Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #3
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #3

—No se olvide, además, que Italia no pudo participar en el Mundial de Uruguay en 1930, primera cita planetaria con dichas características.

Era un viaje por barco, de un mes de extensión, bastante oneroso, que la federación italiana no podía costear.

El gobierno de Mussolini no mostró ningún interés en asumir esos costos.

Ese hecho testimonia claramente cuál era la importancia que el Duce otorgaba al balompié.

Debió sospechar de esos vestidores en que los hombres se paseaban desnudos y sudados.

El fútbol, en ningún caso, estaba entre las actividades deportivas favoritas de Mussolini.

Recuerde que, en cambio, pidió que Tazio Nuvolari llevara su Alfa Romeo P3 a su residencia estatal en Villa Torlonia en 1932, para fotografiarse en el automóvil.

Mussolini, por ningún motivo iba a inmiscuirse en un asunto que le importaba un comino.

El triunfo de la Loba, como verá, no tuvo que ver con las preferencias del Duce.

A él le daba igual quién se declarase campeón del Calcio.

Fognini se levantó de la mesa y regresó al cabo de un momento con una revista deportiva que dejó abierta sobre la mesa.

En una de las páginas podía verse a un jugador de la Roma y a otro de Lazio – Massetti y Piola– haciendo el saludo fascista sobre el círculo central.

Kohl los imitó sonriendo y sin levantarse de la silla.

Mientras Fognini buscaba la revista en su cuarto, Baggio aprovechó para contarle al alemán de la hazaña de Tazio Nuvolari, en el Gran Premio de Fórmula 1 de Alemania de 1935.

Cientos de miles de funcionarios y miembros de la SS y la Gestapo se dieron cita en la autopista para ver ganar a alguno de sus coches Mercedes.

Todos estaban expectantes, dispuestos a celebrar el triunfo de alguno de sus compatriotas arios.

Sin embargo, Nuvolari, que medía apenas 1,55 metros, se dio maña para ganar a bordo de un auto de bastante menos potencial.

Si me pregunta a mí, esa hazaña, a bordo de una máquina, es aún mayor que la humillación que Jesse Owens propinó a sus compatriotas en los Juegos Olímpicos de Berlín.

¿Por qué? Porque en los siglos venideros la superioridad de las naciones no se medirá a través de lo que los nacidos en su tierra pueden hacer con sus cuerpos, sino en la clase de máquinas que diseñen y produzcan.

—Y bien, ahora que ha escuchado sobre la Roma y Lazio, ¿cuál de los dos es su equipo favorito?

Kohl reflexionó un momento y dijo que era inevitable sentir una mayor simpatía por la Lazio. Fognini dio una carcajada triunfal y Baggio lo miró en silencio, confundido, y quiso saber por qué.

—Elemental. No puedo sino sentir afinidad por la Schutzstaffel Lazio, ¿así no es como se llama la S.S. Lazio?

Los tres comenzaron a reír.

Baggio tenía la sensación de que el baúl de Kohl estaba vacío.

Esto último a Fognini le parecía absurdo.

Era, francamente, una estupidez creer que estuviera vacío un armatoste como ese.

Creía, en cambio, que estaba repleto de pertenencias de judíos desgraciados que habían sido despojados de todas las escasas posesiones que aún podían ostentar apenas ponían un pie sobre los andenes de las estaciones de ferrocarril de los campos.

Cerraba los ojos e imaginaba que dentro del mueble había zapatos, libros, bolígrafos, joyas, camisas, relojes, en fin, toda clase de baratijas de judío que se le antojaban maravillosas solo por el hecho de quiénes habían sido sus últimos propietarios.

Los judíos, después de todo, eran especialistas en chucherías y, sobre todo, en cargar sus bártulos por el desierto.

Eso no admitía discusión. Fognini, por su parte, tenía una especial predilección por las valijas, cajones, baúles y las sorpresas que estos podían esconder.

Se sentía, por tanto, especialmente ansioso por encontrar el momento para ponerle las manos encima al contenido del armatoste.

—Es lindo el baúl —le dijo una tarde Fognini, mientras ordenaba la colección de vinilos.

Baggio se quedó mirándolo. El cofre le parecía horrible.

—¿Te imaginas ese baúl en el cuarto de estar? —preguntó Fognini.

—Ni pensarlo —dijo Baggio—. No logro entender cómo te las arreglas para tener tan mal gusto.

Todo indicaba que la temporada 1949-1950 sería más dulce para Fognini que para Baggio.

Ya para entonces, a mitad de temporada, era fácilmente predecible que la Lazio disputaría los primeros lugares, tal vez el título de campeón de la Serie A, mientras que la Roma pelearía el descenso mano a mano con clubes como Bari o Venezia.

Un síntoma inequívoco era que Baggio rehuía a toda costa apostar cuál de los dos equipos terminaría más empinado en la tabla de posiciones cuando finalizara la liga.

Fognini, en cambio, estaba ansioso por cerrar un trato que, sin duda, sería favorable para él.

Como sea, Baggio insistía en destacar la calidad de Aleksandar Arandelovic, el goleador yugoeslavo.

Fognini, por su parte, mencionaba al crédito italiano Umberto Galleti.

Los primeros días, tal vez semanas, Kohl permaneció encerrado en el departamento, como una princesa en una torre custodiada por un dragón.

Los sacerdotes lo trataban como a un refugiado de guerra, tal vez como a un huérfano indefenso.

El germano, para matar el tiempo, se distraía oyendo el ajetreo de los obreros y de la maquinaria en las obras del estadio que, dentro de algunos años, albergaría los Juegos Olímpicos.

Los albañiles, en todo caso, no parecían temer ninguna prisa.

Daba la sensación de que se distraían en un edificio que no terminarían nunca o que aún siquiera habían empezado a erigir.

Sospechaba que todos esos ruidos eran un simulacro, que alguien pagaba a los obreros para hacer ruido y fingir trabajo cuando en realidad no hacían absolutamente nada.

En ciertos días nublados, al abrir la ventana del cuarto donde se alojaba, esa sospecha se extendía al paisaje: sobre el descampado no había nada, solo niebla.

A veces escuchaba música en el tocadiscos o pasaba las horas poniendo algo de orden en la cocina.

Cuando Fognini regresaba, sin embargo, volvía a cambiar de lugar todas las cosas que habían mantenido ocupado al alemán.

A Kohl, en realidad, no le interesaba lo que hiciera Fognini porque, después de todo, trajinaba las cosas con el mismo espíritu con que un niño aburrido husmea las pertenencias de un adulto, es decir, con un interés limitado y efímero.

La actitud de Fognini era, de hecho, la misma de alguien que ordena los juguetes que un niño desparramó.

Con el correr de los días, sin embargo, la rutina se flexibilizó y Baggio estuvo de acuerdo en llevarlo a la iglesia.

Allí, permanecía encerrado en las oficinas pastorales vestido con un traje de acólito que le hacía sentirse humillado mientras recordaba los días en que llevaba un elegante uniforme del ejército nazi.

Desde allí, alcanzaba a oír la voz de Baggio y tenía la sensación de que cada uno de los sermones estaban dedicados íntegramente a él.

En las prédicas abundaban las menciones al infierno y al fuego.

Aun así, no prestaba mucha atención y, en lugar de eso, se dedicaba a hurgar entre las cosas del sacerdote, como una mucama impertinente.

Las puertas de las habitaciones de los sacerdotes permanecieron cerradas únicamente durante los primeros días.

Todas las mañanas, cuando Kohl se quedaba solo en el departamento, iba a corroborarlo girando los pomos de las puertas.

Esa clausura alimentaba su fantasía e imaginaba un par de cuartos mendicantes, con esterillas en lugar de camas y sin ningún objeto de valor.

Imaginaba, también, algún mobiliario humilde donde los sacerdotes guardaban cilicios u otros objetos de mortificación corporal.

A kohl le hubiera gustado echar mano sobre alguno de esos artefactos y experimentar los efectos sobre su propio cuerpo.

Cuando finalmente Baggio y Fognini se animaron a dejar sus habitaciones disponibles al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo, Kohl se llevó una gran decepción.

Eran cuartos comunes y corrientes, aunque austeros.

Una cama, un par de sillas, una mesa y un armario.

La disposición de los muebles le recordaba algo, aunque no sabía que era a La habitación de Van Gogh.

Sobre las paredes de la habitación de Baggio había tan solo un retrato de Vasili Kandinski.

Kohl no tenía idea de quién era y pensó que podía tratarse de algún santo de Europa del Este y se persignó burlonamente al verlo.

Había también una cómoda con ropa de invierno y una camiseta de la Roma.

Además, había un perchero y una pequeña colección de libros ordenados uno junto al otro.

La mayoría eran filósofos escolásticos. Averroes, Santo Tomas de Aquino, Guillermo de Ockham, Duns Escoto, Anselmo de Canterbury, Pedro Abelardo y Buenaventura de Fidanza.

También había tres pares de zapatos negros, idénticos, y una cámara fotográfica Leika.

Hace muchos años atrás, Baggio oyó la confesión de un joven romano, un estudiante de arte, tal vez un artista aficionado.

Cuando revisó el confesionario, Baggio se dio cuenta de que el joven artista había dejado olvidado, Punto y línea sobre el plano.

Contribución al análisis de los elementos pictóricos de Vasili Kandinski.

Lo guardó en la oficina pastoral, imaginando que el joven regresaría a reclamarlo.

Eso, sin embargo, no sucedió. Baggio no volvió a verlo, aunque esperó su regreso durante meses.

Cierta tarde, en ocasión de sentirse francamente aburrido, se propuso dar un sermón diferente.

Más bien, se propuso pasar un buen rato a costa de los feligreses, dejando clara su absoluta ignorancia.

En lugar de abrir la Biblia, echó mano del libro de Kandinski, desplegándolo casi en sus primeras páginas.

Abrió el sermón diciendo: “Cada fenómeno puede ser experimentado de dos modos. Estos dos modos no son arbitrarios, son ligado al fenómeno y determinador por la naturaleza del mismo o por dos de sus propiedades: exterioridad-inferioridad”.

Siguió leyendo por un cuarto de hora y cuando terminó, al levantar la cabeza, no se percató de ninguna mirada de extrañeza o confusión.

De hecho, la mayoría estaba especialmente concentrada.

Esa misma semana, sin saber muy bien por qué, consiguió una imagen de Kandinski y la adosó sobre su pared de su cuarto.