Noche de los cristales rotos TEMPORADA DE CAZA
1%
Noche de los cristales rotos

Noche de los cristales rotos

Por Rene Araya

© inepub.com

TEMPORADA DE CAZA

Buenos Aires, 1976-1978

En fin, si acaso quiere escucharla, la historia es esta:

En 1976, tal vez en 1977, una serie de extraños crímenes tuvieron lugar en Buenos Aires.

Una veintena de hombres aparecieron muertos en sus casas o departamentos con la misma particularidad.

A todos ellos, luego de asesinarlos, les cubrieron los rostros con una camiseta de River Plate ensangrentada y vejada.

Es decir, además de sangre había semen sobre las remeras.

Antes de ser asesinados, los pibes fueron sometidos a toda clase de crueldades y torturas.

Al principio, a pesar de la saña de los asesinatos, la Policía Federal de Buenos Aires –por entonces muy distraída en otros asuntos– creyó que se trataba solo de excesos de rivalidad entre los fanáticos de River Plate y Boca Juniors.

Cuestión de fanáticos a los que se les pasó la mano, argumentaban como si se tratara de travesuras sin importancia.

Por entonces, en efecto, los miembros de las barras juraron venganza en la prensa.

Hubo algunas tibias escaramuzas en que fanáticos de ambos equipos resultaron heridos de mediana y severa gravedad.

Eso no detuvo los crímenes: los cadáveres continuaron apareciendo a razón de uno o dos por semana.

Como sea, la cobertura de los crímenes en la prensa fue discreta.

En cambio, los preparativos del Mundial de Fútbol de Argentina 1978 fueron ampliamente reporteados.

Esta confusión se mantuvo hasta que un joven policía, incorporado casi por azar a la investigación, reparó en un hecho evidente que todos, incluso la prensa, habían pasado por alto: todas las víctimas eran de ascendencia judía.

El policía se dio cuenta a propósito del decimoquinto homicidio, cuando se entrevistó con un perito forense quien, luego de la autopsia y cigarrillo en mano, como si se tratara de una conversación de boliche, señaló que la última víctima, de veintidós años, estaba circuncidada.

Al policía le llamó la atención el dato.

Con un par de llamados telefónicos, confirmó que, en efecto, el sujeto era judío.

Ese mismo día, pidió los expedientes para ver las fotografías y los archivos del resto de las autopsias.

Así descubrió que todos los difuntos, sin excepción, eran judíos.

Dicho de otro modo, al ver las fotografías de los cadáveres tendidos en las camillas de la morgue, constató que todos estaban circuncidados.

Cerciorarse con las fotografías fue en realidad puro dramatismo policial, pues habría bastado echar un vistazo a los apellidos de las fichas, pues todos eran, evidentemente, de origen hebreo.

Pareció abrirse entonces una nueva línea de investigación.

Los crímenes, sin embargo, no dejaron de suceder.

Continuaron apareciendo en Buenos Aires cadáveres de judíos con camisetas de River cubriendo sus rostros desfigurados por golpizas o quemaduras de cigarrillos, y con sus manos y pies amarrados con alambre de púas.

Las escenas del crimen parecían pinturas de El Bosco.

El policía realizó llamados telefónicos y se reunió personalmente con las familias de las víctimas.

Además, asistió trasnochado a algunos funerales vestido de negro y con su libreta en la mano.

Más tarde, le intrigó descubrir que no todos los asesinados eran fanáticos de River; la mayoría sí, pero otros eran de Independiente, San Lorenzo, Huracán, Vélez Sarsfield, Argentinos Juniors y Chacarita Juniors.

No se trataba entonces de crímenes por rivalidad futbolística, concluyó, pero la situación lo confundía.

Pasó algunas noches insomnes, fumando y mirando fotografías de las víctimas desnudas y con sus rostros cubiertos con la polera albirroja.

Durante el día, entre cigarrillos y tazas de cafés, no conseguía concentrarse en otros casos; además, sufrió pesadillas en donde todos los estadios de fútbol de Buenos Aires se convertían en mataderos de jóvenes argentinos que recién empezaban a vivir.

A pesar de los datos que parecían negar la pista futbolística y guiado por su instinto, el policía se creyó capaz de encontrar alguna respuesta entre los barristas de Boca Juniors.

Propuso a sus superiores infiltrarse en la barra; ellos, al principio, estuvieron en desacuerdo: era peligroso y hasta absurdo sin alguna pista o evidencia. Una locura, en suma.

El policía resistió todos los argumentos, los buenos, los malos y los ridículos, e insistió con su corazonada hasta que se salió con la suya.

Se infiltró, arrendó un piso estrecho en el barrio de La Boca y se convirtió en un apasionado barrista.

Asistía sin falta a los encuentros en La Bombonera e incluso viajó hasta la provincia en incómodos buses interurbanos para acudir a algunos encuentros.

Visitó Mendoza, Rosario, Córdoba, Santa Fe, La Plata.

A propósito de incursiones internacionales de Boca viajó también al extranjero.

Viajó a donde quiera que hiciese falta. En todos los estadios se desgañitó entonando los cánticos de la barra.

El fingido fanatismo del joven policía (él, como todos en su familia, era en realidad fanático de Racing, equipo de Avellaneda) consiguió con lentitud, luego de meses en que los homicidios continuaron, ser aceptado en los círculos más íntimos de la barra.

Una noche de juerga, luego de un triunfo en las postrimerías de un partido contra Ferro Carril Oeste, se granjeó su paso hasta las claves que le permitirían resolver el caso, o al menos entender los crímenes.

A la salida de un bar, él y sus nuevos amigos encontraron a un grupo de fanáticos de River que los doblaban en número.

El policía intuyó que era una buena oportunidad para fingir lealtad: su comportamiento fiero, que lo elevó a categoría de héroe, le permitió ser presentado ante el líder secreto de un puñado de barristas.

Sin embargo, el cabecilla no estaba ni cerca de ser lo que el policía esperaba.

Lo llevaron a un viejo y descascarado edificio de La Boca, donde le presentaron a un septuagenario que no hablaba español.

En efecto, el policía se dio cuenta de que era alemán.

El anciano estaba sentado sobre un raído sofá y vestía una chaqueta de uniforme nazi desteñida, pero en buen estado; sobre sus rodillas descansaba una camiseta de Boca Juniors a modo de manta.

Era la camiseta número siete, que por entonces usaba Ernesto Enrique Mastrángelo.

El joven policía reparó que en las paredes del lugar convivían pósteres de próceres del Boca Juniors, fotografías de oficiales de la SS e imágenes de La Bombonera con mapas de campos de concentración nazi, además de algunos extraños planos desplegados como si fueran papel mural.

Los extraños murales tenían planos dibujados de improbables campos de concentración en La Bombonera, Parque Patricio y Liniers, además de cámaras de gas sobre el Monumental de Núñez y todos los campos de fútbol de Buenos Aires.

El policía los miró consternado, aunque fingiendo fascinación.

El policía tenía algunos conocimientos sobre la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, de modo que comprendió a la perfección que los planos mostraban los campos de Auschwitz-Birkenau, Buchenwald, Dachau, Sobibor, Treblinka o Bergen-Belsen trasplantados sobre Buenos Aires, Capital Federal.

En el departamento también había un televisor encendido y conectado a un Betamax que transmitía imágenes nazis.

O tal vez películas de Leni Riefenstahl.

De mano en mano, pasaban álbumes fotográficos con registros de los campos de concentración nazi que los fanáticos, vestidos con remeras auriazules, contemplaban extasiados.

En un rincón, como si recitaran cuentos infantiles, una joven leía a un grupo de adolescentes fragmentos de Mein Kampf, que discutían y analizaban de forma animada.

Esa misma noche, el desconcertado policía descubrió el modo de operar de los homicidas.

El viejo hablaba y alguien traducía. Hablaba sobre batallas de la Segunda Guerra Mundial y campos de concentración, pero también de hazañas de equipos alemanes de fútbol, como Bayern de Múnich, Borussia Dortmund, Bayer Leverkusen, Werder Bremen,

Schalke 04 y partidos memorables de la selección alemana de fútbol y seleccionados alemanes notables.

Hablaba de Gerd Müller y Fritz Walter, de Uwe Seeler, Hans Tilkowski y Franz Beckenbauer, aunque es posible que solo hablara de Hitler, Himmler, Goebbels, Göring, Hess, Canaris o Mengele como si se tratara de futbolistas, eximios goleadores.

Mientras los demás escuchaban absortos, otra persona tomó un directorio telefónico de Buenos Aires y se lo entregó al anciano nazi como si fueran las Sagradas Escrituras.

Él sostuvo apenas el mamotreto y buscó con su dedo hasta encontrar un apellido judío; ordenó que siguieran a esa persona, averiguaran sobre ella y la exterminaran si era posible.

Mejor aún si el judío era fanático de River.

Dijo, exactamente: “Mejor si el hijo de puta es gallina”.

El policía vio con sus propios ojos, como si el anciano fuera el mismísimo flautista de Hamelín, cuando un puñado de barristas hipnotizados salió a cumplir sus órdenes infames.

Luego, otro grupo de fanáticos desplegó un mapa de Buenos Aires y formó un círculo alrededor del anciano.

El policía se alzó en punta de pies para ver que el mapa tenía marcas con esvásticas en distintos lugares de la ciudad.

Notó que las equis marcaban todos los estadios de fútbol de Buenos Aires, o, al menos, la mayoría de ellos.

En efecto, los jóvenes barristas describían fabulosos campos de concentración en el Parque Patricios, el Gasómetro, el Cilindro, el José Amalfitani, La Doble Visera o Nueva Chicago, en Mataderos.

Hablaban sobre un fabuloso campo de exterminio en el Monumental de Núñez y de instalar una especie de centro administrativo en La Bombonera.

Conversaron sobre una noche de Cristales Rotos en Buenos Aires y leyeron un inventario pormenorizado de tiendas de comerciantes judíos y sinagogas bonaerenses.

Enumeraron mercaditos de abarrotes, sastrerías y zapaterías sobre las que dibujarían estrellas de David, para luego desvalijarlas y prenderles fuego.

Hablaron de improbables y demenciales experimentos eugenésicos en hospitales públicos de provincia, de una red de ferrocarriles que transportara prisioneros por toda Argentina, en especial por la Pampa y la Patagonia, como si fueran ganado.

El delirio incluyó hacer funcionar campos de trabajos forzados sobre los estadios de fútbol de todo el país.

Uno de los barristas, un adolescente, casi un niño, expuso de forma breve un plan para erigir cámaras de gas en los camarines de los estadios.

De hecho, disertó sobre los requerimientos y dificultades técnicas con una elocuencia que espantó al policía.

Hablaron también de coser estrellas amarillas sobre las camisetas de fútbol; en realidad, mencionaron triángulos rojos, verdes, azules, púrpuras, rosados y marrones, todos cosidos sobre las camisetas de equipos de la liga de fútbol argentino.

Todos, excepto Boca Juniors; sobre la camiseta auriazul, en cambio, estamparían símbolos nazis.

A medida que transcurría la noche, el policía se sintió desvariar, sufrió náuseas y vomitó en un baño de azulejos blancos tapiados con pósteres de Hitler.

Cuando la velada terminó de madrugada, casi al amanecer, el joven policía fue a su verdadero departamento, se afeitó y se duchó.

Luego, como si fuera un sonámbulo, caminó hasta la estación de policía.

Una vez allí contó a sus superiores, que lo escucharon absortos e incrédulos, todo lo que sabía.

Ordenaron que fueran al lugar de inmediato un par de patrullas con balizas encendidas.

Cuando la Policía Federal llegó al lugar, ya no había nada.

Ni un póster sobre las paredes ni el televisor, menos rastros del anciano.

El nazi desapareció. El policía deambuló por la casa como si buscara fantasmas, sin comprender lo que había sucedido.

Desesperado, increpó a otros efectivos, los acusó de ineptos y los culpó de avisar a los infames habitantes del lugar.

Terminó apoyado sobre el capó de una patrulla y con el rostro cubierto con las manos.

Solo entonces reparó en que todos los vidrios de la casa estaban quebrados y desparramados por el suelo.

Cristales rotos. Intuyó que era una amenaza.

Después dejaron de aparecer judíos muertos en Buenos Aires.

Al menos hasta ahora, y en esas circunstancias inquietantes, quiero decir.

El policía cayó en el descrédito, desde luego.

Le dieron un par de días de descanso y le recomendaron ir al médico, al psiquiatra.

No volvieron a saber de él. Me contaron que, presa de la paranoia, durante sus días de descanso forzado, llegó a sospechar que sus antiguos compañeros lo seguían.

Creía ver sus infames vehículos estacionados afuera de su casa o deambulando por los lugares que él frecuentaba.

Veía fantasmas por todos lados. Durante meses revisó la prensa de otros países latinoamericanos con la certeza de que, en alguna edición matutina, se develaría el hallazgo de algún cadáver cubierto con la camiseta de Peñarol, Emelec, América de Cali, The Strongest, Colo-Colo, Universitario de Lima,

Corinthians o Cerro Porteño.

Tuvo la certeza de que el anciano había emigrado hacia otro país del continente y no tardaría en actuar.

Deliró, se imaginó convertido en un cazador de nazis que deambulaba por Sudamérica buscando rastros de exoficiales de la SS.

Se preparó para un eventual viaje que, era probable, no llegaría nunca.

Podría ser un viaje por rutas comunes y corrientes, o bien un viaje al pasado o al futuro.

Un viaje cuyas rutas terminarían por llevarlo al fondo de un pantano.

Compró una camioneta Ford Bronco que le permitiera desplazarse por el continente, también mapas de carreteras sudamericanas y folletos turísticos.

Leyó hasta el hastío libros sobre el III Reich y biografías de jerarcas nazis, convencido de que esas averiguaciones iban a ayudarlo a dar con el rastro de aquel que buscaba.

Luego, en 1978, Argentina salió campeón del mundo y a nadie le importaron los pibes muertos.

Que qué quiero decir. Como oyó, a nadie le importó un carajo esos pibitos destazados.

Salvo a Zárate, pero eso usted debiera saberlo, ¿verdad, Olivera?