Noche de concierto 6
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Dejamos el coche en el parking y caminamos hasta el portal agarrados de la cintura.

Me encantó sentir las caderas de mi mujer contonearse al caminar, y es que además, notaba a Elena muy nerviosa, inquieta, excitada como hacía años que no la veía.

Nos fuimos comiendo la boca como dos adolescentes, mientras el ascensor subía y cuando llegó a nuestro piso, salimos sigilosos.

―Ssssssh, no hagas ruido ―le pedí a Elena, cogiéndola de la mano.

―¿Ey, qué haces, qué haces...?

―Ven aquí conmigo ―dije tirando de ella y bajamos por las antiguas escaleras de madera, que crujieron como si se fuera a caer el edificio―. ¡Mierda, qué ruido hacen estas putas escaleras!

―Pero, ¿dónde vamos?

―Aquí estaremos más seguros...

―¿Seguros de qué...? ―preguntó Elena, cada vez más extrañada.

―De que no nos pille nadie ―y al llegar entre planta y planta la empujé contra la pared, arrinconándola en una esquina.

Me acerqué a ella, reposando mis manos en su cintura y aproximé despacio mi boca a la suya.

―¿Qué estás haciendo, Fer?

―¿Tú qué crees?, siempre he tenido la fantasía de hacerlo aquí...

―¿Aquí?, debes de estar de broma...

―No es ninguna broma ―afirmé bajando las manos para sobar su culo por encima de la faldita de cuero, mientras besuqueaba su cuello.

―Unos pisos más arriba están mis padres con las niñas y...

―¿Y van a bajar ahora?

―Cualquier vecino podría pillarnos y...

―¿A las cuatro de la mañana...?

―Vamos a casa, seguro que Carlos todavía no ha llegado, así estaremos más tranquilos...

―¿Y si ya está en casa o llega mientras estamos...

?, ya me entiendes, no podemos arriesgarnos, hoy no me quedo sin follarte, ¡me tienes muy caliente después de la noche que hemos pasado y más con esa ropa que llevas!

, ufff... ―e introduje mis manos por debajo de la minifalda, acariciando sus glúteos sobre sus braguitas negras.

―Mmmmmm, Fer, ¿estás seguro de esto?, aaaaah... ―preguntó Elena dejándose comer el cuello y forcejeó con mi cinturón hasta desabrocharlo.

―Ya lo creo que sí, me has puesto mucho rodeada de esos niñatos que te comían con la mirada ―y tiré de sus braguitas, deslizándolas por sus muslos.

No podía creerme que Elena me estuviera permitiendo hacer eso. Debía estar muy caliente para dejar que le quitara su prenda más íntima en el portal. En cuanto tocó el suelo, acaricié su coño unos segundos y me sorprendí de lo mojada que se encontraba mi mujer.

Normalmente no se excitaba tan rápido.

―¡Diossss, Elena!, ¡estás empapadísima! ―aseguré, mostrándole el dedo que acababa de pasar por su entrepierna.

Tiré de la falda de cuero hacia arriba, desnudando sus inmensas caderas y su culo y me quedé admirando unos segundos su depilado coño, justo cuando se apagó la luz del portal, quedándonos casi a oscuras.

La situación era súper morbosa, me encantaba la respiración acelerada de Elena en mi cuello y de repente sentí su mano sacándome la polla apresuradamente; me pegó un par de sacudidas, intentando ponérmela dura, y después me jadeó al oído.

―¿En serio vas a hacérmelo aquí?, ¿crees que podrás?

―¡Ni lo dudes! ―dije volteándola, poniéndola contra la pared―. Ya estoy casi a punto, eso es, ¡saca el culo hacia fuera!

―¿Has tomado algo?

―Hoy no me va a hacer falta, mmmmm, ¡estoy muy cachondo!

―¡Está bien, pero termina rápido, ehhhhh..., no me puedo creer que estemos haciendo esto, ¡te voy a matar!, mmmmm, ¡vamos, métemela! ―suspiró cuando me sintió entre sus piernas.

―Sssssh, no hagas ruido...

Me sujeté la polla y la puse justo a su entrada.

Intenté penetrarla, pero todavía no estaba empalmado del todo, por lo que no lo logré en el primer intento y tan solo conseguí que mi pubis rebotara contra su tremendo culo un par de veces.

Elena se movía ansiosa, desesperada y deseando que se la metiera cuanto antes, pasó el brazo por detrás de su espalda y me agarró la polla.

Soltó un “joder” de decepción, al sentir que todavía no estaba erecto del todo y comenzó a meneármela con rapidez, sacudiéndomela arriba y abajo.

Aferrado a su cintura, me dejé hacer unos segundos, me encantaba sentir sus dedos y que Elena se me ofreciera en esa postura tan indecorosa.

Hacia años que no me la follaba así, de esa manera tan obscena, tan animal, y es que últimamente nuestra frecuencia sexual se había reducido a una vez al mes o cada dos meses y nos limitábamos a un simple misionero hasta que me corría dentro.

Y ahora Elena me ofrecía su culo para que la empotrara contra la pared y yo ni tan siquiera conseguía empalmarme.

―No pasa nada, Fer, venga, vamos a casa, te tomas la pastilla y me follas...

―Nooooo, quiero hacerlo aquí y ahora, ¡hostia puta, no quiero tomar nada! ―me encabezoné, agarrándome con fuerza a su cintura.

―Está bien, tú mismo, haz lo que quieras... ―y desistió de su tarea, soltándome la polla.

Apoyó las dos manos en la pared y se subió un poco más la minifalda, mostrándome su culazo desnudo. Le tomé el relevo y me la sacudí, frotando mi capullo contra sus labios vaginales, lo que le hizo gemir desesperada a Elena, pero seguía sin alcanzar del todo la deseada erección.

―Me ha puesto muy cachondo verte con esos niñatos, uffffff ―murmuré reposando la cabeza en su espalda y acaricié sus tetas por encima de la camiseta―. Y Rodrigo, joder, se podía haber cortado un poquito...

―Aaaaaaah, aaaaaaah ―gimió al escuchar mis palabras, sacando el culo más hacia fuera―. Venga, date prisa, deja de decir tonterías, y métemela ya, aaaaaah...

―Hoy he bebido un poquito, por eso me está costando un poco ―mentí, pues Elena sabía de sobra que llevaba cinco años necesitando de la pastillita azul para empalmarme―.

Y no es ninguna tontería, te lo digo de verdad, me ha gustado verte con ellos y después, el mejor amigo de tu hijo te ha pegado un repaso tremendo, ¿o no te has dado cuenta?

―Venga, ¡cállate y métemela!

―¿Has visto la niñata con la que iba Rodrigo?, llevaba una falda todavía más corta que la tuya, ¿se la estará follando ahora también?

―Seguramente, mmmm, aaaaaah, aaaaaah... ―gimió comenzando a lanzar el culo contra mí.

―¿Y te pone imaginar eso?

―Pues no, aaaaah, aaaaaah, claro que nooooo... conozco a ese crío desde que tenía dos años, es casi como un hijo para mí, idiota... ¡deja de hablar de él!, ¡solo quiero que me la metas!

―Pero Rodri ya no es ningún crío, ahora es un guaperas con una pollita joven, tierna, universitaria y bien dura, que no duraría en clavarte hasta el fondo si tuviera la más mínima oportunidad...

―¿Quieres dejar de decir estupideces?, aaaaah, aaaaah ―insistió sin dejar de moverse.

―Venga, sígueme un poco el juego, ya casi lo he conseguido ―le pedí meneándomela todavía más deprisa.

Era verdad que gracias a fantasear con Rodrigo, estaba a punto de lograr lo que llevaba años sin hacer de manera natural, pero a Elena parecía que no le ponía nada hablar del mejor amigo de nuestro hijo mayor, por lo que cambié de estrategia.

―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó mi mujer.

―¿Por qué dejaste al moreno que te tocara el culo en el bar? ―murmuré palpando sus glúteos.

Apretándoselos con ganas.

Se le escapó un gemido a Elena y lanzó con más rabia su cuerpo hacia mí, haciendo chocar su tremendo trasero contra mi pubis. Luego aumentó la velocidad con rebotes rápidos y cortitos, y estiró el brazo hasta rodear mi espalda, para que me acercara más a ella.

―¿Es que acaso te gustó que ese chico te sobara en medio del bar? ―insistí.

―¿Sabes lo que me dijo al oído?

―Noooo, dímelo, vamossss...

―Me quería acompañar al servicio... ―me confesó Elena en ese momento álgido para los dos.

―¡¡Quééééé...?!!

―Sí, eso es lo que me estaba diciendo cuando nos viste... que si me acompañaba a los baños.

―¡Joder, qué cabrón!, se llamaba Álex, ¿verdad?

―Sííííí...

―¿Y te gustaba ese tío?

―La verdad es que no estaba nada mal, era un guaperas, aunque demasiado joven para mi gusto...

―¿No te gustan tan jóvenes?, yo pensé que sí...

―Bueeeno, este puede que sí me gustara un poquito...

―Ufffff, y además, te quería follar, así que eso te dijo eso al oído..

―Sííííí, mmmmmmm...

―¡Quería follarte en los baños!

―Sí, mmmmmm, ya estaba listo para hacerlo, la tenía bien dura...

―¿Es que la sentiste?

―Por supuesto, se pegó a mí y se encargó de que la notara bajo sus pantalones, no me cabe ninguna duda de que tenía una buena erección bajo los pantalones... ―me soltó Elena.

Aquella frase, lejos de humillarme, consiguió que por fin me empalmara.

Me puso cachondísimo ver a Elena decirme eso.

Comportándose así, gimoteando con la minifalda de cuero en su cintura, y mostrándome su culazo desnudo.

Y a punto de penetrarla, comenzó a sonarme el móvil que llevaba en el pantalón trasero de mi bolsillo.

Con el portal en silencio aquello parecía una puta alarma antiincendios.

Iba a despertar a todo el edificio.

―¿Qué pasa? ―gimoteó Elena girándose hacia mí.

―No sé, es Carlos ―dije mirando el teléfono.

―¿Carlos?, joder, cógelo, a ver si le ha pasado algo...

―Sí, Carlos, dime... ¿quéééééé...?, vale, vale, tranquilo, dime dónde estáis que vamos inmediatamente para allá.

―¿Qué pasa, Fer?, me estás asustando ―me preguntó mi mujer, incorporándose.

―Es Carlos, están con la policía y me ha dicho que los van a detener...

―¿A detener?, ¿por qué? ―insistió bajándose la falda.

―No lo sé, solo me ha dicho que no pueden coger el coche porque se lo han retenido...

―¿Y dónde están?

―En el parking del estadio...

―¿Y qué hacen ahí?

―Y yo que sé... venga, vamos para allá...

Se nos pasó el calentón casi de golpe. Fuimos directamente a dónde nos había dicho Carlos y al llegar nos encontramos con un coche de policía con las luces encendidas y dos agenteS tomando declaración a mi hijo y a Rodrigo.

―¿Qué está pasando aquí?, soy Elena De la Vega, la madre de Carlos...

―Buenas noches, señora. Su hijo y su amigo han dado positivo en un control antidrogas, por lo que su coche va a quedar inmovilizado salvo que se hagan cargo ustedes, y además, estamos levantando un atestado policial porque les hemos encontrado una cantidad considerable de cocaína, que pensamos que pueda estar destinada al tráfico de drogas...

―Ya le hemos dicho mil veces que es para consumo propio ―le replicó mi hijo.

―Cállate la boca, anda y no vuelves a contestar así delante de mí ―le pedí a Carlos levantándole la mano.

―¿Una cantidad considerable?, ¿de cuánto estamos hablando? ―se preocupó Elena.

―De unos 20 gramos, además, separados en bolsitas de aproximadamente un gramo, lo que es muy indicativo de que puede estar destinado para su tráfico...

no les vamos a detener, pero remitiremos los hechos a la autoridad judicial y durante el juicio, el juez ya dictaminará de quién es la droga, porque ellos han declarado que es de los dos...

―¿Entonces no les van a detener?

―No, porque tampoco lo vemos necesario, la cantidad tampoco es que sea muy excesiva... pero sí debemos formular la denuncia... ya les llegará la citación judicial en el domicilio del DNI, ¿verdad?

―Sí ―murmuró Rodrigo.

―Entonces, ¿se van a hacer ustedes cargo del coche de los chicos? ―nos preguntó el policía una vez que terminó de hacer el atestado.

―Sí, no se preocupe ―le dije yo.

―Pues entonces nada más, nosotros ya nos vamos, buenas noches.

―Buenas noches.

Allí nos quedamos los cuatro cuando se fue el coche de policía. La cara de Elena era un poema, y es que ya llovía sobre mojado, pues no era la primera vez que le sucedía esto a nuestro hijo.

―Me prometiste que lo habías dejado... ―le recriminó mi mujer.

―Lo siento, mamá, de verdad que solo ha sido hoy y...

―¡No me mientas, eh!, ¡te lo advertí la otra vez!, ya tienes antecedentes y te puedes enfrentar a una pena de cárcel, ¿en qué diablos estabas pensando?, era tuya la droga, ¿verdad?

Y Rodrigo y Carlos se miraron, antes de agachar la cabeza en silencio.

―¿Es que no vais a decir nada ninguno de los dos?

―insistió Elena―, ya hablaremos luego...

anda, llévatelo, porque prefiero no decir nada en caliente, tengo que tranquilizarme un poco, voy a acercar a Rodrigo a su casa ―me pidió Elena, cogiendo las llaves del coche de nuestro hijo―.

Lleva tú a Carlos y ahora nos vemos ―me dijo antes de darme un beso.

Y después Elena se montó en el coche con Rodrigo...