Noche de los cristales rotos EL FLAUTISTA DE HAMELÍN
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EL FLAUTISTA DE HAMELÍN

Roma, 1949-1950

Franz Kohl –cuando aún no se llamaba así– llegó a Roma a finales de 1949.

Dos sacerdotes agustinos, Máximo Baggio y Lucas Fognini, le ofrecieron alojamiento y comida en el departamento que compartían en un edificio de tres pisos en el norte de la ciudad.

Era un sitio cómodo y cuidadosamente decorado.

Parecía la locación para la fotografía de portada de una revista de diseño de interiores.

Apenas puso un pie en el lugar, Kohl tuvo la sensación de estar tratando con una pareja de homosexuales, un par de sujetos que, en el Reich, hubiesen sido confinados a algún campo de concentración con triángulos rosas bordados sobre sus uniformes roñosos.

Los sacerdotes no escatimaron en atenciones para su huésped e hicieron un minucioso recorrido por el piso.

Desde la ventana del cuarto de estar alcanzaba a apreciarse, a lo lejos, el estadio Olímpico de Roma, aún en construcción.

El departamento no era el modelo de austeridad que Kohl esperaba encontrar.

Se impresionó con la moqueta gris, el sofá de lino y el buffet de madera de fresno.

Alcanzó a advertir también una fabulosa colección de vinilos junto a un tocadiscos de maleta.

Las habitaciones de los clérigos estaban cerradas y así permanecieron durante el recorrido.

Kohl tuvo la sensación de que si entreabría esas puertas encontraría lugar para orar o un pasadizo secreto que llevaba a un monasterio.

El recorrido terminó en la habitación del huésped.

Estaba perfecta, bastante mejor que los cuchitriles en que había pernoctado durante los últimos meses.

Un solo detalle desentonaba: la cama estaba deshecha.

El recién llegado se percató de que el desorden de las sábanas y cobijas parecía deliberado, montado exprofeso, como si se tratara de la escenografía de un espectáculo.

Baggio le pidió entonces a Fognini que trajera una Biblia.

Luego de recibirla, la abrió sin dudar ayudado por el marcador de página, y comenzó a leer un pasaje del Evangelio de San Juan.

Mientras Baggio leía, Fognini miraba la moqueta fijamente. Kohl tuvo la impresión de que miraba una mancha casi imperceptible, una mácula que solo podía distinguir aquel que la había causado.

—¿Entiendes, hijo mío? —preguntó Baggio—.

Jesucristo, el Unigénito de Dios, Alfa y Omega, el Principio y el Fin, el Mesías, La Estrella Resplandeciente de la Mañana, el Príncipe de las Naciones, aquel que está plácidamente sentado a la diestra del Padre, resucitó y, aún después de vencer a la muerte,

en lugar de salir del sepulcro a vociferar con justa razón que ha vuelto de entre los muertos, lo que hizo fue ordenar, pulcra y humildemente, su ropa.

Para imitar a Cristo lo primero que tenemos que hacer es mantener en orden nuestras pertenencias.

Acto seguido, Baggio cerró la Biblia y se levantó de la cama como si diera por concluida una misa.

Kohl se tardó en entender que estaban esperando que hiciera su cama en presencia de sus huéspedes.

Lo hizo lentamente y con torpeza, como si fuera un huérfano delante de sus tutores, como si fuera un asunto de vida o muerte.

Llegó a pensar que su permanencia en la casa estaba siendo evaluada y dependía del modo en que tendiera esa cama pequeña.

Baggio miraba con seriedad; Fognini parecía a punto de estallar en una risotada.

Durante todos esos minutos que tardó, Kohl se distrajo preguntándose si la mancha imperceptible pudiera, en realidad, ser una mancha de semen.

Es la única clase de suciedad que puede observarse con esa expresión en el rostro, pensó: el examen de aquel que busca corroborar que borró eficientemente las huellas de algo que le incomoda o avergüenza.

Kohl había visto muchas veces esa mirada en el rostro de alguno de sus compatriotas en los últimos años.

Alemania completa, pensó, es como una alfombra o una sábana sucia de manchas de origen incierto.

Más bien, cuatro o cinco sábanas mal lavadas colgando de los cordeles de un balcón, sometidas a escrutinio de toda mirada curiosa.

Los sacerdotes advirtieron que el único equipaje de Kohl era un baúl enorme y se miraron discretamente; después, al verlo agacharse para tomar la manilla del armatoste y erguirse de nuevo, disimularon sonriendo. El alemán no tuvo dudas de que eran homosexuales.

—¿Te fijaste en el baúl? —preguntó Fognini más tarde, en la cocina, cuando se quedaron a solas.

—Sí, hermano Lucas, me fijé en el baúl —dijo Baggio, concluyente.

—¿No te da curiosidad saber lo que hay dentro?

—La curiosidad mató al gato, hermano Lucas.

Fognini lo miró fijamente y simuló atacarlo con su mano en forma de garra, igual que hacen los felinos domésticos.

Esa misma noche, durante la cena, Kohl recibió su segundo sermón.

Fognini había cocinado lubina al horno con espárragos y limón.

Antes de comer, Baggio oró por los alimentos y luego habló sobre el trigo y la cizaña.

Recitó de memoria: “El Reino de los Cielos era semejante a un hombre que sembró buena semilla en el campo, pero mientras dormía vino el enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue”.

Mientras Baggio hablaba, Kohl entreabrió los ojos y con una falsa expresión de piedad en el rostro, desvió la mirada hacia la silueta del Olímpico de Roma. Tuvo la sensación de que estaban levantando un campo de concentración en medio del bosquecillo.

“Al tiempo de siega, diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla y el trigo recogedlo en mi granero”, concluyó Baggio y Kohl no supo muy bien cómo interpretar sus palabras.

Tuvo la sospecha de que esa parábola, en boca del sacerdote agustino, hacía referencia inequívoca a los nazis y a sus tropelías.

Pero, en tal caso, ¿quiénes eran el trigo y quiénes la cizaña?

El forastero se dio cuenta enseguida de que el alemán de Baggio era impecable: se había criado en Bolzano.

Fognini –oriundo de Perugia–, en cambio, lo hablaba con grandes dificultades, y Kohl debía esforzarse para seguirle el hilo.

A ratos tenía la impresión de conversar con alguien afectado por una torpeza del lenguaje, una especie de bloqueo verbal que volvía errático el sentido de las frases.

Al percatarse de ello, casi al terminar la cena, Baggio comentó en un alemán perfecto que tuviera paciencia con Fognini: el germano era un idioma endemoniado.

Incluso los grandes maestros tropezaban con él.

Kohl, que no tenía la menor idea de maestros consagrados, asintió distraído y quedó ensimismado mirando por la ventana, hacia la oscuridad que se extendía más allá, como un bosque impreciso.

Fognini, que seguía con dificultad los intercambios verbales entre Baggio y el invitado, advirtió entonces que el recién llegado se había distraído contemplando la monumental edificación inconclusa que se alzaba en medio del descampado.

De noche, el lugar adquiría un aspecto siniestro, y Fognini no pudo evitar un estremecimiento al fijar la vista en él.

Baggio, en cambio, mantenía una relación distinta con los paisajes que lo rodeaban.

Por las mañanas, al despertar y acercarse a la ventana, cuando veía hacia la obra gruesa del estadio, recordaba la Abadía de Innichen, un hermoso monasterio edificado sobre prados y montes en Alto Adigio.

No había, en realidad, ninguna razón aparente para que aquel armatoste, horripilante y apenas comenzado, le hiciera recordar la belleza incomparable de esa abadía asentada en medio de montañas nevadas que parecían la publicidad de una caja de bombones finos,

ni para que esos obreros fantasmales trajesen a su memoria a los habitantes de aquella abadía de su infancia tirolesa, pero a Baggio le resultaba inevitable.

Cuando los platos quedaron vacíos, Fognini fue a la cocina a lavar los trastos y Baggio le indicó a Kohl que podía retirarse a reposar: seguramente estaría muy cansado.

Esa noche, Kohl soñó que estaba de pie frente a un granero con un bidón con combustible, iluminado por las llamas de un incendio que devoraba la bodega.

Las puertas y ventanas del granero estaban tapiadas y desde su interior se oían gritos desgarradores, terroríficos, y manos y piernas que pateaban desesperadas la estructura de madera para huir.

Kohl creía escuchar entonces una voz afeminada que le decía al oído: “Soplaré y soplaré, y el Reich derribaré”.

Solo entonces despertó, aterido, y suspiró aliviado al descubrir que estaba sano y salvo, en Roma, la Ciudad Eterna.

Baggio y Fognini cuchichearon hasta tarde en la sala de estar.

El padre de Baggio era jornalero y, a veces, se ocupaba de cuidar jardines en Innichen, un lugar donde el frío solía ser implacable con la vegetación.

Era oriundo de Módena y había terminado en Bolzano luego de huir a causa de problemas con la policía.

Los canónigos solían contratarlo para mantener en buen estado el cementerio ubicado junto a la abadía.

El hombre era alto, flaco y de piel cetrina y cuando se quedaba inmóvil para tomar un descanso daba la sensación de ser una triste figura esculpida junto a alguna lápida.

Baggio, entonces un niño, se paseaba entre las lápidas y cruces, saltando y danzando y, de vez en cuando, acompañaba a los canónigos por el monasterio como si fuera un aprendiz.

Estos, se sorprendían de la habilidad del mocoso para distribuir y combinar los colores de las flores entre las tumbas, de modo que el gris de las lápidas adquiría una belleza inesperada.

Se diría que, entre los abades, el pequeño Lucas se sentía feliz.

Había solo una cosa que no tenía permitida: cada vez que decía una palabra en italiano, los canónigos, provenientes en su mayoría del lado alemán de los Alpes, se quedaban mirándolo con expresión severa, y uno de ellos solía amenazarlo, mitad en broma, mitad en serio,

con cortarle la lengua y dársela de comida a los ratones.

A veces, para amedrentarlo, los monjes que regresaban de cazar liebres alpinas le dejaban ver un trozo de carne sanguinolenta: decían, con rostro severo, que eran lenguas amputadas de niños que se habían resistido a hablar en alemán.

Lucas, en todo caso, disfrutaba de ese idioma que se imponía como lenguaje de mando, duro y exacto, y procuraba retener en la memoria la mayor cantidad de palabras y conjugaciones posibles.