Noche de concierto 13
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Me quedé unos segundos mirándola bien y aunque era un lujazo ver a Elena desnuda y abierta de piernas en su cama, tampoco podía demorarme mucho. Apenas me quedaban veinte minutos, así que no tenía tiempo que perder.

―Apóyate en los codos, mírame a los ojos y abre bien las piernas..., eso es, Elena, y ahora, ¡acaríciate para mí!, ¡hazte un dedo! ―la ordené.

Ahora quería ver su lado más privado, su parte más íntima. Y no hay nada más íntimo y privado que ver cómo se masturba una persona. Necesitaba que ella se desinhibiera del todo, que se soltara conmigo. Que se dejara llevar. Aunque fuera solo por unos minutos.

―Venga, no hagas que te lo repita... ―dije decidido, sujetándome la erección delante de ella.

Y Elena bajó su mano derecha y comenzó a acariciarse.

Estaba avergonzada y se tocaba despacio, como si lo tuviera demasiado sensible y no pudiera frotarse en condiciones.

Me retiró la mirada y apenas gemía con su caricia.

Al principio no me gustó aquello, era todo demasiado automático.

A pesar de eso, me seguía pareciendo súper excitante ver a Elena haciéndose un dedo y para mí sorpresa, un minuto más tarde se le escapó un leve gemido.

Me fijé bien en su dedo corazón, que se frotaba arriba y abajo entre los labios vaginales y me di cuenta de que cada vez lo hacía más deprisa, fue incrementando la velocidad muy poco a poco, y en un gesto casi instintivo, empezó a acompañar esa caricia con un vaivén de cadera.

―Eso es, mmmmmm, me encanta, mírame, Elena y tócate más rápido...

Levantó la cabeza y me miró a los ojos. Tenía los coloretes encendidos y parte de su melena se le había quedado pegada a la frente por el sudor, pero no se detuvo, como si me estuviera retando, y después me echó un vistazo rápido y furtivo a mi polla.

Ella también quería verme. Ya apenas podía disimular los gemidos que salían involuntariamente de su boca y de repente, se le escapó una gran exhalación, cerró los ojos, y echó la cabeza hacia atrás, levantando las caderas.

―Ey, ey, ey, ni se te ocurra correrte todavía...

Al escuchar mis palabras, incorporó de nuevo la cabeza, sin dejar de mirarme, pero ahora su cara se había transformado y estaba rabiosa.

Sin ninguna duda, con muchas ganas de correrse.

Pero lo que más me excitó de todo, es que parecía que Elena ya había perdido casi toda su vergüenza, y ahora se mostraba bien abierta, sin pudor, y se acariciaba más rápido, haciendo que su coño volviera a chapotear.

―Las tetas, tócate las tetas también...

Ya no cuestionó mi petición, con la mano libre se apretó un pecho y después el otro, se tiró de los pezones, retorciéndoselos y otra vez volvió a gemir sin dejar de mirarme a los ojos.

―Aaaaaah, joderrrr, joderrrrr, aaahhhggg...

―¡No te corras, joder!, ahora date la vuelta, ponte a cuatro patas y sigue acariciándote, ni se te ocurra parar...

―Rodrigo, aaaaah, aaaaaaah...

―¡¡Hazlo!!

Muy despacio se dio media vuelta, apoyó los codos sobre la cama y enterró la cabeza mientras me mostraba su culo.

―Abre las piernas, ¡quiero verte el coño también!

Y Elena fue poco a poco situándose a cuatro patas, tal y como yo le había pedido. Desde mi posición se veía increíble ese culo y sus portentosas caderas e imaginé lo que tenía que ser acercarse a ella y follársela en esa postura.

No creo que nada en el mundo pudiera superar eso.

―Sigue tocándote, ¿por qué paras ahora?, ya estabas muy cerca... ―y en cuanto pronuncié esas palabras, los dedos de Elena volvieron a aparecer entre sus piernas para seguir acariciándose.

Tenía la cara apoyada en la cama y las caderas levantadas, ofreciéndome ese espectáculo que no iba a olvidar en la vida. Me volvía loco ver su melena despeinada, su espalda desnuda contorsionada, retorciéndose de placer y esos dedos, martilleando sin piedad su propio coño.

Entonces me acerqué despacio y aparté uno de sus glúteos, tirando de él hacia fuera. Seguro que Elena no se esperaba ese contacto, porque detuvo sus movimientos de inmediato y yo me quedé mirando su pequeño y estrecho ano, que apareció delante de mis narices.

―¿Alguna vez te han follado por el culo?

―Aaaaaah, aaaaaah, ¿quééééé...?, aaaaaah... ―me preguntó Elena entre gemidos.

―Que si alguna vez tu marido te ha follado por detrás...

―No, claro que noooo...

―¿En serio?, ¡¡me cago en Dios!!, ¡¡no puedo creerme que este puto culo sea virgen!!, vamos, sigueeee, ¿quién te ha dicho que pares?, pero, ehhh... ¡ni se te ocurra co-rrer-te!

―Aaaaah, aaaaaah, Rodrigo... ¿y tú no vas a terminar?

―Por mí no te preocupes y sigue acariciándote el coño, mmmmm, ¡me encanta cómo lo haces!

No había terminado de decir la frase y Elena ya estaba otra vez moviendo el culo en círculos, masturbándose con rabia, sin dejar de frotarse los labios vaginales que yo veía desde atrás.

Me había puesto demasiado cerdo esa confesión que me acababa de hacer y sin pensármelo, tiré de sus dos glúteos hacia fuera, le abrí bien el culo y me agaché delante de esa obra de arte, soltándole un lametazo en todo el ano.

―¡¡¡AAAAH!!!, ¡¡¡¿QUÉ HACESSSS, AAAAAAH?!!! ―protestó Elena.

Pero yo no contesté, solo seguí percutiendo con mi lengua una y otra vez en su estrecha entrada trasera. Aquello era la puta hostia. Si por la tarde, el diablo me hubiera propuesto un pacto, ofreciéndome terminar la noche comiéndole el culo a Elena de la Vega, yo lo hubiera aceptado. Sin dudar.

A cambio de cualquier cosa.

El día había sido largo, demasiadas emociones, mucho calor, nervios, tensión; y todo eso se había trasladado al punto exacto en el que yo tenía la lengua.

Comerte un buen culo limpio es una delicia, algo muy placentero para las dos partes, pero lamer el ojete sudado de Elena, llevaba la experiencia al siguiente nivel.

Y ella enseguida aceptó lo que estaba sucediendo.

A punto de correrse, se volvió loca mientras el amigo de su hijo le comía el culo como un puto cerdo salido.

Tuvo que bajar la velocidad a la que se masturbaba para no correrse de inmediato y durante más de diez minutos, y sin dejar de gemir, permitió que me abandonara a ese placer “culinario”.

Estaba tan a gusto, que yo creo que hasta se llegó a olvidar de su propio orgasmo y con un pequeño azote en su glúteo derecho, por fin le di permiso para terminar. Aunque tampoco tenía muy claro que en ese momento, ella quisiera hacerlo.

―Vamos, córrete si quieres... ―dije sacando mi hocico de su trasero durante dos segundos, para volver inmediatamente a la carga, penetrando su estrecho ano solo con mi lengua.

―Aaaaaah, aaaaaah, aaaaaah, ¡no puedo másssss, aaaaaah, aaaaaah! ―gimió incrementando la velocidad de sus dedos.

Y unos segundos después, su cuerpo se estremeció. Por debajo de ella pude ver cómo estampaba la cara contra la cama, abandonándose al tremendo placer que estaba recibiendo y a punto de correrse, me pidió que no me detuviera.

―Sigueeee, sigueeeee, no pares ahora, aaaaah, aaaah ―murmuró pasando una mano hacia atrás, para aplastarme la cara contra su culazo.

Soltó un grito desgarrador, corriéndose patas abajo, justo cuando la cuenta atrás del móvil llegó a cero, bip, bip, bip... pero Elena no se detuvo y continuó moviendo sus caderas delante de mi cara, acariciándose el clítoris mientras mi lengua penetraba su ano.

―¡¡¡AAAAH, AAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍ, SÍÍÍÍÍÍ, AAAAAAH!!!, ¡¡¡JO-DERRRRRR!!!

Y cuando terminó de correrse, todavía con los dedos pegados a sus labios vaginales, sudorosa, jadeando, yo aproveché y me incorporé deprisa. Me sujeté la polla y con un certero golpe de cadera, la penetré por el coño.

¡Se la acababa de meter a la madre de mi mejor amigo! ¡A Elena de la Vega!

Los ojos de Elena se abrieron de par en par y miró hacia atrás. Un hilo de saliva le recorría la mejilla y en su rostro pude ver el miedo, pero también lo cachondísima que estaba. Nuestros cuerpos chocaron de inmediato y la sujeté de la cinturita, comenzando a embestirla.

―¡¡¡AAAAH, AAAAAH, AAAAH, RODRIGO!!!, ¡¡¡¿PERO, QUÉ HACESSssss?!!! ―y su voz se fue apagando.

―¡Te voy a follar, joder, ahora eres mía! ―dije tirando de su pelo para levantar su cuerpo.

Elena se quedó a cuatro patas y volvió a mirar hacia atrás. Pensé que protestaría, que se negaría, que me insultaría, que me amenazaría, pero nada de eso sucedió. Solo permitió que me la follara.

Sin más. Sin parar de gemir.

―Aaaaah, aaaaah, aaaaah, ¡no te corras dentro!, aaaaah ―fue lo único que me pidió entre jadeos y además, y yo la seguí embistiendo sin soltarla el pelo.

Me hubiera gustado durar un poco más, follármela duro unos cuantos minutos, pero dudo mucho que el 90% de la población masculina que habita en la tierra, pudiera aguantar más de un minuto en esa situación.

Follándose a Elena de la Vega a cuatro patas.

Y eso que tampoco es que lo hiciera a toda velocidad, solo se la metía con golpes secos, con un segundo de cadencia, pero cuando ella comenzó a acompasar mis embestidas con el vaivén de su cuerpo, aquello ya fue demasiado.

―¡Elena, voy a correrme, aaaaah, no puedo mássss, aaaaah...!

Tuve que sacársela a toda velocidad y mientras ella chocaba sus glúteos contra mi pubis, comencé a descargar sobre su culo y su espalda, con varios lefazos que se precipitaron sin ningún tipo de control.

Me encantó que gimiera y arqueara más la espalda al sentir mi semen caliente bañando su cuerpo, como si eso la excitara sobremanera y sin que me lo esperara, bajó la mano y ella misma se acarició el coño hasta que se corrió de nuevo.

¡Espectacular!

Lo mejor es que se quedó unos segundos gimoteando con la cabeza agachada, rebotando despacito su culo contra mis huevos, mientras yo la seguía sujetando de las caderas y de repente, detuvo sus movimientos.

En ese momento se apartó enfadada, saltó de la cama y yo caí exhausto, bocabajo sobre la colcha.

―¡No te había dado permiso para que me hicieras eso, joder! ―protestó, metiéndose de inmediato en el baño.

Salió un par de minutos más tarde, ya se había limpiado mi corrida de la espalda y yo seguía en la misma posición, tratando de recuperarme del mejor orgasmo de mi vida.

―Creo que necesito otro puto cigarrillo ―fue lo único que dijo Elena y yo la indiqué que tenía la cajetilla metida en el pantalón vaquero, que había dejado tirado en el suelo del salón.

Me dejó solo en la habitación y un minuto después bajé por las escaleras de su chalet hasta la planta baja.

Me la encontré en su gran sala de estar, con tan solo la minifalda de cuero puesta, fumando y mirando por la ventanilla hacia la zona de la piscina.

Se volvió hacia atrás al escucharme y pensé que me echaría de allí, o que me volvería a recriminar lo que había hecho, pero Elena se quedó callada, mostrándose ante mí y yo me senté en el sofá contemplando su impresionante belleza.

Era imposible dejar de mirarla. Me volvía loco esa espalda desnuda.

Cuando se terminó el cigarrillo, se dio media vuelta y se acercó sin cubrirse los pechos.

―Vístete... ―me ordenó comenzando a ponerse el sujetador y después el resto de la ropa―.

Voy a subir un momento para recoger la ropa de cama y cuando baje quiero que ya estés listo para irnos...

, ah, por cierto, quiero que me pases el teléfono de Joaquín, tengo que hablar con él...

―me dijo antes de dejarme otra vez solo en ese sofá y después escuché los tacones de sus botines en la escalera...

CONTINUARÁ...

Noche de concierto 2.