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La verdad es que el comportamiento de Elena me había sorprendido bastante durante la noche.
Por lo general, Elena era una mujer muy seria, y solo cuando se tomaba confianza con su círculo más cercano, se volvía mucho más extrovertida, por eso me extrañaba que durante el concierto se juntara con esos universitarios, les riera las gracias, e incluso terminara compartiendo sus cachis con ellos.
Está mal que yo lo diga, pero Elena es bastante snob en ese aspecto, acostumbrada a una vida de clase alta desde que era niña, a comer en los mejores restaurantes, a dormir en hoteles de cinco estrellas, a vestir ropa exclusiva...
y de repente, en una sola noche, había cambiado sus trajes de diseñador por una minifalda de cuero con la que parecía una quinceañera y había aceptado entrar en aquel garito, que desde luego estaba en las antípodas de lo que a ella le gustaba.
―¿Qué queréis tomar? ―nos preguntó Joaquín, dejando hueco para que llegáramos hasta la barra.
―Un bloody mary ―dijo mi mujer.
―Y yo un Barceló imperial, solo con hielo...
―Ese no tengo, lo siento, solo me queda el añejo ―se disculpó el camarero.
―Está bien, el añejo mismo me vale ―afirmé, pues tampoco era plan de ponerse sibaritas en un sitio así.
Solo quería tomar la copa y largarme de allí cuanto antes.
―Bueno, ¿y tú a qué te dedicas, Fernando? ―me preguntó Joaquín―. ¿También eres médico como tu mujer?
―No, no, soy promotor inmobiliario...
―Ah, interesante, ¿y estáis ahora con alguna obra importante?, casualmente yo también estaba pensando juntarme con un socio para comprar unos terrenos...
―Sí, tenemos un par de promociones de adosados de lujo que van a salir este año, además de varios proyectos en el extranjero... ―le comenté sin entrar mucho en detalle.
―Eso suena a que ganas mucha pasta...
―No me puedo quejar.
―Desde luego que no, tienes una vida casi perfecta, vives en el mejor barrio de Madrid, cuatro hijos, situación económica envidiable y además... estás casado con Elena... ―me soltó.
Estaba claro que mi mujer le había hecho un buen resumen de toda nuestra vida.
―Muchas gracias.
―Te lo digo en serio, eres muy afortunado, tu mujer es realmente espectacular ―dijo como si ella no estuviera presente.
―Lo sé, ¿y por eso nos habéis invitado?, ¿porque está muy buena?
―Fer, tranquilo... ―me pidió Elena al ver que me lanzaba.
Miré detenidamente a aquel imberbe que piropeaba a mi mujer delante de mis narices y me dieron ganas de darle un escarmiento.
Y es que Elena sabía cuando me encendía, porque se me hinchaba la vena del cuello y me apretó la mano para que me relajara.
El niñato me sostenía la mirada y se echó el flequillo hacia un lado, haciendo un amago de sonrisa.
Llevaba tres o cuatro botones de la camisa desabrochados y se le veía el pecho desde mi posición.
―Pues la verdad es que me ha caído muy bien, me parece una mujer muy interesante ―dijo Joaquín acariciándose la cadena del cuello y después se puso más serio―. Podéis tomaros las copas que queráis aquí, estáis invitados ―y un amigo vino a hablar con él y se lo llevó aparte.
El tal Joaquín parecía el líder de la manada, pues todos estaban pendientes de sus movimientos e iba mucha gente a hablar con él.
Ese comportamiento me pareció sospechoso desde el principio; no sé qué se traerían entre manos, pero estaba claro que Joaquín manejaba pasta, pues le aflojó un billete de cien euros al camarero para cubrir toda la ronda que acabábamos de pedir y ni tan siquiera esperó el cambio.
―¿Estás bien? ―me preguntó Elena, quitándose la cazadora, y la dejó en el gancho donde tenía colgado el bolso.
―Sí, sí, tranquila...
―¡Uf, tengo que ir al baño!, debería haber ido en el concierto porque no sé cómo estarán estos, pero no me puedo aguantar más, demasiada cerveza... ahora vuelvo, cuídame el bolso, eh...
Y se abrió paso entre la multitud, pasando entre decenas de jovencitos sudorosos que se movían al ritmo de una canción de reguetón.
Justo antes de entrar a los baños, me di cuenta de que se cruzaba con el moreno de las telenovelas turcas, el tal Álex y sin que me lo esperara, se paró a hablar con él.
Desde mi posición no los veía bien, y tampoco me podía mover porque tenía que cuidar las pertenencias de Elena, así que me puse de puntillas, pero entre la gente que había y lo oscuro que estaba el bar, apenas los distinguía.
Las ganas de saber lo que sucedía entre Elena y Álex fueron superiores a mí y le pedí a uno de los chicos del grupo que estuviera pendiente del bolso.
―Sí, no te preocupes, aquí nadie te va a robar, déjalo ahí... ―aseguró sin hacerme ni puto caso, girándose de nuevo hacia sus amigos.
Apoyé las copas en la barra, aunque tampoco quería perderlas de vista por si nos echaban algo, pero ver lo que pasaba entre Elena y ese guaperas me parecía más importante, así que cogí el bolso y me acerqué hasta los baños, abriéndome paso entre todos los niñatos.
Antes de llegar a los servicios me los encontré a los dos hablando; me sorprendió que Elena le siguiera la conversación y yo me quedé separado a unos tres metros de ellos, intentando que no me vieran y tratando de adivinar lo que mi mujer se traía entre manos con ese guaperas.
Y es que no me gustaba nada la actitud del chico y mucho menos la pose defensiva de Elena.
Me situé justo en el perfil de mi mujer, a unos tres metros, y me impresionó verla de costado.
Se le adivinaban perfectamente las formas de su cuerpo con esa camiseta ajustada de manga corta y su minifalda de cuero con la que mostraba esas medias de fulana.
Y solo con ver la silueta de su culazo a través de la faldita, hizo que me excitara casi de inmediato.
De repente, el moreno le puso la mano en la cintura, se acercó tanto a ella que incluso creo que le llegó a rozar con los labios en su oído y le dijo algo a lo que mi mujer negó con la cabeza.
Después el chico le indicó el camino del baño, como si quisiera acompañarla, con una sonrisa de autosuficiencia que me puso de mala hostia y se pegó más a ella, cuchicheando junto a su cara; hasta que en el colmo de la desfachatez deslizó su mano hasta posarla en el culo de Elena.
¿Aquel cabrón le estaba metiendo mano a mi mujer?
En ese momento debería haber intervenido, una cosa era insinuarle algo indebido al oído y otra sobarle el trasero sin su consentimiento.
La cara de Elena cambió al instante, le empujó en el pecho y pude leer en sus labios algo así como “¡¿pero qué coño haces?!”, sin embargo, el chico no reculó e incluso observé que sus dedos se cerraban con fuerza sobre el glúteo de mi mujer, que permitió aquello durante dos o tres segundos, hasta que forcejeó con él y le apartó con un manotazo.
Me impresionaba la calma que transmitía Elena, y al final no intervine porque se notaba que no necesitaba ayuda.
Mi mujer parecía tener la situación bajo control, cuando el moreno le volvió a susurrar en su oído y Elena sonrió, dándole tres palmaditas en el pecho antes de girarse y dejarle allí plantado.
Se metió en el baño y desapareció entre la multitud, yo me quedé allí de pie, paralizado, analizando lo que acababa de pasar, recordando la mano de ese chico, que apenas rondaría los veinte años, palpando el espectacular trasero de mi mujer.
Me sorprendí mucho al notar que me acababa de empalmar viendo esa escena.
Y es que debía llevar años sin tener una erección completa natural sin ayuda de la famosa pastilla azul.
Durante la noche había tenido varios amagos, pero esta vez sí, se me había puesto dura del todo.
Sin embargo, una rabia interior me consumía por dentro, ese cerdo había manoseado a Elena y cuando ella salió del baño me encontró esperándola.
―¿Estás bien?, a lo lejos te he visto hablando con ese chico y me ha parecido que te molestaba, por lo que he venido lo más rápido que he podido... ―le mentí.
―Sí, estoy bien, aunque quizás deberíamos irnos ya para casa... ―me pidió Elena.
―¿Por qué?, ¿ha pasado algo?
―No, no, solo es que... no me apetece seguir aquí, hay demasiada gente... ¿y mi cazadora? ―me preguntó Elena al verme con su bolso en la mano.
―Está junto a la barra, donde la dejaste...
―Pues voy a por ella y nos vamos.
―Como quieras...
Al regresar con el grupo de chicos, Joaquín y Álex parecían estar discutiendo y Elena cogió la cazadora que estaba debajo de la barra y se volvió hacia mí sin tan siquiera despedirse de ellos, hasta que Joaquín reparó en su presencia.
―Ey, ¿ya os vais?, si todavía no habéis tomado la copa... ―dijo Joaquín acercándose hasta Elena, y le quiso entregar el cóctel casi entero.
―No me apetece, me encuentro un poco mal, ya nos vamos y muchas gracias por todo...
―Espera, espera, por favor, no te vayas así ―le pidió Joaquín, mientras yo esperaba en la puerta del local.
Preferí no acercarme, porque si me cruzaba con el moreno lo mismo le soltaba una hostia.
Sí, era muy contradictorio lo que acababa de pasar, por un lado me había excitado viendo esa escena, pero por otro me molestó sobremanera la chulería de ese tío, que incluso se había atrevido a tocar a mi mujer en un bar repleto de gente.
Y Joaquín se separó del resto de amigos y vi cómo juntaba las manos delante de mi mujer, como pidiendo perdón, luego puso un gesto de extrañeza y su cara se transformó al escuchar lo que mi mujer le decía con cara de enfado.
Llamó al moreno levantando el brazo para que se acercara hasta ellos, y al llegar, Joaquín se dirigió a él de muy malas maneras, Álex sonrió y negó con la cabeza y de repente el pijo le soltó un tremendo puñetazo a su amigo.
En apenas unos segundos se montó una buena pelea; Elena se encontraba justo en el epicentro del barullo, así que avancé hacia ellos, intentando llegar hasta mi mujer para que no se llevara ningún golpe.
Se involucraron más amigos en el conflicto y de buenas a primeras se lió una batalla campal en el bar.
Lo peor es que no me dio tiempo a llegar y uno de los universitarios golpeó sin querer con el codo a Elena, que cayó hacia detrás.
Por suerte se detuvo la pelea, o la podían haber pisado y yo la ayudé a levantarse.
Estaba sangrando levemente de una ceja y la incorporamos, sentándola en un taburete junto a la barra.
Por el rabillo del ojo me fijé en cómo expulsaban del local al moreno y a un colega suyo por indicación de Joaquín a los porteros y vino inmediatamente hacia nosotros, en lo que yo examinaba su herida.
―¡Madre mía, Elena, cuánto lo siento!, ¿te encuentras bien? ―preguntó Joaquín.
―Sí, sí, estoy bien, tranquilos, no es nada ―dijo mi mujer con la cabeza echada hacia atrás, mientras yo le limpiaba la brecha con un pañuelo.
El corte era muy pequeño, aunque sangraba en abundancia y presionando la herida un par de minutos y con una pomada que ella llevaba en el bolso, cortamos la hemorragia en un suspiro.
Aunque Elena intentaba aparentar serenidad, como de costumbre, noté que su corazón seguía acelerado después de la pelea, y ni tan siquiera nos habíamos dado cuenta de que se le había subido la falda casi hasta arriba, mostrándonos por completo sus eróticas medias.
Joaquín se acercó a ella y le dio un abrazo cariñoso, su fina cadena de oro rozó el hombro de Elena y después de incorporarse y atusarse el flequillo a un lado, le hizo una carantoña a mi mujer en la mejilla.
―¡Por favor, no os vayáis así!, vaya susto me has dado, ¡quedaros a tomar otra copa con nosotros, por favor!
―Ey, pero si tú estás sangrando del labio, también... ―le dijo Elena.
―Nah, esto no es nada ―le quitó importancia el chico, retirando el rastro de sangre con los dedos.
―Deja que te eche esto ―le pidió mi mujer, sacando otra vez la pomada milagrosa de su bolso.
Y comenzó a pasarle la crema cerca de sus labios, lo hacía detenidamente, concentrada, mirándole a los ojos a Joaquín y al visualizar esa escena tuve otra erección.
La segunda en apenas cinco minutos. Mi mujer estaba sentada sobre un taburete alto, con las piernas cruzadas y la minifalda se le había subido hasta arriba, mostrándonos sus increíbles piernas.
―Ya nos vamos a ir, Joaquín, muchas gracias por todo...
―Ohhhhhh, ¡qué pena!, insisto en que os quedéis, por favor, me va a dejar muy mal sabor de boca que os marchéis después de esto...
―Puede que otro día... ―le mintió mi mujer, pues no teníamos ninguna intención de volver a quedar con esos descerebrados.
Se dieron dos besos a modo de despedida, yo ni tan siquiera les dije nada, ya estaba harto de esos niñatos y solo quería salir cuanto antes de aquel antro de mala muerte.
Cogí de la mano a Elena y mientras caminaba directo hacia la puerta, mi brazo se tensó de inmediato porque ella se detuvo.
Y al girarme comprobé que otra vez Joaquín se estaba disculpando por enésima vez con mi mujer, pero Elena le dijo que no y esbozó una sonrisa forzada antes de marcharse.
Y en la misma puerta del bar, cuando estábamos a punto de salir, nos dimos de bruces con nuestro hijo Carlos, acompañado de su inseparable mejor amigo, Rodrigo y dos chiquillas que rondarían los 18 años...