Noche de concierto 12
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Enseguida entendí a donde nos dirigíamos. No me cabía la menor duda de que Elena me llevaba a su residencia de verano, en la urbanización privada de “Los chopos”. Había estado muchas veces allí, de hecho iba todos los veranos y pasaba la mayoría de tardes con Carlos en la piscina.

Entonces, Elena rompió su silencio un poco antes de llegar.

―Tienes cuarenta minutos, no te voy a dar ni uno más... ―me advirtió con un tono seco.

En su cara se notaba que estaba un poco más relajada, le había desaparecido esa arruga de preocupación en la frente, y es que no me cabía duda de que haberme declarado culpable y librarle a Carlos de ir a la cárcel, le había quitado un gran peso de encima.

―Vamos a Los chopos, ¿verdad?, me encanta ir en verano, vuestra casa es...

―Me da igual, ahora entenderás que no tenga muchas ganas de hablar contigo, ¿verdad?, después de esta noche ya no podré volver a mirarte con los mismos ojos y te agradecería que no volvieras por aquí, no serás bienvenido... ―me soltó.

No sé si pretendía que me compadeciera de ella y desistiera en mi idea de terminar lo que habíamos acordado, pero desde luego que yo no estaba muy por la labor.

Además, yo sabía muy bien lo que había visto antes en el coche y lo cachonda que se había puesto con mi polla en la mano mientras me follaba su coño con los dedos.

―Vaya, siento mucho escuchar eso, está bien, Elena, me callaré hasta que lleguemos y después, no te preocupes, no volveré a pisar vuestra casa...

Unos minutos más tarde, salió de la autovía y cogió la rotonda para llegar a la entrada de la urbanización privada. Allí había una barrera y Elena detuvo el coche hasta que el de seguridad comprobó la matrícula y después se acercó con una linterna en la mano.

―Buenas noches, doña Elena, no la había conocido ―dijo extrañado al verme sentado a su lado a esas horas de la madrugada―. ¿Todo bien?

―Sí, vamos a casa, en un rato volveré a salir ―afirmó decidida, sin importarle una mierda lo que ese segurata pudiera pensar.

―Sí, claro, aquí seguiré.

―Buenas noches...

Y arrancó en cuanto levantó la barrera. Aparcó el BMW serie 1 de Carlos a la puerta de su chalet y al pasar al interior, tecleó el código de la alarma. Ya estábamos dentro y en ese instante volví a ponerme muy nervioso.

Prácticamente se me había pasado el efecto de la cocaína, pero me daba igual. Estaba empalmadísimo y Elena me guió hasta el salón de la planta baja, quitándose la cazadora de cuero y la dejó sobre una silla.

―Pues tú dirás... tienes cuarenta minutos, no te pienso dar ni uno más... ―dijo dándose media vuelta, cogió el móvil, me mostró la pantalla, puso el temporizador y después se plantó delante de mí con los brazos en jarra.

―Entonces, no hay tiempo que perder, ¡desnúdate! ―la ordené sin rodeos.

―¿Ahora?

―Por supuesto, y rápido, el tiempo ya está corriendo, ¿no?...

Soltó un soplido de resignación y se giró media vuelta, dándome la espalda.

Lo primero que hizo fue quitarse la camiseta y después los botines tobilleros.

Ya solo le quedaba la falda, las medias y lo que llevara debajo.

Se pasó todo el pelo por un hombro y luego miró hacia atrás, dudando cómo seguir.

Pero ella sabía que ya no tenía escapatoria ni podía poner más excusas. Había llegado el gran momento que estaba esperando.

―Rodrigo, por favor..., esto es demasiado incómodo...

―Me encanta saber que voy a ser el segundo hombre que te vea desnuda después de tu marido, así que continúa, por favor, ahora quítate la falda...

Y Elena se desabrochó la cremallera lateral lentamente y cuando la soltó, su faldita de cuero cayó hasta el suelo. Abrí los ojos de par en par al ver su fantástico culo casi desnudo. Solo llevaba un liguero negro, y unas ligas enganchadas desde las medias.

Esa imagen fue demasiado erótica y yo también comencé a quitarme la ropa. No tenía tiempo que perder. Cuando Elena volvió a girarse, me encontró con tan solo la camisa abierta y mi polla en la mano.

―¿Puedo quedarme así? ―me preguntó.

―No, quítatelo todo...

Se desenganchó las ligas de los dos lados y luego fue desenrollando las medias por sus piernas, hasta que haciendo un ligero equilibrio, sujetándose en una silla, consiguió quitárselas. Lo último que se bajó fue el liguero y terminó sacándoselo por los pies.

¡Ahora sí! ¡Elena estaba completamente desnuda delante de mí!

Me quedé unos segundos mirando su culazo y esas caderas, que no podían ser más jodidamente eróticas.

Desde atrás, nadie diría que Elena tuviera 48 años y es que en ese culo no había ni una puta arruga.

Era redondo, firme, y todavía resaltaba más debido a su cintura tan estrecha.

Se lo miré durante casi un minuto y me excitó tanto, que tuve que dejar de masturbarme para no correrme.

―Date la vuelta, por favor... ―le pedí.

Y cuando se giró, intentó taparse el pubis con una mano y los pechos con el otro brazo. Ni tan siquiera se atrevía a levantar la vista. Estaba abochornada.

―¡Aparta los brazos y mira lo cachondo que estoy! ―dije pegándome una sacudida delante de ella, y después me quité la camisa, desnudándome por completo.

Levantó la vista tímidamente y apartó sus brazos, aunque no del todo. Pronunció mi nombre en un susurro, como si quisiera suplicarme por última vez que detuviera aquello, pero no le hice caso y después me acerqué a ella. Le acaricié un pecho con ternura y luego besé su cuello.

―Tienes un cuerpazo increíble...

―Rodri, por favor...

―Sssssh, ahora vamos arriba, quiero que lo hagamos en tu dormitorio, en la misma cama en la que duermes con tu marido ―y rodeé su cintura con mi brazo, tirando de Elena en dirección a las escaleras, pero antes, ella cogió su móvil.

Completamente desnudos los dos, me encantó sentir su cintura estrecha y su contoneo mientras subíamos, y ya no me pude aguantar más y bajé la mano, sobando su culo.

Le fui pegando un buen repaso hasta que llegamos a su habitación y debajo del marco de la puerta, me situé detrás de ella, comenzando a acariciar sus tetas.

Me palpitó la polla inquieta y nerviosa en cuanto entró en contacto con sus glúteos y después besuqueé su cuello, sin dejar de jugar con sus tetas.

―¡Tócame tú también, por favor! ―le pedí agarrando su brazo para dirigirlo a mi entrepierna.

De espaldas a mí, Elena lanzó el móvil a la cama, me la agarró con suavidad y comenzó a masturbarme muy despacio.

Pensé que me había podido recuperar un poco debido a la interrupción en comisaría, pero nada más lejos de la realidad, en cuanto sentí otra vez sus dedos calientes en mi polla, noté que me corría casi al instante.

―Vale, para, para, Elena, todavía no quiero terminar, ¡me tienes cachondísimo!, ¡ahora abre las piernas! ―la ordené y tuve que ayudarla, soltándole un leve puntapié en los tobillos, como si fuera a cachearla.

Con un golpe seco, le clavé un par de dedos en el coño, ya estaba lo suficientemente mojada, por lo que entraron con mucha facilidad y Elena se puso de puntillas, soltando un grito de ¿dolor?

Más bien parecía de placer y noté que le temblaban las piernas en cuanto comencé a follármela con los dedos desde atrás.

Me encantaba cómo chapoteaba su coño y Elena se agarró a ambos marcos de la puerta para no caerse.

Ya no pudo reprimir más sus jadeos y se puso a gemir como una loca, acompañando además mi movimiento masturbatorio, con una suave cadencia de sus caderas.

En apenas treinta segundos había vuelto a conseguir que Elena se derritiera delante de mis narices. Cuando se acostumbró a esa sensación y al notar de nuevo mi dureza en su culo, ya no tuve que pedírselo, ella sola pasó el brazo derecho hacia atrás, me agarró la polla y comenzó a pajearme.

Pero esta vez ya no fue tan sutil.

Me lo hacía con fuerza, sacudiéndomela duro, chocando su puño contra mi pubis.

A esa velocidad no iba a poder aguantar ni veinte segundos, ya estaba demasiado nervioso y excitado y para no correrme de inmediato, la empujé, haciendo que pasara dentro de la habitación.

Llegamos hasta su cama y con un leve golpe de cadera, Elena cayó hacia delante, apoyando las manos en la colcha.

Se quedó en una posición demasiado excitante, y yo me agarré a su cintura y la embestí varias veces, sin penetrarla, por supuesto, y aunque Elena protestó e intentó zafarse de mí, no lo consiguió.

―No, Rodri, aaaaah, eso no, aaaaaah, ¿qué estás haciendo?

―Solo quiero que te corras, joder..., ¡ahora túmbate en la cama! ―y le solté un último golpe de cadera, haciendo que cayera completamente bocabajo.

Giré sus caderas, volteándola como si fuera una muñeca y Elena se quedó al borde de la cama, con las piernas bien abiertas. Mostrándome el coño y sus pezones erectos. Me miró muy asustada, no podía parar de jadear y antes de volver a la carga, me quedé unos segundos admirando su cuerpo.

Tenía la respiración súper acelerada, jadeaba ansiosa, le costaba hasta respirar y el pecho parecía que se le iba a salir por la boca.

Sus tetas eran preciosas y todavía me gustaban más con los pezones erectos e hinchados. Se le habían oscurecido las areolas a causa de la excitación y al verse en esa postura tan impúdica, intentó taparse la entrepierna con la mano.

―No me mires así, por favor, me da mucha vergüenza ―me pidió, tratando de ocultar la cara entre la maraña de pelo sudado que le caía hacia delante.

Retiré su brazo y después me quedé contemplando su coño.

Lo tenía a menos de medio metro y me quedé maravillado al verlo tan de cerca.

Estaba muy rasurado, pasé despacio mis dedos por su pubis y se lo acaricié muy despacio, recreándome en esa sensación tan placentera de saber que Elena ahora era mía.

Luego acerqué los dedos a mi nariz, aspirando profundamente.

Empapándome del olor más íntimo de Elena.

Le aparté el pelo de la cara y ella me miró jadeante, negando con la cabeza. Suplicándome con tan solo dos palabras que repetía sin parar.

―Por favor, por favorrr...

―¿Por favor... qué...?

―No me toques, deja que sea yo la que ―e hizo el ademán de incorporarse para intentar agarrármela, pero yo puse la mano en su pecho y la detuve.

―No te muevas, ni tampoco cierres las piernas... me dijiste que tenía cuarenta minutos y apenas han pasado diez..., ahora dime, ¿estás excitada?

―Por favor, Rodrigo... te lo pido por favor.

―¡Contesta!, creo que me lo he ganado después de lo que he hecho por tu hijo, ¿no te parece?, ¡contéstame! ―exclamé en un tono autoritario, agarrándola con fuerza de la mandíbula―. ¡Y mírame cuando te hablo, joder!

―¿Qué quieres que te diga?

―Dime si estás cachonda...

―Sí, estoy excitada, ¿vale?, ¿eso es lo que querías escuchar?, no sé por qué, no me gustas, no siento nada por ti... ¡y esto es obsceno!

―Ya, ya, pero estás empapada ―dije con calma, pasando un dedo entre sus labios vaginales―. ¿Nunca habías fantaseado conmigo?, dime la verdad...

―No...

―Pues mira, esta vez sí que te creo, veo en tu cara que no me mientes, y entonces, ¿por qué estás tan cachonda? ―y le clavé dos dedos en el coño.

―¡¡AAAAHHH!! ―gimió Elena, tensando las caderas hacia delante.

―¡Vamos, contesta! ―insistí, comenzando a follármela muy despacito―. ¿Has visto que mojada estás?, escucha cómo te chapotea, mmmmm, me encanta ese sonido, es maravilloso, ¿no te parece demasiado excitante ese ruidito de mis dedos entrando y saliendo en tu coñito?

―Aaaaaah, aaaaaah, por favor, Rodrigo...

―Por favor, ¿qué...?, ¿paro, sigo?

―Para, paraaaaa, aaaaah, aaaaaah... ―dijo, pero a la vez meció con suavidad sus caderas delante y atrás.

―Me va a explotar la puta polla, ¡joder, qué buena estás!, eso es, sigue moviéndote despacio mientras te follo, eso es, mmmmm, lo estás haciendo muy bien, Elena...

―Aaaaaah, aaaaaah, aaaaaah...

―¿Ya no me lo pides por favor?

―Aaaaah, aaaaah, aaaaaah...

―¿Quieres que siga o paro?

―Aaaaaah, aaaaah, aaaaah, joderrrrr, aaaaaaah...

―Ya no dices nada, ¿eh?, pues ven aquí y dame tu mano, yo también quiero disfrutar ―dije poniéndome de rodillas al lado de ella.

Enseguida comprendió Elena a lo que me refería y me agarró la polla sin dudarlo.

Al dejar de apoyarse sobre un codo, perdió el equilibrio y cayó sobre la cama, quedándose tumbada bocarriba.

No dejó de mover las caderas mientras me la follaba con los dedos y comenzó a pajearme, mirando hacia el otro lado.

Negándome el inmenso placer de ver su cara.

―¿Te gusta mi polla?, está dura, ¿eh?, ¡contesta!

―Sí...

―Tócala bien y dime cómo está, vamossss, ufffff...

―Está dura, mmmmm... ―afirmó apretándola dos veces con mucha fuerza, como si quisiera estrangulármela.

Supuse que Elena estaría confundida en ese momento. Debía sentir una mezcla de muchas cosas; enfado, rabia, liberación.

Pero sobre todo, estaba cachonda. Muy cachonda.

―¿Te da morbo tocarle la polla al mejor amigo de tu hijo?

―Aaaaah, Rodrigo, paraaa, paraaaaa, no digas eso, aaaaah...

―Está bien, no hablaré de Carlos, pero solo si me dices que te pone muy cerda agarrarme la polla y pajearme...

―Rodrigo, por favor, aaaaaah...

―¡Dilo, joder!

―Noooo, aaaaah, no puedo hacer eso, aaaaah...

―Está bien... ―y retiré los dedos, sacándoselos con suavidad.

Le di un par de azotitos en el coño y le obligué a que me la soltara. En ese momento, ella levantó la cabeza y me miró.

―¿Y ahora, por qué paras?, ¿es que no quieres terminar?

Cogí el móvil que estaba sobre su cama, lo miré y se lo lancé justo a su lado. La cuenta atrás seguía corriendo.

Después me puse de pie delante de ella.

―Sí, claro que quiero correrme, pero todavía faltan 23 minutos y no pienso desaprovechar ni un puto segundo contigo... deberías verte desde aquí, ¡joder, Elena!, ¡eres demasiado buena para ser verdad!