Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #6
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #6

No pudo evitar sentir un escalofrío. Los dibujos oscuros contrastaban perfectamente con los cielos inusualmente despejados de Mánchester recortados en la ventana.

Parecía un cuadro de René Magritte. El niño, que pintaba como enajenado, con los crayones firmemente sujetos, levantó apenas la mirada, sin dejar de pintar, y sonrió al sacerdote, dejando ver la dentadura que parecía la de un anciano.

Cómo era posible que un niño luciera una dentadura tan amarillenta y desprolija.

Algo en esa sonrisa tuvo un insoportable aire tétrico.

Al cabo de cinco minutos, más que nada porque Baggio estaba profundamente asustado en esa habitación que se ennegrecía paulatinamente –con cada nuevo bosquejo el niño recargaba el lápiz negro con que rellenaba las siluetas del dibujo de las bombas–, bajaron.

Allí la mujer preguntó cómo podía agradecerle.

Baggio tuvo la impresión de que la mujer estaba insinuándose a pesar de sus hábitos y ese panorama no podía resultarle menos alentador.

Recordó y recitó en italiano un verso de Colosenses: “Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría”.

La mujer lo miró confundida. Entonces, la mirada de Baggio se posó sobre un aparador y se iluminó su cara. Había un grueso directorio telefónico. Era de Londres.

—¿Puedo llevármelo? —preguntó Baggio por instinto.

La mujer, confundida, asintió con la cabeza y el sacerdote salió a toda prisa con el directorio debajo del brazo.

Mientras atravesaba el Canal de la Mancha en avión tuvo la idea del sermón y sonrió, como si se le hubiera ocurrido una broma ingeniosa que le haría lucirse en alguna fiesta.

Poco tiempo después, husmeando en la sala pastoral entre papeles a los que no concedía ninguna importancia, Kohl encontró algunos libros envueltos en papel de diario.

Al desenvolverlos, se dio cuenta de que eran volúmenes de literatura francesa, algunos de ellos finamente encuadernados; autores, en todo caso, de los que Kohl había oído en la escuela sin prestar atención.

Había libros de Hugo, Flaubert, Stendhal, Balzac y Zola, traducidos al alemán, en ediciones de Reclam o Insel Verlag.

Al hojearlos, se dio cuenta de que todos, sin ninguna excepción, tenían los reglones tachados.

Cada línea de cada página había sido rayada con un grueso bolígrafo de modo que no podía leerse nada, a excepción de una palabra.

Esas palabras solitarias se veían como bichos diminutos que habían sobrevivido en un insectario sometido a una extraña purga.

Era tal su aburrimiento que comenzó a hojear con algo parecido a la curiosidad.

Estaba tan ensimismado que no reparó en que la misa había concluido.

Baggio entró entonces intempestivamente a la sala pastoral y vio que el invitado estaba sentado en cuclillas sobre la alfombra, rodeado de mamotretos, igual que un niño entre juguetes.

El sacerdote se quedó inmóvil un momento, mirándolo con la mano sobre el pomo de la puerta y luego dio un par de pasos para dejar la estola sobre un perchero.

Kohl no intentó disimular. El sacerdote explicó que esos libros los había dejado ahí un oficial nazi que fue su huésped antes de él.

Un censor de correspondencia en Mauthausen.

Este censor, explicó el sacerdote, era un buen lector y se encargaba de arrebatar los libros a los prisioneros apenas ponían un pie sobre los andenes del campo, y luego, encerrado en su oficina, los tachaba casi por completo.

Al parecer tenía una especial aversión por la literatura francesa.

Kohl sintió algo de envidia al imaginar que un compatriota suyo había estado ahí antes que él.

—Como usted podrá notar —dijo el sacerdote—, hay algunas palabras que han sobrevivido a la depura. En rigor, solo una palabra por cada página. Supongo que varios de ustedes estuvieron a punto de enloquecer. Esta práctica… excéntrica, solo puedo entenderse en esas condiciones.

Kohl, a quien nunca le interesaron los libros, sintió curiosidad.

Cerró los ojos y recordó aquella ocasión en que miles de personas se reunieron en Opernplatz a quemar libros.

Él había contribuido arrojando un par de volúmenes a una pira.

También recordó cuando un vendedor de diarios en Colonia le dijo que los bombardeos de los aliados habían destruido una treinta de bibliotecas regadas a lo largo de todo Alemania.

“Uno de cada tres libros de nuestra sacra literatura —dijo entonces el vejete chasqueando la lengua— fueron quemados por esos adalides de la civilización. No me digan a mí que nosotros fuimos los bárbaros”.

Volvió a abrir los ojos y le preguntó si podía llevarse los volúmenes consigo al departamento para distraerse. Baggio movió la cabeza en señal de afirmación, pensando que a su huésped le haría bien tener algo con qué recrearse y matar el tiempo de esa incierta espera.

Durante un par de días, Kohl se mantuvo ocupado con los libros.

Como no tenía espacio en su habitación, dejaba los mamotretos sobre la mesa del comedor, a pesar de que a Fognini no le hacía ninguna gracia ver esos libracos que, en su opinión, olían a cementerio.

Rigurosamente, el alemán registraba en una libreta cada una de las palabras rescatadas como si estuviera elaborando un inventario indispensable para los propósitos del Reich.

El listado avanzaba sin comentarios ni jerarquías: Víctor Hugo, Los Miserables y Nuestra Señora de París; Gustave Flaubert, Madame Bovary, Salambó y Bouvard y Pécuchet; Stendhal, Rojo y Negro; Balzac, Papá Goriot, Eugenia Grandet y La piel de zapa; Zola, El vientre de París,

La fortuna de los Rougon, Germinal y Naná.

Al ver el entusiasmo del alemán, Baggio se le acercó una noche para contarle algunos detalles sobre aquel antiguo colega suyo que había estado hospedado tiempo atrás en la misma habitación que ahora ocupaba Kohl:

—Haciendo alarde de sus habilidades como censor, el exfuncionario de Mauthausen redujo Los Miserables a 1.289 palabras.

No es una tarea desdeñable, considerando que, en total, la versión de Hugo tiene casi 470.000.

Lo más desconcertante —confesó Baggio— es que una tarde, mientras yo escuchaba un vinilo de alguna sinfonía de Mahler, nuestro huésped de entonces se acercó con la novela de Víctor Hugo y me desafío a leerla.

Demoré quince, tal vez veinte minutos. En fin, tardé lo que un lector común y corriente demora en dar vuelta 1.200 páginas y leer una sola palabra en cada una de ellas.

No vas a creerme, hijo mío —insistió el sacerdote, con la mirada extraviada—, pero de cierto modo, fue como leer el libro completo.

De alguna manera cada una de las palabras seleccionadas lograban dar la idea de conjunto.

Yo no había leído Los Miserables, pero desde entonces puedo estar seguro de haberlo hecho.

Desde luego que sí. Lo más extraño es que, de cierta forma, me sentí como leyendo el resultado de un procedimiento burocrático.

Quiero decir, no me sentí leyendo el producto de un noble proceso creativo, sino que el resultado de la operación montada, con desgano, por un oficinista empecinado. Y no estaba equivocado.

Salambó quedó reducida a 358 palabras. Por su parte, Bouvard y Pécuchet a 318.

Lo mismo ocurrió con el resto de los volúmenes, implacablemente censurados.

Algo sorprendido por el trabajo del excensor de Mauthausen, Baggio le pidió los trece libros que había traído consigo desde Austria.

Los leyó con placer, todos, sin excepción.

Cuando terminó se acercó a él y le preguntó cómo hacía para escoger qué palabra sobrevivía en cada página. La respuesta desconcertó a Baggio.

La piel de Zapa quedó reducida a las siguientes palabras: parábola, jugador, persona, antítesis, empleado, mejillas, portería, peligro, convulsión, regatear, pantorrilla, agonía, iglesia, marfil, inmóvil, remotas, crueles, niño, millones, circulares, agitaciones, mezquinos, vagos, terrible,

profundo, francesa, recuerdos, deshonroso, bruscamente, piel, misterio, criatura, ambición, dolores, abrazo, necesidad, coyuntura, consumados, vehemencia, vestíbulo, salón, consumido, ánimo, notario, imbéciles, morir, humanidad, Dios, corzo, Spinoza, boca, sueños, esqueleto, cuerpo, candorosas,

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Papá Goriot tiene más de 83.000 palabras. Quedó reducida solo a dos: valle y divertirme. Eugenia Grandet tiene casi 56.000 palabras y quedó reducida a 172.

Dijo el exfuncionario de Mauthausen: