EL FLAUTISTA DE HAMELÍN #2
Como resultado, a los siete años Lucas hablaba italiano o alemán indistintamente, adaptándose al oído de quien lo escuchara.
Una de esas mañanas, cuando aún no amanecía, al llegar con su padre a la abadía, encontraron que había mucho alboroto.
Una decena de canónigos estaban amontonados mirando hacia un lugar del pequeño camposanto.
Cuando llegaron, el padre de Baggio dejó su carretilla a un lado y se empinó sobre los hombros de los abades para ver qué sucedía.
Lucas tuvo que abrirse paso gateando entre las piernas envueltas en sotanas.
Pudo ver entonces que el motivo de la consternación era que la tierra de una de las sepulturas estaba revuelta y que ya no había ni cadáver ni ataúd.
Los canónigos le comentaron al jardinero que el día de ayer habían sepultado a uno de los suyos, muerto súbitamente, y que esa mañana, al despertar, se habían dado de que la tumba había sido profanada.
—¿Y el cuerpo? —quiso saber el jardinero.
—Extraviado —dijo un abad encogiéndose de hombros.
En ese preciso momento llegaron un par de policías.
Después de informarse y corroborar que la tumba había sido atracada, uno de ellos exigió conocer el número exacto de los habitantes de la abadía.
Se enumeraron en el acto, como un pequeño batallón retraído en la montaña.
Uno de ellos no acudió a la formación ni apareció por ninguna parte, aunque registraron todo el lugar y lo llamaron a los gritos.
Su habitación estaba vacía. Baggio se dio cuenta enseguida de cual era aquel que faltaba porque los conocía muy bien.
Era un canónigo bromista y risueño, uno que disfrutaba de leer en voz alta los cuentos de Geoffrey Chaucer.
—También falta una de nuestras carretillas —informó un abad.
En cuestión de minutos, pese a la incredulidad de algunos, pareció resuelto quien era el culpable del ultraje, y los policías, acompañados de un par de canónigos, enfilaron hacia el norte a buscarlo entre los prados verdes como un par de sabuesos rastreadores.
El pequeño Lucas enfiló en una dirección opuesta, pues tenía una sospecha.
No muy lejos de allí había una granja abandonada por sus antiguos propietarios que, un día cualquiera, vendieron sus animales y se largaron a Kitzbühel.
Lucas conocía el escondite en esa granja, porque era frecuente que aquel canónigo risueño pidiese permiso a su padre para llevarlo, tomado de la mano, hasta allá, para leer Los cuentos de Canterbury.
Allí pasaban largo rato. El canónigo leyendo y Baggio escuchando y aclarando algunas dudas.
A veces, Lucas se quedaba dormido con el ritmo monótono de la lectura y despertaba cuando ya estaba atardeciendo, mientras el abad le acariciaba la cabeza húmeda de sudor agrio.
Aquella mañana agitada, caminó hasta un establo de la granja abandonada y entró.
Reconoció la carretilla que a veces usaba su padre.
Un momento después escuchó jadeos. Recordó que, a veces, escuchaba resuellos semejantes en la habitación de sus padres y se acercó con cautela.
Al fondo, encontró al abad y para verlo mejor se ocultó detrás de una horqueta oxidada.
Tenía la túnica alzada, enrollada alrededor de la cintura, y embestía con la pelvis las nalgas del cadáver desnudo.
Lucas ahogó un grito de sorpresa, y se quedó mirando al abad en silencio hasta que este, luego de eyacular, se tornó exánime y se dejó caer sobre unos fardos de forraje seco.
Lucas pudo ver entonces con nitidez el cadáver, de un color amarillento, semejante al de una gallina muerta y sin plumas, con la tierra de la fosa removida aún pegada entre los surcos de la piel.
El prófugo aún estaba tendido, retozando, cuando los policías entraron al establo.
Baggio se ovilló aún más junto a la horqueta, pero alcanzó a ver el momento en que los uniformados llegaron al final del cobertizo, tomaron al canónigo y lo sacaron a la rastra y también, entre las ranuras de las tablas de las paredes, observó la expresión de espanto de los que esperaban afuera.
Los abades habían formado una especie de corredor por donde pasaron los policías y el rufián.
Baggio estaba distraído y no alcanzó a darse cuenta de que aún había un policía al interior del cobertizo.
Este, de repente, lo sacó de su escondite tirándolo del brazo.
—¿Qué estás haciendo acá, niño? —preguntó.
Baggio tartamudeó y no dijo nada, pero el policía lo soltó bruscamente al darse cuenta de un pequeño bulto inhiesto en su entrepierna. Baggio salió corriendo y no miró atrás.
Y, de cierto modo, podría decirse que, a pesar del paso de los años, aun estando en Roma, todavía no dejaba de correr.
Máximo Baggio y Lucas Fognini se conocieron en los salones del Augustinianum, en Roma, y en cuanto se vieron se volvieron inseparables.
Algunos solían referirse a ellos como los Siameses de Bolzano, a pesar de que Fognini repetía una y otra vez que el provenía de Umbría.
En todo caso, más que siameses, en realidad, establecieron una especie de relación parasitaria, en que Baggio asumía el papel de mantarraya sigilosa, pero letal, y Fognini las oficiaba de rémora solapada.
Todos habrían sabido decir cuáles eran los beneficios que obtenía Baggio de la relación, pero muy pocos –o nadie; tal vez ni siquiera el perusino– habría sabido decir qué obtenía Fognini de un vínculo que, en realidad, parecía arbitrariamente asimétrico.
A veces, mientras ponía en orden los apuntes de Baggio, Fognini se quedaba pensando: si fuésemos siameses, ¿de qué órganos estaríamos unidos Lucas y yo?
¿Del corazón? ¿De los pulmones? ¿De los riñones?
¿En los circos de qué latitudes presentaríamos nuestro espectáculo?
¿Llegaríamos a ser tan famosos como los hermanos Chang y Eng Bunker, los primeros siameses de todos los tiempos?
Un par de meses después de conocerse, durante un fin de semana que tuvieron libre, viajaron por tren hasta Madrid para conocer El Escorial.
Una vez allí, Fognini se las arregló para llevar a Baggio frente a El martirio de San Mauricio, de El Greco.
Ambos se quedaron mirando en silencio al grupo de hombres juntos, tal vez demasiado juntos, algunos sin ropa o ropa ceñida y de piernas rigurosamente lampiñas, aunque Baggio no comprendió en realidad el interés particular de Fognini por ese trabajo.
A Baggio, en cambio, le parecía más excelso El entierro del conde de Orgaz: esa escena partida en dos registros, la gravedad terrestre y la elevación celeste, los cuerpos sostenidos por otros cuerpos, la promesa de un orden que no dependía del deseo sino de una jerarquía invisible.
En algún momento, mientras Baggio se refería al supuesto astigmatismo del pintor para explicar sus figuras alargadas, Fognini miró en todas direcciones y, cuando corroboró que no había moros en la costa, estiró los dedos para rozar el dorso de la mano de Baggio, quien la retiró violentamente,
como si alguien acabara de derramarle aceite caliente, y le prohibió que volviera a hacer algo semejante.
Regresaron a sus aposentos enseguida y en completo silencio.
Fognini se sintió especialmente triste, imaginó que Baggio daría por concluida su incipiente amistad, pero en lugar de eso, pareció que este se propuso potenciar la relación o, al menos, multiplicar los beneficios que obtenía.
Por las noches, ya no leía por sí mismo, en lugar de eso, se recostaba sobre su colchón con las manos entrelazadas bajo la nuca, cerraba los ojos y le pedía a Fognini que, sentado a los bordes de su cama, y mientras le daba masajes de pies con la mano desocupada,
leyera en voz alta Suma Teológica o La Ciudad de Dios, u otras obras culmines de los padres y doctores de la iglesia.
Fognini cerraba los ojos e imaginaba, por un momento, que era María Magdalena ungiendo los pies de Jesucristo.
Ambos sacerdotes eran aficionados al fútbol.
Baggio era fanático de la Roma; Fognini de la S.S. Lazio.
Solían tener discusiones sobre fútbol que a Kohl le parecían francamente estúpidas, sobre todo después de que les preguntó de qué clase de equipos se trataba.
Entre ambos, sumaban una discreta cantidad de torneos locales.
Su pasión no alcanzaba para rivalizar con la potencia de la Gauligen, el torneo alemán de fútbol durante el reinado del Nacionalsocialismo alemán.
Ninguna oportunidad de salir bien parados frente al F.C. Gelsenkirchen-Schalke, campeón seis veces entre 1934 y 1944, una época en que solo triunfaban los valientes, los verdaderamente aptos.
En fin, discutir sobre la hegemonía de Roma o Lazio era, pensaba Kohl, como trenzarse a golpes a causa de una mujer gorda y fea.
Cada quince días, los sacerdotes iban al estadio a presenciar los partidos de local.
Los partidos de visita los escuchaban por radio, como si fueran homilías, cabizbajos, en silencio y con el rosario férreamente sujeto entre las manos apretadas.
—La S.S. Lazio fue fundado en 1900 —dijo Fognini —. Utiliza una camiseta celeste y un pantalón blanco. Hasta ahora hemos conseguido cuatro subcampeonatos.
Replicó Baggio:
—La Asociación Deportiva Roma, conocida como La Loba, fue fundada en 1927 y hemos estado siempre en la máxima categoría del fútbol italiano.
Nos consagramos campeones en la temporada 1941- 1942.
Ese año —aclara después de carraspear—, Lazio terminó en quinto lugar.
Nuestra camiseta es de color rojo granate. Un color acorde con la Santa Túnica.
Luego, recitó la formación campeona en 1942: Massetti, Brunella, Andreolli, Mornese, Cappellini, Donati, Bonimi, Coscia, Pantò, Krieziu y Adamedia. Equipazo dirigido por el húngaro Alfréd Schaffer.
—No entiendo —dijo Fognini persignándose— que sientas orgullo de un equipo de fútbol que fue dirigido por un húngaro, ¿tienes idea de cuántos judíos húngaros las oficiaron de Sonderkommandos?
Fognini agregó que el título de la temporada 41/42 había sido un descarado regalo de Mussolini.
Baggio replicó que, para entonces, el Duce, que, por lo demás, nunca fue aficionado al fútbol –prefería, en cambio, el esquí, las motocicletas o la esgrima, es decir, deportes “verdaderamente” masculinos–, tenía cosas bastantes más importantes de las que preocuparse, por ejemplo,
los bombardeos británicos.