CAPÍTULO 22
LA BODA
A las siete y diez de la mañana del treinta de agosto, una florista me dijo que faltaban doce peonías. Antes de que terminara de llamar para localizarlas apareció un tío de Marco preguntando dónde podía cargar un coche eléctrico. Lo mandé a recepción y seguí con el teléfono.
Mi madre se presentó poco después convencida de que había olvidado sus pendientes en Madrid. Los encontramos en su neceser. Las flores llegaron a media mañana y pude revisar con Berta la entrada de proveedores antes de que empezaran a aparecer los invitados.
Inés llegó a las doce, tal como había avisado. Le presenté a Elena, que tenía preparada su habitación, y me pidió que no estuviera pendiente de ella.
—He venido a ver cómo trabajáis, no a impedir que lo hagáis.
—Estupendo. Nerea te enseñará luego el montaje. Ahora tengo una novia que intenta ponerse un pendiente sin soltar el teléfono.
Por la tarde, cuando subí a la habitación de Julia, el móvil estaba apagado y ella llevaba ya el vestido. Tenía la espalda descubierta y el pelo recogido. Había descartado el velo después de tres meses jurando que lo quería. La maquilladora le estaba dando el último retoque.
—No te rías —me dijo.
—Estoy intentando no llorar. Como lo consiga antes de que empieces tú, voy a considerarlo un éxito.
Mi hermana me agarró de la mano y tuve que dejar el bolso sobre una silla.
—Estoy muy nerviosa.
—Marco también. Ha preguntado tres veces a qué hora tenía que estar abajo.
—¿Y no es tu obligación decírselo?
—Se lo he impreso. Lleva los horarios en el bolsillo.
Julia se echó a reír y me apretó los dedos.
—Gracias por todo, Clau.
La abracé con cuidado de no rozarle la cara. Mamá apareció en la puerta, esta vez con los dos pendientes, y le dejé mi sitio para ir a buscar a nuestro padre.
La ceremonia empezaba a las seis de la tarde. A las seis menos diez el oficiante estaba en su sitio. Cinco minutos más tarde Marco preguntó dónde estaban los anillos y yo fui a buscar a Dani, que había quedado en traerlos desde recepción.
Álex lo vio llegar antes que yo.
—Aquí está.
Dani sacó la caja del bolsillo interior de la chaqueta y se la dio a Marco.
—Me habéis asustado corriendo los dos hacia mí. Pensé que me había equivocado de boda.
—No nos des ideas —le dije.
Álex se acercó. Llevaba traje azul oscuro. Le quedaba de una forma indecente.
—Estás preciosa —dijo.
Yo llevaba un vestido coral sencillo y sandalias que ya sabía que terminarían en mis manos.
—Trabaja.
—Eso hago.
—Mirarme no.
—No estaba en la lista.
—Álex.
Sonrió y se fue al lado de su hermano. La música empezó, los invitados se levantaron y Julia apareció del brazo de nuestro padre.
Llegó al arco despacio, con el ritmo que habíamos ensayado.
Marco la miraba como si no hubiese invitados alrededor.
Yo cometí el error de buscar a Álex y descubrí que él ya me estaba mirando. Aparté los ojos.
La ceremonia fue corta, con risas, lágrimas y una niña que dejó caer la mitad de los pétalos antes de tiempo. Para mis estándares profesionales, salió de maravilla. Cuando Julia y Marco se besaron, el jardín aplaudió.
Aproveché los aplausos para ponerme el pinganillo y avisar a Berta de que podían empezar el cóctel. Aún nos quedaba toda la celebración por delante, pero Julia ya había conseguido besar a su marido sin pisarse el vestido.
El único problema serio del cóctel fue un invitado que ocupó una silla reservada para una persona con movilidad reducida y se negó a levantarse porque «había llegado antes».
Nerea le explicó para quién estaba guardada y acabó acompañándolo a otra.
A las ocho empezó la cena, bajo la estructura de la terraza, con el mar al fondo y las guirnaldas encendidas.
Julia vino a darme un beso antes de sentarse.
—Esto está mejor que el primer plan.
—Lo sé.
—Qué humilde.
—Trabajo mucho para tener razón.
Me besó.
—Te quiero.
—Come.
Durante el primer plato cayó una bandeja y en el segundo un niño volcó un vaso de agua sobre su abuelo.
El personal resolvió ambos incidentes mientras yo comprobaba con cocina la salida de los menús especiales.
Antes del postre Álex vino a avisarme de que la banda tenía un problema de alimentación eléctrica.
—He llamado al técnico. Está revisando la conexión.
—Gracias. Avísame cuando sepa qué ocurre.
Se quedó un instante a mi lado, mirando a los novios.
—Marco lleva toda la cena intentando leer lo que ha escrito en la mano.
—Le dije que no cabía ahí un discurso.
—Ha conseguido abreviarlo. Se ha dejado a Julia fuera.
Me reí y lo mandé con su hermano antes de que alguien me oyera.
El técnico resolvió la conexión en diez minutos. Inés se acercó mientras servían café.
—¿Tienes un minuto?
—Uno.
—El cambio de distribución funciona.
—Gracias.
—He hablado con tu socia.
Miré a Nerea.
—Eso es peligroso.
—Me ha enseñado cómo gestionasteis la crisis.
—La gestionamos las dos.
—Lo sé.
Inés asintió.
—El lunes os llamo.
—¿Eso es bueno?
—El lunes.
Se fue. Nerea vino corriendo.
—Nos contrata.
—No lo sabes.
—Me ha preguntado disponibilidad de octubre.
—Nerea.
—Nos contrata.
La abracé.
—Como no, te mato.
—Voy a preparar el dosier con las fechas que ha pedido.
—Con las tarifas. Todavía no hemos cobrado ni un céntimo.
Mientras los invitados terminaban el café, mi padre me encontró detrás de una columna.
—¿Has comido?
—Sí.
—Mientes.
—He probado cosas.
Me dio el plato que Berta me había reservado en cocina.
—Tu madre me ha mandado.
—Claro.
—Está muy orgullosa.
—¿De Julia?
—De las dos.
Eso me desarmó.
—Papá.
—Come.
Me senté con él unos minutos. Desde allí veía a mamá hablando con Elena, a Vicente enseñándole el hotel a un tío mío y a Pilar intentando que le sirvieran un café más fuerte.
Julia se había quitado los zapatos debajo de la mesa y Marco la escuchaba con una mano sobre la suya.
Mi padre señaló mi plato y aproveché para comer antes de que volviera a preguntarme. Nerea se acercó con un vaso de agua.
—Te he encontrado una silla y encima estás usándola —dijo—. Voy a hacerte una foto.
—Como me saques con la boca llena, te retiro de las redes de la empresa.
Papá apartó la servilleta con la que se había tapado el nudo de la corbata.
—Avisadme a mí también.
A las once Julia y Marco abrieron el baile. Se unieron los padres y luego los amigos, mientras yo revisaba la entrada al salón donde continuaríamos a medianoche. A las once y media Nerea me quitó el pinganillo.
—Ya.
—¿Qué haces?
—Baila.
—Tengo que…
—Berta está al mando y yo también. Llevas aquí desde las siete. Puedes parar cinco minutos.
—No.
—Claudia.
Me puso una copa de cava en la mano.
—Cinco minutos.
—Cinco.
Entré a la pista y mi hermana me agarró para bailar. Mamá se unió, luego Marco y finalmente gente que ni conocía. Acabé riéndome de verdad. A mitad de una canción, Álex apareció delante.
—¿Bailas?
Busqué a Nerea. Me señaló la pista y siguió hablando con Berta.
—Una canción.
—Una.
Me puso una mano en la cintura y yo apoyé la mía en su hombro. Nos movimos entre las otras parejas. Tuve que arrimarme para oírlo por encima de la música.
—Mi madre no sabe cómo daros las gracias —dijo—. He tenido que frenarla, porque estaba organizando un discurso.
—Pues agradécele de mi parte que no lo haga. Tenemos los horarios muy apretados.
—También le he dicho que estabas bailando conmigo y no quería interrupciones.
Me reí, todavía con la mano en su hombro.
—Gracias.
—Y estás descalza.
Miré mis pies. Había dejado las sandalias bajo la mesa al sentarme con papá.
—Tradición.
Álex sonrió.
—Me gustas así.
—¿Sin zapatos?
—Riéndote. Aunque cada dos segundos estés comprobando si alguien nos hace señas.
Me apartó de un grupo que cruzaba la pista y seguimos bailando hasta el final. Al soltarnos le dije que después lo buscaría.
—Te espero —respondió.
Recogí mis sandalias, recuperé el pinganillo y volví con el equipo. A medianoche cortamos la música exterior y la fiesta continuó en el salón reparado. A la una y media Julia y Marco se retiraron. Mi hermana me abrazó durante tanto tiempo que pensé que volvería a llorar.
—Ha sido perfecta.
—Casi.
—Cállate.
—Vete con tu marido.
—Qué raro suena.
—Te acostumbrarás.
Se fueron. Los últimos invitados se retiraron pasadas las tres y el equipo acabó de cerrar las barras. La terraza estaba llena de vasos, servilletas y flores cansadas. Nerea se ofreció a quedarse conmigo.
—Vete a dormir. Yo subo en diez minutos —le dije.
—Te doy quince. No tardes.
Berta fue a comprobar con el personal que no quedaba nada pendiente en cocina. Yo salí a la terraza y me apoyé en la barandilla. Apenas distinguía el mar.
Apagué el pinganillo y lo dejé junto a mi bolso. Desde dentro llegaba el ruido de los carros que recogían la vajilla. Miré el reloj y calculé cuánto tardaría en subir a mi habitación sin volver a pararme en recepción.
—Sabía que te encontraría aquí.
Reconocí la voz antes de girarme. Álex se acercó con la corbata en la mano y la camisa abierta en el cuello.
—Dijimos después —dijo.
Asentí.
—Sí.
Cogí el bolso y me hice a un lado para dejarle sitio en la barandilla.