No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

INTENTARLO TAMBIÉN ES UN PLAN

El lunes después de la boda me desperté en Madrid con los pies doloridos y una alarma que habría tirado por la ventana. Cuando llegué a la oficina, Nerea me esperaba con café y un correo de Inés Montoro abierto en su pantalla.

—Ábrelo en el tuyo —me dijo—. Necesito que compruebes que no me estoy inventando lo que leo.

Dejé el bolso en el suelo y encendí el ordenador. Leí el mensaje dos veces. Nerea estaba medio incorporada al otro lado de la mesa.

—Quiere que negociemos un contrato marco para los eventos de cuatro hoteles —dije—. Seis meses de prueba inicial.

Nerea se levantó y me abrazó antes de que pudiera seguir leyendo.

—¡Joder, lo hemos conseguido!

—Todavía hay que negociar condiciones. Y revisar seguros, precios…

—Déjame alegrarme treinta segundos. Luego sacas la calculadora.

Me quedé abrazada a ella el tiempo que quiso.

Después abrió nuestras tarifas y yo empecé a preparar las preguntas para Inés.

Antes de aceptar nada teníamos que saber cuántos eventos podíamos asumir y qué refuerzos nos harían falta.

La impresora eligió ese momento para atascarse. Ninguna se levantó a arreglarla.

—¿Cuándo se va? —preguntó Nerea cuando nos calmamos.

—El dieciséis.

—¿Vas a ir?

—A Rotterdam no. Empieza el programa y va a estar liado.

—¿Y antes?

—Voy a Valencia el fin de semana anterior a su vuelo.

—¿Estás contenta? —preguntó.

Le dije que sí y Nerea me apretó una mano antes de volver a sus notas.

—Pues vamos a intentar que tengas libre ese viernes. Y ahora explícame qué pretende Inés con lo de la exclusividad por zona.

Los siguientes días compartimos horarios, fechas y fotografías de cosas que no habrían tenido ningún interés para otra persona. Álex me mandó las imágenes del apartamento que le habían asignado en Rotterdam. Yo le envié una de la impresora con la tapa abierta.

«Ella también te va a echar de menos.»

«¿Tú?»

«No abuses.»

«Vale.»

El viernes doce cogí el tren a Valencia y fui directamente a casa de Álex. Dejé la maleta en su dormitorio mientras él me preguntaba si tenía hambre. Después se quedó mirando el equipaje.

—Eso parece serio.

—Tiene ropa para dos días.

—Serísimo.

—Como sigas, me voy a un hotel.

—No.

Me besó. El sábado fuimos en su coche a Cala Serena para comer con sus padres y volvimos a Valencia por la tarde. Elena me dio un táper para el viaje del lunes, Vicente me enseñó el salón reparado y Pilar quiso saber si seguíamos «haciendo tonterías».

—Abuela —protestó Álex.

—No quiero detalles.

—Entonces no preguntes.

—Solo pregunto si estás feliz.

Álex me miró.

—Sí.

Pilar me miró a mí.

—¿Y tú?

—También.

—Pues ya está.

El domingo ayudé a Álex a hacer la maleta. Me pasó una caja que guardaba junto a unas carpetas y me pidió que la dejara en el armario. Dentro había papeles del divorcio, un juego de llaves viejo y una fotografía.

—¿Esto te lo llevas? —pregunté.

—No.

—¿Lo guardas?

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Es parte de mi vida.

Asentí y coloqué la caja donde me había indicado. Encima dejé unas carpetas que tampoco pensaba llevarse. Álex volvió a doblar las camisas y yo busqué un hueco en la maleta para el cargador que se había olvidado.

Esa noche hicimos el amor y después nos quedamos hablando con el calendario abierto en el móvil.

—¿Cuándo nos vemos? —preguntó.

—Tengo boda el veintisiete.

—Yo prácticas el veintiséis.

—Primer fin de semana de octubre.

—Puedo venir yo.

—Tengo evento el sábado.

—Voy a Madrid y te espero.

—No quiero que pases el fin de semana esperando.

—Puedo ver a Marco.

—Vale.

—¿Has dicho vale?

—No lo estropees.

—Perdón.

El lunes quince volví a Madrid. Nos despedimos en la estación de Valencia, con el táper de su madre dentro de mi bolsa. Al día siguiente Álex voló a Países Bajos. A las nueve de la mañana me mandó una fotografía desde su asiento. La rodilla le chocaba con el respaldo delantero.

«El verdadero problema de medir más de metro noventa.»

Respondí:

«Te pasa por presumido.»

«Te quiero.»

Volví a leer el mensaje. Recordé cómo lo había dicho en la terraza del hotel y me quedé sonriendo delante del ordenador. Escribí:

«Yo también te quiero.»

Mandé el mensaje y abrí el correo de Casi Perfecto. Cuando Álex aterrizó yo estaba reunida y tardé una hora en contestar. Por la noche pudimos hablar con calma. Durante aquellos primeros días nos enviamos tantas fotos que hasta Nerea reconocía ya las ventanas de su apartamento.

Álex me enseñaba calles, bicis, canales y un supermercado donde llevaba quince minutos intentando descubrir cuál era la leche normal.

—Todas parecen leche —dije.

—Una pone karnemelk .

—Eso suena a hechizo.

—La he comprado.

—Bébela.

—No.

—Cobarde.

La segunda semana fue peor. Yo tuve dos eventos seguidos. Él salió tarde de prácticas. Pasamos tres días hablando con mensajes cortos. El jueves me llamó.

—Estás rara.

—Estoy cansada.

—¿Conmigo?

—Con todo.

—Vale.

—No digas vale y te quedes callado.

—¿Qué quieres que diga?

Tenía una contestación desagradable preparada. La descarté antes de soltarla.

—Nada. Perdona. Estoy cruzada.

—Yo también. Hoy he tenido doce horas de formación y cené un sándwich horrible.

—Yo llevo dos clientes que cambian horarios.

—Entonces somos dos desgraciados.

—Eso parece.

Nos quedamos hablando del sándwich y de una clienta que había descubierto que el atardecer no podía retrasarse para encajar con sus fotografías. El primer fin de semana de octubre Álex vino a Madrid. Llegó el viernes a las once de la noche. Yo no salí del evento que coordinaba hasta las doce.

Le había dejado una copia de mis llaves a Marco para que pudiera entrar. Cuando abrí la puerta de casa, Álex dormía en el sofá con una pizza fría sobre la mesa. Le quité el mando del televisor de la mano y abrió los ojos.

—Hola.

—Hola.

—¿Qué hora es?

—La una.

—He aguantado.

—Muchísimo.

Se incorporó.

—Ven.

Me senté a su lado. Me abrazó.

—Te he echado de menos.

—Yo también.

—¿Mucho?

—No abuses.

—Eso es sí.

Nos besamos y compartimos la pizza fría antes de irnos a la cama. El sábado, mientras yo me preparaba para salir, Álex vació la maleta y me preguntó si podía usar la lavadora.

—¿Ya has gastado toda la ropa?

Levantó una camiseta manchada de salsa.

—Anoche cené antes de cenar contigo.

—Qué bonito. Yo trabajando y tú engañándome con otra pizza .

—Era un bocadillo.

Lo dejé separando la ropa mientras me vestía. Cuando pasé por el baño seguía mirando la etiqueta de una camiseta roja.

—Esa, aparte —le advertí.

—Lo estaba averiguando.

—Te dejo una nota de agradecimiento si no me tiñes las sábanas.

Antes de irme al evento desayunamos con Julia y Marco cerca de casa. Mi hermana nos miró sentados juntos y se le escapó una sonrisa.

—Ni se te ocurra —le dije.

—No he dicho nada.

—Sois todos iguales.

En noviembre fui yo a Rotterdam. Reservé de viernes a domingo después de comprobar dos veces que no tuviera trabajo presencial aquel fin de semana. La reunión del lunes seguía en mi agenda, a las nueve. El vuelo de regreso llegaría la noche anterior y me pareció margen suficiente.

Álex me esperaba en su apartamento con una camisa sin planchar y el ordenador abierto. Había terminado tarde y tenía que mandar un documento antes de cenar. Me besó en la puerta, me quitó la maleta de la mano y empezó a disculparse.

—Trabaja. Yo quiero quitarme los zapatos y lavarme la cara.

El apartamento era tan pequeño que desde la cama veía la cocina y la puerta. Dejé el neceser en el baño y volví al salón, donde Álex había hecho sitio para mi portátil en un extremo de la mesa.

—Te lo he puesto aquí por si necesitas terminar algo —dijo.

Lo necesitaba. Abrí un correo de Nerea y estuvimos veinte minutos trabajando uno enfrente del otro, con las rodillas tocándose debajo de la mesa. Cuando levanté la vista, Álex había cerrado el ordenador y me miraba.

—¿Qué?

—Pensaba llevarte a cenar a un sitio bastante mejor que esta cocina.

—Todavía puedes. Me falta un presupuesto y encontrar el rímel.

Fuimos a cenar y volvimos andando. El viento se colaba por debajo de mi abrigo. Le metí una mano en el bolsillo y él apretó el brazo contra mi costado para que no la sacara.

—¿Te quedarías aquí? —preguntó.

—Ni muerta. Acabo de perder la sensibilidad de media cara.

—En primavera mejora.

—Te escribiré desde Madrid para comprobarlo.

Álex se rio y aceleramos hasta llegar al portal.

Dentro me preparó algo caliente mientras yo me sentaba sobre la cama con la manta alrededor.

Tenía muchas ganas de estar con él y también necesitaba dejar de temblar.

Fue a buscarme unos calcetines y no hizo ningún comentario cuando me quedé dormida antes de acabar la bebida.

El sábado salimos tarde. Compramos comida, paseamos y discutimos sobre si mi paraguas sobreviviría a otra calle.

Acabó dentro de una papelera, doblado por un lado.

Álex me llevó a una tienda y escogí el más barato porque seguía negándome a aceptar aquel tiempo como un gasto fijo de nuestra relación.

Al volver me contó una práctica que le había salido mal. Había preparado un ejercicio y el grupo tardó mucho más de lo previsto. Se quedó pensando en eso mientras cortaba pan.

—¿Tienes que repetirlo?

—Tengo que explicar el lunes qué cambiaría. Creía que lo llevaba mejor preparado.

Me enseñó el esquema. No entendía buena parte de los términos, pero pude escucharlo hasta que encontró el punto que quería modificar.

Luego me preguntó por el contrato de Inés.

Lo habíamos firmado después de varias reuniones y yo todavía estaba aprendiendo a no contestar todos los correos antes que Nerea.

—¿Y se enfada contigo?

—Con bastante razón, cuando ocurre.

Álex levantó su vaso hacia mí.

—Qué pareja de profesionales impecables.

Le di un golpe con el pie por debajo de la mesa y seguimos cenando.

El domingo llegué al aeropuerto con tiempo. Álex acababa de despedirse de mí cuando entró la notificación de un retraso. Lo llamé desde la zona pública y volvió antes de salir del aparcamiento. Busqué el mostrador de la compañía mientras él me traía agua.

La información fue cambiando durante la tarde.

Cuando por fin confirmaron que el vuelo no saldría y nos ofrecieron viajar a la mañana siguiente, tuve que sentarme sobre la maleta para no contestar mal a la persona que me atendía.

La nueva llegada a Madrid era después de la una.

A las nueve tenía que estar delante de una clienta.

Álex se acuclilló a mi lado.

—Podemos mirar otro vuelo.

—Ya he mirado. No llego a tiempo.

—¿Y cambiar la reunión?

—Es la tercera fecha que le damos. Nerea puede ir, pero habíamos repartido las cosas para que no tuviera que cubrirme también esto.

Me tendió el agua. La cogí con un movimiento tan brusco que se derramó un poco sobre mi pantalón.

—Joder.

—Claudia, estoy intentando ayudarte.

Lo miré. Llevaba dos horas conmigo allí y yo acababa de hablarle como si hubiera decidido cancelar el avión por capricho.

—Ya lo sé. Perdona. Estoy cabreada y me está saliendo todo contigo.

—No tienes que pedirme perdón por estar cabreada.

—Por cómo te estoy hablando, sí.

Le pedí un momento para llamar a Nerea. Le expliqué a mi socia el cambio sin empezar por las excusas.

Ella podía ir a la reunión si le enviaba esa noche el presupuesto desglosado y las fotografías de los dos montajes.

Yo me ocuparía de las llamadas que tenía previstas para el lunes por la tarde.

Revisamos juntas qué había que mover y acordamos hablar a las ocho, antes de que ella saliera de la oficina.

Al colgar cerré los ojos un momento. Álex estaba esperando unos pasos más allá, con mi abrigo sobre el brazo.

—Está resuelto —le dije—. A medias. Tengo que trabajar cuando lleguemos a casa.

—Te dejo la mesa. Y puedo traer algo para cenar.

Volvimos a su apartamento. La maleta que había cerrado por la mañana acabó otra vez junto a la cama y saqué el portátil sin quitarme siquiera la bufanda.

Álex fue a comprar comida. Al regresar puso un plato a mi lado y se sentó al otro extremo de la mesa con sus notas para el ejercicio del día siguiente.

Trabajamos un rato sin hablar. Cuando conseguí enviarle el material a Nerea, me di cuenta de que apenas había probado la cena. Álex acercó la mano por encima de la mesa.

—¿Sigues odiando el país entero?

—Ahora solo a una parte del aeropuerto.

Le cogí los dedos. Tenía el vaso de agua muy cerca del ordenador y lo aparté antes de tirar nada más aquella noche.

—Gracias por quedarte conmigo. Y por no seguir buscando soluciones cuando te he pedido que me dejaras llamar.

—No he encontrado ninguna mejor. También tengo mérito cuando fracaso.

Me hizo reír. Apagué el ordenador y lo ayudé a recoger los platos. Nos fuimos a dormir tarde, los dos pendientes del despertador.

Por la mañana hablé con Nerea antes de que Álex saliera para su práctica.

Él no podía acompañarme al aeropuerto y yo no se lo pedí.

Me dejó las indicaciones que le había solicitado y acordamos que le escribiría al llegar.

Lo besé en la puerta, con la bufanda medio puesta y el cargador todavía en la mano.

La clienta aprobó el montaje mientras yo esperaba el embarque. Nerea me mandó una foto de la hoja firmada y una nota: «Esta tarde te toca pelearte con la empresa de sonido». Sonreí y le confirmé que ya tenía el teléfono preparado.

Cuando Álex terminó su jornada yo estaba en Madrid. Hablamos mientras deshacía la maleta. El siguiente viaje tendría que esperar algo más, tanto por los gastos como por las fechas de trabajo. Lo miramos juntos sin intentar compensar aquel fin de semana a toda costa.

En diciembre le tocó una rotación de prácticas con turnos durante las fiestas y no pudo venir por Navidad. Habíamos revisado las fechas al recibirlas. Pasaríamos esos días separados y nos veríamos en enero.

Pasé Nochebuena en Cala Serena, con Julia, Marco, mis padres y los Ferrer. Álex nos acompañó un rato por videollamada, desde una tableta apoyada en su funda junto a una botella de vino. Pilar se acercó a la pantalla.

—¿Comes bien?

—Sí, abuela.

—Estás más delgado.

—No.

—Come.

Álex me miró desde la pantalla.

—Ves. No eres la única.

—Tu familia está obsesionada.

—Con razón.

Cuando terminamos de recoger y los demás se fueron retirando, me llevé la tableta a un rincón para seguir hablando con él.

—Casi nueve meses —dijo.

—¿Ya estás contando?

—Los que quedan hasta mediados de septiembre. Los viajes no.

Me preguntó si estaba cansada. Le dije que sí, pero apoyé la tableta en la mesa y me quedé escuchándolo mientras se preparaba algo de cenar. Cuando nos despedimos fui a buscar mi abrigo. Julia lo había guardado con los suyos y tuve que despertarla para encontrarlo.

Los meses siguientes los llenamos de visitas cuando podíamos y de llamadas cuando no.

En primavera Álex empezó a mirar puestos de formación para después del programa.

Una de las ofertas tenía base en Madrid.

Me lo contó antes de solicitarla y hablamos de lo que supondría cambiar de trabajo.

Yo pregunté por el puesto antes de empezar a buscar huecos en mi armario.