Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #10
16%

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #10

Allá fue a consolarlo Kohl o, tal vez, fue a corroborar si se sentía lo suficientemente humillado.

Fognini, con las manos húmedas de lavavajilla, fregaba los platos y vasos de la cena, llorando y recitando muy despacio otros versos del poema de Browning:

A la primera nota de la flauta

Escuché un sonido como de tripas que se agitan,

Como de manzanas, maravillosamente maduras

Cayendo dentro de un lagar de cidra,

Y de un abrir de frascos de pickles,

Y de entornar de tapas de conservas,

Y de un descorchar de frascos de aceite,

Y de un romper las cubiertas de los barriles de manteca,

Y de parecer, en fin, como si una voz

(Más dulce que la voz del arpa)

Dijera, ¡Oh ratas, disfruten!

¡El mundo se ha convertido en una gran cocina!

¡Entonces coman, masquen, tomen sus viandas,

Desayuno, almuerzo, cena, refrigerio!

Formando todo un compacto jugo azucarado,

Y justo cuando estaba por alcanzar

Ese compacto barril de delicias,

Que brillando como el sol

Parecía decirme: “¡Ven, perfórame!”

Me vi arrastrada por el río Weser.

La noche siguiente, cuando ya estaba en pijama, Baggio golpeó suavemente la puerta de la habitación de Kohl y entró sin esperar respuesta. Traía un libro entre sus manos. Una edición de 1934 de Psicología de masas del fascismo de Reich.

—El excensor de Mauthausen —explicó Baggio—, dejó este libro. El volumen estaba destripado y casi no tenía páginas.

Baggio le explicó a Kohl que todos los días a la hora de la cena, el suboficial nazi sacaba un par de páginas para usarlas como servilleta. Algunas, desde luego, las usó también como papel higiénico.

En cierta ocasión, embargado de ánimo aventurero, Kohl salió a dar un paseo por los alrededores de la construcción del estadio.

De nuevo, tuvo la sensación de que ese sitio era un viejo castillo embrujado y que los obreros, que no veía por ninguna parte, eran simplemente fantasmas condenados a repetir las mismas acciones inútiles cada día.

¿A alguien le importaba, en realidad, terminar de construir ese coliseo?

¿Habían empezado en realidad? En efecto, el lugar siempre estaba cubierto de una neblina espesa y muy húmeda, que no dejaba apreciar con claridad el modo en que las obras avanzaban.

Cuando regresó, encontró a Baggio desnudo sobre el sofá de la sala de estar, cubriéndose la entrepierna –¿para ocultar una erección?

– con un libro de Plutarco, algún tomo de Vidas paralelas, un volumen que no había visto nunca en la casa.

Kohl alcanzó a escuchar los pasos de Fognini corriendo a esconderse en su habitación, la puerta cerrándose.

La escena resultaba hilarante, pero Kohl no pudo evitar sentir algo de repulsión y después de fulminar a Baggio con la mirada fue a refugiarse a su habitación, dando un portazo, igual que un adolescente que sorprende a sus padres en alguna actitud indecorosa.

Una de esas tardes ociosas, mientras la luz se filtraba oblicua por el departamento, Baggio le pidió a Fognini que sirviera té y le guiñó un ojo.

Al cabo de un momento, Fognini regresó con un maravilloso juego de té de color cobrizo: piezas geométricas dispuestas sobre una bandeja del mismo material.

Era la primera vez que Kohl veía algo como eso. Aunque no podía tener idea de que se trataba de una pieza diseñada y fabricada en la Bauhaus, no pudo dejar de reconocer que era hermosa.

Baggio se dio cuenta de que Kohl no tenía idea de lo que tenía al frente.

—Un nazi como usted debiera tener claro que esta pieza no causaría una grata sensación entre sus pares —sentenció—.

Si me permite decirlo, es lamentable el grado de desarrollo cultural de algunos de ustedes, realmente lamentable.

Cuando lo veo, comprendo por qué el III Reich terminó viniéndose abajo, hijo mío.

Entonces, le habló de Bauhaus y las persecuciones de que fue objeto, antes de explicar cómo lo había conseguido.

Un nazi la había robado durante un allanamiento absurdo y luego vendido a alguien más, un buen amigo de Baggio que vivía en Génova.

A su vez, este amigo, conocedor del gusto de Baggio por el diseño, se la había obsequiado.

Después de la explicación, Baggio ya no dijo nada más, molesto en parte por la ignorancia de Kohl, pero sobre todo por el hecho de que nunca podría ufanarse de esa pieza de arte que ocultaba en su cocina igual que alguien guardaría oro en las bóvedas de un banco.

A quién más, sino a uno de esos infames, podía mostrarle ese artefacto sin vergüenza o culpa, sin tener que dar, al menos, alguna buena explicación.

Se sentía como el ogro que cuenta sus monedas de oro encerrado en la torre de un castillo, atesorando una calderilla que no iba a servirle para ninguna clase de intercambio.

De vez en cuando, Kohl dejaba caer alguna indirecta sobre su deseo de conocer un poco más de Roma y de dejar atrás las tardes interminables en el encierro del piso de los agustinos.

Extrañaba los días en que recorría Europa en tren.

Por alguna razón, Baggio consideró que el zoológico sería un buen destino para distenderse y lo invitó a dar un paseo por Villa Borghese.

Al germano no le pareció una mala idea, aunque habría preferido, en el fondo, una caminata por Via Veneto o por Via dei Condotti.

Una vez allí, el sacerdote le contó una historia del profeta Eliseo:

—Eliseo iba subiendo una colina para entrar a Betul y unos rufianes comenzaron a burlarse de él y de su calvicie.

Eliseo se dio vuelta, los miró y los maldijo en el nombre del Señor.

Acto seguido, salieron dos osos del bosque y despedazaron a cuarenta y dos hombres.

Como podrás ver, hijo mío, el señor obra a veces de maneras misteriosas, pero a veces lo hace también con celeridad.

Más allá pasaron frente a una jaula de chimpancés.

Baggio le recordó a Kohl que en Alemania existió un feriante que hacía levantar el brazo derecho a unos chimpancés amaestrados, igual a como hacían los nazis.

Cada vez que divisaban un uniforme en la calle, aunque fuera el de un cartero o portero de hotel, los monos hacían el saludo hitleriano.

El feriante debió invertir un buen número de horas en adiestrar a los monos para que realizaran tal hazaña.

Poco después se publicó una orden que prohibía el saludo a los monos, bajo amenaza de sacrificio en caso de desacato.

—No pienses, hijo mío, que esa clase de sandeces es exclusiva del Nacionalsocialismo, no debe usted sentir vergüenza.

Se trata de un asunto especialmente frecuente en otras épocas.

En el siglo XIV, por ejemplo, hay registros que documentan que una gocha, es decir un cerdo hembra, fue enviada al patíbulo por haber entrado de forma no autorizada a una casa donde comió la cara y los brazos de un niño que murió a causas de las heridas que le propinó el animal.

Se ordenó celebrar un juicio contra la marrana que no se defendió, desde luego, y fue condenada a morir en la horca, además de padecer la afrenta de ir al patíbulo vestida con ropas de persona.

En el siglo XVI, en Toledo, una ciudad hermosa, un cerdo devoró a un niño.

El animal había tenido la ocurrencia de saciar su hambre en Viernes Santo y atreverse a comer carne el día de los padecimientos de nuestro señor, Jesucristo, lo condenó irremediablemente.

En esa ocasión, ocurrió además algo especialmente hilarante.

Todos los propietarios de cerdos de Toledo fueron obligados a llevar a sus animales a presenciar la condena, para que presenciaran lo que podía llegar a sucederle si perpetraban un crimen semejante.

Ignoro si el cerdo causante joven príncipe Felipe, primogénito del rey Luis VI de Francia, corrió una suerte similar.

Como usted sabrá, el príncipe murió luego de sufrir una grave caída mientras cabalgaba con sus amigos por un barrio de París.

La culpa, sin embargo, no fue del caballo ni del empedrado del camino, sino de un cerdo citadino que se cruzó en la carrera del caballo haciéndole trastabillar y caer a Felipe que se golpeó la cabeza sobre la acera.

Un cerdo vulgar, común y corriente, culpable de la muerte de un rey coronado hace apenas un par de años.

Lo tildaron de diabólico. Claro que no todos los cerdos son diabólicos, hijo mío.

Piensa en San Antonio quien es acompañado, en ciertas iconografías por un pequeño cerdo bonachón, un cerdito que no tendría inconvenientes en tenderse panza arriba para dejarse quitar un trozo de tocino de una mordida.

Este asunto merece especial atención. Como usted sabe, San Antonio y sus tentaciones fueron siempre objeto de representación iconográfica.

El Diablo intentó tentarnos de diversas maneras: mujeres desnudas, enanos odiosos, viejas flacuchentas y una serie de bestias salvajes, como leones, lobos, osos, toros, escorpiones.

Más tarde, comenzaron a aparecer lobos y jabalíes.

Al final, después de largos años, el único animal que permaneció en el bestiario infernal fue el jabalí.

Con el correr de los siglos, el jabalí, o cerdo salvaje, se convirtió en un simple cerdo doméstico y comenzó a retratársele como un fiel compañero del santo durante sus comidas y oraciones.

Esto sería inimaginable para el judaísmo o el islam que considera al cerdo un animal impuro e inútil, un basurero ambulante, en el mejor de los casos.

Lo que a mí me resulta interesante es la forma en que el paso del tiempo y el cambio del paisaje, desde el desierto de Egipto hasta los bosques europeos, transformaron a un animal carroñero y salvaje en buena compañía para un hombre santo.

Los bosques, hijo mío, son capaces de pervertirlo todo y transformar incluso a un cerdo en una mascota.

No es extraño que la batalla de las Ardenas haya tenido lugar en un bosque.

Cuídate de los bosques, hijo mío, cuídate de los bosques.

Y también de las playas. Los desiertos, en cambio, anhélalos con toda el alma.

Sin saber por qué, mientras veían a los primates, Fognini volvió sobre la cuestión del Reich.

—Lo que cualquiera debe reconocerles a ustedes, los nazis, es que llevaron la burocracia a un nivel francamente inaudito.

Si alguien me hubiese dicho que algo semejante pudiera hacerse yo no le habría dado crédito.