Noche de concierto 2 #2
20%

2 #2

Mi primer instinto fue negar con la cabeza y agradecerle la invitación.

Elena estaba a mi lado y observaba la escena sin decir nada y de repente me fijé en otro de los de la pandilla.

No me había percatado de él hasta ese momento, pero me llamó poderosamente la atención lo atractivo que era.

Estaba separado del grupo y nos miraba como si el concierto no fuera con él.

Muy moreno de piel, peinado a raya, barba súper cuidada, camisa negra abierta y pantalones de vestir oscuros con pinzas.

Parecía sacado de una jodida telenovela turca.

Y mientras tanto, Joaquín y el otro no paraban de pedirme que fuéramos con ellos al bar de su amigo.

―No, de verdad que no, muchas gracias, chicos...

Llevábamos mucho tiempo sin salir solos y no me apetecía terminar la noche con esos pijos descerebrados, pero mi negativa no debió sonar muy convincente, porque Joaquín se dirigió a mi mujer e insistió de nuevo, y justo en ese momento sonó mi canción favorita de Los Ramones.

Por unos minutos me olvidé de los chicos, de las peleas, del galán turco y hasta de mi mujer, y es que con tanta distracción, no estaba disfrutando del concierto como se merecía.

Ya no debía quedar mucho para que terminara, llevábamos una hora y cuarto y faltaban por tocar tres o cuatro de las más conocidas.

En cuanto terminó mi canción fetiche, la banda tributo se despidió del público y se hizo un pequeño parón en el concierto.

Y al volver en sí, me di cuenta de que Elena había desaparecido entre la gente.

Ya no se encontraba a mi lado, aunque tampoco podía andar muy lejos; y entonces me puse en alerta cuando la vi a unos metros con Joaquín y el moreno de la barba.

Allí estaban los tres, hablando mientras se pasaban el cachi de uno a otro.

Aquella escena me terminó de provocar del todo.

Joaquín no era muy alto, sobre 1.70, y con los tacones que llevaba Elena, parecía mucho más bajito que ella, pero el otro sí rondaría el 1.

85. La minifalda de cuero de mi mujer se subía al más mínimo movimiento, lo que hacía que lucieran más sus botines y esas medias de fulana que se le adivinaban por debajo.

Joaquín le soltó una mirada libidinosa de arriba abajo mientras Elena se daba dos besos con el moreno a modo de presentación, y de repente, ese improvisado trío provocó que sintiera esa punzada de morbo en el estómago.

¡Me estaba excitando viendo a Elena hablar con dos niñatos!

No entendía nada, si es que además, en el fondo me caían mal, muy mal, me estaban jodiendo el concierto y molestando a todos los de alrededor, no paraban de hacer gestos obscenos dirigidos a mi mujer, hablaban de ella de manera vulgar y sin embargo, yo no podía dejar de mirarlos, con un ligero temblor en las manos y esa punzada tan peculiar que me oprimía el pecho y casi no me dejaba respirar.

El moreno apenas hablaba, solo afirmaba con la cabeza haciéndose el interesante, y de vez en cuando se tocaba el pelo.

Hasta su sonrisa era perfecta, con unos dientes blancos impolutos de anuncio, que relucían todavía más que la fina cadena plateada que llevaba al cuello.

Se había puesto la chupa de cuero al hombro y levantó un pie para apoyarlo contra la pared.

Parecía un puto anuncio de Calvin Klein.

Me quedé dos, tres o cinco minutos plantado frente a ellos, sin dejar de observar la curiosa escena y después decidí acercarme.

―¡Vale, genial! ―exclamó Joaquín relamiéndose los labios después de darle un trago.

―Hola, ¿todo bien?... ―fue lo único que dije al llegar a su altura.

―Ah, Fer, estás aquí, nada, que al final les he dicho que sí, que vamos a tomar esa copa con ellos cuando termine el concierto... ―me comentó Elena con el cachi de la mano y me lo ofreció para que yo bebiera.

Negué con la cabeza, ella se encogió de hombros y se lo pasó al moreno.

―¡Venga, tío!, que lo vamos a pasar muy bien ―dijo Joaquín―. ¡No nos hagas el feo de rechazar la bebida!

―Es que no quiero mezclar mi cerveza con ese pis... eeeeeeh, Elena, ¿puedes venir un momento conmigo?, quiero decirte una cosa ―le pedí a mi mujer, separándome de ellos.

Volvimos a nuestro sitio y cuando fui a hablar con ella, el público se puso a gritar, “otra, otra, otra”, por lo que me acerqué a su oído y elevé la voz.

―¿Por qué has quedado con esos niñatos?, no me apetece nada, solo quiero perderlos de vista...

―Sí, ya, yo tampoco es que..., pero me han preguntado dónde íbamos a ir después del concierto y como no he sabido así ningún sitio, me han dicho que por lo menos la primera les acompañáramos y luego ya nos dejaban a nuestro aire...

―¡Joder, Elena!

―Pero vamos, que si no te apetece se lo digo y ya está, a mí tampoco es que...

―¿Entonces por qué les sigues el juego?

―Joder, Fer, solo estoy siendo un poco simpática y ya está, me lo estoy pasando bien, ¿es que he hecho algo malo?

―¡Bah, da igual!, si ya les has dicho que sí, vamos con ellos, así conocemos algún sitio nuevo, nos tomamos esa copa y en cuanto podamos, les perdemos de vista...

Y justo regresó la banda al escenario, pero antes pude escuchar al grupito de amigos cada vez más emocionados.

―¡Qué sí, tíos, que se vienen con nosotros cuando termine el concierto!

―¿En serio lo habéis conseguido? ―les preguntó uno de sus amigos.

―En cuanto ha visto a Álex, la MILF no se ha podido resistir, ja, ja, ja, se le han mojado las braguitas ―bromeó otro de ellos.

―Si es que lleva, porque con esas pintas lo dudo mucho, ja, ja, ja...

―Eh, no os paséis ―les cortó Joaquín―. Además van a venir porque se lo he pedido yo, no por Álex...

―Sí, ya, ya... ―le palmeó la espalda uno de sus colegas.

En ese momento solo me apetecía disfrutar del final del concierto, faltaban cuatro o cinco canciones más para que terminara y Elena se quedó conmigo, poniéndose delante de mí para que la abrazara desde atrás.

Al más mínimo roce con su espectacular culo, ella notó que me había crecido bajo mis pantalones, aunque sin llegarme a empalmar del todo, pero no me dijo nada.

Y es que esa minifalda de cuero me excitaba demasiado.

Veinte minutos más tarde, la banda de rock se despidió de todos y se encendieron las luces de la sala.

El concierto había finalizado. Se me pasó por la cabeza meternos deprisa entre la gente y despistar a aquellos universitarios, pero enseguida se acercaron a nosotros y nos acompañaron hasta la salida.

Ya en la calle me sentí ridículo, rodeado de ese grupo de chicos, que nos invitaban a mi mujer y a mí a tomar una copa con ellos. Echaron a andar hacia la zona de marcha y nosotros les seguimos apenas 500 metros, hasta un bar que desde fuera no tenía muy buena pinta.

“La farmacia”, ponía a la entrada con luces bien llamativas, excepto la letra C, que estaba fundida; los chicos fueron entrando uno a uno en aquel antro y después lo hicimos Elena y yo, sin saber qué es lo que nos íbamos a encontrar dentro...