Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #13
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #13

Mientras Fognini leía, Baggio dibujaba ensimismado sobre una servilleta completamente desplegada. De vez en cuando, interrumpía la lectura de Fognini, como si le diera órdenes a un monaguillo, para agregar algunos comentarios dispersos.

—En la construcción del templo —siguió leyendo Fognini—, se emplearon piedras entalladas en la misma cantera, de suerte que mientras se construía el edificio no se oyó golpe de martillo, de hacha u otro cualquier instrumento de hierro en el templo.

Fognini leyó la descripción del templo completa, hasta llegar al lugar Santísimo. Este tenía veinte codos de ancho y veinte de alto y fue cubierto de oro puro. El altar era hecho de cedro, recubierto de oro puro. En realidad, todo el edificio fue recubierto de oro.

Cuando Fognini terminó de leer, ocho o diez minutos después, Baggio había terminado de dibujar el templo.

Entonces, fue indicándole cada una de las habitaciones.

Acá estaba la puerta y el patio de las mujeres.

Acá arriba estaba el lugar para lavar y declarar puros a los leprosos.

Este sitio era para la madera, el aceite y el vino y este para afeitar la cabeza de los que habían hecho voto de nazaritas.

Acá estaba el lugar de las ofrendas y la puerta de Nicanor.

—¿Por qué se llamaba así? —quiso saber Kohl.

—Por un judío rico de Alejandría que donó las puertas.

Eran de color cobrizo y llevaba desde el patio de las mujeres hacia los patios interiores.

En esa escalera los levitas cantaban. Más allá estaba el patio de Israel y el patio de los sacerdotes.

Luego, acá es cuando comienza a volverse interesante, está en altar de los sacrificios y la mesa para cortar y lavar la carne para los sacrificios.

Al final, estaba esta estructura con dos habitaciones: el lugar santo y el lugar santísimo.

Kohl, que solía distraerse en los momentos menos propicios, preguntó que eran las habitaciones que rodeaban el perímetro del templo.

—Departamentos —dijo Baggio—, pequeños habitáculos de cinco codos de altura que estaba unidos con el templo por medio de vigas de cedro.

Tardaron siete años en terminarlo, agregó Baggio y no debe confundirlo con el templo que fue destruido por Tito, el año 70 después de Cristo.

Baggio se levantó de la mesa y regresó al cabo de un momento con un croquis, más exactamente un plano dibujado sobre una hoja suelta, amarillenta.

Kohl se demoró en darse cuenta de que era un plano rústico de Birkenau.

Era la primera vez que veía uno. Baggio comenzó a nombrar cada uno de los segmentos del campo.

Barracones, en primer lugar. Los había para judíos, para mujeres, para hombres, para mujeres húngaras, para enfermeras y para cuarentena.

También estaban las garitas de vigilancia, los almacenes de objetos robados, la zona de desinfección, las cámaras de gas, los hornos crematorios, los crematorios al aire libre en el bosque, las fosas comunes para prisioneros de guerra rusos, barracones para desnudarse,

zona de tratamiento de aguas residuales, barracones para experimentos médicos, fosas para cenizas humanas, andenes de la estación de ferrocarril y las cámaras de gaseo provisionales.

A decir verdad, los conocimientos de Baggio sobre las instalaciones de Birkenau eran realmente sorprendentes.

Para entonces, incluso un mentecato como Kohl, podía darse cuenta de que Baggio estaba intentando establecer una comparación entre el Templo de Jerusalén y Auschwitz II, ese que ustedes también llamaban Birkenau.

Puso la servilleta junto al plano, frente a Kohl:

—¿Tú crees hijo mío que alguien, quien quiera que fuese, podría destruir Birkenau y reconstruirlo en tres días?

Kohl se quedó mudo.

Entonces, por fin Baggio dio un sorbo al café. Hizo una mueca de desagrado porque estaba frío. Fognini se ofreció a calentarlo, pero Baggio dijo que no hacía falta.

—Mientras piensa, me gustaría plantearle otro acertijo. Dados estos dos espacios, ¿usted podría determinar cuál de los cuartos de Birkenau equivale al lugar Santísimo?

Kohl sonrió como un niño travieso y estuvo a punto de dar una respuesta apresurada. Baggio se dio cuenta y le dijo que no era necesario contestar de inmediato. Podía —y debía— tomarse su tiempo.

—Por ahora—dijo Baggio—, voy a plantearle otra pregunta —y volvió a pedir servilleta—.

Voy a decirle un par de cosas sobre los tipos de vallados que había en Auschwitz.

En primer lugar, las del primer campo —mientras hablaba, dibujaba—.

Eran de concreto y tienen por evidente misión ocultar todo lo que ocurre al interior del perímetro.

Es imposible ver lo que está ocurriendo dentro del predio.

Si alguien viera humo podría creer que se trata de una fábrica trabajando a toda máquina para ganar la guerra.

Una fábrica de ollas o de motores, tal vez de repuestos automotrices o municiones, en fin.

El muro, en todo caso, supera por varios centímetros la cabeza de una persona de estatura normal, especialmente de una que se encorva de tanto trabajar y comer mal. Acá está.

—Después —dijo tomando otra servilleta—, tenemos a Birkenau.

Ya no hay temor ni vergüenza, ni el más mínimo intento por ocultar lo que sucede.

Desde el borde del perímetro es perfectamente posible ver lo que sucede dentro y viceversa.

El cerco, sin embargo, está electrificado.

Es decir, puede verse a través de él, pero no puede tocarse bajo riesgo de morir electrocutado.

Es una especie de membrana que solo permite la circulación de vapores y gases.

Es propiamente un campo de exterminio de animales, una necrópolis, un matadero.

Lo único que sobrevive del cerco del campo anterior son los pilares.

—Finalmente, está el vallado de Monowitz, más burocráticamente conocido como Auschwitz III.

Un muro industrial, indistinguible de tantos otros: podría levantarse en cualquier polígono fabril de Roma, de Leverkusen o de Londres.

Es el tipo de paisaje que los habitantes de una ciudad atraviesan en autobús, medio dormidos, con la mirada perdida en ese gris uniforme que no promete nada.

Usted lo sabe mejor que yo —continuó—: allí funcionaba un complejo donde se producían tintes, fertilizantes, combustibles sintéticos, caucho artificial, explosivos, gases industriales.

Ciencia, industria y capital llevados a su máxima expresión.

Por eso, tal vez, el vallado tiene otras particularidades.

Es así, fíjese —dijo, mostrando un nuevo dibujo.

—Los cuerpos se mantienen encerrados, privados de libertad, pero es posible mirar hacia el interior con la ayuda de una escalera o de un cajón.

Además, cualquiera puede apreciar que el lugar está gobernado por un sistema de disciplina completamente distinto a los anteriores.

El cercado permite ver los galpones y sus chimeneas.

El humo que vemos no es el de cuerpos calcinándose.

El olor no es de cabello humano quemado.

Es, si me permite decirlo, un modelo distinto de producción.

No estaban lejos unos de otros: lo bastante cerca como para que funcionaran como un solo cuerpo, lo bastante separados como para que cada parte cumpliera su tarea sin estorbar a las demás.

Los escasos kilómetros que los separaban —recorrido a pie, en camiones o en tren— es clave simbólicamente: la muerte no estaba “lejos”, solo desplazada, organizada espacialmente.

Dicho esto, le mostró los tres dibujos de los cercados.

—Responda la siguiente: Si usted tuviera que cercar el templo de Jerusalén, cuál de estos vallados escogería. Cuál escogería, a su vez, para el Huerto de los Olivos y cuál para el Pretorio.

A esas alturas, Fognini tenía cara de aburrimiento. Kohl pensó en cuántas veces, esas mismas preguntas habrían sido formuladas a sus camaradas y quiénes de ellos habrían respondido correctamente.

Kohl no dijo nada, pero pensó lo siguiente.

Para cercar el templo de Jerusalén escogería el vallado de Monowitz.

Para el Huerto de los Olivos hubiera escogido el cercado eléctrico de Birkenau.

Para el Pretorio hubiera escogido el cercado de Auschwitz.

En tal caso, Baggio hubiese dicho que las respuestas eran correctas.

Por otro lado, si hubiese pedido justificar las respuestas, Kohl hubiera enmudecido.

—Última pregunta, dijo Baggio. Pensando en el plano de Birkenau, ¿en qué lugar estaría el Monte de Gólgota?

Sobre el bosquecillo, pensó Kohl, pero tampoco dijo nada.

Para hacerse una idea de las dimensiones del templo, Kohl quiso saber a cuánto equivalía un codo. Baggio se sentó junto a él en el sofá.

—Por distintos motivos ha existido siempre una gran controversia sobre ese asunto, hijo mío.

El codo, desde luego, es la distancia que mediaba entre el codo y el final de la mano abierta, en el caso del codo real, o hasta el puño, en cuyo caso hablamos de codo vulgar.

Eso explica algunas diferencias. El codo egipcio, por ejemplo, medía 0,523 metros.

El codo mesopotámico 0,533 metros. El codo persa exactamente medio metro exacto.

El de Babilonia era de 0,496 metros. El codo árabe era de 0,64, pero el codo árabe negro de 0,54 metros.

El codo romano era de 0,444 metros. El codo griego medía 0,463 metros y el codo tunecino era de 0,473 metros.

El de Ceilán era de 0,470 metros. El codo de Calcuta equivalía a 0,447.

En Aragón medía 0,384 metros y el Castilla era de 0,418, es decir, media vara.

Los moriscos usaban el codo mayor, de 33 pulgadas, es decir, 0,8387 metros.

Ahora bien, sabemos que, para construir el templo, Salomón utilizó lo que conocemos como codo sagrado, esto es, la distancia entre el codo y el dedo del medio de la palma extendida, algo así como el equivalente a 28 dedos, aunque algunos señalan que se encontraba en torno a los 32 dedos.

El codo sagrado, por tanto, es algo más grande que el codo vulgar.

Entonces, Kohl garabateó sobre una libreta: el templo de Salomón tenía 26 metros de largo, 11 metros de ancho y poco más de 13 metros de largo, aproximadamente. Pensó: “Un lugar pequeño pensó. Tanta alharaca por un sitio de dimensiones tan mezquinas”.

Antes de ir a dormir, Kohl se ofreció para recoger la loza que aún quedaba sobre la mesa.

Tomó la Biblia y leyó algunos versículos del Evangelio de Lucas, aquellos que relatan la agonía en el Getsemaní.