Noche de concierto 2
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Pelo largo, rubito con flequillo a un lado cubriendo la frente, camisa de rayas por fuera con dos botones desabrochados y zapatos naúticos marrones. El tal Joaquín era un niño de papá.

Un Cayetano de manual.

Los amigos no parecían tan pijos como él, y cuando Joaquín le comentó algo al oído a mi mujer otra vez, me extrañó que Elena le siguiera la corriente.

Normalmente era bastante seca en esas situaciones y mantenía bien las distancias y aunque yo sabía que no le gustaba nada ese tipo de música y solo había venido al concierto para acompañarme, al menos pensé que iba a disimular un poquito y prestaría atención a unas cuantas canciones.

Por suerte, el grupo de chicos se relajó y bajó las pulsaciones e incluso unos cuantos se fueron a la barra a por más cachis de cerveza.

―¡Ey, tráeme otro! ―le pidió Joaquín a uno de sus amigos, soltándole un billete de veinte euros.

Elena se encontraba a mi lado de la mano, pero no me prestaba la más mínima atención y seguía hablando con el chico y al soltarme, me giré hacia ella y vi que se estaban dando dos besos a modo de presentación, luego se volvió hacia mí y me pasó un brazo por el hombro.

―Y este es mi marido, Fernando...

―Ah, encantado, yo soy Joaquín ―me dijo el imberbe dándome la mano flácida sin apretar lo más mínimo.

En la siguiente canción, Elena se abrazó a mi espalda y apoyó su cabeza contra mí.

―¿Qué tal?, ¿te está gustando el concierto? ―me preguntó.

―Sí, la verdad es que sí, suenan muy bien, casi igual que los originales..., aunque a ti ya veo que te está aburriendo...

―No, ¿por qué dices eso?

―Pues porque no le has prestado atención, te he visto muy entretenida con él...

―¿En serio vas a tener celos de ese crío?, pero si no tendrá más de veinte años...

―Hasta has bebido de su cachi, ¡yo es que alucino!, pero si no les conoces de nada...

―Mira, Fernando, te conozco bien, y sé que en cualquier momento ibas a saltar, porque te veía muy nervioso, así que prefiero que nos llevemos bien con ellos, no vaya a ser que... solo me he mojado un poco los labios, casi ni he bebido...

―¿Qué te estaba diciendo?

―Nada, bobadas, me ha pedido perdón por lo de los empujones, y me ha estado contando que el dueño de la sala de conciertos es amigo suyo y que les invita a todos los que quieran...

y luego bueno, me ha dicho que si después del concierto queremos ir con ellos al bar de unos colegas, que estamos invitados a una copa...

―Vaya, vaya, así que está intentando ligar contigo y tú encima le sigues la corriente...

―Solo quería rebajar la tensión y evitar males mayores, ya está...

―Pues no sé si con eso has rebajado la tensión o lo has empeorado, porque ahora los amigotes van a seguir haciendo el gilipollas, ya me tienen muy harto con sus gestitos, como alguno vuelva a sacar la lengua le suelto un guantazo...

―¿Y te vas a poner al nivel de esos niñatos?, pensé que eras más listo que ellos...

―No, pero no me gusta que se rían de mí, y mucho menos que piensen que pueden ligar con mi mujer...

―¿Es que te has puesto celoso?, ja, ja, ja.

―¿Eso quieres?, ¿ponerme celoso?

El cantante terminó de hablar y comenzó otro repertorio de cuatro canciones seguidas, pero en mi cabeza se quedó grabada a fuego la imagen de Elena hablando con ese niño de papá.

Yo seguía atento al concierto, cada canción me gustaba más que la anterior; y al rato llegaron los amigos de Joaquín con más bebida.

Le dijeron algo a mi mujer y Elena se separó un metro de mí, aceptando gustosa el cachi que le ofrecía Joaquín.

Ahora sí estaba bebiendo y ya no se mojaba solo los labios.

Entonces me quedé observándolos detenidamente.

El contraste entre los dos era muy llamativo.

Elena, toda una mujer, a sus 48 años, vestida con esa minifalda de cuero que no podía ser más corta y una camiseta negra ajustada, marcando sus increíbles curvas, riéndole las gracias a aquel imberbe con su camisa a rayas medio desabrochada.

La diferencia de edad era tan notoria que perfectamente podría ser su hijo. De hecho, Carlos, el mayor nuestro, debía tener más o menos la misma edad que aquel chico.

El niñato se atusó el flequillo hacia un lado, levantó la vista y al cruzar la mirada conmigo frunció el ceño y se puso muy serio.

¿Qué hacía ese capullo?, ¿en serio me estaba retando?

, luego esbozó una medio sonrisa y le arrebató de las manos el cachi a mi mujer, acercándose a ella y cuchicheando alguna frase en su oído que no pude escuchar.

―Ja, ja, ja, ya está lanzado, a esta se la folla seguro... ―gritó uno de sus amigos entre la multitud, sin que yo pudiera identificar quién era.

Y luego vi cómo Joaquín le ponía una mano en la cintura a mi mujer. Su boca rozaba el oído de Elena y sus cuerpos ya estaban casi pegados. Entonces lo sentí por primera vez.

Una especie de punzada en el estómago y el corazón me latió a toda velocidad.

Fueron unos pocos segundos, no creo que llegaran a cinco, porque Elena enseguida regresó a mi lado y volvió a agarrarme de la mano.

Me dio un escalofrío al sentir su piel, ni me atrevía a mirarla.

Disimulé intentando concentrarme en el concierto, y respiré aliviado cuando vi al tal Joaquín unos cuantos metros por delante de nosotros, saltando y haciendo el cabrito con sus amigos.

¿Qué era eso tan extraño que me acababa de suceder?

Habían pasado muchos años y no sé por qué, en ese momento me acordé de un antiguo compañero de trabajo; él y su pareja tenían una relación abierta y solían frecuentar locales swinger.

El tío me parecía un auténtico cretino, pero era muy buen contador de historias y nos amenizaba el café de los lunes con lo que habían hecho el fin de semana.

Nos aseguraba que no había nada mejor que ver a tu mujer follando con otro tío, con desconocidos a ser posible, pues era una sensación que te ponía la adrenalina a mil; nosotros nos reíamos de él y apenas le tomábamos en serio, porque cada lunes sus historias eran más rocambolescas e inverosímiles.

Al año cambió de promotora y le perdí la pista, pero me lo volví a encontrar por la calle cinco años más tarde, y aunque le dije que tenía prisa, me invitó a tomar una cerveza por los viejos tiempos.

No había cambiado nada, seguía siendo el mismo personajillo, me comentó que se había casado con su chica, que tenían un hijo y le pregunté medio en bromas si continuaban con su anterior vida.

Enseguida comprendió por dónde iban los tiros y ni corto ni perezoso me confesó que sí, pero que ya no iban a locales liberales, sino que buscaban hombres en páginas de contactos para quedar con ellos en hoteles, aunque ahora lo hacían en días muy especiales.

Y entonces, y sin que me lo esperara, me tanteó si estaría interesado en hacer un trío con él y su mujer.

“Bueno más bien yo me sentaría a vuestro lado y solo miraría cómo te la follas. Me daría mucho morbo ver cómo se lo hace con mi exjefe”.

Aquella frase se me quedó grabada a fuego.

Por supuesto que le dije que no, y nunca se lo conté a Elena, más que nada porque me daba vergüenza ajena, pero estuve unas cuantas semanas dándole vueltas a su propuesta.

Y es que mientras tomábamos la cerveza, incluso me llegó a enseñar fotos de su mujer, una morena de 33 años realmente guapa, que daba clases a niños en una academia privada de música.

A mí, sinceramente, me parecía muy absurdo lo que me contaba este tío.

¡¿Cómo te va a excitar ver a tu mujer follando con otros?!

―¿Estás bien? ―me sacó Elena de mis ensoñaciones

―¿Ya has terminado de ponerme celoso? ―le pregunté.

―¿En serio te has puesto celoso?

―Uno de sus amiguitos ha dicho bien alto que te iba a follar seguro...

―Venga, Fer, no seas tan vulgar... ¿cómo va a decir eso?

―Qué sí, joder, que lo he escuchado perfectamente...

―Pues menudos cretinos... si es que ya lo dice el refrán, el que con niños se acuesta, meado se levanta, ¡menos mal que les he dicho que no!

―¿Qué no...?, ¿a qué?

―Es que me ha insistido Joaquín que si después del concierto íbamos con ellos a tomar una copa al bar de unos amigos...

Y en cuanto escuché esas palabras, otra vez me volvió esa sensación tan peculiar que me oprimía el estómago, acompañada por una media erección totalmente involuntaria.

¿Se me estaba poniendo dura al ritmo de Los Ramones?

Los jóvenes bailaban, se pasaban los cachis, y de vez en cuando miraban hacia atrás, sin perder de vista a mi mujer.

Me molestaban sus gestos vulgares, sus risas obscenas, y sobre todo cuando botaban a lo loco, empujándose los unos a los otros desperdigando el alcohol por todas partes, incluso mojando a los que estaban a su alrededor.

Un señor al que mancharon la camiseta se las tuvo con ellos, ya le tenían hasta los cojones y viendo que estaban a punto de pelearse, decidí intervenir.

Quizás no debería haberlo hecho, se merecían que les partieran la cara para que aprendieran la lección, pero me interpuse entre los dos y le pedí al señor que disfrutara del concierto.

Al final, este hombre se separó unos metros de ellos y yo viendo las aguas calmadas regresé con Elena; y sin que me lo esperara, el chico de la “casi” pelea y Joaquín se acercaron a mí.

―¡Gracias por ayudarnos, aunque tampoco hacía falta!, ¡eso sí, has evitado que ese capullo se llevara unas buenas hostias, je, je, je! ―dijo el muy gallito.

―No quiero peleas, estáis molestando a la gente y no me extraña que se enfaden... ―les expliqué.

―¿Molestando?, pero si no hemos hecho nada...

―Bueno, puede que un poco sí ―intervino Joaquín, que era sin duda el más razonable de todos―. Oye, perdona, antes le comenté a Elena que si os apetecía tomar una copa después del concierto, invitamos nosotros, por supuesto, por las molestias...

Me hizo gracia que llamara a mi mujer por su nombre, como si se conocieran de toda la vida.