EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #7
—Es al revés, padre. No escojo aquella palabra que rescataré.
Al contrario, lo que hago es escoger una por una aquellas que tacharé.
Al final, sobrevive una y esa es la que permanece sobre la página.
Como podrá imaginar no es un asunto sencillo y me distrajo severamente de mis obligaciones como funcionario del Reich.
En terminar una sola página puedo tardar, perfectamente, una hora o dos.
Baggio se aventuró con un cálculo. En censurar por completo un libro como Los miserables, perfectamente podía invertir un millar de horas-hombre.
Esas mil horas podían haberle costado al Reich decenas de miles de judíos sin ejecutar o ultimados de forma apresurada y desprolija, cuando los aliados les pisaban los talones.
—Pero, hijo mío, es una tarea titánica.
—Lo es —dijo el excensor—, pero alguien tenía que hacerla.
Lo peor de todo es que cuando termino de tachar las palabras no he leído el libro.
Es decir, tengo una idea vaga sobre quiénes son los personajes y sobre cuáles escenarios se movilizan.
Sin embargo, no tengo ni la más remota de las ideas respecto de qué trata el libro.
Ser funcionario, después de todo, es eso.
Conocer, confusamente, alguna operación de un engranaje y ocuparse de ella, permanecer ignorante del resto de lo que sucede, pero confiar que alguien más comprende todo o que, en todo caso, conoce más de lo que conoces tú.
Tachar los libros me ayudó a comprender qué es, en el fondo, el Nacionalsocialismo.
Cuando tengo el libro frente a mí, ninguna palabra es más importante que otra.
El sistema que conforman es lo único importante.
La elección, por tanto, carece de importancia.
Me siento, perdone el atrevimiento, como tal vez debió sentirse el Führer.
Más tarde, en la soledad de su cuarto, Baggio pensó que después de todo no era tan descabellado el método del excensor de correspondencia en Mauthausen, o, más bien, pensó que, aun siendo descabellado, tenía lógica,
pues eso era a lo que se dedicaban muchos nazis al pararse frente a los vagones del tren a separar a aquellos que eran aptos para trabajar, es decir a aquellos a los que podía sacarse algún provecho, de aquellos de los que había que deshacerse cuanto antes.
Esas decisiones, después de todo, se tomaban sobre la base de criterios tan antojadizos como los del excensor para seleccionar las palabras que tachaba.
Es decir, de qué clase de antecedentes disponían esos bellacos al momento de escoger.
Es cierto, la apariencia de los recién llegados podía resultar un elemento decidor, pero en ningún caso inequívoco.
Para que la decisión fuera inequívoca habrían hecho falta datos adicionales, alguna ficha médica, por ejemplo.
No había, en realidad, ningún método que pudiera asegurar que se estuviera tomando la decisión correcta.
Ese es, después de todo, el riesgo que corre cualquier idiota que se propone distinguir entre el trigo y la paja.
Una persona sensata, pensó Baggio, asume en realidad que se trata de una cuestión azarosa, en cualquier caso, estocástica, una tarea que bien podría hacerse con los ojos vendados, obteniendo, los mismos, o, en todo caso, semejantes resultados.
Germinal, en la versión de Zola, tiene casi 177.000 palabras.
Luego de la poda del excensor quedó reducida a 48.
Lo curioso es que cada una de las palabras era la misma: gritos.
Por su parte, Naná, fue sintetizada desde casi 143.000 palabras a 321 palabras.
La Fortuna de los Rougon, primera de la serie de Los Rougon-Macquart.
Historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio, se redujo desde 117.000 palabras a 348 palabras, incluidas dos palabras del prefacio: raza y científico.
Nuestra señora de París: recinto, óvalo, oropeles, Salomón, esculpir, alfilerazos, Capilla, misterio, ruda, palacio, voces, paciencia, balaustrada, melodías, tumultuoso, sentencias, mendigo, modo, todo, cardenal, hereditaria, regidores, secreto, eléctricas, fisonomías, colorines, calma, gran, dan,
alemanes, vaca, guardasellos, Quasimodo, lacayos, público, egipcio, ensayo, doquier, migajas, puerta, cruzado, desvaneció, procesión, gitana, estado de sitio, banderas, enormes, báculo, hosco, invierno, empapada, flecha, calor, temeridad, bolsillo, araña, holgazanería, humillo, nariz, ingeniosos,
perturbar, hampón, caldero, ceño, alrededor, campanillazos, legislación, estupefacto, arroyo, hembras, desdeñosa, dedos, poeta, Egipto, aprendiz, estancia, respeto, fachada, barbaries, época, herméticos, cristiana, dos, raza, Rey, Nuestra, Universidad, Nuestra, flechas, tortuosas, coronadas, aguda,
gigantesco, semicírculo, mezcló, columnata, ruido, atronadora, sermón, curiosos, cónyuge, vulgar, medicinas, ardiente, verruga, fatalidad, sumergida, herían, bronce, meditando, lugar, ojivas, glorificó, astrólogos, torre, capucha, sordo, hueso, Navidad, crepúsculo, juventud, nula, fina, edificio,
pie, imprenta, frase, teocracia, culto, manuscritos, arquitectura, sistema, aislamiento, San Petersburgo, líneas, Ilíadas, aspira, Babel, matrimonio, mansión, tenientes, haragán, jauría, escrito, bellaco, patíbulo, espectáculo, sutil, ORA, zapatos, gruesa, flamencos, provinciana, vimos, desgraciada,
rizado, entreabierta, campamentos, 61, ufana, calabozo, reclusa, otros, frente, mañana, librea, finas, escoba, repulsiva, pícaro, quemar, capitán, blancura, proyecto, sagacidad, tapicerías, gitanas, pájaro, frialdad, cerdo, hermosísima, mirada, escribir, FILÓSOFO, bajando, reverendo, cintura,
habilidad, oreja, impulso, cerveza, picota, esferas, hebreas, operar, clavo, adquirir, frente, tabernas, fuego, labio, crisol, telaraña, tenaza, queso agrio, necios, gestos, carcajada, fragua, cuarto, imitaremos, semejante, deslizaba, cofre, cofre, rasgados, delicada, religión, inmóvil,
es una gitana que ha asesinado a un capitán, sabían, ondulantes, mirad, cierto, vista, interrogatorio, tribunal, calzones, silencio, cargos, humanidad, declamatorio, ásperas, horror, paja, capucha, desfallecidos, confusa, placer, fijamente, tortura, atormentadores, otro, zapatito, caía, paredes,
desairado, arte, placer, Altezas, balas, baile, balbuceando, pavimento, inmóviles, alborotado, techumbres, melena, horca, odioso París, aborrecía, mañana, abad, altura, tendido, ventanas, vestida, asilo, rostro, cesta, tiempo, cabra, serenidad, infundada, celda, encima, esquina, conferencia, muerta,
maltratase, piedras, testigo, entreverle, suelo, fatales, trúhanes, amargas, vez, artística, indiferencia, ropa, conservas, nudo, largo, vocación, chimeneas, hacienda, Pentecostés, judío, armas, filas, acechando, mazas, censal, operarios, cruje, ariete, Esmeralda, bandadas, asesinos, místico, oro,
Francia, radio, terminase, ciudadela, bordado, circular, plata, reloj, mojando, dientes, ligereza, retiro, pluma, sedición, júbilo, feudal, chorlito, motín, orgullo, rincón, vacante, lógico, lograba, villanos, rostro, violencia, asilo, aféitame, despachemos, humo, resplandor, cuclillas, encapuchado,
lugares, bóveda, juncos, gitana, fantasma, reposa, facciones, tiemblo, impureza, cabeza, criatura, reclusa, pared, predijo, madre, infundir, monseñor, palmos, hechiceras, difícil, espumarajos, inútilmente, oído, celda, entrar, mañana, abismo, manos, cadáver dislocado, trágico, osario.
En la página 313 de La fortuna de los Rougon, habían sobrevivido seis palabras y estaban juntas: “Ya lo ven, caballeros, estoy solo”. En la página 191 también han sobrevivido diez palabras de la misma frase: “Hoy me tratan como a la última de las criaturas”.
Desde aquellos días y sus extraños procedimientos de lectura, Baggio tenía una extraña impresión respecto de la literatura.
Pensaba que, después de todo, cualquier composición literaria no era más que la reunión arbitraria de una cantidad variable de palabras.
Cuando vio las novelas de esos grandes maestros franceses del género narrativo reducida a un par de centenares de palabras, se dio cuenta de que las palabras sonaban redundantes, típicas, y que el secreto de cualquier novela era el modo en que las palabras se reunían o desparramaban.
Es cierto que, desde cierto punto de vista, era el genio del autor el que configuraba la secuencia de palabras de modo que adquiriera cierta forma sobre cualquier otra, pero, al mismo tiempo,
no podía evitar concluir que también intervenía el azar en el modo en que cierto autor escogía ciertas combinaciones sobre otras y el modo en que esas combinaciones llegaban a tener sentido dependía, en buena parte, del trabajo del azar.
Creyó recordar ciertas teorías vanguardistas, ciertos ejercicios literarios radicales y pensó que, después de todo, esos desalmados no estaban tan equivocados.
Se dio el tiempo de conseguir y leer algunos escritos de Tristán Tzara y Filippo Tommaso Marinetti y sugerirle esas lecturas al excensor.
—No voy a leer a ninguno de esos degenerados —dijo concluyente el excensor Mauthausen y lanzó un escupitajo sobre los libros.
Con el paso de los días, Kohl se aburrió de las novelas francesas y empezó a sentir que prolongar su estadía en el departamento entrañaba un riesgo difícil de mensurar.
Para colmo, sus benefactores solían sorprenderlo con preguntas que el germano consideraba íntimas, la clase de cuestiones que era mejor ignorar: mientras menos supieran, mejor para todos.
En el intento de crear una rutina de familiaridad, Baggio solía llevarle el desayuno a la cama, una clase de atención que Kohl percibía como una forma de desgaste: pequeños gestos destinados a hacerlo bajar la guardia más de la cuenta.
Una de esas mañanas, Baggio le ofreció huevos revueltos, tostadas, zumo de naranja y café dispuestos sobre una bandeja.
Mientras el alemán comía con la torpeza de un animal acorralado, como si olfateara que alguien le tenía una trampa, Baggio se quedó observando el baúl.
—¿Qué traes ahí, hijo mío?
—Cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Cosas privadas. Cosas de las que un hombre como usted no quiere enterarse.
—¿Un hombre como yo? ¿Qué quieres decir?