Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #4
7%

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #4

En el cuarto de Fognini había una fotografía de la formación de SS Lazio temporada 1948-1949.

También había una imagen del Sagrado Corazón y otra de Santa Catalina de Siena.

Solo había tres libros: Confesiones de San Agustín, La Eneida y Historia de Roma desde la fundación de la ciudad de Tito Livio.

Los tres libros tenían marcadores de página y múltiples anotaciones en el borde de las páginas.

Durante algunos días, Kohl se divirtió leyendo esas anotaciones.

Lo consiguió en Auschwitz. Después de ocuparse de sus asuntos, Kohl preguntó a un suboficial si acaso disponía de algo que pudiera ofrecerle para guardar algunas pertenencias.

El suboficial le ofreció un cigarrillo y lo condujo caminando hasta un descampado.

En la mitad del trayecto le dijo que hace un par de días había oído a un prisionero contar un chiste.

Kohl lo miró con desgano. “Escúchelo, por favor”, dijo.

“Tómese un momento para reír, ¿hace cuánto que no da una buena carcajada?” . Kohl hizo un gesto de resignación.

—Bien. Dos judíos van a ser fusilados. Poco antes de que la orden se ejecute le avisan que, en lugar de fusilados, morirán ahorcados. ¿Lo ves?, pregunta uno de ellos a su compañero: ya ni siquiera tienen cartuchos.

A Kohl el chiste no le pareció divertido, tal vez porque lo había oído antes o porque el oficial no dejó de reír mientras relataba.

Llegaron a un sitio repleto de maletas. Kohl calculó que debía haber un millar de valijas arrumadas como si fuera el patio donde acumulaban los objetos perdidos en una estación de trenes.

Algunas tenían nombres, estrellas de David y otras inscripciones.

El suboficial comenzó a caminar sobre las valijas, a abrirse paso a patadas como si caminara sobre un pantano o un basural.

La mayoría estaban abiertas y vacías, saqueadas, pero también había algunas cerradas con las correas de cuero aún insertas sobre las hebillas metálicas herrumbrosas.

Kohl tuvo la sensación de que alguien había sembrado una semilla, de la que germinaron esas extrañas hortalizas.

—Escoja la que quiera —dijo el oficial, que tosió y arrojó un esputo al suelo.

Kohl sonrió por compromiso y comenzó a caminar entre las maletas. Aunque había de distinto tamaño, resultaba evidente que ninguna tenía la capacidad de almacenamiento suficiente para sus necesidades. Tuvo la sensación de estar avanzando por un campo regado con minas antipersonales.

Entonces, algo resignado, miró hacia el horizonte haciendo una visera con las palmas de sus manos y vio otra ruma de bultos medio kilómetro más allá, las que, a juzgar por sus siluetas, eran de mayor tamaño. Eran baúles, pero por un momento pensó que eran ataúdes al aire libre.

—¿Y aquellos? ¿Puedo escoger alguno?

—Para mí es igual, tarde o temprano vamos a deshacernos de toda esta basura —dijo el suboficial y le dio una fuerte patada a una de las maletas. Un par de zapatos salieron volando.

—¿Usted sabía que alguna vez nuestros líderes tuvieron la idea de enviar a los judíos a Madagascar? ¿Puede creerlo? A veces, tengo la certeza de que hemos sido liderados por dementes. Hasta un idiota como yo es capaz de descartar una idea como esa. Madagascar, por Dios.

Kohl no contestó y se adelantó hasta el sitio en que estaban amontonados los armatostes.

Había alrededor de una veintena. La mayoría eran de color café o gris, y estaban todos abiertos como si una pequeña banda de Dráculas hubieran salido a pasear en pleno día, dejando sus féretros abiertos.

Tuvo la idea de que si caminaba por los alrededores encontraría a los pobres diablos envueltos en sus capas rojinegras, retorciéndose en el suelo, enceguecidos por la luz del sol y sus rostros abiertos en humeantes llagas atroces.

Kohl no dudó. Un oportunista como él no iba a perder la ocasión de llevarse un buen baúl sin pagar. Escogió el más grande y resistente, aquel que sería, sin duda, el más difícil de trasladar. Señaló al oficial como si llamara al vendedor de una tienda para cerrar un trato.

—Llevaré este.

—Me parece bien. Ya le he dicho. Si quiere llévese todos. Para mí es igual.

Kohl hizo un gesto para que lo ayudara a sacarlo de ahí.

El suboficial se bajó el cierre del pantalón y orinó sobre uno de los cofres.

Se quejó como si le ardiera la uretra. Después de cerrar la cremallera de su pantalón, le pidió a Kohl que aguardara ahí y desapareció.

Regresó al cabo de cinco minutos con dos prisioneros esqueléticos de uniformes harapientos.

Encendió un cigarro y les ordenó que cargaran el armatoste.

Dos sujetos bien alimentados y con las horas de sueño suficiente, hubieran cargado el baúl en cinco u ocho minutos, pero los judíos tardaron media hora desde el descampado hasta el barrancón donde Kohl se estaba alojando.

El suboficial entró un momento después y puso cara de aburrimiento.

Suspiró y ordenó a los judíos que se metieran dentro del baúl.

Los pobres desgraciados se miraron consternados y luego miraron a Kohl, como si estuvieran pidiéndole a auxilio.

Él les contestó con una mirada de indiferencia.

No estaba interesado en intervenir. Los judíos no tuvieron más remedio que meterse dentro del baúl.

Estaban tan esmirriados que cupieron sin inconvenientes.

Se veían como dos gatos flacuchentos abandonados en una caja de zapatos.

El oficial sacó una pistola y, acercándose al baúl, la puso sobre la frente de uno de los judíos, que comenzó a tiritar. Kohl terminó la charada:

—Por favor, van a orinarse en el baúl, o, aún peor, va a ensuciarlo de sangre judía. Si va a dispararles llévelos a otro sitio.

El oficial rio y luego guardó el arma ceremoniosamente.

Cuando se quedó solo, Kohl escondió a toda prisa sus objetos personales, recogidos de distintos bolsos, como si ocultara carne cruda en una jaula de leones hambrientos.

Más tarde, o tal vez poco antes del amanecer, Kohl regresó al descampado de las valijas.

No llevó linterna y tuvo que caminar a tientas hasta que sintió las maletas.

Sin saber por qué, se agachó y comenzó a hurguetear entre las valijas abiertas.

Parecía que estaba buscando algún objeto extraviado e invaluable.

“Están vacías —se dijo algo nervioso— están vacías”.

Lo trajeron de vuelta los pitidos de la locomotora de un tren que estaba llegando en ese momento a la estación de Auschwitz.

“Los vagones, en cambio —pensó Kohl— están repletos”, y suspiró aliviado.

En una de las primeras páginas de La Eneida puede leerse una de las anotaciones de Fognini: “¿Qué clase de relación mantienen Virgilio y Dante, se trata de un asunto abominable ante los ojos de Dios?”.

El cuarto de estar tenía un revistero repleto de ejemplares de diseños de decoración que Baggio hojeaba, de vez en cuando, con algo parecido al desdén.

A veces, se quedaba mirando por la ventana como si pudiera ver más allá y vaticinaba una transformación de la decoración que estaba gestándose en los países escandinavos, novedades que, aseguraba, quería conocer a la brevedad.

Cerraba los ojos e imaginaba a leñadores de torso desnudo talando árboles fabulosos de frondosos e infranqueables bosques nevados, para proveerse madera con las que después fabricarían espléndidos muebles que tardarían todavía un poco en regarse por las vitrinas del resto de Europa.

A veces, imaginando a los taladores de árboles sufría erecciones que causaban un gran dolor en su alma.

—En 1925, en Nápoles, conocí a un entonces joven compatriota suyo.

Theodor Adorno. Debía tener veinte o veinticinco años, a pesar de lo cual era fácilmente predecible que se quedaría sin cabellos dentro de poco, cosa bastante frecuente entre quienes se dedican a pensar infructuosamente.

Por entonces yo ya era sacerdote y leía con voracidad filosofía escolástica.

Leía como endemoniado y solía dar paseos interminables, rumiando esas lecturas.

Fue en uno de ellos que conocí a Adorno, en la iglesia de San Paolo Maggiore, hasta donde él también había llegado deambulando.

Su mirada me intrigó y me acerqué. Una mirada curiosa, como la de un niño.

Nos saludamos. Comenzamos hablando de arquitectura y terminamos hablando de música.

En esa época, Adorno quería ser compositor.

Eso me dijo. Un buen sujeto, sin dudas, y muy inteligente.

Uno que se les escapó, querido hijo mío, uno que se les escapó igual que una pulga entre las sábanas.

En la página del colofón de su edición de Historia de Roma desde la fundación de la ciudad, Fognini escribió un sueño con una caligrafía que permite su lectura sin inconvenientes.

“Tengo un hermano gemelo. Ese hermano y yo somos amamantados por una loba. Al principio, la loba es hermosa y saludable, pero, a medida que nos alimenta, mientras pasan los días y las noches, el animal comienza a adelgazar y a enfermar,

hasta parecer un saco de huesos del que resulta imposible obtener ningún nutriente. Por el contrario, mi hermano gemelo y yo, engordamos hasta convertirnos en dos rollizos rubicundos. Más tarde, desde el cielo, un Zeppelin nos dejaba caer cadáveres de los que nos alimentábamos”.

Una de esas tardes, Baggio predicó sobre aquella ocasión en que Nabucodonosor ordenó levantar una descomunal estatua de oro sobre alguna provincia de Babilonia.

Como ustedes recordarán, dijo el sacerdote, Nabucodonosor ordenó a todos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces y a todos los gobernadores de las provincias para que viajasen a rendir pleitesía a la estatua.

Además, pregonaron la orden de que todos los pueblos, naciones y lenguas, al oír el son de una bocina, de la flauta, el tamboril, se postren y adoren al monumento de oro.

Aquellos que no postren, dijo Baggio abriendo los ojos desmesuradamente, serán inmediatamente arrojados en fuego ardiendo.

Como ustedes recordarán, hubo algunos jóvenes judíos que no obedecieron.

Nabucodonosor los envió a llamar. Los jóvenes dijeron que no obedecerían la orden de postrarse delante de la estatua.

¿No tienen miedo de morir?, preguntó el rey.

De ninguna manera, replicaron ellos. Puestos en esa circunstancia, Dios podría liberarnos sin ningún inconveniente.