Noche de concierto 10
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Creo que se me escapó un “ohhh” de decepción cuando Elena me soltó la polla.

Levantó un poco la camiseta, se echó las dos manos a la espalda y desabrochó su sujetador, girándose hacia la ventanilla para que no viera sus pechos.

Me pareció curioso que hiciera eso, porque ya le había avisado antes que quería verla desnuda, aunque por otra parte, me gustó que siguiera manteniendo un mínimo de decencia y cordura en todo este asunto.

Con gran habilidad, consiguió sacárselo y volvió a colocarse la camiseta en su sitio. Ahora sí, se le marcaban los pezones por debajo y ese detalle todavía me puso más cachondo. Sostuvo su prenda interior entre los dedos y se giró hacia a mí.

―¿Algo más? ―preguntó, dejando caer el sujetador entre mis muslos.

―Muchas gracias, Elena ―le dije inclinándome sobre ella y comencé a manosearla por encima de la ropa―. Sigue, por favor, sigue tocándome igual que lo estabas haciendo antes ―le pedí colando mis dedos por debajo de la camiseta.

Fui subiendo la mano lentamente por su ombligo, deseando llegar a mi objetivo y antes de alcanzarlo, sentí que Elena me volvía a agarrar la polla.

―Mmmmmm, joderrrrr...

Entonces llegué a sus pechos y pasé la yema de mis dedos por su piel desnuda.

Me encantó acariciárselos con suavidad, comprobando su tamaño y su tacto y después presioné ligeramente, tirando de ellos, palpándoselos bien, empujando con mi palma hacia arriba para luego dejarlos caer y seguir con mi caricia en pequeños círculos, que terminaron sacando a Elena otro pequeño suspiro.

―¿Te gusta así? ―la pregunté.

―Ni se te ocurra pensar por un segundo que voy a disfrutar con esto..., lo hago por lo que ya sabemos los dos, así que no te hagas ninguna ilusión...

Aquellas palabras fueron duras, pero no me sentí decepcionado en absoluto y es que aunque me acababa dejar las cosas claras, su cara y su cuerpo me empezaban a decir otra cosa.

Los coloretes encendidos de sus mejillas, esos muslos cruzados que frotaba entre sí, la respiración agitada y sus pezones erectos, eran muy indicativos de que Elena se estaba empezando a excitar.

Y su mano reanudó la caricia que me brindaba, masturbándome despacio, subiendo y bajando sobre mi regazo, mientras yo le pellizcaba los pezones y jugaba con ellos.

Elena seguía mirando hacia delante, intentando ahogar sus gemidos, pero llegó un momento en el que ya no se pudo resistir y para mí fue un gran triunfo cuando se le escapó una exhalación, acompañada de un gemidito casi imperceptible.

―Venga, córrete si quieres... ―suspiró.

Miré hacia abajo y vi su mano aferrada a mi polla, pajeándome con un erotismo desmesurado. Recreándose en cada vaivén. Me acababa de pedir que terminara, pero su movimiento, exasperantemente lento, me indicaba que Elena quería que aquello durara un poquito más.

Por suerte, me había corrido unos minutos antes, cuando me pajeé junto a Carlos, o no creo que hubiera podido aguantar mucho en esa situación.

Era demasiado morboso ver la delicada mano de Elena brindándome esa caricia tan placentera, así que preferí no mirar cómo me lo hacía.

Acerqué mi cara a la suya y seguí sobando sus tetas por debajo de la camiseta, tirando de sus pezones hasta que ella ponía cara de dolor y entonces aflojaba, dándole un poco de tregua para después hacer circulitos con la palma de mi mano.

Sus tetas eran tal y como me las había imaginado, quizás no tan pequeñas como me pensaba, lo que fue una agradable sorpresa y además, las tenía duras y muy bien puestas.

Me encantó la facilidad con la que se endurecieron sus pezones y cuando se le volvió a escapar otro gemido ahogado, entendí que ese era el camino correcto y que debía seguir jugando con Elena unos minutos más.

Traté de acercarme a ella, metiendo la cabeza entre su hombro y su cara, jadeándola en el cuello, quería que ella también supiera que me gustaba mucho la tremenda paja que me estaba haciendo y ella inclinó la cara hacia el lado contrario, como si no quisiera mirarme, pero a la vez me ofreció esa zona tan sensible.

No me lo pensé dos veces y posé mis labios en su cuello, lo que hizo que emitiera otro gemido, esta vez más alto y cuando comencé a comérselo, ella intensificó el ritmo al que me masturbaba.

―Aaaaaah, Elena, para, paraaaaa, no tan rápido, joderrrr, aaaaaah... ―le pedí, pero ella no me hizo caso y me agarró la polla con más fuerza.

Ese fue el momento que aproveché para deslizar mi mano, la saqué de debajo, pasándola por su ombligo y llegué hasta sus muslos. Elena entendió lo que pretendía y negó con la cabeza.

―Noooo, eso no, por favorrrrr, aaaah ―susurró y todavía aceleró más la paja, intentando que por fin me corriera.

―Solo un poco, déjame, yo también quiero que disfrutes...

Ella miró asustada por la ventanilla, tenía la boca abierta y jadeaba con la respiración cada vez más acelerada.

―Noooo, venga, córrete ya, vamos, córrete...

―No te resistas, sé que lo estás deseando ―dije haciendo fuerza con mi mano.

Apoyé mis labios en su cuello, mordisqueé el lóbulo de su oreja y cuando Elena liberó un poco la presión que ejercían sus muslos, aproveché para colar mis dedos.

Con la otra mano tiré de su camiseta hacia arriba, y aparecieron ante mí sus pechos desnudos, pero aquella visión tan erótica, apenas duró unos segundos, pues ella se cubrió casi de inmediato, negándome lo que pretendía.

―No, aquí no, podría vernos cualquiera ―susurró, tapándose con la camiseta.

Sin embargo, mis dedos avanzaron deprisa por la cara interna de sus muslos y empujé su rodilla derecha hacia arriba, para que subiera un pie en el asiento, hasta que Elena se quedó abierta de piernas, en una postura totalmente indecorosa para ella.

Acaricié sus gemelos con la mano libre y con la otra no perdí el tiempo y llegué a su zona más íntima.

Enseguida noté el calor que emanaba su entrepierna.

Le pasé los dedos por el pubis y me encantó sentir que lo llevaba totalmente rasurado.

Se lo debía haber depilado por la tarde, porque tenía la piel increíblemente suave, casi como si le pasara el dedo por el brazo.

Miré hacia abajo y la falda se le había subido tanto, que con el pie en el asiento y la rodilla hacia fuera, Elena me mostraba su coño totalmente desnudo, abierto y brillante.

¡Casi me corro encima!

Aunque no se veía mucho en el interior del coche, no me hizo falta tocárselo para saber que estaba empapada.

En cuanto lo rocé, sentí su humedad en la yema de los dedos y temblé nervioso cuando en ese instante nos miramos a los ojos.

Me lancé decidido e intenté besarla antes de comenzar mis caricias, pero ella me retiró la cara y por suerte para mí, me soltó la polla, dejando la mano apoyada en mi pierna.

¿Por qué hizo eso?, ¿es que Elena ya no quería que me corriera y ahora deseaba que la masturbara?

Le pasé los dedos entre los labios vaginales y ella se estremeció, tensando las caderas. Me ofreció de nuevo el cuello, como si eso le gustara y luego negó con la cabeza, tratando de oponerse a lo que su cuerpo estaba sintiendo.

―Noooo, aaaaah, eso no, Rodri, aaaah, no hagas eso, por favorrr ―gimoteó con los ojos cerrados cuando recorrí su zona más íntima con los dedos.

―¿Ah, no?, pues yo creo que sí, lo estás deseando ―afirmé frotándola arriba y abajo y cuando ella gimió más alto, la penetré con un golpe seco.

Mis dedos entraron en su húmedo coño con mucha facilidad y sus caderas se tensaron todavía más. Elena me miró asustada y se aferró a mi muñeca. Yo no sabía si quería que me detuviera o que siguiera dentro de ella.

―Aaaaaaah, jodeerrrr, Rodri, aaaaah, aaaaaah...

Intenté besarla de nuevo, aprovechándome de la situación, pero Elena volvió a resistirse, aunque eso sí, al menos permitió que comenzara a follármela con los dedos.

Y en plena calentura, su pequeña tregua terminó, y sin que se lo pidiera, estiró de nuevo el brazo, agarrándome la polla y reanudó la paja que un minuto antes había detenido.

Ya no pudo disimular más y sus gemidos subieron de nivel, acompasando el movimiento de su cuerpo junto al de mi mano, buscando que la penetrara, tensando las caderas cada vez que mis dedos llegaban hasta el fondo, para luego dejarse caer en el asiento y volver a levantarlas de nuevo.

Me encantaban sus gemidos y el chapoteo de su coño.

Era lo único que se escuchaba. Y nuestras respiraciones aceleradas.

A Elena ya no parecía importarle que alguien pudiera pillarnos y llegó un momento en el que ni tan siquiera podíamos mirar por la ventanilla.

Teníamos los cristales totalmente empañados; no veíamos nada de lo que pasaba fuera y aunque era una zona poco concurrida por la noche, eso no quitaba que pudiera pasar cualquiera.

Aun así, Elena permitió que siguiera follándomela con los dedos unos segundos más, y yo ya me abandoné al placer que ella me estaba brindando.

¡Ya no podía más!

Mi idea inicial era estar una hora con Elena hasta eyacular, pero por nada del mundo quería que se detuviera, y es que era demasiado excitante estar en el coche de Carlos, follándome a su madre con los dedos.

Sinceramente, estaba tan cachondo que ya me daba igual correrme o no, de hecho quería hacerlo y era muy consciente de que mi orgasmo era casi inminente.

Completamente abandonado al placer de la paja que estaba recibiendo, aumenté la velocidad a la que me la follaba y de repente, Elena me apretó la muñeca con más fuerza y detuvo los movimientos de su cadera.

―Aaaaah, aaaaaah, paraaaa, paraaaaa, joderrrr, para, Rodri... ¡¿qué estamos haciendo?! ―me preguntó soltándome la polla también.

Tiró de mi brazo hacia fuera y mis dedos salieron de su empapado coño. Durante unos segundos se quedó abierta, mostrándose ante mí y después cerró las piernas y bajó el pie del asiento.

―Es demasiado arriesgado, no podemos hacer esto aquí... ―murmuró con la voz quebrada por el placer―. Alguien podría vernos...

―¿Y entonces?

―¿Cuánto tiempo llevamos?, dijiste que esto iba a durar una hora...

―No sé, unos veinte minutos o así... todavía me debes cuarenta minutos, Elena... ―y me agarré la polla, pegándome un par de sacudidas delante de ella―, aunque si te digo la verdad, ya estaba a punto de correrme...

―Vamos a la comisaria, cambias la declaración y luego terminamos de una vez con todo este asunto, ya has tenido el adelanto que querías, ¿no? ―dijo mirando al frente y después arrancó el coche.

―Eh, sí, sí, claro...

Por el camino tuvo que abrir la ventanilla porque se habían empañado demasiado los cristales y Elena se fue atusando el pelo para que no se le quedara pegado al cuello, mientras yo me guardaba la polla en los pantalones.

Estaba sudorosa y tenía las mejillas encendidas, entonces caí en la cuenta de que tenía su sujetador en mi regazo.

Todavía no podía creerme lo que acababa de pasar. ¡Le había metido los dedos a Elena y ella me había pajeado en el coche de Carlos! Mi corazón palpitaba a toda velocidad y la erección bajo los pantalones seguía igual de dura.

No lo pude evitar y con disimulo, me pasé los dedos por la nariz.

Entonces me llegó un olor delicioso. Exquisito. El del coño de Elena. Aspiré profundamente y mi polla palpitó. Os juro que pensé que me corría encima. No sé ni cómo me pude aguantar.

Estaba demasiado nervioso, sabía que ahora me tocaba pasar por un mal trago delante de la policía, pero mi cabeza solo podía pensar en lo que iba a suceder a continuación. Elena detuvo su coche frente a la comisaría central de la ciudad y nos bajamos.

―Recuerda, Carlos, no tiene nada que ver con la droga que os han pillado, tienes que decir que era solo tuya ―insistió intentando estirarse la falda, para adecentarse antes de entrar en la comisaria.

Se puso la cazadora de cuero y se abrochó un botón, con eso al menos se cubría los erectos pezones que se le marcaban por debajo de la camiseta, y cuando pusimos un pie dentro, casualmente nos encontramos con uno de los policías que nos había denunciado media hora antes.

Nos miró extrañado y se acercó a nosotros.

―Buenas noches, ¿qué hacéis aquí?, ¿puedo ayudaros en algo?

―Sí ―afirmé decidido―. Quería cambiar la declaración de lo que sucedió antes... la droga era solo mía...

El policía miró a Elena y luego se dirigió de nuevo a mí.

―¿Estás seguro?, antes no me habéis dicho eso...

―Sí, seguro...

―Está bien, acompañadme por aquí y vuelvo a tomarte declaración. La adjuntaré a la principal... ¿me dejas otra vez tu DNI?

Cuarenta y cinco minutos más tarde, salimos por fin de la comisaria.

Acababa de declararme culpable y en unos días me llegaría la citación judicial.

Me había metido en un buen lio, pero en ese momento me importaba una mierda y en cuanto respiré aire puro y escuché los tacones de Elena mientras caminábamos en silencio hacia el coche, se me volvió a poner dura.

―¿Te importa si me fumo uno ahora?, estoy un poco nervioso... ―la pregunté a Elena en cuanto nos subimos al coche, antes de que arrancara.

Saqué un pitillo de la cajetilla.

―No, claro que no... y te agradezco mucho lo que has hecho...

Le pegué una buena calada al encenderlo y Elena me pidió el cigarrillo para que se lo pasara.

―He pensado en un sitio tranquilo para que nadie nos moleste ―le dije cogiendo el sujetador que seguía en mi asiento.

―No te preocupes por eso ―y expulsó el humo, volviendo a cruzar las piernas mientras me miraba a los ojos.

Nos lo fumamos entre los dos, casi sin hablar, solo mirándonos y dejando que la tensión sexual fuera incrementando poco a poco.

El ambiente era casi irrespirable, estaba tenso, cargado, lleno de humo y Elena balanceaba una de sus piernas nerviosa, moviendo su pie delante y atrás, inquieta, hasta que le dio la última calada y tiró la colilla por la ventana.

―Y ahora, terminemos con esto de una vez, te quedaban cuarenta minutos, ¿no?... ―dijo arrancando el coche.

―¿Dónde vamos, Elena? ―la pregunté cuando comenzó a conducir, pero ella ya no me contestó.

Y yo me quedé callado para no incomodarla. Si os digo la verdad, en ese momento no tenía ni idea de a dónde nos dirigíamos..., lo único que sabía es que la polla me iba a explotar bajo los pantalones...