Noche de concierto 9
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―Tengo que reconocer que lo de verte fumando así vestida, ha sido la imagen más sensual que he visto en mi vida... ―afirmé con la mano por dentro del pantalón―. ¿Te importaría repetirlo?

―No...

―Cógelo y enciéndelo tú, por favor ―le pedí dándole la cajetilla con el mechero dentro.

Elena sacó un cigarrillo y lo encendió delante de mí sin dejar de mirarme a los ojos. Le dio una buena calada y luego expulsó el humo.

―¿Algo más?

―Levántate la falda un poco y siéntate directamente sobre el asiento...

Con una mano tiró de la minifalda de cuero hacia arriba y después se dejó caer.

Era tan corta que tampoco es que tuviera que levantarla mucho y justo en ese momento, ya no pude más y me saqué la polla.

Estaba empalmadísimo y la tenía muy dura.

Era demasiada morbosa la presencia de Elena, que siguió fumando despacio, mostrándome ahora sí, todo su muslo casi desnudo.

―Eres una mujer increíble... ―confesé, comenzando a masturbarme lentamente delante de ella.

Y Elena miró hacia abajo de manera instintiva, apenas fue un segundo y volvió a levantar la cabeza, como si le diera vergüenza. Le pegó otra calada a su cigarro y después apoyó bien la espalda en el asiento, intentando relajarse.

Comenzando a aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros y su situación.

―Mírame, quiero que mires cómo me hago la paja...

―¡Rodrigo!

―¿No quieres hacerlo?, entonces terminamos con esto, me llevas a casa y...

―No es nada fácil para mí.

―De momento, tampoco creo que te haya pedido nada del otro mundo, solo tienes que mirarme...

―Está bien...

Abrí todos los botones de la camisa, apartando la tela a un lado y levanté la cadera para que ella me viera toda la polla en su esplendor.

Era súper excitante acariciarme muy despacio y observar a Elena contemplando mi mano subir y bajar sobre mi tronco.

Yo creo que nunca había estado tan empalmado como en ese instante, y es que se daban varias circunstancias que hacían que quisiera liberar toda la tensión que había ido acumulando durante la noche.

Tenía la polla demasiado dura. Se me marcaba la vena central a lo bestia y cuando terminaba mi recorrido abajo, chocando el puño contra mi pubis, el capullo se me veía exageradamente hinchado y de un color moradito.

Luego volvía a empezar, subiendo la mano, pajeándome lentamente, haciendo círculos sobre mi glande con la palma y descendiendo otra vez con parsimonia.

Apenas llevaba un minuto y ya empezaba a salir un líquido blanquecino de la puntita, empapando toda mi polla a medida que seguía acariciándome.

―Quizás deberíamos ir a otro sitio, aquí podría vernos alguien ―me advirtió Elena.

―Eso me da más morbo, pero si vas a estar más relajada, no tengo problema que cuando salgamos de la comisaria busquemos un sitio más apartado y tranquilo... la verdad es que también me gustaría verte desnuda...

―¿Quieres que me desnude?, ¡¡¿aquí?!!

―Sí, pero no aquí, claro... bueno, así estaríamos en paz, tú me estás viendo la polla, ¿no?

―Me estás obligando a que lo haga, eso es cosa tuya...

―¿Te gusta?

―¿El qué...?

―Mi polla...

―¿Qué quieres que te diga? Es una polla. No siento nada por verla...

―Por lo menos ya no te da asco, como decías antes... ¿hace cuánto que no veías otra distinta a la de tu marido?, lleváis casados muchos años.

―No voy a contestar a eso...

―Tienes que contestar a mis preguntas también, es parte de las cosas que debes hacer para que yo cumpla después...

―Hace mucho, más de veinticinco años...

―Mmmmmm, ¿hace más de veinticinco años que no ves otra polla?, mmmm, interesante... ¿y recuerdas cuál fue la anterior antes de la de tu marido?

―La de Fernando fue la primera, y la única.

―¿En serio?, ¡no me jodas!, ¡¿solo has estado con Fernando?!

―Le conocí joven, en la universidad, con 24 años...

―Él es mayor que tú, te saca diez años...

―Sí...

―Así que cuando os conocisteis, él tenía casi 35 años, le gustaban jovencitas, ¿eh?

, aunque no me extraña, no me imagino lo guapa que debías ser con esa edad...

, ¿sabes una cosa?, siempre he tenido curiosidad de cómo debías ser en la intimidad, yo te he imaginado una mujer muy activa y fogosa en mis fantasías...

¿te pones estas cositas para tu marido? ―dije tirando del liguero como antes, soltándolo con fuerza para que se estrellara contra su piel.

―¡Aaaaaah, me ha hecho daño!, ¡ten cuidado, joder!

―¿Te pones esto muy a menudo?

―No...

―¿Y cómo es tu ropa interior?, quiero que te quites las braguitas y me las des...

―No llevo.

―¡¡¿Cómo?!!, ¿en serio has salido de casa con esa minifalda y sin braguitas?, eso tengo que comprobarlo...

―No, Rodrigo, no me toques, por favor, si quieres te hago lo que me has pedido antes, pero esto no... ¡por favor! ―me suplicó.

―De momento no voy a tocarte, tranquila, pero al menos contéstame a lo que te he preguntado antes, ¿te gusta mi polla?

Y Elena le dio otra calada, volvió a mirarla directamente y se quedó unos segundos callada. Meditando bien la respuesta.

―Es normal, ¿qué quieres que te diga? ―dijo encogiéndose de hombros.

―Las chicas me dicen que es muy bonita, y que tengo buena polla, mide 18 centímetros y tengo unas erecciones muy potentes ―presumí, sacudiéndomela contra la palma de la mano para que lo comprobara―, además, me encanta depilarme y llevarla bien rasurada, para que parezca más grande...

¿a tu marido se le pone así de dura?, Carlos me dijo que un día se encontró unas pastillas de viagra en la cocina, las debió comprar en la farmacia y las dejó olvidadas en la encimera...

―Eso no es asunto tuyo.

―Es normal, eh, el hombre ya tiene una edad, tendrá casi casi 60, ¿no?

―58...

―A esa edad, a muchos ya no se les pone como se les tiene que poner, aunque me extraña mucho en el caso de tu marido, ¡joder, si no se empalma con una mujer como tú!

..., dentro de un ratito comprobarás lo que es tocar una polla dura de verdad, ya verás que diferencia, pero eso será luego, quiero que cuando lo hagas tengas muchas ganas de sentirla entre los dedos...

y ahora tócame, por favor, aunque solo sea el muslo ―la pedí a Elena, y me bajé bien los pantalones para desnudar mis piernas.

Dio otra calada, se atusó el pelo, dándole volumen como si comenzara a estar acalorada y sudorosa y estiró el brazo, acercando a mí su mano. Temblaba y apoyó la yema de sus dedos en mi muslo y después hizo una ligera presión.

Se me puso la piel de gallina y el vello de punta.

Fue como una descarga eléctrica que recorrió todo mi cuerpo.

Era increíble ver su mano tan cerca de mi polla, a apenas diez centímetros y la dejó allí unos segundos más, mientras yo me seguía masturbando muy despacio.

Cada vez la tenía más mojada y aunque parecía imposible, yo la veía enorme. Hinchadísima.

Como si estuviera a punto de explotar.

Y sin que me lo esperara, me arañó con suavidad, deslizando sus dedos unos centímetros por mis muslos.

―Aaaaah, joderrr ―exclamé.

―Perdona, ¿te he hecho daño? ―se excusó, retirando la mano de inmediato.

―No, no, al contrario, solo es que no me lo esperaba... sigue por favor ―y Elena volvió a repetir el mismo gesto―. ¿Así?

―Uffff, así me encanta ―murmuré sacando un poquito la cadera hacia fuera, para mostrarle todavía mejor mi erección―. Y ahora dime la verdad, ¿te gusta mi polla?

Justo en ese momento se terminó el cigarrillo, lo tiró por la ventana, girándose levemente y después se centró otra vez en mí, sin dejar de tocarme la pierna.

―No está mal, ¿te vale con eso?

―Bueno, al menos ya vamos mejorando, hemos pasado de normal a no está mal, me tienes demasiado cachondo, en cuanto me toques me voy a correr...

―Es lo que querías, ¿no?

―Por supuesto.

―Si quieres terminamos ya... no me importa...

―No, nooooo, esto es demasiado bueno como para que dure tan poco, ufffff... ya sé que te mueres de ganas por tocarme la polla, pero quiero hacértelo desear todavía un poco más... solo han pasado diez minutos desde que empezamos y quedamos que tengo una hora contigo.

―Está bien ―susurró sin dejar de arañarme el muslo arriba y abajo.

Me excitaba demasiado ver su mano tan cerca. Llevaba toda la vida deseándolo y ahora podía tener a Elena pajeándome en cuanto se lo pidiera. Esa idea no dejaba de retumbar en mi cabeza, y había que ser muy fuerte para resistir a la tentación.

―¿Y por qué has salido sin braguitas? ―la pregunté volviendo a tirar de la liga, aunque si soltarla. ¿Era un juego entre tu marido y tú?

―Es una larga historia.

―¿Te lo ha pedido él?

―Sí...

―Mmmmm, me lo suponía, así que Fernando te pide que hagas esas cositas, no le pega mucho, la verdad..., ¿y sujetador llevas?

―Sí...

―Levántate la camiseta y enséñamelo.

―Por favor, Rodrigo.

―No pasa nada, es como si te viera en biquini, además, hoy voy a verte desnuda, y si ya empiezas a protestar solo por esto. No quiero tener que repetir las cosas dos veces, Elena... solo piensa en lo que voy a hacer por tu hijo...

Dejó de acariciarme el muslo, descruzó las piernas y se recostó sobre la ventanilla de su lado, quedándose de frente a mí y sin tener que pedírselo de nuevo, tiró de su ajustada camiseta hacia arriba y me mostró sus perfectos pechos, embutidos en un sujetador liso y elegante de color negro.

―¡Joder, Elena, qué buena estás! ―jadeé, incrementando un poco al ritmo al que me masturbaba―. ¡Por favor, mírame mientras me pajeo!, ¿has visto cómo me tienes?

―¿Ya me puedo bajar la camiseta?

―Solo aguanta un poquito más... eso es, mmmmmm, vale, suficiente.

Elena se colocó la camiseta, cubriéndose los pechos de nuevo y después resopló resignada, negando con la cabeza y apoyó la espalda en el asiento del conductor, mirando al frente con las manos en el volante.

―¿Quieres algo más o te vale con este adelanto? ―preguntó sin tan siquiera mirarme―. ¿Ya podemos ir a la comisaria?

―Ssssssh, no tengas tanta prisa, antes me gustaría... ―susurré inclinándome sobre ella.

Apoyé una mano en su muslo y noté cómo temblaba.

Elena no dejó de mirar al infinito, con la mirada perdida, yo no quería forzarla en absoluto ni violentarla, aunque era consciente de que ella no estaba haciendo eso voluntariamente, sino que era una especie de acuerdo al que habíamos llegado.

Fui subiendo la mano por su costado y al llegar a la altura de sus pechos, se los acaricié por encima de la camiseta.

Elena cerró los ojos y yo hice una ligera presión, tratando de imaginarme cómo debía ser el tacto y el tamaño de esos pechos desnudos.

Sin forzar, le agarré la muñeca derecha y tiré de su brazo, arrastrando su mano hasta mi entrepierna.

Ella seguía sin mirar y de repente se dio cuenta de lo que estaba palpando.

Cerré yo mismo su puño sobre mi erección y después la solté, dejando que Elena envolviera mi polla con sus dedos.

Y de repente abrió los ojos y me miró. Yo tenía la mejilla apoyada sobre su hombro, y nuestras caras se quedaron a apenas unos centímetros.

―Aaaaaah, por favor, Elena... acaríciame un poco ―le pedí sin dejar de sobar sus pechos.

Y para mi sorpresa, esta vez no protestó y comenzó a masturbarme muy despacio.

―Eso es, ufffff, lo haces demasiado bien, ¡tienes unas manos muy especiales! ―murmuré, y no exageraba lo más mínimo.

Me lo hacía con una suavidad extrema, trazando un movimiento lento pero fluido, ejerciendo la presión exacta, cumpliendo con mi deseo de alargarlo lo máximo posible.

Como si no quisiera que aquello se terminara tan pronto.

Y sin que ella se lo esperara, colé mi mano por debajo de su camiseta y esta vez la acaricié con algo más de dureza, apretando sus pechos.

―Me gustaría tocarte bien, sin nada, uffff, Elena, ¡qué cachondo me tienes!, ¿te importaría quitarte el sujetador? ―y ella volvió a cerrar los ojos y me pareció que incluso se le escapaba un pequeño suspiro, que todavía no llegaba a la categoría de gemido.

¡No me lo podía creer!

¿Eran imaginaciones mías o Elena se estaba empezando a excitar con mi polla en la mano, mientras le acariciaba las tetas?