No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

UN CORREO QUE NO ERA PARA MÍ

El martes estaba en el despacho pequeño del hotel imprimiendo las listas de habitaciones cuando Álex entró con su portátil.

—¿Puedo usar la impresora?

—Si consigues que no mastique papel.

—Gran recomendación.

—La bandeja dos funciona mejor.

Dejó el ordenador sobre la mesa y abrió el correo. Yo seguí con lo mío.

—¿Cuántas copias? —pregunté.

—Dos.

—Mándamelo y lo imprimo desde aquí.

—Te lo envío.

Buscó el archivo con la pantalla orientada hacia mí. Yo atendía a mis papeles cuando apareció una notificación del programa de formación y coordinación de emergencias.

«Confirmación de plaza. Rotterdam. Incorporación: 16 de septiembre.»

Los dos nos quedamos quietos hasta que la notificación desapareció de la esquina de la pantalla.

—Claudia…

—Te han cogido.

—Parece que sí.

—Enhorabuena.

Me salió una felicitación demasiado formal. Tenía ganas de abrazarlo y sabía que, en cuanto lo hiciera, tendría que pedirle que habláramos de septiembre. Álex bajó la pantalla del portátil.

—Acaba de llegar.

—Ya. Se te ha notado en la cara.

—Quería contártelo si…

—Álex, no tienes que justificarte.

—Déjame hablar.

—Tengo que imprimir ciento cuarenta y seis tarjetas.

—Pueden esperar cinco minutos.

—No quiero hablar ahora.

—¿Por qué?

Lo miré.

—Porque faltan once días para la boda. Tengo una empresa, tu familia tiene una obra abierta y mi hermana me llama cada tres horas para preguntar si debería llevar un segundo par de zapatos. Si hablamos ahora, voy a mezclarlo todo.

—No quiero que lo mezcles.

—Entonces dame tiempo.

Álex asintió.

—Vale.

Cogió el portátil.

—Te mando el archivo luego.

—Sí.

Se fue y me quedé sola. La impresora eligió ese momento para hacer un ruido horrible y atascar el papel.

—Perfecto.

Abrí la bandeja de la impresora con más fuerza de la necesaria. Saqué una hoja rota, la alisé sobre la mesa y la rompí otra vez al intentar despegarla de la siguiente. Acabé dejando las tarjetas para después de comer.

Cuando Nerea llegó por la tarde me encontró en el almacén, rodeada de cajas de velas. Le conté lo del correo y se sentó en una caja que crujió bajo su peso.

—Joder, hasta los muebles quieren que me ponga a dieta. ¿Has hablado con él?

—Le he dicho que no podía. Me he refugiado detrás de ciento cuarenta y seis tarjetas.

—¿Y te han defendido bien?

Le enseñé la papelera. Nerea acercó una caja para que yo también pudiera sentarme.

—No puedo pedirle que se quede —dije.

—Puedes decirle que te importa que se vaya. Son cosas distintas.

Me froté una mancha de tinta que tenía en el pulgar.

—Habíamos quedado en que esto no era una relación.

—Cogiste un tren para estar con él cuando su padre acabó en urgencias. Hablas con él casi todos los días y le has dejado ropa en casa. Llámalo asociación temporal de genitales, si te ayuda, pero yo ya no entiendo el reglamento.

Me reí y enseguida se me aguaron los ojos. Nerea me tendió un pañuelo sin comentar nada.

—No sé qué quiero pedirle.

—Empieza por ahí. Pero díselo a él, que yo solo voy a poder abrazarte y quedarme pensando que igual debería haber cerrado la boca.

La abracé antes de que se levantara. Después cargamos una de las cajas de velas entre las dos y la llevamos a recepción, donde Nerea tenía que recoger las listas. Era una tarea que podía terminar sin tener que decidir nada sobre el hombre que se marchaba en septiembre.

Pasé el resto de la tarde funcionando por pura inercia entre correos, cambios de mesa, una llamada al DJ y otra revisión del plan de alergias. A las siete, Julia me preguntó si me encontraba bien.

—¿Has dormido? Tienes cara de llevar tres días dentro de ese ordenador.

—He dormido poco. En cuanto acabe esto salgo a dar una vuelta.

Julia dejó un vaso de agua junto al portátil y se quedó mirándome hasta que bebí.

Preferí no contárselo. La boda estaba demasiado cerca para convertir la noticia de Álex en otro asunto familiar que gestionar.

En recepción vi a Álex hablando con Marco.

Levantó la cabeza, pero yo ya llevaba el móvil junto a la oreja y seguí hacia la terraza.

El proveedor al que estaba llamando no contestó.

Guardé el teléfono y me quedé fuera un rato.

Aquella noche Álex volvió a Valencia para su turno y yo trabajé hasta tarde. A las doce me escribió.

«¿Estás despierta?»

«Sí.»

«¿Puedo llamarte?»

Miré la pantalla.

«Mañana.»

Respondió con un «Vale». Dejé el móvil boca abajo y seguí un rato con las tarjetas. Al final tuve que apartarlas porque llevaba diez minutos imprimiendo dos veces los mismos nombres.