros.
No quiero abusar de los ejemplos, pero no puedo evitar mencionar al famoso y acaudalado fabricante de armas, Firderich Krupp, quien, precisamente, erigió una villa en Capri donde iba a pasar el frío del invierno en compañía de toda clase de jovencitos isleños.
No podemos negar que Italia fue siempre un refugio ideal para los degenerados.
Acá todos estaban dispuestos a apartar la mirada si los turistas dejaban divisas y si eras un buen ciudadano y pagabas los impuestos religiosamente.
Como si no hubiera escuchado nada, Kohl añadió que uno de los experimentos a los que eran sometidos los prisioneros homosexuales consistía en introducirlos desnudos en tinajas con hielo para investigar los efectos de las bajas temperaturas en el cuerpo.
En el recto, dijo mirando sin pestañear al belga, se insertaba un medidor de temperatura para comprobar los efectos de la disminución de grados corporales.
Una vez insertado y ajustado al recto, el pobre diablo era forzado a entrar en aguas congeladas.
Se quedó mirando su vaso y jugó con los cubos de hielo que estaban derritiéndose.
Se dirigió a Fognini sin dejar de mirar al visitante:
—¿Hay más hielo?
Baggio, visiblemente nervioso, se aburrió de la indecisión de Fognini, se puso de pie y tomó al azar un vinilo que puso enseguida bajo la aguja del tocadiscos.
Comenzaron a sonar alguna composición de Prokófiev.
Los acordes de Pedro y el Lobo parecían musicalizar la escena de modo bastante apropiado.
—A veces —insistió Kohl que estaba resultando bastante majadero—, el experimento continuaba invitando a una señorita desnuda a pasar un rato junto a los prisioneros al borde de la hipotermia.
Las damas en cuestión intentaban reanimar a los pobres diablos.
Nunca hubo resultados positivos. El propósito, claro está, era averiguar que estrategias podían utilizarse para combatir el frío en los campos de batalla.
La cuestión hubiese supuesto una serie de dificultades logísticas, principalmente en lo relativo a transportar a centenares de putas por los campos de batalla.
Cuando el belga vio su reloj y se levantó porque tenía que irse, Kohl insistió en acompañarlo hasta la puerta.
Fognini fue a buscar el abrigo. El belga se detuvo un momento frente a la reproducción de Entrada de Cristo en Bruselas.
Kohl hizo un comentario infantil sobre la pintura, un comentario que dejaba en evidencia su total ignorancia.
El belga dejó a Fognini con los brazos estirados y el abrigo en la mano, volteó para mirar fijamente al bávaro.
—Hijo mío, ¿te gustaría que oyera tu confesión?
Baggio se apresuró a decir que no era necesario, pues su huésped confesaba sus pecados periódicamente, como cualquier cristiano piadoso. Kohl dijo que sí, le encantaría hacerlo y caminaron juntos a encerrarse en el cuarto.
Baggio y Fognini se quedaron mirando aterrados la luz tenue que se desparrama a través de la puerta cerrada de la habitación de Kohl.
Fognini se acercó a la puerta para fisgonear, pero no logró escuchar nada.
En cambio, cerró los ojos y recordó que poco tiempo atrás despertó en medio de la noche silenciosa con la mano de Kohl tapándole la boca.
Le susurró al oído fragmentos de la sección 175 del Código Penal Reich, en especial aquellos que criminalizaban los actos sexuales entre hombres.
Fognini, gimoteando, intentó zafarse sin éxito.
Cuando finalmente se quedó quieto bajo el peso del cuerpo de Kohl, este le bajó el pantalón del pijama y calzoncillos.
El sacerdote percibió una verga dura rozándole las nalgas y sintió algo parecido al miedo.
De pronto, Kohl se detuvo fulminado por una imagen de Catalina Siena coronada de espinas que lo miraba desde la pared y salió de la habitación de forma rauda.
Fognini se quedó sollozando boca abajo. Al día siguiente, actuaron como si nada sucediera.
De hecho, Fognini llevó a Kohl el desayuno a la cama: café y tostadas con mermelada.
Allí, con la oreja pegada a la puerta se quedó pensando si el alemán incluiría ese hecho entre aquellos que debía confesar.
—Nunca le he contado esto a nadie. Una mañana, mientras me alojaba en Auschwitz, desperté muy temprano y caminé hasta la ribera del Vístula.
Sin saber por qué, me desnudé. Estaba ahí, tiritando de frío, cuando apareció una paloma blanca.
La más hermosa de esas alimañas que haya visto nunca.
Era perfecta, no tenía una sola mancha o defecto.
Quise espantarla, pero no se movió. Se mantuvo impertérrita frente a mí.
Entonces, la paloma comenzó a gorjear, pero dentro de mi cabeza yo escuchaba palabras que parecían un susurro.
Pensé que estaba enloqueciendo y tuve miedo.
Para que se callara, le di un manotazo, pero la paloma lo esquivó apenas y siguió hablándome.
Entendí que era el Espíritu Santo dándome una oportunidad.