EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #8
—No lo sé, realmente no lo sé —dijo Kohl y Baggio volvió a sonreír y, al ponerse de pie, acarició el baúl como si fuera el lomo de un animal peligroso o, quizás, una bestia en época de apareamiento.
Esa misma noche, Fognini preparó conejo a la napolitana, al parecer uno de los platos favoritos de Baggio.
Tan satisfecho estaba con el guiso que abrió una botella de Barbaresco.
Mientras lo saboreaba, aprovechó para recordar que la domesticación de los conejos se debía, en buena parte, al sacerdocio católico.
—Debes saber, hijo mío —explicó—, que los conejos se convirtieron en el método predilecto de muchos sacerdotes para burlar la prohibición de alimentarse de carne en viernes santo, cuaresma y otros días de ayuno carnívoro.
El motivo es que, dentro del útero, se les consideraba criaturas marinas igual que los peces o los mariscos.
Idea bastante conveniente, a decir verdad.
Una tunantería, nada más. A los monjes de entonces les gustó la idea de tener ese plato en sus mesas, considerado un delicioso manjar, ya que comenzaron a criar conejos con entusiasmo.
Así fue como estos animalitos, hasta entonces criaturas salvajes, fueron domesticados.
En cada monasterio había jaulas dispuestos en patios y jardines y luego corrales para criarlos.
Hacia el año 600 de nuestra era, fue el papa Gregorio el que emitió un edicto que permitía comer laurices o fetos de conejo.
De cualquier modo, san Gregorio, obispo de Tours, que no debemos confundir con el sumo pontífice, recoge en uno de sus escritos el caso de un pobre diablo que enfermó y murió por comer conejos fetales en fechas proscritas, probablemente por intervención divina.
Tal vez a causa de la sabrosa comida o del licor, Kohl juzgó que estaba llegando el momento de ceder y quiso contar algunas de sus travesuras, tal vez para poner a prueba los escrúpulos de los clérigos.
Se quedó mirando un momento la presa de conejo a medio comer sobre el plato, cerró los ojos y recordó su paso por el campo de Ravensbrück, un sitio macabro y pantanoso, ubicado cerca de Fürstenberg, a apenas noventa kilómetros de Berlín.
Fue uno de los primeros lugares que visitó en el cumplimiento de sus deberes.
Allí, el equipo del doctor Karl Gerhardt, un hijo de puta por el que Kohl no pudo evitar sentir simpatía, efectuaba toda clase de experimentos médicos con mujeres y niñas a las que llamaban kaninchen, es decir, conejitas de indias.
Kohl se empeñó en verlas y lo llevaron hasta un block infecto, empapado de un hedor insoportable, donde había centenares de mujeres que habían sido sometida a toda clase de cirugías, especialmente en las piernas.
El lugar parecía una carnicería. A las pobres diablas les habían cortado tendones y músculos.
A algunas podían vérseles los huesos. Las cicatrices eran horribles.
Sus heridas eran intencionalmente infectadas con bacterias.
Algunas reptaban por el piso, incapaces de ponerse de pie, como gusanos que nunca tendrían capullo.
Maravilloso, se dijo Kohl, recordando su breve estadía en Ravensbrück, maravilloso.
Es increíble que haya existido un lugar así a apenas noventa kilómetros de Berlín.
Un panorama inmejorable para los fines de semana, pensaba Kohl.
Después de oír el relato, Baggio no pudo seguir comiendo, pero Kohl insistió: allí vi también cómo una apisonadora enorme aplastaba a una prisionera que estaba asfaltando el suelo,
también vi cómo apenas acabadas de nacer los hijos de las prisioneras eran arrojados contra los muros o ahogados en bateas como si fueran gatos de ojos lagañosos.
—Me hubiera quedado para siempre allí. Parecía la locación de una casita del horror.
Baggio no dejó de notar que Kohl había empleado la palabra “locación”, inusual en un soldado sin formación y de vocabulario limitado; no lo interrumpió, aunque no olvidaría ese detalle.
El germano siguió relatando sus días en Ravensbrück.
Explicó que, sin saber muy bien para qué ni por qué, Gerhardt había llevado desde Berlín hasta el campo una pareja de conejos, para los que construyó un corral improvisado con alambradas de púas.
Todos los días los alimentaba con zanahorias o manzanas y se sentaba a observarlos cavar túneles o montarse unos sobre otros.
Al poco tiempo se multiplicaron y el alimento comenzó a escasear.
No era raro que los conejos terminaran devorando a sus propios gazapos.
Para cuando Kohl llegó a Ravensbrück, la reproducción se había salido de control y centenares de conejos deambulaban libremente por los alrededores, dotando al lugar de una apariencia extrañamente bucólica y tétrica al mismo tiempo.
Gerhardt ideó entonces un pasatiempo perverso.
Con la excusa de que buscaba exterminar a los conejos, sacaba de los barracones a algunas prisioneras con sus heridas abiertas e infectas y las dejaba correr para salir luego a perseguirlas.
Corran, les decía, son libres. El Reich ya no necesita de sus servicios.
Después se apoyaba contra una pared a contar, como si jugaran a las escondidas, y salía tras las desgraciadas para cazarlas a tiro limpio.
En una de esas ocasiones invitó a Kohl. Este tenía pésima puntería, pero no tuvo inconveniente en salir a perseguir a alguna víctima.
Encontró a una de ellas respirando con dificultad detrás de un árbol.
Apoyó el cañón del arma sobre su frente; pareció que apretaría el gatillo, pero titubeó.
En ese momento, la mujer abrió los ojos y le imploró que disparara.
Kohl se quedó mirándola un instante y le dijo:
—Heme aquí. Yo hago todas las cosas nuevas.
—Una vez —contó Baggio paladeando un vaso de vino—, soñé que era contratado para decorar algunos campos de concentración nazi.
Yo me paseaba por esos sitios, con un ayudante que tomaba nota por mí, mientras yo daba indicaciones sobre qué camarotes utilizar para los prisioneros o cómo adornar las distintas habitaciones.
Especial concentración dedicaba a las cámaras de gas.
Una vez allí, dentro de esos bloques de concreto, advertía que debíamos velar porque ese espacio mantuviera la máxima simpleza.
La mayor sofisticación es la sencillez, sentenciaba yo mientras un par de oficiales de las Waffen SS me miraban boquiabiertos, como si estuviéramos en una galería de arte y trataran con un crítico especializado.
Su estadía con los sacerdotes romanos dio a Kohl una idea bastante exacta de cómo se organizaba el éxodo de los nazis desde Europa a Sudamérica.
En la operación, Baggio y Fognini cumplían un rol administrativo.
A veces parecían espías; a veces, la mayoría de las ocasiones, un par de empleados de una agencia de viajes que planificaban vacaciones permanentes para jubilados.
Fisgoneando sus conversaciones y algunos documentos, Kohl se enteró de que la mayoría de los nazis salían de Italia, mientras que otros lo hacían desde Dinamarca y Suecia; algunos, aquellos con espíritu turístico y aventurero, por Galicia, España.
Sobre su escritorio, Baggio tenía un mapa de Europa con varias ciudades marcadas con equis como si fueran las pistas para hallar el tesoro de un pirata.
Había una ruta que pasaba por los Alpes y que incluía monasterios en Merano y Bolzano, una especie de ruta espiritual.
Los contactos de Baggio en Bolzano eran insuperables, pues disponía de toda una red articulada a sus órdenes.
En el departamento, Baggio y Fognini solían tener conversaciones en que hablaban del obispo Hudal, entonces rector del Pontificio Instituto Teutónico Santa María dell’Ánima, un seminario para sacerdotes que provenían desde Austria y Alemania.
De hecho, Hudal era el director espiritual de los alemanes residentes en Italia.
A Kohl, sin embargo, la asesoría de Hudal no le fue ofrecida.
En el departamento, en un lugar privilegiado, había una fotografía de ese obispo. En la imagen, levantaba la mano derecha de forma que podía estar espantando a una paloma, saludando a un feligrés que encontró en el camino o haciendo el saludo fascista.
El procedimiento era sencillo. Hacia 1944 el Vaticano comisionó a Hudal para que visitara a los civiles germanoparlantes que estaban prisioneros en los campos de reclusión en Italia.
El obispo usó ese puesto para ayudar a que varios nazis huyeran.
No era, después de todo, un asunto especialmente difícil de realizar pues la mayoría estaba internada sin papeles de modo que podía darles nombres postizos sin grandes inconvenientes.
La Comisión de Refugiados del Vaticano tramitaba todos los documentos de identidad falsos que hicieran falta.
Al fin y al cabo, quién podía negarle credenciales al Buen Ladrón.
Luego, gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja, obtenían pasaportes que les permitían, a su vez, acceder a visas para viajar a Argentina, Brasil o Chile.
Todas las semanas, a veces hasta tres veces por semana, Kohl oía sobre camaradas que huían en trasatlántico hacia Sudamérica.
Para entonces se familiarizó con el concepto línea de ratas.
En jerga náutica, aprendió de boca de Baggio, se llamaba así a los cordones horizontales de las redes que forman un escalón y permiten subir al mástil de un barco.
Es decir, un lugar ideal para que las ratas trepen.
Al fin y al cabo, las ratas también son criaturas de Dios, se excusaba Baggio.
Kohl creyó, tal vez, que el asunto debía de ser más sencillo de lo que estaba pareciendo; pero, a medida que pasaban los días y las semanas, crecían su desconcierto y su ansiedad, al imaginar que sus huéspedes lo retenían más de lo necesario.
Tenía la sensación de que, del mismo modo que ciertos matrimonios se aferran a los hijos sin los cuales la relación se desmoronaría, Baggio y Fognini se esforzaban por retrasar su partida, pues, sin él, podía desatarse un temporal.
Se veía a sí mismo como una especie de chivo expiatorio.
A veces, durante la cena, tenía la sensación de que los sacerdotes lo miraban devorar su comida con algo parecido a la ternura.
Una vez, dejó caer intencionadamente el tenedor al suelo y al agacharse a recogerlo, creyó alcanzar a ver desatarse furtivamente las manos de Baggio y Fognini.