EPÍLOGO
NO VUELVO A ACOSTARME CONTIGO
Un año y medio después de la boda de Julia y Marco, Álex consiguió dejar un calcetín encima de la encimera, al lado de la cafetera y a varios metros de cualquier lugar razonable para una prenda sucia.
—Álex, ven a la cocina un momento.
—Estoy terminando el curso —respondió desde el salón.
—Pues incluye un módulo de lavandería.
Apareció con el portátil en una mano y la misma sonrisa que me había metido en problemas en Valencia. Señalé el calcetín.
—Se me habrá caído cuando llevaba la ropa al cesto.
—Ha aterrizado junto al café. Debiste pasar por una zona de turbulencias.
Lo recogió antes de que tuviera que acercárselo con dos dedos.
—Tiene espíritu viajero.
—Llevas viviendo aquí cuatro meses. Ya debería conocer el camino.
—Lo acompañaré para que no se pierda.
Se fue hacia el baño con el calcetín y dejé que se llevara también la última palabra. Habíamos quedado a las doce con Julia y Marco y, a las once y cuarto, yo seguía en pijama. Álex volvió al sofá, donde tenía abierto el curso de formación.
—¿No ibas a terminar hace cuarenta minutos? —pregunté.
Se rio y cerró el portátil. Me senté en el brazo del sofá, junto a él.
—¿Te arrepientes de haberte mudado?
—Elegí un trabajo que me interesaba y una casa en la que quería estar. Lo del calcetín no figuraba en la oferta, pero creo que podré acostumbrarme.
Le di un golpe en el hombro. Antes de terminar el programa había hecho las entrevistas para el puesto de formación y coordinación de emergencias en Madrid.
Al regresar en septiembre pasó unas semanas en Valencia y resolvió su situación con el servicio donde trabajaba antes de aceptar el nuevo contrato.
En noviembre se instaló conmigo. Habíamos hablado de horarios, de gastos y de las noches que seguiría pasando fuera por trabajo.
Compartir el armario nos llevó más tiempo.
Terminamos con una hoja compartida que Nerea calificó de «la cosa menos sexy que he visto en mi vida». Yo la abría cada mes para hacer las cuentas y todavía recordaba aquella madrugada en la terraza del hotel, cuando ni siquiera sabíamos qué íbamos a hacer en septiembre.
—¿Y tú? —preguntó Álex.
—No me arrepiento. Pero recoge tus calcetines sin que tenga que convocarte en la cocina.
—Este ya está en el cesto. Puedo aportar pruebas.
Me acerqué a besarlo y él aprovechó para tirar de la manga de mi pijama.
—No vuelvo a acostarme contigo —le advertí.
—¿Esta es la definitiva o una de las provisionales?
—Definitiva.
—¿Puedo alegar circunstancias atenuantes?
—Te has aprendido mi jurisprudencia.
—Tengo mucha práctica.
Volví a la cocina para preparar café. Casi Perfecto seguía siendo nuestra empresa, la cadena de Inés había renovado el contrato y habíamos contratado a una coordinadora.
La impresora, contra todo pronóstico, también seguía allí.
Nerea se negaba a sustituirla después de todo lo que había aguantado con nosotras.
En Cala Serena, Vicente enseñaba las facturas de las tuberías nuevas como si fueran títulos universitarios.
Pilar seguía preguntando por nuestra boda y nosotros seguíamos sin fijar ninguna.
Habíamos hablado de hijos más de una vez y ninguno tenía todavía una respuesta que quisiera convertir en un plan.
Álex me abrazó por detrás mientras llenaba la cafetera.
—¿Sigue en vigor la prohibición?
—Hasta que me dejes hacer el café.
Apartó las manos y se quedó apoyado en la encimera. Su expresión ofendida me hizo reír.
—¿Tenemos algo después de comer con tu hermana? —preguntó.
—La tarde libre. No te emociones.
—Intentaré soportarlo. Ya que no quieres acostarte conmigo, tendré que buscar otras superficies.
—Qué asco das.
—Técnicamente…
Le tapé la boca con la mano antes de que terminara. Me besó la palma y acabé riéndome otra vez.
Fui al baño a comprobar lo del calcetín. Estaba en el cesto. Álex me siguió hasta la puerta y señaló la prenda con una satisfacción desproporcionada.
—¿Apruebo la inspección?
Lo acerqué por la camiseta y lo besé.
—Vamos a llegar tarde —murmuró.
—Podemos tardar diez minutos más en salir.
—¿Y la prohibición?
—He dicho que no vuelvo a acostarme contigo. No he dicho nada del sofá.
Álex se echó a reír y me levantó. El café quedó sin hacer.
Cuando cogí el móvil para avisar a Julia de que llegaríamos un poco tarde, intentó mirar por encima de mi hombro.
Lo aparté con el codo y escribí que fuera poniendo la mesa.
Mi hermana contestó con una sola instrucción: «No os olvidéis del pan».