EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #5
Nabucodonosor ordenó que los jóvenes judíos fueran atados a sus propios mantos y arrojados dentro de un horno incandescente.
Era tal el tamaño de las llamas que, al abrirlo, aquellos que cargaban a los judíos murieron calcinados en el acto.
Sin embargo, los tres jóvenes danzaban en medio del fuego donde eran acompañados por un cuarto hombre misterioso que les ayudó a salir ilesos.
Desde la sala pastoral, Kohl escuchó el sermón.
Sin darse cuenta y sin saber por qué salió de la oficinita y entró al pasillo central como si estuviera hipnotizado.
Nadie volteó a mirarlo. Tuvo la sensación de que Baggio establecía una relación entre las cámaras de gas y el horno de fuego y luego experimentó la certeza de que debía escuchar ese sermón maravilloso.
Al verlo, desde el púlpito, Baggio le regaló una sonrisa de oreja a oreja.
Algunas semanas después, cuando Kohl empezaba a habituarse a su condición de huésped, mientras regresaban lentamente de misa al departamento a bordo del Fiat que conducía Baggio, quiso saber a qué se habían dedicado sus anfitriones durante la Primera Guerra Mundial.
Por un instante los imaginó administrando la extremaunción a soldados irremediablemente heridos o celebrando misa en trincheras inmundas de los Apeninos.
Fognini, súbitamente sonrojado, miró de reojo a Baggio que, sin apartar la vista del parachoques del auto que les antecedía, se animó a decir que durante cada una de las noches de la guerra se encerraron a orar por la pronta restitución de la paz.
—Para mí —agregó— aquella guerra fue especialmente dolorosa porque, como usted sabrá, muchos combates tuvieron lugar en las tierras de las que soy oriundo.
Imagine esos hermosos parajes mancillados con trincheras.
En un par de ocasiones, intentamos aproximarnos al campo de batalla para ayudar con los heridos, interceder por esas almas con una oración o ayudar a cavar una zanja, pero nos resultó imposible.
Y, si me permite decirlo, tampoco fue necesario.
Dios nos lleva a donde nuestros prójimos nos necesitan.
No hace falta guardar rencor por eso también, hijo mío.
Después de todo, Italia no llegó a declararle la guerra a Alemania.
Lo cierto es que, en los momentos más cruentos de las refriegas en los Alpes entre italianos y austrohúngaros, Baggio y Fognini los pasaron a resguardo en monasterios de la Toscana.
Dedicaron la mayoría del tiempo a paladear fabulosas botellas de vino y a tener discusiones a propósito de la tesis de Suárez en De Angelis.
Según Suárez, cada ser humano llevaba consigo un demonio a todos los lados a los que iba, dispuesto a tentarlo y a ser piedra de tropiezo.
Fognini compartía las ideas de Suárez y pensaba que, en los campos de batallas, no solo se libraban combates de carne y hueso, sino que también de criaturas demoníacas y celestiales que intentaban prolongar o acelerar el final de los conflictos.
Eso explicaba que avanzar un solo metro costara tanto trabajo.
Después de todo, puestos frente a frente, ángeles y demonios eran fuerzas equivalentes, en eso no había que equivocarse.
Se trataba, en el fondo, de partidas de ajedrez entre maestros mañosos y avezados y, en tal caso, el resultado siempre era incierto.
Baggio, en cambio, pensaba que esa idea era pueril, inverosímil.
Concordaba, más bien, con los análisis de Joan Wier quien, en De praestigiis daemonum, establecía la cantidad de demonios revoloteando en la Tierra en poco más de siete millones, una cantidad relevante, pero manejable.
En lo que ambos estaban de acuerdo era con el hecho de que a los diablos les gustaban los campos de batalla y citaban La Jerusalén liberada de Tasso, donde se hace referencia a un ejército furioso de los demonios que intentó impedir a los cruzados la toma de la Ciudad Santa.
Así, por aquello días de la Gran Guerra, los inseparables amigos, solían tener conversaciones larguísimas sobre el asunto, conmovidos por los atardeceres bermejos y los prados infinitos.
Muy de vez en cuando, interrumpían sus monsergas para orar sucintamente por los destinos de la guerra.
Con mayor frecuencia, Baggio le pedía a Fognini que lo masturbara pacientemente bajo el cielo estrellado de Toscana.
Frente a toda aquella placidez, Baggio pensaba que resultaba imposible que hubiese ángeles caídos en aquellos paisajes.
Todos, sin duda, estaban en el Frente, muy, pero realmente muy lejos de allí, pensaba justo antes de eyacular.
Una de esas noches, la prédica volvió a ser especialmente extraña. Baggio hizo referencia a las setenta y seis noches consecutivas que en las que Londres estuvo bajo fuego de los ataques de la Luftwaffe.
—Londres —dijo el sacerdote desde el púlpito —carecía de artillería y reflectores antiaéreos eficaces, igual que algunas de las vírgenes de la parábola carecían de aceite para alimentar las lámparas que iluminarían su camino,
así como de cazas nocturnos capaces de localizar y derribar aviones en la oscuridad.
Habló también de los londinenses que se refugiaron en los subterráneos de la red de metro, como si hablara de plagas de ratones que se ocultaban de depredadores valientes y decididos.
Aunque también parecía que estaba haciendo referencia a las catacumbas de los primeros cristianos.
Acto seguido, y sin abrir la Biblia, comenzó a hacer referencia a Sodoma y a Gomorra de modo que los feligreses, confundidos, entendieron que la blitzkrieg equivalía a la lluvia de azufre que había caído desde el cielo sobre las ciudades infectadas de pecadores.
Y entonces, ocurrió algo que terminó por dejar atónito a los feligreses.
Baggio hizo un gesto a un monaguillo para que le alcanzara algo.
Era un mamotreto y todos pensaron que se trataba de una Biblia, pero era un directorio telefónico de Londres.
El sacerdote comenzó a blandirlo como si fuera un abanico, mientras vociferaba que Dios le había dicho a Abraham que salvaría a Sodoma si tan solo encontraba en ella a diez hombres justos.
—¡Diez hombres justos! —insistió dando un manotazo sobre el púlpito y los feligreses se quedaron boquiabiertos al observar ese gesto lapidario.
—¿Cómo obtuvo ese directorio telefónico de Londres? —quiso saber Kohl, más tarde, en la sala pastoral.
—A veces, hijo mío, es preciso no revelar el milagro ni el santo. El que tenga ojos que vea.
En todo caso, no había milagro. Poco después de terminada la guerra, Baggio tuvo que viajar a Inglaterra y pasó por Mánchester.
Deambulando por la ciudad, una mujer lo llamó desde la ventana de un edificio de ladrillos y lo invitó a pasar.
El alfeizar de la ventana estaba lleno de macetas.
Este lugar parece un barrio italiano, pensó Baggio.
A regañadientes, entró y subió las escaleras.
La mujer lo llevó directamente hasta la habitación de un niño.
El lugar parecía la sala de un hospital desolado.
El pequeño estaba inmóvil e hipertónico sobre la cama metálica, envuelto en un piyama de franela, como si padeciese una parálisis cerebral y Baggio lamentó haber aceptado entrar.
Preguntó en inglés chapucero qué le había sucedido.
Entendió que, antes de venir a Mánchester, la familia había vivido en Londres, donde habían sufrido las largas e inclementes sesiones de bombardeos de la Luftwaffe.
Apenas pusieron un pie en Mánchester, el niño comenzó a sufrir ataques catatónicos, durante los cuales permanecía inmóvil durante días, a veces semanas.
Ningún médico había acertado a decir que lo aquejaba.
La madre estaba realmente desesperada. De vez en cuando, agregó la mujer, el niño regresaba a la normalidad, aunque brevemente, es decir, tenía fugaces momentos de lucidez,
en que volvía a ser el mocoso alegre de siempre y entonces dibujaba por veinte minutos o media hora al cabo de las cuales dejaba caer el lápiz para volver a su estado anterior que era, en resumidas cuentas, como si un agujero negro se llevara su alma hasta otro sitio.
—¿Qué dibuja? —quiso saber Baggio, hurgando las escasas pertenencias del muchacho, entre las que había modelos a escala de aeroplanos.
—Bombas.
—¿Bombas?
—Sí.
—¿Qué clase de bombas?
—Bombas, padre. De las que estallan. No sé nada sobre explosivos.
—¿Puedo ver esos dibujos?
La mujer salió de la habitación a buscar lo que le Baggio le había pedido.
El sacerdote se acercó al niño y vio que tenía la mirada completamente perdida.
Como si viera a través de mí, pensó. En todo caso, Baggio no se sentía cómodo sometido a esa mirada vacía, semejante a la de un pez de acuario.
Agitó la mano frente a sus ojos, pero el muchacho no se inmutó.
Al cabo de dos o tres minutos, la mujer regresó con un centenar de dibujos.
Baggio los miró a contraluz, como si fuera un médico oteando radiografías, aunque esto, evidentemente, no hacía falta.
En todos ellos, en efecto, había bombas surcando los cielos o detonando en medio de la nada.
Eran garabatos simples. Círculos negros con mechas encendidas.
Baggio se quedó pensando un momento con los dibujos en la mano y tuvo una idea.
Le dijo a la mujer que consiguiera un modo de poner todos esos dibujos en las paredes, como si fueran papel mural.
—¿Todos?
Baggio afirmó, devolvió los dibujos con expresión circunspecta, como un engreído curador de museo, y se fue.
Al cabo de seis o siete días, cuando ya estaba por irse de Mánchester, volvió a pasar por la misma calle.
Había olvidado su paseo anterior, de otro modo hubiese dado un rodeo para no pasar por allí de nuevo.
Apenas lo avistó, como si estuviera esperándolo, la mujer gritó y bajó corriendo las escaleras.
Cuando lo tuvo al frente, se arrojó a sus pies y comenzó a besar sus manos y zapatos, agarrándose con fuerza de sus pantorrillas.
Baggio creyó escuchar que la mujer lo elevaba a la categoría de santo.
Luego, lo llevó a toda prisa hasta la habitación del niño.
Lo primero que Baggio vio fue al niño perfectamente vestido y sentado sobre el piso, dibujando.
Luego, al alzar la mirada, vio que toda la habitación y la mitad del techo estaba forrada de dibujos de bombas estallando.