No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

LA BODA QUE CASI NO CABE

Dos semanas antes de la boda, la terraza estaba llena de mesas vacías. Yo estaba de pie encima de una silla.

—Treinta centímetros a la izquierda.

Berta movió una mesa.

—¿Así?

—Un poco más.

—Como me digas otro poco, te la tiro al mar.

—Quince centímetros.

—Te odio.

—Ponte a la cola.

La estructura blanca cubría la terraza sin convertirla en una carpa de feria.

Doce módulos rectangulares formaban tres mesas imperiales largas.

Los otros seis quedaban separados para los grupos pequeños.

Habíamos mantenido el margen que necesitábamos para los últimos cambios de invitados y para los pasillos de servicio.

Las guirnaldas atravesaban el techo y las buganvillas se veían por los laterales.

El salón seguía en obras, pero ya no condicionaba el evento. En las tres semanas transcurridas desde la avería habíamos rehecho el montaje y contratado lo necesario para celebrarlo fuera.

—Prueba de paso —dije.

Elena apareció con una bandeja y me cortó el paso hacia el jardín.

—Antes de otra prueba, desayunad. Hay bollos para todos.

Álex llegó con dos operarios.

—La barra auxiliar cabe. La hemos montado.

—Voy a verla.

Elena mantuvo la bandeja delante de mí.

—Como dueña del hotel y suegra provisional, te ordeno que cojas uno.

Berta soltó una carcajada. Álex se tapó la boca sin ayudar absolutamente nada.

—Perdón —dijo Elena—. Quería decir la madre del novio.

La mujer se fue con una sonrisa demasiado inocente. Miré a Álex.

—Tu madre sabe algo.

—Mi madre sabe todo.

—¿Se lo has dicho?

—No.

—Entonces.

—Nos vio salir medio desnudos de un almacén.

—No estábamos medio desnudos.

—Yo sí.

—Porque te quitaste la camiseta.

—Porque hacía calor.

—No vuelvas a usar esa mentira.

—Me estás desmontando todas las excusas.

Berta nos miró.

—Yo me voy a comer.

—Buena idea —dije.

Cuando se alejó, Álex se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Estás acelerada.

—Faltan catorce días.

—Y está casi todo.

—«Casi» es una palabra ofensiva.

—Tu empresa se llama Casi Perfecto.

—Eso es marketing .

Fuimos al jardín. La ceremonia había quedado mejor que en el primer diseño. En lugar de colocar el arco delante de la terraza, lo habíamos orientado hacia el mar. Los invitados tendrían sombra durante buena parte del acto y el sonido llegaba mejor. Álex se sentó en una de las sillas.

—Ven.

—Estoy trabajando.

—Treinta segundos.

Me senté a su lado y durante medio minuto miramos el espacio vacío que, en dos semanas, estaría lleno de gente.

—Va a quedar muy bien —dijo.

—Sí.

—Habéis hecho un trabajo increíble —dijo.

—Puedes decírselo a Berta antes de que te mande llevar otra mesa.

—También te tocaba escucharlo a ti.

Me quedé un instante mirando el arco antes de contestar.

—Gracias.

Se inclinó y me besó la sien.

—¿Sigues pensando que soy prescindible?

—Profesionalmente, sí.

—Me duele.

—Personalmente…

Se quedó esperando.

—Eres bastante útil.

—Qué declaración.

—No abuses.

Nos levantamos cuando Julia llegó con una caja de invitaciones sobrantes.

—¿Qué hago con las cincuenta invitaciones que han sobrado? —preguntó Julia.

—Guarda una de recuerdo y tira las demás.

—Qué sentimental.

Se sentó en una silla y me observó trabajar.

—¿Estás feliz?

—¿Con qué?

—En general.

—Qué pregunta tan grande para las once.

—Contesta.

Medí el espacio entre dos mesas.

—Sí.

—¿Por la boda?

—También.

—¿Por Álex?

La cinta métrica se me escapó.

—No sé de qué hablas.

—Marco sabe.

La miré.

—¿Marco te ha contado?

—No. Marco es pésimo ocultando que sabe algo.

—Julia.

—No me importa.

—No hay nada que te tenga que importar.

—Claudia.

—De verdad.

Mi hermana se levantó.

—Solo quiero que no hagas una de tus cosas.

—¿Qué cosas?

—Decidir que algo no te importa porque te da miedo que importe.

Me quedé quieta.

—¿Desde cuándo me analizas?

—Desde siempre. Soy tu hermana.

—Ve a elegir servilletas.

—Ya están elegidas.

—Pues vuelve a elegirlas.

Se echó a reír. Antes de marcharse, me besó la mejilla.

—Te quiero.

—Yo también.

—Y Álex me cae bien.

—Fuera.

—Ya voy.

La vi alejarse. Cada persona de mi vida parecía haberse puesto de acuerdo para complicar mi magnífica estrategia de no pensar. A media tarde apareció Inés sin avisar. La recibí en la puerta de la terraza.

—He tenido una reunión en Alicante y he aprovechado para pasarme —explicó—. Quería ver cómo lleváis los cambios.

Le enseñé todo con la misma transparencia con la que habíamos trabajado: qué había fallado, qué descartamos y qué riesgos seguían abiertos. Se detuvo en la terraza.

—Esto no estaba en el plan inicial.

—No.

—Mejor.

Sonreí.

—También lo creo.

—¿Y si llueve?

Le mostré los cierres laterales y la tarima. Después fuimos a las dos salas de reuniones, ya comunicadas, donde el técnico había validado la distribución de la ceremonia y la alternativa del baile. Le enseñé la hoja de montaje que usaría el equipo si cambiaba el tiempo.

—¿Y el salón?

—Si llega a tiempo, se usará como apoyo y zona tranquila. No dependemos de él.

Inés asintió.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas nota?

—Un poco.

—El treinta hablamos.

Se fue y yo me quedé con ganas de perseguirla por el aparcamiento justo cuando llamó Nerea.

—¿Qué ha dicho?

—«Bien».

—Eso es bueno.

—También me dice bien el mecánico después de cobrarme.

—No compares.

—Necesito certezas.

—No existen.

—Te has puesto profunda.

—He comido.

A las siete, la empresa de sonido hizo la prueba. La música llenó el jardín. Julia y Marco llegaron. Mi hermana se quedó parada.

—Claudia.

—¿Qué?

—Es precioso.

La miré. Tenía lágrimas.

—No llores.

—Estoy emocionada.

—Pues emociónate sin arruinar el maquillaje de prueba.

Me abrazó.

—Pensé que no saldría.

—Yo también.

Se apartó.

—Mentira.

—Unas cuatro veces.

Marco se acercó a Álex. Se dijeron algo que no escuché. Después Marco me abrazó también.

—Gracias.

—Todavía no.

—Va a salir.

—No digas eso. Me da mala suerte.

—Eres supersticiosa.

—Soy profesional. Es distinto.

Álex se quedó detrás. Cuando los demás se fueron a revisar habitaciones, se acercó.

—Marco sabe lo nuestro.

Me giré.

—¿Qué?

—Se lo conté después de lo del hospital.

—¿Por qué?

—Es mi hermano.

—Habíamos dicho que nadie.

—Lo sé. Me preguntó directamente y preferí decírselo. Tendría que habértelo contado a ti también.

—Álex.

—No le he dado detalles. Solo le dije que nos estábamos viendo.

Me molestó lo suficiente para que se notara en mi cara.

—Podrías habérmelo dicho.

—Sí.

—¿Y qué dijo?

—Que eres demasiado lista para mí.

—Tu hermano me cae fenomenal.

—Y que no la cague.

—Me cae mejor.

Álex sonrió.

—Perdón por no contártelo.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—Sí. Pero no más secretos raros.

Su sonrisa se apagó apenas. Otra vez.

—¿Qué?

—Nada.

—Álex.

—No es un secreto.

—¿Qué no lo es?

Se pasó una mano por el pelo.

—Lo hablamos luego.

—No. Ahora.

—Estoy esperando una respuesta del programa de formación.

—Eso ya lo sé.

—Retrasaron la resolución de julio. Puede llegar estos días.

—Vale.

—Si me cogen, tendré que decidir rápido.

Sentí un pequeño golpe en el estómago.

—¿Dónde?

—No lo sé todavía. Bruselas, Rotterdam o Copenhague son las plazas principales.

—¿Un año entero?

—Sí.

Lo miré.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

—Ahora.

—Llevas días diciéndome que hay algo que no sabes. Tendríamos que haber hablado de esto con calma.

—Claudia…

—No. Está bien.

—No parece.

—Es trabajo. Lo pediste antes.

—Sí.

—Entonces ya hablaremos si te cogen.

Álex me tocó el brazo.

—No quiero que pienses…

—No pienso nada.

Me odié en cuanto me escuché. Claro que pensaba en aquello, y bastante, pero faltaban dos semanas para la boda y Álex ni siquiera tenía respuesta.

Volví a las mesas porque allí sí sabía qué hacer.

Me pidió que retomáramos la conversación en cuanto hubiera una respuesta.

Asentí sin saber qué me parecería mejor que le dijeran.