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En el fondo me daba pena verla así, suplicándome para que ayudara a su hijo, aunque no se le había ocurrido otra cosa que tratar de comprarme. Y eso me jodía sobremanera. Siempre lo mismo con ellos. Dinero y más dinero.
Es lo único que tienen estos putos pijos.
Había tenido que soportar su clasismo desde bien pequeño, poner buena cara mientras Carlos me restregaba todos sus lujos, su ropa de marca, sus viajes, su coche nuevo, su chalet en la sierra...
y para ellos yo solo era el amigo de su hijo mayor, el invitado, el pobrecito, que a pesar de que sus padres han currado como cabrones toda su vida, no podía permitirse esa vida.
Y ellos se piensan que con el dinero lo pueden comprar todo. Incluso a las personas. Son tan arrogantes, que creen que todo el mundo tiene un precio.
Tampoco es que la familia de Carlos me hubiera tratado mal, al contrario, Elena siempre se ha comportado conmigo de manera muy cariñosa, casi fraternal.
Es lo más parecido que pueda tener a una segunda madre, pero en el fondo siempre quedaba ese poso de que ellos estaban a otro nivel y es una sensación desagradable de la que jamás he podido desprenderme cuando he estado en compañía de la familia de mi mejor amigo.
No es que ellos hayan hecho nada malo. Ya digo que es solo una sensación personal.
Era normal que Elena estuviera triste y preocupada por su hijo, pero podría haber abordado el tema de otra forma, con más tacto, sin embargo, no había tenido el más mínimo pudor en pedirme que mintiera y encubriera a Carlos.
Había que ser muy soberbia, snob y altiva para atreverse a pedirle a un chico de 19 años que cambie su versión de los hechos a la policía, cometiendo otro delito, solo por salirse con la tuya.
Cuando comenzó a hablar, reconozco que me compadecí de ella, conocía a Elena casi desde que tenía uso de razón y no me gustó verla así, tan abatida, pero según iba avanzando la conversación entre nosotros, fue despertando una bestia incontrolable en mí.
Aflorando con fuerza ese sentimiento de injusticia que había tenido siempre en mi interior.
Además, todavía me encontraba eufórico, alterado, vivo, despierto.
Enfarlopado hasta las cejas. Esos eran varios de los efectos de la coca, aunque lo que más provocaba en mí esa droga, era un intenso estado de excitación que me duraba por lo menos un par de horas hasta que empezaba a apaciguar.
Todavía me encontraba en el pico más alto, y aunque me había corrido, no hacía mucho tiempo con Carlos, seguía igual de cachondo.
Y allí tenía delante a Elena. Mi musa pajillera.
Mi crush. Esa mujer a la que yo veneraba desde que conocí a su hijo en la guardería.
Alguien inalcanzable. Una auténtica diosa.
Eran poquísimas las veces en las que ella y yo habíamos podido estar solos, y solo en situaciones excepcionales que duraban segundos, pero así, tal y como estábamos allí, ya os podréis imaginar que eso jamás había sucedido, por lo que me resultaba muy extraño encontrarme en un coche con Elena, a altas horas de la madrugada, apartados en un parque al lado de mi casa.
Me acababa de tomar declaración la policía y eso me había puesto muy nervioso.
Todavía me temblaban las manos. Todo era muy contradictorio en ese momento, estaba muy asustado, pero eufórico, siendo consciente de que me acababa de meter en un buen lío, también sentía pena por Elena, que me provocaba un sentimiento muy cercano, casi familiar, pero a la vez esa mujer sacaba lo peor de mí.
Mi instinto más primario. Una excitación imposible de contener.
Recordaba como si hubiera sido ayer, aquel verano en el que Carlos me invitó a pasar unos días con su familia en Mallorca. Alquilaron una casa muy cerca de una calita privada y por las tardes bajábamos a pegarnos un chapuzón casi nosotros solos.
Fue la primera vez que vi a Elena en la playa y la verdad es que me impactó mucho.
Aquel biquini verde era sencillo, pero a ella le sentaba como un guante y eso que parecía una talla más pequeña.
Sus pechos eran tal y como me los había imaginado tantas veces.
Casi perfectos. O perfectos a decir verdad.
Redondos, discretos, firmes... y qué decir de esas piernas; largas, esbeltas, tonificadas, que terminaban en un trasero prieto, con unas caderas anchas bien marcadas.
Aquel culo era una bendita locura y Elena lo lucía con unas minibraguitas verdes de tiro bajo, que aunque no eran tanguita, apenas le tapaban la mitad de sus glúteos.
La primera mañana, en cuanto se quitó el pareo, tuve una imponente erección y mientras el padre de Carlos se ocupaba de sus hermanas pequeñas, Elena se desabrochó el nudo del sujetador de su biquini y se tumbó a tomar el sol.
Por supuesto que no le vi los pechos, pero contemplar su espalda desnuda hizo que me palpitara la polla bajo las bermudas.
Tuve que meterme en el mar, y escondido tras unas rocas, a las que llegué nadando, me masturbé bajo el agua sin tan siquiera sacármela, solo sacudiéndomela por encima del bañador hasta que me corrí.
Otras veces se bañaba Carlos conmigo, por lo que no podía hacer nada, pero cuando lo hacía solo, aprovechaba para ir nadando hasta el mismo sitio y allí me masturbé todos los días pensando en Elena.
Luego también me pajeaba en la ducha de la casa, pero me daba mucho más morbo acariciarme dentro del agua.
No sé la de pajas que me sacó esa semana. Unas tres diarias, mínimo. Y en todas me corrí pensando en Elena.
Por lo general, ella era muy discreta y formal vistiendo. Casi nunca llevaba escotes ni minifaldas, aunque sí le gustaba usar pantalones de vestir o vaqueros muy ajustados, marcando bien sus caderas y su culo. Y es que ella sabía que esa era la mejor parte de su anatomía.
Con diferencia.
Por eso me sorprendía tanto verla así vestida.
Con esa minifalda de cuero tan corta, tan provocativa.
Tan sexy. Al final de sus medias, llevaba enganchadas unas ligas que se perdían bajo la falda y supongo que llegarían hasta el liguero.
Y cuando se sentaba, todavía se le subía más la mini y además, ella se encargó de montar una pierna sobre la otra para mostrarme todo el muslo.
Con tan solo ese gesto, me provocó una erección tremenda y mi polla saltó por los aires.
Arriba se había puesto una camiseta negra muy ceñida de manga corta, que aunque no mostraba mucho, insinuaba a la perfección las perfectas curvas de su cuerpo.
Y eso era más morboso si cabe. Con el pelo suelto y un poco más de maquillaje de lo normal en su caso, Elena se había convertido en toda una tentación.
Hasta me costaba reconocer a esa mujer que tenía sentada a mi lado.
Es que no parecía ni ella.
No dejaba de hablar, de mover las manos, de atusarse el pelo. De insinuarse descaradamente. Y entonces, soltó esa frase que lo cambió todo.
―Por favor, Rodrigo, tiene que haber algo que desees para que puedas ayudarme. Por favor. Pídeme lo que sea.
“Pídeme lo que sea”, me acababa de soltar la muy zorra sin inmutarse.
En cuanto escuché esas palabras, el corazón se me puso en modo taquicardia y mi empalmada se intensificó más si cabe. Tenía una erección de las potentes, de esas que se te pone tan jodidamente dura que no sabes ni cómo sentarte para que tu polla pueda respirar bajo los pantalones.
¿Se me acababa de insinuar o solo eran imaginaciones mías?
Ahora no podía lanzarme a lo loco, debía tantearla, asegurarme bien de que había dicho lo que yo había creído entender, y seguí la conversación con pies de plomo, sabiendo que no podía meter la pata y que era mi gran oportunidad de tener algo con Elena.
Era muy consciente de que jamás en mi vida se me iba a presentar una ocasión igual que esta.
Ni parecida.
―Esta conversación jamás va a salir de aquí, ¿verdad? ―la pregunté.
―Por supuesto, es una cosa entre tú y yo ―aseguró Elena―. Mi marido no sabe nada de esto...
―Puffff, es que esto que me estás pidiendo es demasiado fuerte...
―Lo sé, por eso te estoy diciendo que estoy dispuesta a concederte cualquier cosa que me pidas...
―¿Cualquier cosa?
―Sí...
Entonces miré hacia abajo y mi polla palpitó cuando me encontré con todo su muslo desnudo. Ella no se había movido lo más mínimo, seguía igual, con las piernas cruzadas y de repente fue como si se ruborizara y descruzó las piernas, sentándose normal y después tiró de la falda hacia abajo.
No entendí muy bien lo que acababa de pasar.
Yo no quería forzarla ni que ella se sintiera obligada.
Eso no me excitaba nada. Por eso, al ver que se violentaba, fue una gran decepción que frenó en seco mi euforia.
En ese momento no me importaba en absoluto ni el dinero que me pudiera ofrecer, ni la moto eléctrica ni la posibilidad de terminar en la cárcel.
Yo sabía que esa era una opción real que también estaba ahí.
Lo único que tenía en la cabeza era cómo me las iba a ingeniar para que Elena pudiera darme lo que había deseado toda la vida.
A ella.
―No sé, Elena, tendría que pensarlo muy muy bien, me estás pidiendo que mienta a la policía y que me juegue una posible pena de cárcel, ¡eso es demasiado!
, tendrías que bañarme en pasta para que aceptara y yo no quiero tu dinero...
, pero quizás sí haya una cosa que puedas hacer para ayudar a Carlos...
―¿Qué es lo que quieres, Rodrigo? ―me preguntó de forma muy cortante.
―¿Te importa si me fumo otro cigarrillo?
―No, adelante...
Me temblaban tanto las manos que hasta me costó atinar y Elena se dio cuenta del detalle y me cogió el mechero, encendiéndome ella misma el pitillo que sujetaba entre los labios.
―Estás muy nervioso, ¿te encuentras bien?
―Sí, sí ―afirmé soltando una calada profunda y luego le ofrecí el cigarrillo a Elena.