No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

LA VÍSPERA

El viernes, a las ocho de la mañana, Berta me encontró revisando unas cajas que habíamos contado juntas la noche anterior. Me dejó llegar hasta los candelabros antes de quitarme la lista.

—Son dieciocho. Nadie se ha llevado uno a bailar mientras dormías.

—Podrían haberlos cambiado de sitio.

Berta dobló el papel y lo guardó en su bolsillo antes de que pudiera recuperarlo.

—Esta parte la llevo yo. Necesito que vayas a buscar a Elena y me confirmes cuándo liberan el acceso de cocina.

Fui al comedor a buscar a Elena y encontré a Álex solo, frente a una taza de café y un plato de tostadas. Me detuve al verlo.

—Hola.

—Hola.

—¿Tu familia?

—Mi madre está arriba con Julia. Mi padre fingiendo que no trabaja. Marco durmiendo.

—El novio duerme.

—Es irritante.

Me serví café. Álex acercó el plato de las tostadas y me senté frente a él. Durante unos minutos desayunamos en un silencio tranquilo, sin la incomodidad de los días anteriores.

—¿Cuándo vuelves a Valencia? —pregunté.

—El domingo por la tarde.

—A Valencia.

—Sí.

—Y poco más de dos semanas después te vas a Rotterdam.

—Sí.

Removí el café.

—Quiero que hablemos después de la boda —le dije—. De lo de la cala y de lo que podemos hacer.

Álex dejó la taza.

—Yo también. Pero estaba esperando a que me dijeras si querías acercarte.

—Quiero. Solo te pido que no sea hoy, mientras mi hermana se prueba el vestido y yo tengo el móvil sonando.

—Después de la boda, entonces.

Me pasó el plato de las tostadas y seguí desayunando.

Hablamos un rato de los familiares que llegaban ese día.

Elena bajó mientras recogíamos y pude confirmar el acceso de cocina antes de escribirle a Berta.

Álex tenía que recoger a una tía en la estación y yo debería encontrar un rincón para trabajar antes de que apareciera mi madre con sus dudas sobre el tocado.

Me levanté. Álex me agarró la mano.

—Solo una cosa.

—¿Qué?

—No me arrepiento de nada.

Me quedé mirándolo.

—Ni yo.

Lo solté despacio y me fui. El resto del día pasó demasiado rápido. El hotel empezó a llenarse de flores, músicos e invitados que habían decidido llegar con demasiadas horas de margen. Mi madre llegó con cuatro vestidos «por si acaso» y una maleta que parecía preparada para emigrar.

—Claudia, estás delgada.

—Hola, mamá.

—No estás comiendo.

—He desayunado.

—¿Una tostada?

—Dos.

—Eso no es comer.

—Mamá.

Me abrazó.

—Estás preciosa.

—Llevo vaqueros.

—Tú siempre.

—No empieces.

Julia apareció detrás.

—Mamá, ven a ver el tocado.

Las dos se fueron. Yo respiré. Mi padre llegó media hora después, me dio un beso y preguntó dónde podía ayudar. Le encargué algo sencillo para mantenerlo ocupado. A media tarde, Inés me escribió.

«Llegaré mañana a las 12. No necesito trato especial.»

Respondí:

«Perfecto. Tampoco lo tendrías.»

Tardó un minuto.

«Bien.»

Sonreí. Nerea apareció con un paquete de chocolatinas.

—Regalo.

—Cásate conmigo.

—No.

—Qué poco compromiso.

—He visto lo que haces con las bodas.

Antes de cenar tuve la última reunión de coordinación con el equipo.

—Desde mañana a las nueve, nadie toma decisiones grandes sin pasar por Nerea o por mí —dije—. Berta manda en catering . Elena, habitaciones. Vicente, infraestructura solo si un técnico lo pide.

Vicente levantó una mano.

—¿Puedo opinar?

—Siempre.

—¿Y decidir?

—No.

Las risas aflojaron la tensión.

—Si llueve —continué—, seguimos el protocolo. Si falla la luz, el técnico decide cómo usar el apoyo que tiene preparado. Si alguien se pone enfermo, recepción avisa a emergencias. Y Álex mañana es invitado, no el servicio médico del hotel.

—Gracias —dijo él.

—Eres invitado.

—Padrino.

—Peor. Tienes una función.

—¿Y si arde algo?

—Entonces sí te autorizo.

—Generosa.

—Si alguien pierde los anillos, que revise antes los bolsillos. Los cambios de mesa pasan por Berta para que no se pierdan los menús especiales. Y cualquier petición de comida, también. Las alergias se comprueban en la ficha, aunque el invitado diga que él come de todo.

Berta asintió.

—Amén.

—Y si Julia pregunta si todo va bien, la respuesta es sí mientras no haya fuego, sangre o divorcio antes de firmar.

Marco levantó la mano.

—¿Después de firmar?

—Ya no es mi problema.

Julia me tiró una servilleta y la reunión terminó entre risas. Nerea cerró su carpeta y comprobó conmigo quién cubriría cada zona. Después dejamos el material en el despacho y nos sentamos a cenar con la familia.

Pilar me enseñó una fotografía de su segunda boda. La llevaba en el bolso porque Julia le había pedido que se la dejara ver.

—Ese vestido me costó un disgusto con mi hermana —dijo, señalándose en la foto—. Decía que una mujer de mi edad no podía llevar esos zapatos.

—¿Cuántos años tenías?

—Cuarenta y ocho. Mi hermana compró unos iguales al mes siguiente.

En la fotografía se la veía cogida del brazo de un hombre que intentaba cortar una tarta demasiado alta. Me preguntó si no habría de esas complicaciones al día siguiente.

—La nuestra viene cortada por dentro.

—Qué poca confianza tenéis en los novios.

Le devolví la foto y Pilar se la llevó a Julia. Me quedé un rato hablando con mi padre sobre el recorrido que tendría que hacer. Esta vez me enseñó la corbata aprobada por mamá, con un suspiro de resignación que me hizo reír.