No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

CUANDO SE APAGAN LAS LUCES

Álex fue a buscar agua a una mesa y volvió con dos botellas. Me dio una y se quedó apoyado a mi lado. Tenía la corbata metida en el bolsillo de la chaqueta y una marca de pintalabios en la mejilla.

—Tu madre —le dije, señalándola.

—También podría haber sido la tuya. Han estado muy cariñosas conmigo.

Le quité la marca con el pulgar. Al bajar la mano él me la cogió y yo la dejé allí.

—No quiero que dejes Rotterdam —dije—. Lo que te escribí el martes era verdad.

—Lo sé. Me hizo bien leerlo.

—He pensado mucho en lo de la cala. Sigo queriendo lo que te dije, pero me he dado cuenta de que esperaba que lo resolvieras tú. Me empeñé en no tener una relación y después me enfadé porque no supieras cómo darme una.

Álex giró la botella con la mano libre.

—Yo también me agarré al acuerdo cuando me venía bien. Y había momentos en que te pedía mucho más. Lo del programa tendría que habértelo contado antes, aunque todavía no hubiera respuesta.

—No te habría pedido que lo rechazaras.

—Me daba miedo que te pareciera estupendo y dejaras de verme. Bastante ridículo, visto desde aquí.

Bebí un poco de agua. Tenía los pies doloridos y el pelo medio suelto, y llevaba una semana buscando la frase con la que decirle aquello sin quedar demasiado expuesta.

—Te quiero, Álex.

Se quedó mirándome. Apreté sus dedos antes de que me saliera el chiste con el que habría intentado arreglarlo.

—Te quiero —repetí—. Y me da rabia haber tardado tanto en decirlo.

—Yo también te quiero.

Me acerqué y lo besé. Él dejó la botella en el suelo para poder abrazarme y yo acabé con la cara contra su cuello, riéndome y llorando un poco, bastante menos digna de lo que había previsto.

—Me vas a estropear la camisa —dijo.

—Tendrías que haber leído las condiciones antes de acercarte.

Se rio y me besó en la sien. Me quedé allí hasta que dejó de darme vergüenza levantar la cabeza.

—Quiero intentarlo contigo —le dije—. Aunque vaya a pasarme medio año maldiciendo aeropuertos.

—Un año, como mucho.

—No hace falta que mejores la oferta ahora mismo.

Álex me apartó un mechón que se me había pegado a la mejilla.

—Yo también quiero. Y tengo que aprender a escucharte cuando me digas que algo no te está gustando, en vez de creer que ya estamos repitiendo lo que me pasó con Laura.

—Te recordaré esta frase cuando discutamos.

—Lo imaginaba.

Nos sentamos en las dos sillas que aún quedaban junto a la barandilla. Estiré los pies debajo de la suya y Álex me dejó apoyar los talones en el travesaño.

—En la cala me dijiste que te daba miedo fallarme —continué—. ¿Qué ha cambiado?

—Que llevo una semana sin poder llamarte como antes y no me está gustando nada. Sigo teniendo miedo, pero no quiero usarlo para pedirte que aceptes menos de lo que yo también estoy buscando.

Lo miré. Tenía unas ojeras que la luz del jardín no disimulaba y se había desabrochado el botón del cuello de la camisa.

—¿Y qué estás buscando?

—Estar contigo. Saber que puedo llamarte porque he tenido un día de mierda y también escuchar el tuyo. Verte cuando podamos. Que si dentro de unos meses alguno no puede más, lo diga antes de empezar a hacérselo pagar al otro.

—Eso me sirve bastante más que lo de seguir como estamos.

—He tenido una semana para preparar el discurso. Me ha salido peor de lo que esperaba.

Me reí. Desde dentro nos llegó el ruido de un carro de vasos y bajé la voz sin que hiciera falta.

—Inés quiere hablar con Nerea y conmigo el lunes. Puede que salga el contrato. Eso va a darme mucho trabajo.

—Eso sería una buena noticia.

—Y algunos meses no podré ir a verte.

—Yo tendré prácticas de fin de semana. No podemos prometer viajes sin saber las fechas. Empezaremos por mirar los horarios y lo que podemos pagar.

—Puedo intentar reservar algún viernes, pero no todos. No voy a cargarle a Nerea mis bodas para irme contigo.

—Ni te lo estoy pidiendo. También puedo ir yo a Madrid y hacer otras cosas mientras trabajas. Mi hermano vive allí, por si se te ha olvidado.

Me tapé la cara y volví a reírme.

—Qué manera tan larga de acabar acostándome con el hermano del novio.

—Lo podrías haber deducido el día que me presentaron en la terraza.

—Aquel día estaba ocupada fingiendo que no te conocía.

Álex acercó su silla. Me preguntó qué necesitaba cuando no pudiéramos vernos y le dije que me bastaría con que no desapareciera detrás de un «todo bien» si no lo estaba. Él pidió lo mismo. Intenté hacer una broma y me detuve antes de terminarla.

—No quiero pasarme la vida demostrando que puedo estar sola —dije—. Sé que puedo. Ahora me apetece otra cosa y me está costando reconocerlo.

—A mí me está costando dejar de pensar que cada conversación seria acaba en una despedida.

Lo cogí de la mano. No tenía ninguna respuesta que pudiera quitarle eso y preferí quedarme a su lado.

Al cabo de un rato miré la hora. Habían pasado las tres y media.

—Llevo despierta desde antes de las siete. Si sigo hablando, voy a aceptar cualquier condición con tal de llegar a una cama.

—¿Conmigo?

—Contigo. Pero sin hacer planes de boda, que he agotado el cupo.

—Perfecto. Además, me da miedo lo que cobrarías.

Le di un beso y me levanté a buscar el bolso. Álex recogió las botellas y las llevó al carro de reciclaje. Esperé mientras hablaba un momento con el encargado de recoger el salón y apagaba las últimas luces de la terraza.

Subimos juntos. En el ascensor apoyé la cabeza en su hombro y él me quitó de la mano las sandalias.

—¿Esto cuenta como recaída? —preguntó.

—Ya no hay pacto.

—Entonces puedo dormir sin abogado.

—Depende de cómo te portes por la mañana.

Entramos en mi habitación. Esa noche no tuvo nada de urgente. Nos desvestimos despacio. Nos reímos cuando descubrí que Álex llevaba una tirita en el talón por los zapatos.

Nos duchamos y nos metimos en la cama. El sexo fue tranquilo, cansado y cariñoso, más cerca de una conversación física que de las prisas de nuestras primeras noches. Cuando terminó, ni se me ocurrió marcharme ni quise que él lo hiciera. Álex se quedó dormido con una mano sobre mi vientre.

Apagué la luz y tiré un poco de la sábana para cubrirme los pies. Álex murmuró algo dormido y me dejó coger más tela. Puse el despertador para que nos diera tiempo a desayunar antes de volver a recoger las cosas del hotel.