Noche de los cristales rotos SNUFF #6
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SNUFF #6

Kohl se desternilla se risa oyendo la historia y piensa que es como si, a mediados de la década del treinta los judíos hubiesen emigrado desde Austria a Alemania pensando que allí no encontrarían nazis.

—El asunto —dice el chofer—, es que mientras veía la película me acordé de usted, patrón.

—¿Por qué? —pregunta Kohl, intrigado.

—Pues porque cada vez que oigo sus historias, tengo la sensación de que son historias de ratas que huyen de Europa a América. Ratas inmundas que atraviesan el Océano.

—Puede ser, puede ser —dice Kohl sin mirarlo y movió un alfil.

Días más tarde, al constatar que el quechua no es ningún idiota, Kohl decide que ya no quiere ver películas sin compañía y lo invita a entrar a su salita de cine.

Ven una película que fue filmada por Kohl en Treblinka, en 1944.

La cinta dura medio minuto, como casi todas las que filmó.

En la película, unos oficiales de la SS juegan a hacer puntería con unos judíos que corren hacia ninguna parte, igual que animales desorientados en medio de un incendio en el bosque.

Cuando termina la película, Kohl intenta dar una explicación sobre el modo en qué ha conseguido esas cintas, pero el chofer lo interrumpe.

Le dice a su patrón que no necesita darle explicaciones y luego se queda en silencio.

Añade luego: “El modo en que consiguió esas películas es asunto suyo, patrón”.

Un momento después, Kohl le pregunta si podría acompañarlo a ver películas por las noches, antes de dormir, y el chofer asiente con la cabeza.

Durante un par de meses, apenas se oculta el sol suben al ático y se distraen con decenas de VHS con torturas de alguna dictadura latinoamericana.

Kohl las contempla extasiado; el quechua, con displicencia, casi aburrido, como si mirara de reojo una teleserie mexicana en horario de almuerzo.

El asunto es que, una vez acostumbrado al horror, las cintas se vuelven redundante y tediosas.

Meses después, Kohl comienza a tener malestares en la cadera que le dificultan desplazarse.

Durante un par de semanas recibe en casa a un equipo de kinesiólogos que montan un gimnasio casero en una de las habitaciones de la casa y le hacen ejercicios que lo dejan furioso y exhausto.

Lo medican con tramadol y otros analgésicos.

Una noche especialmente dolorosa, Kohl camina hasta la cocina, toma un cuchillo carnicero y comienza a hurgarse la piel como si quisiera, él mismo, quitarse la cadera a cuchillazos.

Por fortuna, el chofer lo descubre a tiempo, le quita el cuchillo luego de un breve forcejeo y evita que el asunto pase a mayores.

Pasa un par de días en el hospital rumiando maldiciones.

Finalmente, se traslada hasta La Paz para someterse a una intervención quirúrgica que le permite recibir un implante de titanio en la cadera derecha.

Cuando regresa, ve películas cada vez con menor frecuencia, pero entre agosto de 1990 y el 28 de febrero de 1991 sigue con atención la Guerra del Golfo por televisión, a través de CNN.

Delira imaginando las atrocidades que los marines harán a la milicia iraquí que encontrarán a su paso y compra por catálogo fabulosas cámaras filmadoras y se imagina deambulando por el desierto de Irak.

Le fascinan especialmente las tomas nocturnas de los bombardeos en Bagdad, que asemejan un videojuego.

Lo entusiasman tanto que pide que le compren una consola Nintendo para distraerse con juegos bélicos, pero al final no logra utilizarlo y lo obsequia al chofer.

Para tus nietos, dice. En 1994, disfruta, o finge disfrutar, de la clasificación de la selección boliviana de fútbol al mundial de Estados Unidos y, por un momento, delira con comprar pasajes para ver el partido inaugural que Bolivia jugará con Alemania en Chicago,

pero al final desiste por que el futbol le interesa nada y porque juzga que se trata de un riesgo innecesario.

Imagina que, a pesar de los años transcurridos, alguien podría tenerlo en la mira.

Siempre puede haber algún abogadito de Derecho Humanos dispuesto a saltar a la fama por ponerle las manos encima a un hombre como él, piensa.

Se conforma con ver por televisión los tres partidos de la fase grupal en compañía de su chófer en la cocina de su casa.

Cuando ven el partido de Chicago, el quechua le pregunta si tiene el corazón dividido.

Kohl no dice nada, pero piensa: “¿Por qué habría de tener el corazón dividido? Yo quiero que Alemania aplaste a Bolivia”.

El gol de Klinsmann en el minuto 61 le parece demasiado exiguo y golpea la mesa en el pitazo final, declarándose avergonzado.

En 1996, cuando un grupo de terroristas asaltan la embajada de Japón en Lima y Fujimori ordena que los aniquilen, lamenta estar viejo y casi acabado.

Debí estar ahí para filmarlo, dice, mientras ve a Fujimori flamear una bandera peruana sacando la mitad de su cuerpo de un vehículo de asalto policial.

Sin saber muy bien para qué, intenta mover algunos hilos para comunicarse con Fujimori o Vladimiro Montesinos, pero su nombre ya no ejerce ninguna influencia ni fascinación.

Lo contactan con un funcionario de cancillería sin ninguna importancia y que no tiene idea con quién está tratando.

—Disculpe señor, podría explicarme mejor con quién tengo el gusto de hablar —dice el funcionario que, por un momento, tiene la idea de estar en línea con algún personero de la embajada alemana.

Cuando se entera de que no es así, pierde todo interés. El germano, indignado, cuelga el teléfono después de proferir toda clase de insultos.

En 1998 tiene uno de sus últimos delirios.

Recibe en casa la visita de la hija de una de sus cuidadoras.

Esa mañana el anciano está de buen humor y permite que la niña, de siete u ocho años, vea dibujos animados en el televisor del salón.

De hecho, se sienta junto a ella en la alfombra y ambos beben jugo de naranja y de betarragas recién exprimidas.

Mientras ven dibujos animados, la niña se queja de que hay muy pocos sitios para entretenerse en Oruro.

Kohl se queda mirándola en silencio y permanece ensimismado toda esa tarde y por la noche también.

Desde la ventana de su habitación contempla la ciudad que le parece desolada, aburrida.

Hojea la Biblia buscando aquel episodio en que Jesús solicita que dejen a los niños acudir a Él, pero no lo encuentra.

Al día siguiente, muy temprano, llama por teléfono a uno de sus contadores para informarle que ha decidido construir un parque de entretenciones.

—¿Un parque de entretenciones? —pregunta el sujeto.

—Sí, un parque de juegos, como oyó.

—¿Acá en Oruro?

—Desde luego, acá en Oruro, dónde si no.

—En La Paz, por ejemplo, donde las oportunidades de negocio serían mayores.

—Ya me oyó. Quiero el parque acá, en Oruro. Eso no estoy dispuesto a discutirlo. Acá el hombre de negocios soy yo.

Acostumbrado a las fanfarronerías, al principio Kohl delira e imagina un parque al estilo Walt Disney World de Orlando, Florida, instalado en pleno Oruro.

¿Cuánto costará una franquicia como esa?

, se pregunta. Cierra los ojos e imagina a Tribilín, Pluto, Mickey y Donald dando vueltas por la ciudad.

Los imagina, en realidad, vestidos con uniformes grises, ordenando en fila a un centenar de judíos en un campo de concentración, y sonríe pícaramente.

Finalmente, y luego de escuchar consejos y reparos de sus asesores financieros, se reconcilia con la idea de una versión más económica y acepta adquirir e instalar en la ciudad un parque de entretenciones mecano.

—Como ustedes digan, pero háganlo pronto. No me quiero morir antes de ver el parque funcionando. Sepan que los hago responsables si muero antes de eso.

En realidad, sus funcionarios hacen los arreglos para importar un parque mecano usado y desechado de algún país de Europa de Este, donde el armatoste ha dejado de ajustarse a normas de seguridad.

Una vez que lo arman, Kohl, de ochenta y siete años, le pide a su chofer que haga lo necesario a fin de asegurarse de que construyan un búnker subterráneo debajo del parque.

—¿Un búnker? —pregunta el quechua.

—Como oíste. Una vez que esté listo, van a llevar todas mis películas hasta ese lugar y van a condenarlo —ordena el germano —, como si fuera el tesoro de un pirata.

—¿Dónde? —pregunta el chófer.

Kohl, que se está quedando sordo, no escucha la pregunta o no la entiende.

—¿En qué lugar del parque quiere que coloquemos ese búnker? —pregunta de nuevo el quechua, levantando un poco la voz.

Kohl no responde de inmediato, pero se le ocurre que hay un solo lugar donde podrían ocultarse todas esas cintas y esa idea le causa mucha gracia.