EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #9
Kohl entendió que Roma y otras ciudades italianas estaban regadas de casas e iglesias que acogían a las ratas que huían desde Alemania.
Comprendió, además, que, de cierta forma, los prelados se disputaban hospedar a los nazis más reputados y crueles, porque ello equivalía a poseer cierto estatus.
Entendió que mientras más infame la hoja de vida del huésped, mayor estimada era la misericordia y piedad de sus anfitriones.
Qué merito hay, solía decir Baggio, en ser bueno con los buenos: ¡Ninguno! , vociferaba golpeando la mesa.
Considerado el alcance de sus propios crímenes –que Kohl tendía a juzgar como travesuras menores–, pensaba que un sujeto como él debía bajar el perfil de hombres como Baggio y Fognini, relegarlos a la condición de figuras secundarias, casi irrelevantes.
Aun así, no tenía motivos para quejarse del trato recibido.
Resultó curioso que esa misma noche, antes de cenar, Baggio recitara de memoria estos versículos: “Respondiendo el Rey, les dirá: en verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis”.
—¿Quién es su rey? —preguntó Kohl.
—El mismo rey de todos, hijo mío. Solo hay un rey a quién debemos servir —dijo, y se quedó mirando hacia la ventana, desde donde podía apreciarse el lento avance de las obras en el Estadio Olímpico.
Pero ¿quién es el rey?, se preguntó de nuevo esa noche Kohl ya en cama, antes de dormirse.
Casi todos huyeron desde Roma, confesó Baggio. Mengele, Eichmann, Rauff, Barbie, Pavelic, Roschman, Stangl, Rudel. Fue como si el flautista de Hamelin tocara su melodía desde Roma.
—Como si todas las ratas lo hubieran oído desde las cloacas de Berlín y hubieran apartado sus hocicos desde la basura que roían para salir marchando sobre una línea invisible tendida entre Roma y Berlín, esta última, por entonces, hay que admitirlo sin vergüenza, hijo mío,
una ciudad infecta y en ruinas.
Un reino de alcantarillas devastado. Después de Roma: ¡id y pregonad el Evangelio!
—¿Y Hitler? —quiso saber Kohl que había oído la historia de que el Führer tenía una decena de dobles y que no había muerto en Berlín, sino que estaba en un pueblito nevado de Argentina comiendo chocolates y dulce de leche junto a una chimenea.
Baggio se encogió de hombros. Agregó que, en lo que a él respecta, el Führer era un tipo vulgar, común y corriente:
—La suerte que ese ignorante pudo correr me tiene sin cuidado.
—¿Te imaginas, pregunta Fognini, si dentro del baúl estuviera el arca del tabernáculo?
Baggio lo miró como si viese a un estudiante que debe confinar al rincón del salón de clases.
—¿Acaso no sabes —insistió Fognini— que Hitler comisionó a tropas completas la búsqueda del Arca de la Alianza? ¿Acaso ignoras que las tablas de la Ley podían eliminar ejércitos completos?
Fognini, observador perspicaz, se dio cuenta de que la buena comida aflojaba el retraimiento del huésped y preparó saltimbocca para la cena, en una noche más fresca de lo común.
Durante la velada, Kohl, más locuaz que de costumbre, se animó a preguntar a qué edad y cómo se habían decidido a ser sacerdotes.
Baggio dijo que muy niño, después de leer el Decamerón.
Fognini quiso reírse, pero Baggio lo miró fijamente y no tuvo más remedio que taparse la boca, como hacen algunas personas cuando se avergüenzan de su dentadura.
Fognini, en cambio, había decidido ser sacerdote después de los veinte años cuando se dio cuenta de que ya no podría ser futbolista.
Hasta entonces había albergado la esperanza de vestir alguna vez la camiseta de La Loba.
Le gustaba, además, la idea de que ciertas personas acudieran a contarle asuntos secretos a los sacerdotes.
—Mi vocación, debo reconocerlo —aclaró— está estrechamente relacionada con el hecho de conocer secretillos en confesión.
Si no existieran tales cosas como los confesionarios, probablemente yo no hubiese sido sacerdote.
Tal vez hubiese sido policía o periodista.
La confesión —agregó Baggio—, es, si me permite decirle, la piedra angular de nuestra iglesia.
El acto de recurrir a otro cuando creemos obrar mal es, sin lugar a dudas un sistema de vigilancia casi perfecto que permite mantener sometidos a los fieles.
A eso mismo se debe el éxito de corrientes como el psicoanálisis y por ello, nuestra iglesia, debe oponerse tenazmente a su cada vez mayor popularidad.
Para mí, Sigmund Freud fue el Anticristo.
Napoleón y Hitler, niños de pecho al lado de ese cretino.
Hicieron muy bien en hostigarlo. Debieron ponerlo a trabajar en la cantera.
Cualquiera se da cuenta de que el diván está destinado a reemplazar al confesionario.
Es una cuestión que salta a simple vista.
Así las cosas, el terapeuta es una especie de sacerdote que escucha las confesiones del paciente.
Claro que, en ese caso, el terapeuta tiene una ventaja perversa sobre nosotros.
Aquel que está tendido sobre el diván habla y habla de forma ininterrumpida y mientras lo hace confiesa algo que ignora que está confesando.
Imagine si nosotros pudiéramos montar un sistema semejante, una especie de asociación libre del confesionario.
Imagine si las almas contritas entraran al confesionario y comenzaran a hablar, sin detenerse ni censurarse, con la sensación de que, sin darse cuenta, sin sospecharlo siquiera, pudieran confesar un pecado sin saber que lo están confesando,
sin saber siquiera si se trata de una falta ante los ojos de Dios.
Pues déjenme decir que sería la más perfecta de las máquinas de vigilancia.
—Amén —dijo Fognini.
Fognini olvidó mencionar que, cuando era un niño, escuchó en una escuelita perusina aquella historia en que santo Tomás fue tentado con una prostituta.
Según la leyenda, le explicó entonces un profesor, la familia del Aquinate no veía con buenos ojos su deseo de incorporarse a la orden de los dominicos.
Para tentarlo, sus hermanos planificaron su secuestro y lo encerraron en un castillo de propiedad familiar.
Estando cautivo, metieron a una prostituta dentro de la habitación con la instrucción intransable de robarle a Tomás su virginidad.
Al ver a la mujerzuela y comprender sus intenciones, santo Tomás se acercó a la chimenea, tomó un tizón encendido y lo blandió contra la mujer que comenzó a gritar pidiendo auxilio.
Fognini no olvidó nunca esa historia y, años más tarde, cuando ya casi era un hombre, tuvo ocasión de vivir una experiencia similar, sino idéntica.
La familia Fognini era dueña de grandes extensiones de terreno cubiertas de viñedos y el padre esperaba que todos sus hijos se dedicasen a ese negocio.
Esos no eran, desde luego, los planes de Máximo.
Llegado el momento, su padre encargó a sus hijos mayores que buscasen un modo de hacer desistir a Máximo de tomar una vida religiosa y ponerlo a trabajar en los negocios familiares.
Los hermanos no encontraron nada mejor que encerrarlo con una prostituta en la casa de un amigo.
Viéndose acorralado, Fognini recordó aquella historia del Tomás de Aquino, pero no fue capaz de expulsar a la prostituta.
En lugar de eso, permitió que ella se desnudase y lo desnudara a él y que se esmerase por largo rato en excitarlo.
La prostituta intentó por todos los medios posibles que sufriera una erección.
En el colmo de la desesperación, se metió el pene blando dentro de la boca y estuvo succionándolo un rato sin éxito.
Mientras, Fognini se repetía mentalmente algunas sentencias de Pedro Lombardo.
Finalmente, al cabo de un par de horas, la mujer salió del lugar cabizbaja y con el orgullo herido, devolviendo avergonzada parte del dinero que le habían entregado.
Máximo, en cambio, salió victorioso, satisfecho de haber resistido a cada uno de los envites de la puta.
Se dijo a sí mismo que su triunfo era, incluso, mayor al del Aquinate, pues él había sido capaz de resistirse a las calculadas técnicas amatorias de la puta perusina, mientras que santo Tomás había preferido evitarlas para no caer en tentación.
Interpretó, también, que aquel episodio era, evidentemente, una prueba de Dios para corroborar el tamaño de su vocación y, así las cosas, ya no hubo vuelta atrás y llegado el momento viajó a Roma para iniciar su formación sacerdotal.
Su padre juzgó a su hijo un caso perdido y no tuvo objeciones.
Ni siquiera fue a despedirlo. Mi hijo está muerto, mugió.
El joven Fognini se sentía, en cambio, más vivo que nunca.
Sin darse cuenta, Fognini se embriagó con el vino y comenzó a recitar, desordenadamente, un fragmento del Flautista de Hamelin de Browning, aquella estrofa en que el flautista toca tres notas y comienza a escucharse en la ciudad como si un ejército se pusiera en marcha.
Para parecer más divertido, se subió sobre una silla, como si hubiese ratas revoloteando por el comedor, sosteniendo los bordes del delantal que llevaba encima como si fuera una pollera.
Baggio, sin muchas ganas, tomó un cuchillo y comenzó a soplar como si fuera una flauta.
Kohl lo imitó. Fognini recitó con voz afeminada:
Ratas grandes, ratas pequeñas, ratas flacas, ratas fornidas,
Ratas marrones, ratas negras, ratas grises, ratas tostadas,
Serias viejas aplicadas, alegres jóvenes juguetonas,
Padres, madres, tíos, primos,
Con sus colas paradas y sus bigotes erizados.
Familias por decenas y docenas,
Hermanos, hermanas, maridos, esposas–
Siguieron al flautista con gran entusiasmo.
Calle tras calle él sopló avanzando,
Y paso a paso ellas lo siguieron bailando.
Hasta que llegaron al río Weser,
¡Donde todas se zambulleron y murieron!
En el último verso, Fognini dio un paso en falso, trastabilló y se golpeó sobre el piso. La silla, para beneplácito de Baggio, no sufrió ningún daño. Estuvieron riendo un largo rato.
Más tarde, cuando los platos estaban vacíos y los dedos tamborileaban sobre la mesa, hubo un curioso incidente.
Fognini, intentó abalanzarse de repente sobre Baggio para besarlo en la boca y este lo rechazó con un empujón que lo arrojó sobre el piso.
Fognini se quedó un momento sobre la alfombra y luego salió corriendo hasta la cocina, como si fuera la Cenicienta buscando la puerta de salida a la medianoche.