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Desde que tenía uso de razón, siempre se había sentido intimidado por la madre de su mejor amigo.
No era solo su belleza, sino también su educación, su seriedad, inteligencia, el tono de voz, su olor, la manera de moverse, además, Rodrigo había empezado a estudiar medicina y era también un referente en lo profesional.
Sentía admiración absoluta por aquella mujer.
Le parecía una auténtica diosa, y ahora allí la tenía, llevándole a casa después de haber pasado el peor momento de su vida.
Todavía le palpitaba el corazón con fuerza, y tenía el susto metido en el cuerpo.
Había pasado muy mal rato mientras le tomaba declaración la policía y por suerte, habían aparecido los padres de Carlos para calmar un poco las cosas.
Él ni se había atrevido a llamar a los suyos. Y es que le esperaba una buena bronca cuando se enteraran.
Seguía con los nervios a flor de piel y prefirió no abrir la boca mientras conducía Elena.
No tenía nada que decir y notaba que ella estaba bastante enfadada por lo que acababa de pasar.
Ni tan siquiera se atrevía a mirarla, y eso que por debajo de esa minifalda tan corta, asomaban los dibujos de sus medias y una especie de ligas que le parecieron demasiado eróticas.
¿Qué narices llevaba puesto debajo de la falda?
No le pegaba nada a Elena ese tipo de vestuario, esos botines tobilleros, la minifalda de cuero y una camiseta negra de manga corta muy ajustada, que casi transparentaba su sujetador.
Por el rabillo del ojo le echó una mirada furtiva, Elena estaba demasiado concentrada en la carretera y no se dio cuenta cuando el chico se deleitó con sus preciosas piernas.
―¿Qué está pasando, Rodrigo?, cuéntamelo ―le pidió ella cuando pararon en un semáforo.
―Es mejor que hables con Carlos...
―¿De dónde habéis sacado esa droga?
―No puedo decírtelo, Elena, prefiero que hables tú con él y os lo diga... no me pongas en este compromiso, por favor...
―Sigue enganchado a la puta coca, ¿verdad?, me dijo que ya no tomaba nada...
―Nos ponemos el fin de semana, al menos yo, y Carlos creo que también la toma entre semana...
―¿Y quién os la ha pasado? ―insistió conduciendo hasta un parque que había cerca de su casa.
Aparcó el coche y de primeras lo dejó encendido para intentar sacarle más información, pero de repente, giró la llave y apagó el motor. Aquello iba para largo.
―Venga, Rodrigo... necesito que me ayudes, Carlos es tu mejor amigo y todo lo que me cuentes es por su bien... ―le suplicó quitándose el cinturón.
―¿Qué necesitas saber, Elena? ―le replicó el chico, soltándose también el cinturón de seguridad―. ¡Uf, estoy muy nervioso, necesito echarme un cigarrillo!, ¿puedo?
―Vale, hazlo, fúmate uno si quieres, no me importa...
―¿De verdad?
―Sí, pero tienes que hablar, Rodrigo, tienes que contarme todo, por favor... ―y desde su sitio, accionó la llave del contacto y bajó la ventanilla del copiloto.
Con calma, Rodrigo sacó un cigarrillo y lo encendió delante de Elena. Aspiró profundamente y se giró para expulsar el humo por la pequeña abertura del cristal.
―¡Uf, no sé ni por dónde empezar!, eso sí, lo que te cuente no tiene que salir de aquí, Carlos no puede saber que te lo he dicho yo...
―Tienes mi palabra ―afirmó Elena.
―¿Qué quieres saber exactamente?
―¿Quién os ha dado la droga y para qué era...?
―Se la pasa un chico y Carlos la vende...
, se podría decir que trabaja para él, y con lo que gana compra la coca para consumo personal.
El problema es que digamos que cada vez gasta más de lo que ingresa, y le empieza a deber una cantidad considerable de dinero, y no deja de aumentar la deuda, ¡ahora le tiene cogido por los... !, bueno, ya me entiendes.
―Uf, es peor de lo que pensaba, ¿tanto consume?
―El finde sí, pero yo creo que lo hace a diario también para estudiar, para ir a la uni... para todo.
―¡Ufff, madre mía!, ¿y cuánto le debe a ese tío?, al que le pasa la coca...
―No sé, creo que unos diez, doce...
―¡¿Doce mil euros?!
―Sí, de momento lo están dejando correr porque trabaja para ellos, pero Carlos cada vez tiene que pasar más, para ir ganando más y luego se lo gasta en consumir, es una espiral peligrosa, yo con un gramo cada finde me vale...
―Te parecerá poco, ¿es que no sabéis divertiros sin esa mierda?
―Yo lo tengo controlado, pero Carlos...
―Eso piensas tú. ¿Y quién es ese tío?, ¿no será un tal Joaquín?
―¡¿Le conoces?!
―Antes os he visto en la farmacia al entrar, Carlos le ha saludado con la mano...
―Sí, es él, pero yo no te he dicho nada, eh... no quiero problemas, son tíos peligrosos y no quiero que sepan que yo soy un chivato.
―No te preocupes, no voy a decir nada, por supuesto y muchas gracias por habérmelo contado. Entiende que es por el bien de Carlos, así podremos ayudarle, es tu mejor amigo...
―Sí...
Mientras hablaban, Rodrigo seguía fumando, por lo que el interior del vehículo se fue llenando poco a poco de humo, aunque intentaba expulsarlo por la ventanilla.
―¡Mmmmm, qué bien huele, hace siglos que no pruebo uno de esos! ―murmuró Elena estirando el brazo para cogerle el cigarrillo.
Y lo siguiente que ocurrió a continuación, fue la escena más jodidamente erótica que Rodrigo había visto en su vida.
Elena miró al frente agarrando el volante, cruzó las piernas montando el muslo derecho sobre el izquierdo y la minifalda se le subió prácticamente en su totalidad.
Rodrigó abrió los ojos de par en par al ver las ligas que iban desde las medias hasta el liguero y su polla se endureció como por arte de magia.
Con toda la calma del mundo, ella cerró los ojos, cogió aire y se llevó a la boca el cigarrillo; el chico contempló maravillado los labios de Elena atrapando con delicadeza ese pitillo que acababa de estar en contacto con los suyos y se deleitó al ver cómo la madre de Carlos inspiraba despacio, para luego dejó salir lentamente el humo.
―Deja esta mierda ahora que eres joven, hazme caso y también la coca... ―y le devolvió el cigarrillo girándose hacia él.
No le pilló mirándole las piernas. Pero casi. Ella sabía perfectamente que Rodrigo no había desaprovechado la oportunidad de pegarle un buen repaso y también era muy consciente de que se le había subido la falda más de lo pertinente.
La situación era muy extraña, a las tres de la mañana, con el coche aparcado junto a un parque bastante iluminado, y ella no tenía ningún pudor en mostrarle toda su pierna al mejor amigo de su hijo, que lejos de tranquilizarse con el cigarrillo, todavía se puso más nervioso al ver a Elena en esa pose.
―Antes me dijiste que cuando os preguntó la policía, no le habíais dicho que la droga era de Carlos, ¿por qué?
―Yo esperaba que lo hiciera él, pero no se ha delatado y yo tampoco quería quedar como un mierda. Carlos es mi colega.
―Pero así os pueden condenar a los dos...
―Lo sé... y mis padres me van a matar, uffff, cuando se enteren.
―Sabes que Carlos ya tiene antecedentes, ¿verdad?
―Sí...
―Y si le vuelven a condenar, al ser reincidente hasta podría entrar en la cárcel...
―¡¿En serio?!
―Sí, a no ser que... tú le ayudaras...
―¿Yooo, cómo?
―No sé, se me ocurre que quizás podrías decir que la droga es tuya... eso le ayudaría mucho, de hecho, le exculparía...
―¡¡¿Quééééé...?!!, no, noooo, no puedo hacer eso, Elena, Carlos es mi mejor amigo, pero yo no puedo entrar en la cárcel, ¡me muero!
―Tú no tienes antecedentes, no vas a entrar, te lo aseguro, como mucho te pueden poner una pena de 6 meses o un año.
―¡¿Un año de cárcel?!, ¡Dios mío!, ¿te parece poco eso?, ¡me estás asustando, Elena!
―Tranquilo, ya te he dicho que tú no entrarías, y siento muchísimo pedirte esto, Rodrigo, de verdad que me averguenzo por ello, pero entiende que soy su madre y una madre haría cualquier cosa por su hijo, y si hicieras esto, por supuesto que te recompensaría por ello...
―¿Recompensarme?, ¡¿de qué estás hablando...?
―Podríamos llegar a un acuerdo...
―¿Me estás comprando con dinero?
―Nosotros nos haremos cargo de todas las costas; del juicio, de los abogados, de la multa..., a ti ya te da igual, sabes que estás implicado, le habéis contado a la policía que la droga era de los dos, y ahora solo tendrías que decir que Carlos no tiene nada que ver con esa droga.
―Pero era suya...
―Eso no lo sabe nadie, solo vosotros..., y yo...
―No puedo hacer eso que me estás pidiendo, Elena, entiéndelo.
―Lo entiendo perfectamente, pero si accedes a esto, te prometo que no lo olvidaría jamás, no te faltaría de nada el resto de tu vida...
podría darte mucho dinero, incluso ahora comprarte una moto, Carlos me ha dicho que quieres una eléctrica...
solo tienes que declarar que esa droga era tuya...
si te cae una pena de cárcel, como mucho van a ser unos meses y te aseguro que no vas a entrar. Sería tu primera condena.
―Es que esto que me estás pidiendo es otro delito, es falso testimonio.
―Eso no lo sabrá nadie...
―¿Y si el juez no piensa como tú y me manda para dentro...?, ¿podría después retractarme?, ¿contaría con tu apoyo para que al final fuera Carlos el culpable?
―Es mi hijo, Rodrigo, no puedo hacer eso que...
―Me lo suponía, mira, Elena, entrar en la cárcel no se paga ni con todo el oro del mundo. No quiero tu dinero, el tiempo es lo más importante que tenemos y jamás aceptaría un euro por arriesgarme tanto...
―Por favor, Rodrigo, tiene que haber algo que desees para que puedas ayudarme, por favor, pídeme lo que sea.
―Esta conversación jamás va a salir de aquí, ¿verdad?
―Por supuesto, es una cosa entre tú y yo ―aseguró Elena―. Mi marido tampoco sabe nada de esto..., ni lo sabrá...
―Puffff, es que esto que me estás pidiendo es demasiado fuerte...
―Lo sé, por eso te estoy diciendo que estoy dispuesta a cualquier cosa que me pidas...
―¿Cualquier cosa?
―Sí...
Entonces vio cómo el chico agachaba la cabeza y le volvía a mirar el muslo.
Ella seguía igual, con las piernas cruzadas y se ruborizó al instante al darse cuenta de que su intento de intimidar a Rodrigo, como había hecho siempre, le había salido mal.
El mejor amigo de su hijo quizás había malinterpretado su actuación exagerada y ahora se encontraba en un buen aprieto.
Y en ese momento se acordó de que ni tan siquiera llevaba braguitas. Las había dejado tiradas en el portal de su casa. Cambió su postura de inmediato, sentándose de manera normal e intentó tirar de la falda hacia abajo, pero era tan corta que no le fue posible bajársela más.
―No sé, Elena, tendría que pensarlo muy muy bien, me estás pidiendo que mienta a la policía y que me juegue una posible pena de cárcel, ¡eso es demasiado!
, tendrías que bañarme en dinero para que aceptara y yo no quiero tu dinero, al menos de momento...
, pero quizás sí haya una cosa que puedas hacer para ayudar a Carlos...