No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

LO NUESTRO NO ERA NADA

El miércoles hicimos una prueba de iluminación. Álex llegó al hotel a las seis y me ayudó a comprobar los recorridos. Cuando acabamos me preguntó si quería que saliéramos a hablar. Le dije que necesitaba terminar unas cosas. Ninguna era urgente.

El jueves la empresa de la obra confirmó que entregaría el salón tres días antes de la boda. Vicente lo celebró y yo mantuve el montaje exterior. En la hoja de trabajo anoté la fecha de entrega. El dieciséis de septiembre llevaba dos días apuntado en un margen de mi libreta.

El viernes salí con Julia y sus amigas. Había pedido una despedida pequeña, una cena y luego bailar, y le prohibí acercarse a ningún asunto que incluyera la palabra presupuesto. Después de verme consultar el móvil durante media cena, Nerea me pidió que se lo dejara en su bolso.

Lo recuperé a las dos de la mañana para llamar a Álex desde la calle. Contestó casi enseguida.

—¿Ha pasado algo?

—Estoy en la despedida. Quería oírte.

Oí que cerraba una puerta y bajaba la voz.

—Me alegro de que hayas llamado. ¿Estás bien?

—He tomado dos copas y estoy apoyada en una pared que necesita una buena limpieza. En una escala general, bastante bien.

Se rio. Yo miré la mancha que acababa de dejarme en el hombro.

—¿Quieres ir a Rotterdam? —pregunté.

Álex tardó en responder.

—Sí. Tengo muchas ganas de hacer el programa. Pero también quiero verte y llevo dos días sin saber cómo acercarme a ti.

—Te he pedido tiempo y luego he hecho como si fueras tú el que no quería hablar. Lo siento.

—Podemos quedar mañana, sin trabajo por medio. Ni copas.

—Ni mi hermana vestida de novia entrando a preguntar si se le ve el sujetador.

—Eso ya reduce mucho los sitios.

Me hizo reír otra vez. Quedamos en la cala cercana al hotel, y cuando volví al local Nerea me dio un vaso de agua y señaló a Julia, que necesitaba un testigo de que había ganado una competición de baile.

El sábado bajé a la cala con las sandalias en la mano. Álex estaba sentado en una roca, lejos del grupo de gente que se bañaba. Me dejó sitio a su lado y puso entre los dos la botella de agua que había traído.

—El martes termina el plazo —dijo—. Quería decírtelo antes de mandar nada.

Asentí. Llevaba toda la mañana preparando frases y solo me salía preguntar por plazos.

—Lo del hotel quedará terminado. Mi padre estará con Marco. Y tú…

—Yo seguiré en Madrid. Eso lo sé. Lo que no sé es qué quieres que hagamos.

Álex apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Seguir viéndonos. Buscar fines de semana. Un año pasa.

—También pasaron estos meses y no fuimos capaces de hablar de una solicitud que tenías hecha desde febrero.

—Tendría que habértelo contado antes.

—Y yo tendría que haber dejado de bromear cada vez que me preguntabas qué quería. No estoy intentando echarte la culpa. Pero no me sirve que hagamos lo mismo por teléfono.

Se quitó las gafas de sol y las dejó junto a la botella. Tenía una marca roja a cada lado de la nariz. Me fijé en eso para no ponerme a llorar demasiado pronto.

—¿Qué sería distinto? —preguntó.

—Poder decirte que te echo de menos sin pensar que estoy pidiendo algo que no me corresponde. Que si voy a verte sea porque queremos estar juntos. No quiero pasarme un año intentando parecer una mujer a la que no le importa si llamas.

—Nunca te he pedido eso.

—Ya lo hago yo sola. Y me está saliendo fatal.

Álex estiró una mano hacia la mía. Se la dejé coger. Esperé que me dijera que quería lo mismo, que podíamos empezar admitiendo aquello. En cambio, me habló de lo difícil que sería organizar los viajes hasta conocer sus horarios.

—Los horarios podemos mirarlos luego —lo interrumpí—. Ahora te estoy preguntando por nosotros.

Se quedó un rato sin contestar.

—No sé prometerte que voy a saber hacerlo bien. Con Laura también pensé que podría.

—No te estoy pidiendo una garantía.

—Ya lo sé, Claudia. Pero oigo todas estas cosas y empiezo a imaginar que voy a fallarte, que cada vez que no pueda viajar tendremos una discusión. Y me dan ganas de decir que sigamos como estamos hasta que sepamos más.

Me soltó la mano para pasársela por el pelo. Yo cerré los dedos sobre la roca, donde aún quedaba el calor de su palma.

—Yo no puedo seguir como estamos. Anoche me pasé media cena pendiente de si habías escrito y fingiendo que miraba el correo. Me gusta estar contigo. Mucho. Me he empeñado en que fuera sencillo y ya ni siquiera lo estoy disfrutando.

—¿Quieres dejar de vernos?

—Quiero dejar el acuerdo. No voy a acostarme contigo y después preguntarme qué derecho tengo a pedirte que te quedes a desayunar.

Lo dije mirando sus gafas. Álex las recogió y se las guardó en el bolsillo.

—No quiero perderte —dijo—. Pero tampoco quiero contestarte algo ahora solo por miedo a que te vayas.

Aquello dolió. Agradecí que no intentara arreglarlo con un beso, aunque era lo que llevaba un rato deseando.

—Necesito que nos demos un poco de espacio.

—¿Hasta cuándo?

—No lo sé. Durante la boda tendremos que vernos. Podemos hacerlo sin meter a nadie más en esto.

Álex se levantó y se sacudió la arena del pantalón. Me preguntó si prefería volver sola al hotel.

—Sí. Voy a quedarme un rato.

Dejó la botella a mi lado y empezó a subir por el camino. Lo vi detenerse para dejar pasar a una familia cargada con una sombrilla. Cuando pude beber sin que me temblara la boca, recogí las sandalias y guardé la botella en el bolso. Todavía estaba casi llena.

Los días que siguieron a la conversación en la cala se llenaron de trabajo. Yo lo agradecí, aunque cualquier rato libre me bastaba para volver a pensar en lo que habíamos dicho.

Nerea regresó el domingo a la oficina de Madrid y yo me quedé en Cala Serena. Álex respetó la distancia. Cuando nos cruzábamos, preguntábamos por técnicos, cajas o llaves.

El martes Álex me avisó de que el técnico llegaría a las diez y me preguntó por el proyector de Marco. Le indiqué el almacén y seguí contando los manteles. Éramos educados, eficientes y bastante gilipollas.

Julia entró al poco en el comedor secundario. Para entonces yo ya había perdido la cuenta.

—¿Habéis discutido? —preguntó mi hermana.

—Estoy contando, Julia.

Cogió el mantel que yo tenía en las manos y lo dobló antes de devolvérmelo.

—Marco tiene órdenes de no meterse, pero yo soy tu hermana. No me tienes que contar nada. Solo dime si puedo ayudarte.

—Puedes dejar de preguntarme si estoy bien como si estuviera a punto de partirme.

—De acuerdo.

Se quedó conmigo, doblando. Al tercer mantel me rendí.

—Álex se va un año a Rotterdam.

—Marco me lo contó ayer —respondió—. Pensaba que ya lo habíais hablado.

—Estamos intentándolo. Quiere ir y yo quiero que vaya si le hace ilusión. Hasta ahí lo tenemos clarísimo.

—¿Y después?

—Después nos hemos hecho un lío bastante grande.

Julia dejó otro mantel en la pila y me pasó el brazo por los hombros.

—No sé qué decirte, Clau.

—Gracias por no improvisar un discurso. Hoy no podría soportarlo.

Me abrazó un poco más fuerte y yo apoyé la cabeza contra la suya.

Al apartarse miró el número que yo había escrito en una etiqueta.

—Vas a tener que cambiar eso.

—¿Por qué?

—No pongas esa cara de asesina. Es un cambio pequeño.

—Llevo casi cuatro meses organizando tu boda para ciento cuarenta y seis personas. Define pequeño.

—Ciento cuarenta y cuatro. Nuestros primos no vienen.

—¿Qué?

—Te lo iba a decir.

—Julia.

—Luego.

Cerré los ojos.

—Te voy a matar.

—¿Ves? Esto sí sabes resolverlo.

Se fue riendo y yo me quedé con los manteles, actualizando las mesas para ciento cuarenta y cuatro comensales, incluidos los novios. Los números, al menos, aceptaban una corrección sin ponerse sentimentales. Esa tarde, Álex llegó con Dani. Necesitaban mover varias cajas de sonido. Dani me saludó.

—Hola, Claudia. Vengo a cargar, que quede claro. Yo no sé nada.

—¿Por qué todo el mundo siente necesidad de aclararlo?

—Porque me han amenazado.

Álex negó con la cabeza.

—No lo he amenazado.

—Me has dicho «ni se te ocurra decir una gilipollez».

—Eso es prevención.

Dani cogió una caja.

—Me voy.

Yo sonreí y Álex se quedó delante.

—Julia y Marco saben lo que pasa —dijo Álex—. Mi madre, seguramente también.

—Tu madre sabía antes que nosotros. El secretismo ha funcionado genial.

Se le escapó una risa y yo tuve que apartar la vista para no seguir mirándolo como una idiota.

—No quiero que la boda sea incómoda —le dije.

—Lo intentaremos. Y si necesitas que me encargue de algo, pídemelo. No hace falta que mandes a mi hermano a por mí.

—Me parecía más fácil.

—Para Marco no. Ayer lo tuve media hora buscando una extensión que estaba aquí.

Sonreí y le señalé el cable que colgaba detrás de la puerta.

—La próxima vez te lo digo yo.

Nos miramos y tuve ganas de tocarlo, pero mantuve las manos ocupadas con la carpeta mientras Álex recogía la última caja.

—Me voy a Rotterdam el dieciséis.

—¿Has aceptado?

—Esta mañana.

El golpe fue más pequeño y más limpio que el del correo, pero llegó igual.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—Te lo mereces.

—Eso dice Dani.

—Dani sabe cosas.

—Algunas.

Se alejó. Marco me encontró esa tarde en el almacén.

—¿Puedo hablar contigo de algo que no sean sillas? —preguntó Marco.

Me senté sobre una caja y le hice sitio. Se quedó de pie.

—Álex está hecho polvo. Ya sé que eso no te sirve de mucho, pero no quería que pensaras que se ha quedado tan tranquilo.

—No lo pienso. Y no quiero que vengas a convencerme de nada.

—Bien, porque tampoco sabría por dónde empezar. Solo quería que supieras que la plaza la pidió en febrero.

—Lo sé.

—Y que cuando recibió la confirmación estuvo dos días pensando en rechazarla.

Le pregunté si su hermano le había pedido consejo. Marco asintió.

—Le dije que hablara contigo antes de tomar una decisión que después pudiera echarte en cara. Ni siquiera sabías que estaba pensando en rechazarla.

—No. Y me alegro de que no lo haya hecho.

—Pues eso sí estaría bien que se lo dijeras tú.

Me quedé mirando mis manos. Marco se apoyó en el borde de una estantería antes de seguir.

—Julia y yo vivimos seis meses entre Madrid y Alicante al principio.

—No es Rotterdam.

—No. Pero aprendimos que contar viajes como sacrificios es una forma estupenda de cargarse una relación.

Lo miré.

—¿Álex te ha contado lo de Laura?

—Soy su hermano.

—Todo el mundo sabe demasiado.

—Somos familia. Es nuestro peor defecto.

Sonreí.

—Gracias.

—No he hecho nada.

—Has venido sin decirme qué tengo que hacer.

—Aprendo de Julia.

Me quedé mirando la caja donde Álex había dejado enrollada la extensión. Por la tarde le había dicho que se merecía la plaza. Ahora quería asegurarme de que no lo había oído como una frase de compromiso.

Esa noche intenté leer un correo en la cama y acabé llorando con el portátil abierto sobre las rodillas. Llamé a Nerea. Me escuchó un rato y, cuando empecé a explicar que aquello no encajaba con la vida que siempre había defendido, me interrumpió.

—Claudia, estás echando de menos a una persona. No tienes que dimitir de nada.

Me soné la nariz en un pañuelo que ya había usado.

—Lo dices como si fuera sencillo.

—No. Lo digo porque te estás preparando una discusión conmigo para no tenerla con él.

Me molestó que acertara. Le pregunté si creía que todavía tenía sentido hablar.

—Yo no estoy en vuestra relación. Pero llevas diez minutos diciéndome cosas que podrías decirle a Álex.

Después hablamos de un cliente que había llamado a la oficina y de las últimas confirmaciones de la boda. Cuando colgué, abrí la conversación con Álex. Escribí que me alegraba de que hubiera aceptado y que lo decía de verdad. Dejé el móvil en la mesilla sin esperar a que apareciera su respuesta.