EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #11
Quiero decir, han demostrado que la burocracia puede conseguir lo que sea y, lo peor de todo, es que han demostrado que, con disciplina y repetición, con ensayo y error, hasta el más idiota de los tipos puede estar a cargo de semejante tarea.
Es decir, hasta un descerebrado puede ser capaz de una proeza si lo hace metódicamente y sin apartarse de un plan diseñado con cuidado.
Piense en Eichmann, no logro imaginar a un tipo más obtuso que ese y, sin embargo, se las arregló para montar una maquinaria de exterminio que no puede despreciarse.
Una tarea logística como he visto pocas veces y cuyo grado de éxito no puede ser discutido, o, en caso de discutirlo, tiene muchísimos puntos a favor.
Han convertido, esto hay que reconocerlo, la muerte en una cuestión del área de la producción.
La cuestión, al menos cierta cuestión del nazismo, puede traducirse en la pregunta qué le haría un empresario a otro: ¿cuántos muertos pueden producirse en un día y de cuántos de esos cadáveres pueden deshacerse en veinticuatro horas?
De hecho, demostraron también que, superadas ciertas cifras, el asunto llega a niveles imposibles de manejar.
Los estadounidenses, que son un pueblo vulgar, después de todo, ridiculizaron toda esa belleza arrojando esas bombas sobre Japón.
Qué falta de elegancia, por Dios, propia de ese pueblo bastardo.
Mientras hablaban frente al cercado de los chimpancés, otros visitantes pasaban y hacían muecas a los primates.
Una mujer, que llevaba un bebé sobre una carriola, le pidió a Baggio una bendición.
Cuando la mujer se alejó, Baggio le miró el culo, una mirada que el germano no supo si debía interpretar como envidia o deseo, y continuó:
—Es decir, esas cámaras de gas, los hornos crematorios, las fosas de cenizas, los cerros de judíos muertos, todos esos cadáveres apilados es realmente una logística envidiable.
Piense usted, qué podría hacer alguien si de la noche a la mañana su espacio vital se repletara de millones de maniquíes de los que no tiene cómo deshacerse.
Pues encuentra un modo de sacarles provecho.
Como usted sabe, hubo experimentos para hacer jabones con la grasa de los prisioneros muertos.
A mí, debo decirlo, no me hubiese hecho gracia jabonarme con un rabino.
Por fortuna, eso no resultó, lo que sí resultó es que les quitaban el cabello para hacer pelucas.
Baggio se acercó a un vendedor de maní, y este le regaló una bolsa y, a cambio, se conformó con una bendición anodina. El sacerdote agustino siguió hablando mientras arrojaba los cacahuates a la jaula de los simios:
—Por cierto, no sé si sea cierta, pero oí la historia de una mujer que enloqueció cuando se enteró de que su peluca estaba hecha con los cabellos de una judía muerta en algún campo de concentración en Polonia.
Me la contó un sacerdote amigo de Brescia.
Un día cualquiera, una mujer acude a la iglesia y le pide confesarse.
El sacerdote camina con ella hacia el confesionario y en cuestión de un momento, aún sin que mi amigo pregunte nada, la mujer comienza a llorar, en un estado nervioso alterado y le dice que acaba de descubrir que lleva puesta una peluca que ha sido fabricada con pelo de una judía muerta en manos de
los nazis.
El sacerdote, más que nada por morbo, le pregunta detalles mientras mira de reojo el cabello de la devota arrepentida.
Cómo está segura de eso, cómo llegó a sus manos, en qué campo murió la infortunada judía, desde cuánto que ella necesita peluca y por qué.
La mujer desconsolada no logra explicar bien cómo tiene la certeza, pero jura que no tiene ni una sola duda.
El sacerdote intenta consolarla y después de un par de minutos la envía a casa sin ninguna penitencia, ella no ha cometido ningún pecado, en todo caso lo ha cometido los que mataron a la judía y luego profanaron su cuerpo dejándola calva como a un maniquí.
No, ella está libre de pecado, en todo caso es un pecador aquel que le ha hecho llegar la peluca conocedor de su origen.
En fin, la envía a casa y le pide la dirección por qué irá a visitarla mañana.
Se compromete a llevarle el dato de un buen especialista en dermatología que pueda ayudarle con la alopecia que le afecta.
El asunto es que al día siguiente mi buen amigo, el sacerdote de Brescia, fue en su vehículo hasta la dirección y cuando estaciona el auto se da cuenta que hay alboroto en la casa de la numeración que le han dado.
También hay una ambulancia y personas llorando.
Entonces se entera de que la mujer esperó quedarse a solas en la casa, cerró las ventanas asegurándose de evitar fugas con toallas dobladas en los marcos y se ahogó con el gas del horno de la cocina.
Valiéndose de que los policías lo conocen el sacerdote entra y ve con sus propios ojos la escena del crimen.
La mujer está desnuda, sin peluca y con la cabeza metida aún dentro del horno.
A pesar de que han abierto las ventanas el olor a gas se resiste a abandonar la casa.
Mientras mi amigo está allí llega el padre de familia y se desmorona, desconsolado.
Aprovechando el desconcierto y el ajetreo el sacerdote avanza por un pasillo, deja atrás un cuarto de baño donde el grifo está corriendo y entra a una habitación donde encuentra sobre un tocador está la peluca sobre una cabeza de soporte.
Sin saber por qué la toma, la guarda entre la sotana y sale del lugar con expresión compungida y prometiendo que orará por el descanso eterno del alma de la pobre mujer.
Hasta el día de hoy tiene esa peluca consigo.
—¿Y qué hace con ella? —preguntó Kohl.
—No lo sé, hijo mío, no lo sé y, francamente, no quiero enterarme.
Cuando se iban retirando del zoológico Baggio le preguntó a Kohl si estaba en Berlín cuando la RAF bombardeó y dañó el Zoo. El alemán dijo que no. Baggio dijo que tenía entendido que en medio del fuego y el humo yacían cuerpos de humanos y animales destripados, especialmente caimanes y cocodrilos.
—Es una lástima —agregó—, que usted no pueda aportarme nada al respecto, me hace gracia imaginar los cuerpos de esos reptiles destazados en medio de la noche iluminada por los bombardeos. Leviatán, querido hijo mío, Leviatán.
—Bueno, le he dicho todas estas cosas, en apariencia incoherentes, dispersas, en todo caso —dijo Baggio al volante del Fiat, mientras regresaban al departamento—, porque he estado pensando en ciertos asuntos.
Ustedes, y sus prácticas, han llevado los asuntos de la vida y la muerte tan lejos, es decir, han dejado atrás un borde tan peligroso, hemos quedado pendiendo de un abismo a tal punto que no sería extraño que la vida de los animales adquiera un estatus particular en el futuro, pues, de cierto modo,
la vida de cualquier animal ha quedado equiparada a la de los seres humanos.
Cuando algunos seres humanos son capaces de exhibir el desprecio que ustedes exhibieron por otros seres humanos, es inevitable que algo suceda en el modo en que tenemos de relacionarnos con la vida y lo que entendemos por la vida y la muerte.
Mientras el sacerdote hablaba Kohl se distrajo con un carabinero que dirigía el tráfico.
—La sola idea de zoológico será transformada, tarde o temprano, o eso creo. No puede ser de otra manera, después de que decenas de miles de seres humanos hayan sido confinados en un espacio tan reducido como el gueto de Varsovia, ¿sabe cuánto medía?
Kohl no tenía idea de cuánto medía exactamente, pero cerró los ojos e imaginó a un elefante forzado a entrar en una bañera.
—Pues déjeme decirle que estamos hablando de un tercio de la población forzada a comer, vivir, fornicar y orar en un espacio diminuto, equivalente, más o menos, al tres por ciento de la superficie de la ciudad.
Es decir, un zoológico repleto de jaulas y especímenes redundantes.
Eso era el gueto, hijo mío. No tengo dudas de que algunas bestias en cautiverio vivían en mejores condiciones. Y, entonces, qué.
En medio del tráfico de Roma, detenidos frente a un semáforo, vieron aparecer a dos rabinos. Venían conversando, animados. Kohl se enderezó en el asiento para echar un vistazo.
Baggio se quedó mirándolo como si el bávaro fuera un perro de cacería a punto de arrojarse sobre los conejos en el descampado.
—Hijo mío, no te aferres a las apetencias del pasado.
Kohl se quedó mirando a los rabinos por el espejo retrovisor.
Al llegar al departamento, Kohl se dio cuenta que el lugar olía distinto.
Fognini había pasado la tarde entera en la cocina, de donde salían aromas francamente apetecibles, y se paseaba exultante vestido de delantal.
Estaba preparando faisán apegándose a las instrucciones de un recetario que alguna vez le compartió una monja siciliana.
El germano quiso husmear el origen de los aromas, pero Baggio le pidió que esa noche permaneciera encerrado en su cuarto, como a un niño impertinente.
Desde allí oyó llegar a los invitados y, luego, el ruido de las sillas acomodándose y el de las copas y los brindis.
Más tarde, oyó también risotadas y bromas destempladas.
Uno de los convidados se permitió, de hecho, hacer una broma sobre judíos y hornos crematorios.
Alguien más lo secundó y preguntó en qué se parecían los judíos y los zapatos.
Hubo un silencio expectante y agregó que ambos eran más fáciles de encontrar en 39 que en 45.
Luego de un instante de silencio hubo risotadas estruendosas.
En algún momento de la noche, Kohl sintió deseos de orinar y salió al pasillo.
Se quedó ahí un momento, inmóvil, y vio, como si cometiera una imprudencia, que solo había sacerdotes sentados a la mesa.
Todos llevaban sus hábitos puestos, pero de algún modo parecían que estaban disfrazados en una fiesta.
Uno de ellos, un obeso cuyo pecado sin duda era la gula, estaba de pie y gesticulaba con vehemencia, señalando una reproducción de Entrada de Cristo en Bruselas colgada en una de las paredes de la sala de estar.
Pero no hablaba ni de Ensor ni de arte cristiano, ni siquiera de Cristo o de Bruselas.
En lugar de eso, a Kohl le pareció que estaba hablando de Mussolini y de la marcha hacia Roma de 1922.