CAPÍTULO 20
SEIS MESAS Y NINGÚN DRAMA
El miércoles, tres días antes de la boda, recibimos la entrega del salón reparado. Los técnicos habían terminado las comprobaciones y el equipo de limpieza pudo entrar después. Vicente recorrió la sala como si acabara de recuperar un territorio perdido.
—Podemos volver al plan original.
—No.
Me miró.
—¿Cómo que no?
—El plan actual funciona.
—Pero el salón…
—Lo usaremos para el baile a partir de medianoche y para descanso durante la cena. El personal de apoyo y los menús especiales se quedan en el comedor pequeño. No voy a cambiar otra vez sus recorridos.
—Claudia, hemos arreglado todo para llegar.
—Y habéis llegado. Perfecto. Pero cambiar otra vez a tres días añade riesgo sin mejorar la experiencia.
Vicente abrió la boca. Elena apareció detrás.
—Hazle caso.
—Elena.
—Lleva semanas arreglando esto.
—También es mi hotel.
—Por eso sabes cuándo dejar trabajar a una profesional.
Pilar, sentada en un sillón, levantó su taza.
—Punto para Elena.
Vicente me miró.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale.
Me sorprendió.
—¿Eso es todo?
—He aprendido algo en urgencias.
—Milagro.
Sonrió.
—No abuses.
Esperábamos a ciento cuarenta y cuatro comensales, incluidos Julia y Marco.
Los dieciocho módulos de mesa estaban colocados según el plano, doce unidos en tres mesas imperiales y seis separados para los grupos pequeños.
Teníamos dos barras y seis niños que se sentarían con sus familias.
Berta y yo revisamos los tres menús sin gluten, los dos vegetarianos, la alergia a frutos secos y la petición de una tía de Marco que quería «pescado pero que no sepa a pescado».
—¿Qué hacemos con esta señora? —preguntó Berta.
—Le damos agua.
—Me gusta.
Nerea llegó desde Madrid con dos maletas y una carpeta.
—He traído kit de emergencia.
—¿Qué lleva?
—Lo habitual, más los cargadores que siempre os dejáis todos.
Abrió una de las maletas. Había imperdibles, quitamanchas, cinta de doble cara y bolsitas separadas para el material de costura y las compresas. Encima había puesto algo de comida.
—Te quiero —le dije.
—Lo sé.
Durante la tarde repasamos cada bloque del evento. Álex estaba con Marco y, aunque nos cruzamos varias veces, hablamos lo justo para trabajar. A las ocho, Nerea y yo nos sentamos junto a la piscina con dos bocadillos.
—Mañana ensayo y el sábado, boda —dijo—. ¿Has pensado en lo que harás después?
Mordí el pan antes de contestar.
—Quiero hablar con Álex. Durante la boda no voy a meter nada más en la cabeza.
—Pues déjalo para entonces. Hoy podemos terminar de cenar sentadas.
—Me gusta delegar en la Claudia del sábado por la noche.
—A ver si ella también aprende a parar un rato.
Miré el hotel. Las luces de la terraza ya estaban encendidas.
—¿Crees que saldrá bien?
—Sí.
—No deberías decir eso.
—No soy supersticiosa.
—Yo tampoco.
—Mentirosa.
—Solo me niego a tentar al universo.
—El universo está ocupado.
Nos reímos. Por la noche tuvimos una cena informal con los proveedores principales. Berta levantó una copa.
—A que mañana nadie llame diciendo que falta una mesa.
—No brindes por eso —dije.
—Supersticiosa.
—Experimentada.
Nerea me miró.
—¿Duermes hoy?
—Sí.
—¿Cuántas horas?
—Ocho.
La mesa entera se rio.
—Qué poca fe.
Álex llegó tarde porque había ido a recoger a unos familiares. Se sentó lejos de mí. Lo agradecí. También miré hacia él demasiadas veces. En un momento, Pilar cambió de silla y ocupó el sitio vacío a mi lado.
—Tú y mi nieto estáis haciendo el idiota —murmuró Pilar.
—No quiero hablar de eso.
—Perfecto. ¿Me pasas el pan?
Esperé un comentario más mientras le acercaba la cesta. Pilar cortó un trozo y siguió cenando. Al final tuve que reírme.
—¿Qué? —preguntó—. Has dicho que no querías hablar.
Álex me vio reír desde el otro lado de la mesa. Levantó un poco el vaso y yo levanté el mío.
El ensayo del jueves tuvo la cantidad de caos necesaria para quitarle solemnidad: Julia llegó tarde, Marco olvidó los votos y la niña de las arras se negó a caminar sin su muñeca.
Mi padre se conectó por videollamada para ver el recorrido que haría al día siguiente de su llegada.
Nos enseñó su corbata y oímos a mi madre calificarla de «atentado» desde algún lugar de casa.
Después el oficiante tuvo que marcharse y Julia y Marco salieron a recibir a unos familiares.
—Necesito probar la entrada —dije.
—Hazlo con Álex —propuso Nerea.
La miré.
—No.
—Necesito dos personas.
—Coge a Dani.
—Ha ido al aeropuerto a por un primo.
Pilar apareció.
—Yo puedo hacer de novia.
—Abuela —dijo Álex.
—Tengo experiencia.
—Dos bodas —añadió Elena.
—Y sobreviví a las dos.
Me tapé la cara.
—Álex. Ven.
Se colocó a mi lado en el inicio del pasillo.
—Esto es mala idea —murmuró.
—Caminas hasta el arco. No te estoy pidiendo hijos.
—Qué alivio.
—Brazo.
Me ofreció el suyo, lo agarré y Nerea puso música.
—Despacio —dije—. La novia tendrá vestido.
—Tú también llevas vestido.
—Este me deja moverme.
—Lo recuerdo.
Lo miré.
—Comportamiento.
—Perdón.
Caminamos. La gente alrededor estaba ocupada en otras cosas. A mí me pareció que todos miraban. Álex bajó la voz.
—Estás tensa.
—Estoy calculando tiempos.
—Mentirosa.
—Tú también.
—Sí.
Llegamos al arco.
—Veintisiete segundos —dijo Nerea.
—Necesitamos treinta y cinco.
—Más despacio.
Repetimos la entrada con un ritmo más lento. En el segundo intento, Álex apretó mi brazo contra el suyo. Yo no me aparté.
—Treinta y cuatro —anunció Nerea—. Perfecto.
Solté el brazo de Álex y fui a buscar la cinta con la que marcaríamos el ritmo de la entrada. Pilar habló desde una silla.
—Si acabáis casándoos vosotros, al menos el ensayo ya lo tenéis.
—Pilar —dije.
—¿Qué? Optimizo.
Álex se echó a reír. Aparté la cinta de sus zapatos para que no tropezara y volví con Nerea a revisar el recorrido.