Noche de concierto
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Subí un par de plantas por la escalera y dejé a las tres peques con mis suegros. Nuestro piso había sido una herencia familiar de los padres de mi mujer, ellos vivían en el barrio Salamanca, en el mismo portal que nosotros. Al regresar a casa, Elena todavía se estaba preparando para el concierto.
Hacía mucho tiempo que no teníamos una noche para nosotros solos.
Me miré en el espejo de la habitación, colocándome la camisa por dentro del pantalón y escuché a mi mujer desde el baño.
―¿Vamos a la zona VIP?
―¿A la zona VIP?, ja, ja, ja, debes estar de broma, es solo una sala de conciertos pequeñita, entrarán unas 500 personas...
―Ah, vaya, yo pensé que...
Al último concierto de Karol G que fuimos con nuestras hijas pequeñas, conseguimos unos pases exclusivos en una zona privada, pero ahora íbamos a ver a una banda tributo de Los Ramones, a la que yo seguía desde hacía tiempo.
Por suerte, porque no quería ir solo, al final convencí a Elena para que me acompañara, aunque ella no estuviera muy por la labor, pues ese tipo de música no le gustaba mucho.
Entonces la vi salir del baño y me quedé con la boca abierta.
―¡Joder, Elena! ―exclamé impresionado.
No estaba acostumbrado a que se vistiera así, por lo general Elena era muy clásica en su día a día y solía llevar el pelo recogido en una coleta, pero ahí la tenía, con una espectacular minifalda de cuero negra, cortísima, que realzaba sus caderas y una camiseta del mismo color de media manga, bastante ajustada.
La falda era tan corta que al andar se le subía y mostraba unas sensuales medias con ligas que le llegaban hasta la mitad del muslo.
¡¡¿Qué diablos era eso que se había puesto?!!
―No pensé que se fuera a subir tanto ―protestó tirando de la falda hacia abajo
―Hacía mucho que no te ponías nada parecido... ―dije acercándome a ella y acaricié sus medias.
―¡Al más mínimo movimiento que hago se me ven las ligas!, nada, nada, no puedo ir así, voy a cambiarme...
―Ya no nos da tiempo, y además, quiero que salgas tal y como estás, Elena, ¡te ves impresionante!
―Peroooo...
―Que no se te ve nada, de verdad... ―intenté convencer a Elena, pues yo sabía que ella es de ideas fijas.
Agarré su mano e hice que se pusiera la cazadora de cuero antes de que se desvistiera por completo y se cambiara de ropa como había hecho mil veces.
Al montarnos en el coche otra vez volvió a protestar, y es que al sentarse la falda se le subía más todavía y yo no pude evitar mirar hacia abajo, deleitándome con sus piernas.
―Como me dijiste que era un concierto de rock pensé que... y me compré la ropa esta semana, debería habérmela probado en la tienda, la falda es muy corta y...
―Yo estoy encantado de que vayas así, y rompas con tu estilo, ¡por una noche no pasa nada, Elena!, dijimos que hoy nada de niños, nada de preocupaciones y que lo íbamos a pasar bien...
―Sí, pero no voy a estar cómoda, se me ve todo...
―Yo creo que no... ―le mentí, pues al sentarse al lado de mí, se le veían las medias y parte de las ligas sin tan siquiera cruzar las piernas―. Ahora vamos a picar algo, nos tomamos un par de cervezas y a disfrutar del concierto... ¡no pienses más en la ropa que llevas puesta!
―¡Está bien!
Entramos agarrados de la cintura en un bar cerca de la sala, la idea era tomar unos pinchos antes del concierto, aunque yo sabía que Elena, acostumbrada a sitios caros y exclusivos, no se encontraba en su hábitat natural.
Avanzamos hasta la barra como buenamente pudimos y elegimos unas cuantas raciones, que nos comimos en una pequeña mesa lateral que pillamos con suerte cuando se fue una pareja.
Y de repente llegó un grupo de chavales y se pusieron a nuestro lado.
Rondarían la edad de nuestro hijo mayor, Carlos, entre dieciocho y veinte años, como mucho; estaba claro que conocían a las camareras y el sitio, se pidieron unas bravas y varios cachis y uno de ellos me empujó sin querer por la espada.
―¡Ey, perdona, tío!, ¡no te había visto! ―se disculpó.
El bar se había llenado todavía más y en unos pocos minutos nos vimos rodeados por los chicos, en nuestro pequeño y acogedor rincón. Casi no nos podíamos ni mover.
―No pasa nada ―le exculpé girándome brevemente hacia ellos, y de repente vi cómo toda la pandilla fijaba la mirada en Elena, que se acababa de sentar junto a la esquinita en un taburete alto.
Con las piernas cruzadas se le subió la minifalda de cuero y nos mostró las medias con descaro. Mi mujer le dio un trago a la cerveza y al levantar la vista se encontró con su grupo de admiradores improvisados.
―¡Hostia!, ¿habéis visto a la morena? ―le escuché a uno a mi espalda.
―Ya lo creo, ¡menudo polvazo tiene!
―Y dos, ja, ja, ja...
―Tú a esa no te la acabas en una noche, Joaquín, ja, ja, ja...
Eran demasiados descarados y me dieron ganas de volverme hacia ellos otra vez, pero no quería problemas, aunque me jodía mucho que hicieran ese tipo de comentarios sobre Elena.
No se cortaban un pelo y además, hablaban lo suficientemente alto para que los escucháramos entre la multitud.
Elena me conocía muy bien y vio que se me cambió la cara, por lo que puso una mano sobre la mía.
―¡No pasa nada!, relájate..., ¡vámonos a otro sitio y ya está!, esta noche hemos dicho que era para pasárnoslo bien...
Apuré la cerveza y como se suele decir, me fui de allí con el rabo entre las piernas, aunque para salir de ese rincón, Elena tuvo que pasar entre el grupo de veinteañeros que babearon con su cuerpo y todos se quedaron contemplando su culo e incluso uno de ellos hizo un gesto obsceno, simulando un azote mientras movía las caderas delante y atrás.
―No me jodas que está con el tío ese, si parece su padre ―soltó uno de esos gilipollas.
Hice el amago de volverme, pero Elena tiró de mi brazo, sacándome casi a rastras del bar.
―Si vuelvo a entrar la tenemos ―le dije a mi mujer, plantándome en la puerta.
―Venga, vamos al concierto, falta una hora y nos podemos tomar otra cerveza allí... ―me pidió Elena.
Entramos en la sala y fuimos directos a la barra.
Enseguida me di cuenta de que el ambiente era bien distinto al del bar en el que acabábamos de estar; más sano, distendido, la gente era mucho más mayor, con un rango de edad de entre 40-55 años y pedimos otro par de cervezas.
Media hora antes de comenzar el concierto fuimos tomando posiciones y nos pusimos en las primeras filas.
Lo que no me esperaba es que faltando diez minutos, vimos aparecer al grupo de chicos del bar y ni cortos ni perezosos se abrieron hueco hasta ponerse justo delante de nosotros, a unos pocos metros del escenario.
¡No podían tener más morro!
―¡Y estos gilipollas de que van! ―dijo uno del público que estaba a nuestro lado.
―¡Ey, vosotros, para atrás, que habéis llegado los últimos! ―les recriminó otro señor.
―Pero si había sitio aquí... no estamos molestando a nadie ―contestó uno de los chicos, sin ninguna intención de moverse.
―Tienen razón, tíos, deberíamos irnos para atrás... ―les pidió el que parecía más sensato, con su camisa de niño bien, y el flequillo rubio de Cayetano cubriendo su frente.
Entonces repararon en nuestra presencia y uno de sus amigos le agarró al pijo del cuello.
―¡Espera, espera, Joaquín!, ¡mira quién está ahí!, ¡la MILF del bar!, ¿no decías que tú a esa te la hacías fácil?, pues venga, ahí la tienes...
Y al ver a mi mujer, el tal Joaquín desistió en su idea de irse para atrás y regresó con su grupo de amigos.
―Tú eres tonto, si está con el marido... ―les espetó Joaquín, mirándonos de reojo.
―¿Y qué lo mismo te da que esté con él?, ese tío es demasiado mayor para esa MILF y se nota que hace tiempo que no le echan un señor polvazo. Tiene cara de malfollada, ja, ja, ja...
Ya era la segunda vez que se referían a mi edad.
Me jodía mucho porque aunque era mayor que Elena, yo me cuidaba bastante y a mis 58 años consideraba que estaba en muy buena forma.
Desde que comenzamos a salir, siempre había tenido que soportar todo tipo de comentarios sobre la diferencia de edad entre nosotros, así que cuando escuché esas palabras, me subió un calor hasta el pecho y apreté los dientes.
Lo que más me molestaba era que hablaran en alto y con tal desfachatez que claro, Elena también se percató de lo que acababan de decir. Eso no iba a consentirlo.
No podía quedarme callado delante de ella.
―¡No, Fernando, déjalo estar!
Mi mujer me agarró de la mano y con la cabeza hizo un gesto de negación. Sabía que me faltaba cero coma para saltar, pero justo se apagaron las luces y la gente rompió a aplaudir.
Salió al escenario la banda tributo a Los Ramones y con el primer acorde de guitarra, los chicos comenzaron a saltar, dándose golpes y codazos entre ellos, pero lo hacían tan a lo bestia que no tardaron nada en chocar contra nosotros, e incluso uno me pisó el pie, disculpándose de inmediato.
¡Los muy imbéciles nos iban a dar el concierto!
Y todavía me cabreé más cuando vi al tal Joaquín situándose al lado de mi mujer y le ofreció su cachi para que bebiera.
Pensé que Elena le mandaría a la mierda al instante, pero para mi sorpresa, comenzó a hablar a con él, e incluso me pareció que ella esbozaba una sonrisa, mientras sus amigos miraban a su colega entre risas, sin parar de saltar, haciéndole gestos para que intentara ligársela.
¡Y todo eso delante de mis narices!
Cuando terminó la primera canción, mi mujer y el tal Joaquín seguían hablando, cada vez de manera más animada y de repente Elena aceptó su invitación y cogió el cachi, dando un trago cortito de cerveza, con el que apenas se mojó los labios y se lo devolvió al niñato casi de inmediato.
¡¿Qué estaba pasando?!
Y de repente, me ofreció a mí también el cachi.
―Ey, tío, ¿quieres?
―No, no, gracias...
―Bueno, como quieras ―dijo el chico y cuando volvió a ofrecérselo a mi mujer, esta negó con la cabeza.
Después Elena se agarró a mi mano con fuerza y yo intenté concentrarme en el concierto. Aquellos universitarios no iban a joderme el concierto y el público se puso a gritar cuando comenzó a sonar Teenage Lobotomy...
Eso sí, el niñato no se movió y se quedó al lado de mi mujer...