Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #12
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #12

Un momento después, el gordo se dejó caer aparatosamente sobre el comedor, y comenzó a gimotear recordando los cadáveres colgando en la plaza de Milán, como si Mussolini fuera Cristo y Clara Petacci, María Magdalena.

Alguien más tomó una Biblia del aparador y comenzó a leer un versículo de la Carta a las Tesalonicenses: “El mismo señor, vociferó, como si estuviera predicando, descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero”.

Acto seguido comenzó a describir aquella ocasión en que un comando de paracaidistas de la Wehrmacht, liderado por el mismísimo Otto Skorzeny, liberó al Duce de su encierro en el Hotel de Campo Imperatore.

Narró la escena como si hubiera estado ahí, como si estuviera recitando un poema épico escrito de puño y letra por Ludovico Ariosto.

Mussolini, vestido de negro riguroso, caminaba sonriente entre los paracaidistas rumbo al avión que iba sacarlo de Italia.

En boca del sacerdote la avioneta parecía el carro de fuego que llevó a Enoc hasta el Reino de los Cielos.

Más tarde, los oyó cuchichear sobre niños.

Hablaron sobre niños judíos y niños gitanos y también sobre niños croatas y niños polacos y daneses, incluso hablaron de niños del sur de Italia.

Mencionaron también ciertos espectáculos de peep show en países exóticos donde a cambio de poco dinero un buen hombre podía ponerse del otro lado de la mirilla para ver a unos mocosos desnudándose.

También hablaron de orfanatos como si hablaran de barrios rojos o fumadores de opio.

Cuando la conversación subió de tono, Baggio los hizo callar bruscamente.

Fognini se puso de pie para recoger los platos. Una copa cayó al suelo y se rompió.

Al llegar el momento de las despedidas, Kohl oyó a dos, quizá tres, sacerdotes cuchicheando en el baño.

Uno de ellos dijo que el mayor aporte de la cultura grecorromana a Occidente era la pederastia, como una necesaria forma de introducción de los púberes a la sociedad adulta.

Otro añadió que el mismísimo Zeus tenía a un jovenzuelo Troyano, Ganimedes, como uno de sus amantes favoritos.

Los oyó orinar y bromear sobre sus miembros.

Alguien, carraspeando, agregó que suscribía plenamente a la filosofía neoplatónica de Galeno, el cual percibía a la mujer como un hombre invertido o inferior.

La mujer, agregó alguien, un hombre imperfecto, es decir, a alguien que carece de la fuerza y la intensidad del calor vital, elemento responsable de la evolución del cuerpo hasta la perfección ontológica del macho.

Kohl se dio cuenta de que, al salir del cuarto de baño, uno de los sacerdotes se acercó hacia la puerta de su cuarto e intentó girar el pomo repetidas veces.

—Máximo, Lucas, ¿a quién tienen escondido acá? Qué clase de misterio es este. Solo me resta citar al libro de Génesis, capítulo 19, versículos 4 y 5 —dijo riéndose.

Más tarde, cuando todo se quedó en silencio, el alemán salió de la habitación en punta de pie y buscó una Biblia.

Con la ayuda de una linterna buscó y leyó los versículos citados, los que narraban cómo los varones de Sodoma rodearon la casa de Lot para exigirle, con oscuras intenciones, que sacara a la calle a los hombres, dos ángeles, que se hospedaban con él.

A la mañana siguiente, Kohl se levantó muy temprano.

Baggio no estaba por ninguna parte y Fognini se esmeraba limpiando el desorden de la noche anterior.

Ya había lavado la vajilla, se había deshecho de las botellas de vino vacías y estaba vaciando los ceniceros.

Las ventanas estaban completamente abiertas para deshacerse del olor a encierro y a tabaco.

Fognini le sirvió desayuno a Kohl y luego se sentó junto a él en la mesa, igual que una mucama toma un descanso para conversar con el chofer o el jardinero de la casa.

—Ayer oí un chiste sobre judíos —le dijo—, ¿quiere oírlo?

Hurgueteando, Kohl encontró un álbum fotográfico.

En una de las fotografías Baggio aparecía disfrazado de soldado romano y Fognini de Herodes.

En otra, Baggio estaba vestido con la camiseta de Lazio, abrazando a un jugador de buzo.

Otra más: Fognini en la cocina preparando una pizza.

Baggio con la camiseta de la selección italiana.

Fognini con un libro entre las manos, una novela de Emilio Salgari cuyo título no alcanza a apreciarse.

Baggio en bicicleta. Fognini con la camiseta de la Roma.

Otra fotografía de una fiesta de disfraces.

Fognini vestido de mayordomo. No es posible ver el atuendo de su acompañante, pues la silueta junto a él, probablemente Baggio, ha sido recortada.

A juzgar por la forma, sin embargo, es posible aventurar que está disfrazado con un atuendo militar, tal vez Mussolini o Hitler.

Baggio abrazando a un sacerdote que luce la camiseta de un equipo de fútbol, de Sampdoria, específicamente.

Baggio dando misa desde el púlpito. Fognini apuntando hacia algún detalle de la Capilla Sixtina que no alcanza a apreciarse.

Baggio, con una gorra Baker, camina sobre un sendero de piedra cubierto de nieve.

Fognini, con ropa de nieve –probablemente sean las mismas locaciones de la fotografía anterior– sostiene a un conejo muerto por las orejas.

Hay nieve sucia de sangre en sus botas de goma.

Baggio, vestido para dar misa, saluda con la mano estirada a la usanza de los nazis.

Una fotografía tomada desde la explanada de la Plaza de San Pedro.

A lo lejos se ve una pequeña figura vestida de blanco, probablemente Pío XI.

Baggio y Fognini vestidos con la camiseta de la Roma.

Baggio se ve francamente incómodo; con toda seguridad está pagando una apuesta.

Unas manos sostienen una Biblia abierta en una página en que puede apreciarse un versículo de Mateo subrayado: “Y habiéndole crucificado, se repartieron sus vestidos, echando suertes”.

Fognini abrazando por la espalda a un monaguillo que tiene rostro de sorpresa e incomodidad.

En un rincón de la fotografía se aprecia a Baggio riendo de buena gana.

Fognini y Baggio abrazando a Giuseppe Meazza, o alguien muy parecido a él, que sonríe hacia la cámara.

Baggio fumando un habano. Fognini fumando un habano.

Un obispo, con anteojos de sol, fumando un habano; tiene una revista de farándula sobre el regazo.

Baggio y Fognini con ropa deportiva delante del Monumento a la Victoria en Bolzano.

Baggio, en medio de una montaña tapiada de árboles, apunta hacia una especie de castillo, simulando una espada con su brazo, como si fuera el príncipe que amenaza con ir hasta el palacio de la Bella Durmiente.

En la última de las fotografías, aparece Fognini fingiendo estar dormido en medio del bosque.

Más allá, Baggio simula tener un hacha imaginaria entre las manos que le ayuda a talar un árbol.

¿Cómo metes a cien judíos y cuatro nazis en un auto? Dos nazis adelante, dos atrás y los judíos en el cenicero.

Una noche, cuando Kohl ya se sentía por completo a gusto, después de cenar y recoger la mesa, se arremangó la camisa para fregar los platos. Baggio, sin embargo, le hizo un gesto para que regresara al comedor.

—Vamos a divertirnos un rato— dijo.

Kohl pensó que iban a jugar naipes o algún pasatiempo de salón, pero, en lugar de eso, el sacerdote tomó una servilleta y un bolígrafo y comenzó a dibujar algo: una serie de figuras geométricas. Cuando terminó, al cabo de tres o cuatro minutos, puso la servilleta delante de Kohl.

El alemán se quedó mirando el dibujo.

—¿Qué es esto? —preguntó Baggio.

Kohl se encogió de hombros. Fognini pasó junto a la mesa con una escoba esquivando las sillas. Les pidió recoger las piernas.

—Haz un esfuerzo, hijo mío —insistió Baggio.

Kohl volvió a mirar el dibujo. Giró la servilleta.

Nada. Pensó que se trataba de uno de esos juegos de ingenios en que deben hacerse calzar piezas para formar alguna figura, un juego de perspicacias, es decir, la clase de divertimentos en las que él era un completo incompetente.

Volvió a girar el dibujo. Fognini se rio como una hiena.

Al ver el desconcierto de Kohl, Baggio volvió a tomar la servilleta y agregó, sin dudar, nuevas figuras.

La figura añadida dejó aún más perplejo a Kohl. Pasaron cinco minutos en que Fognini pareció perder la cabeza. Baggio, en cambio, parecía más complacido que nunca. Volvió a pedir el dibujo y fue agregando líneas curvas de distintos tamaños.

Esta vez, una ampolleta mortecina se iluminó apenas en el pasillo largo y vacío que era la cabeza de Kohl:

—¿Es un croquis? —preguntó.

Al cabo de veinte o treinta minutos de silencio sepulcral, Baggio volvió a tomar la servilleta y comenzó a dibujar, con la mano derecha, algo que ocultaba simultáneamente con la izquierda, como si estuviera rindiendo un examen e intentara mantener sus respuestas a salvo de un estudiante fisgón.

Luego de un momento, descubrió al fin el dibujo terminado, como si fuera la combinación ganadora en una partida de póquer.

Kohl sonrió y Baggio preguntó, en italiano, si estaba seguro de haber servido alguna vez en Auschwitz.

Fognini le dijo que no se preocupara: ninguno de los huéspedes anteriores había resuelto nunca el acertijo.

Kohl cerró los ojos y recordó los bosquecillos de abedules de Birkenau, tan cerca del campo principal que el recuerdo de uno arrastraba inevitablemente al otro.

Le pareció volver a respirar el olor a cabello quemado que había percibido entonces.

Kohl bostezó dando a entender que había sido un largo día, pero los pasatiempos de Baggio recién estaban comenzando.

Pidió a Fognini que trajera una Biblia pequeña, de bolsillo, y luego le indicó que buscase el Primer Libro de Reyes, capítulo 6.

Lo encontró sin mirar el índice, como si diera al azar con un número del directorio telefónico.

Leyó: El templo erigido por Salomón a Yavé tenía 60 codos de largo, veinte de ancho y treinta de alto.

El vestíbulo de delante del santuario tenía 20 codos de longitud a lo ancho del edificio y diez codos de anchura, a lo largo del mismo.

La planta baja tenía cinco codos de anchura; el piso del medio, seis, y el tercero siete; pues había dispuesto en el muro exterior del templo, todo en derredor, una entalladura, para no tener que empotrar en los muros del edificio.