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Llevaba toda la semana pensando en esa cita con su marido; lo del concierto le daba igual, no era más que una excusa para estar con él a solas.
Y es que a Elena le apetecía recuperar la pasión perdida con el paso de los años.
Aunque solo fuera una noche. Quería que Fernando la volviera a mirar con deseo, como al principio de su relación, cuando él se ponía como loco de excitación cuando estaban juntos.
Durante la semana se cogió una tarde libre en el trabajo para ir de compras.
Ella también necesitaba sentirse otra vez sexy, joven, atractiva.
No tuvo ninguna duda cuando vio esa camiseta negra de media manga ajustada.
Era justo lo que estaba buscando. La tela era tan fina que pensó que se le iba a ver el sujetador, pero para su sorpresa, era de un material elástico que no trasparentaba nada.
Luego se pasó por una tienda de ropa interior, donde le mostraron varias medias y Elena eligió unas negras de lencería que le llegaban hasta medio muslo.
Le pidió a la chica, que apenas tendría veinte años, que también le sacara algunas ligas y un liguero, y por último se compró un conjuntito negro básico y sin adornos, pero tremendamente erótico.
“Esto es lo último que nos ha llegado. Es espectacular, tiene un tacto exquisito, sin costuras. Hazme caso y llévate este. Te vas a ver increíble con él puesto. Si quieres probártelo puedes pasar dentro, pero esta es tu talla y con ese cuerpo ya te aseguro yo que no te hace falta”, le soltó la jovencita de manera tan descarada, que consiguió que Elena se ruborizara.
Salió de la tienda con esa sensación que casi había olvidado.
La de sentirse un oscuro objeto de deseo.
Y es que le había encantado que la dependienta le mirara de esa forma tan lasciva.
Elena no era tonta, desde bien jovencita se dio cuenta de que su belleza no pasaba desapercibida en ninguna parte y cuando comenzó la carrera de medicina, no le faltaron pretendientes, aunque ella se centró en sus estudios y prefirió no tener ninguna relación seria, solo algún rollo esporádico.
Su primer y único novio fue Fernando, al que conoció por unos amigos en común de la familia, mientras se preparaba el MIR con 24 años.
Era un chico bastante mayor que ella, le sacaba diez años y ya estaba metido en los negocios inmobiliarios.
Casi desde el día en que se conocieron comenzaron a salir, se casaron cinco años más tarde y enseguida nació Carlos.
El mayor. Y diez años después, cuando pensaron que ya no tendrían más hijos nació la segunda, y al año siguiente volvió a quedarse embarazada. Ni más ni menos que de gemelas.
Casi sin darse cuenta, se le había pasado el tiempo y ahora ya estaba cerca de cumplir los 50.
Sin embargo, ella consideraba que a sus 48 años estaba en su mejor momento.
Se encontraba en plenísima forma gracias al ejercicio de fuerza y a una buena alimentación y le gustaba lo que veía al ponerse frente al espejo.
Entró al Stradivarius y rodeada de jovencitas, buscó una falda de cuero que pegara bien con el resto de cosas que se había comprado.
Apenas tenían modelos, pero encontró una que podía casar con lo que estaba buscando.
Era demasiado corta, juvenil y quizás muy arriesgada, aunque al final se la compró sin tan siquiera probársela.
Grave error.
Solo advirtió ese fallo cuando se vistió unos minutos antes de salir de casa.
La minifalda de cuero era demasiado corta y se le veían las medias eróticas de la tienda de lencería.
Lo peor es que apenas podía sentarse, porque se le subía la falda y también mostraba las ligas.
Acostumbrada a vestir muy elegante, Elena consideró aquello muy vulgar y si no hubiera sido por su marido, jamás se le hubiera ocurrido salir así de casa.
Pensó que pasaría más desapercibida en el primer bar al que entraron, pero nada más sentarse en el taburete alto, justo en una esquina, se le subió la falda.
Más de lo que se había imaginado. Y allí estaban esos niñatos para fijarse en ella.
Fueron muy descarados, incluso impertinentes, llegando a cabrear a su marido con sus comentarios soeces, aunque por otra parte, le gustó esa sensación de sentirse deseada por unos chicos que rondarían los veinte años.
Luego se los volvieron a encontrar en el concierto, y viendo que Fernando se estaba empezando a pillar un buen cabreo, decidió seguirles un poco la corriente y tomarse algo con ellos para que la cosa no pasara a mayores.
Solo fue un juego, una tontería, lo único que quería era provocar a su marido, pero la cosa cambió cuando se quedó a solas con Joaquín y Álex.
Los dos chicos eran muy distintos; Joaquín era un pijo, un niño de papá con su camisa abierta, su pelo rubito y el flequillo a un lado.
Estaba claro que era el líder del grupo, extrovertido, hablador, todos le hacían caso y estaban muy pendientes de él.
Álex era todo lo contrario. Serio, callado, reservado, muy moreno de piel, musculado.
Terriblemente guapo. Todo un seductor.
Le sorprendió que fuera tan directo cuando se cruzaron en el bar mientras ella iba camino a los baños.
Sin cortarse ni media, le propuso acompañarla y no solo eso, incluso le llegó a sobar el culo con todo el descaro del mundo.
Se pegó tanto a su cuerpo que no le cupo la menor duda de que aquel guaperas estaba excitado, porque notó su erección perfectamente bajo los pantalones.
Y provocarle esa empalmada a aquel chico, la calentó de verdad.
La pelea que vino después ya no le gustó nada, le hicieron un buen corte en la ceja y las pulsaciones se le dispararon mientras rodaba por los suelos.
Por suerte, nadie la pisó durante el tumulto y la herida fue leve.
No se le pasó esa sensación de nerviosismo ni cuando salieron del bar, ella seguía con esa tensión acumulada durante la noche dentro de su cuerpo, por eso accedió a follar con su marido en la escalera de su edificio, cosa que nunca habían hecho antes.
Pensó que esta vez sería diferente y que Fernando no necesitaría de una ayuda “extra” para calentarse de verdad. Pero nada más lejos de la realidad. Ni tan siquiera consiguió penetrarla y todo se terminó de torcer con la llamada de Carlos.
Lo peor es que ya llovía sobre mojado, y es que ya habían detenido a su hijo por estar en posesión de droga, y llegaron a condenarle, unos meses atrás y ahora, una segunda condena por lo mismo hasta podría llevarle a la cárcel.
Entonces no se le ocurrió otra cosa que pedirle a Rodrigo que se declarara culpable.
Estaba muy desesperada para hacer eso, pero era su única opción.
Con lo que no contaba, era con lo que le iba a pedir Rodrigo a cambio.
Estaba segura de que podría comprarle con dinero o con regalos, pero nada más lejos de la realidad.
Y es que jamás hubiera imaginado que Rodrigo se comportaría de esa manera.
Carlos siempre había sido muy rebelde, quizás demasiado consentido y desde bien jovencito se había metido en todo tipo de líos, por eso siempre les gustó que Rodrigo, al que consideraban mucho más prudente, tranquilo y con cabeza, fuera su fiel amigo.
Después de cambiar la declaración, todavía sentía la mirada sucia de Rodrigo. Se le había quedado pegada a la piel como la sal cuando te metes en el mar. Era sucia, obscena y mientras conducía, no se le iba esa sensación de sentirse observada.
Deseada.
Y lo peor es que unos minutos antes le había mostrado los pechos y había dejado que Rodrigo la acariciara.
No sabía cómo le había podido pedir eso.
Era asqueroso. Repugnante. Rodrigo era casi como un hijo para ella, lo había conocido de bebé y siempre estuvo muy unido a Carlos.
Uña y carne toda la vida, hasta lo habían llevado varias veces de vacaciones con la familia y para ella fue muy duro tener que ofrecerse a él, como pago para que cambiara su declaración.
Tampoco podía considerarse un chantaje, pues no estaba obligada a hacerlo, pero una madre haría cualquier cosa por salvar a su hijo, y ella estaba dispuesta a darle a Rodrigo, los cuarenta minutos que todavía le restaban.
Lo único que tenía claro es que no quería hacerlo en el coche, aparcados en cualquier sitio público donde pudieran ser descubiertos. Ya lo que le faltaba para rematar la noche, verse sorprendida en un escándalo sexual con un chico de 19 años, así que arrancó y salió a la autovía.
En apenas veinte minutos llegarían a su destino...