No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

NO ME MIRES ASÍ

A mediados de agosto, la solución para la boda empezó a parecer un plan de verdad.

Teníamos reservada la estructura, la tarima se nivelaría en dos zonas, catering había rediseñado las rutas y la iluminación estaba cerrada.

Julia había dejado de preguntar si debíamos cancelar.

Yo, en cambio, llevaba una semana evitando una conversación con Álex y no estaba especialmente orgullosa de mi eficacia para hacerlo.

El martes tuve que sentarme con Nerea y admitir que llevaba dos días sin devolver la llamada de otra clienta. Era una celebración en Segovia, de las que pagaban el alquiler de la oficina, y yo había conseguido tratarla como un asunto secundario porque no se casaba nadie de mi familia.

Nerea me enseñó el historial de correos por videollamada.

—Yo puedo contestar, pero has quedado con ella en que le explicarías tú el cambio de montaje.

—Lo hago ahora.

—Ahora tiene reunión. Te espera a las seis.

Miré la hora y empecé a hablar de todo lo que había pasado en Cala Serena. Nerea me dejó terminar.

—Lo sé. He estado allí. Pero a ella no le sirve que el hotel de Julia tenga una avería.

Me sentó mal oírlo. También me evitó hacer una llamada bastante peor.

Busqué una habitación vacía para conectarme sin que nadie entrara a preguntar por sillas.

La clienta tenía delante nuestra propuesta y tres preguntas que seguían sin respuesta.

Le pedí disculpas por la demora, le expliqué las diferencias entre los dos montajes y acordamos lo que necesitaba decidir antes del viernes.

Tardamos veinticinco minutos. Llevaba casi una hora preparando excusas para una conversación que se resolvía trabajando.

Al colgar llamé a Nerea.

—No nos ha despedido.

—Ya verás cuando llegue la factura —dijo, y la oí cerrar un cajón.

—Lo siento. Te estoy dejando demasiadas cosas.

—Me estás dejando algunas y duplicando otras. Ayer llamaste a la empresa de estructuras después de que yo hubiera cerrado con ellos. El chico me preguntó quién mandaba.

Me quedé callada. Había hecho aquella llamada desde el coche, convencida de estar ayudando.

—Las dos —respondí al final.

—Pues habrá que empezar a parecerlo.

Repartimos la semana por tareas. Yo conservaría Cala Serena y dos clientes concretos.

Nerea decidiría los cambios de los demás sin esperar mi aprobación para cada paso.

El viernes tendría en el hotel a una coordinadora de refuerzo durante unas horas, pagada con la ampliación de presupuesto, para que pudiera ponerme al día con Madrid.

Apunté los nombres junto a cada responsabilidad. Cuando acabamos, Nerea volvió al tono de siempre.

—Ahora puedes salir a buscar a Álex sin fingir que estás inspeccionando un enchufe.

—No he preguntado por Álex.

—Por eso te lo digo. Llevas media conversación haciéndote la digna con él y la imprescindible conmigo.

Aquella sí me hizo reír. Cerré el portátil y llamé a Berta para decirle que la reunión del día siguiente la llevaba Nerea. No añadí ninguna instrucción más.

El viernes llegamos al hotel después de revisar una empresa de alquiler de sonido. Yo estaba cansada, sudada y con ganas de quitarme los zapatos. Subí con Álex a su habitación para recoger una carpeta que había dejado allí.

—Aquí tienes las potencias y las conexiones —dijo, tendiéndomela.

—Gracias. Te dejo descansar.

—Claudia, espera. Llevas una semana contestándome como una compañía telefónica.

—He tenido mucho trabajo.

—Lo sé. Pero tampoco sé si quieres que te deje tranquila.

La carpeta tenía una esquina doblada y me entretuve alisándola.

—No quiero que me dejes tranquila. Estoy intentando no hacer una tontería.

Álex esperó sin completar la frase por mí. Dejé los papeles sobre la mesa y cerré la puerta.

—Ven aquí.

Se acercó y lo besé. Me respondió y yo lo llevé hacia la cama agarrándolo de la camisa.

—¿Esto es para evitar hablar? —preguntó.

—También tengo ganas de estar contigo.

—Eso me sirve bastante más.

Le quité la camisa.

—Hoy mando yo.

Levantó las manos.

—No pienso discutir.

—Perfecto.

Lo hice sentarse y me quité el vestido delante de él con toda la calma que me apeteció. Álex me miraba sin sonreír y me gustó verlo esperar.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si fueras a decir algo.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Mejor.

Me acerqué, lo besé y le quité el cinturón. Esta vez teníamos tiempo, una cama decente y ninguna pared incómoda. Quería disfrutar a mi manera y Álex entendió enseguida que su mejor opción era dejarme marcar el ritmo. Cuando intentó tocarme, aparté su mano.

—Todavía no.

—Vale.

—¿Te molesta?

—En absoluto.

Me arrodillé y lo oí maldecir en voz baja, lo bastante para hacerme sonreír.

—Puedes quejarte —le dije.

—De momento no tengo motivos.

Continué. Cuando estuvo cerca, paré. Álex abrió los ojos.

—Vas a acabar conmigo —dijo.

—No exageres, que estabas muy hablador hace un momento.

Álex se echó a reír y me pidió que siguiera. Me levanté para coger un preservativo del neceser y se lo di. Esperé a que se lo pusiera.

—Eres mala persona —añadió.

—Puedes presentar una queja por escrito mañana.

Me senté sobre él.

—Ahora puedes tocar.

—Gracias, señora.

—No seas idiota.

Sus manos fueron a mis caderas. Yo marqué el ritmo. Lo miré.

—¿Bien?

—Como pares otra vez, denuncio.

Me reí y seguí. El sexo empezó lento y acabó bastante más desordenado: estuve encima, luego de lado y al final él detrás de mí, con mis manos guiando las suyas. Cuando terminé, me quedé tumbada boca abajo y Álex se dejó caer a mi lado.

—Estoy agotado.

—Pobre.

—Has intentado matarme.

—Eres bombero. Deberías tener resistencia.

—No entrenamos esto.

—Deberíais.

Se levantó para tirar el preservativo. Volvió. Yo seguía sin moverme. Se tumbó de lado y me acarició la espalda.

—Ahora hablamos.

—Qué manía.

—Has empezado tú.

Giré la cabeza.

—No sé qué quieres que diga.

—Que esto ya no es solo follar.

—Lo sé.

La frase salió antes de que pudiera protegerla con un chiste. Álex tardó en contestar.

—Me alegra oírtelo decir.

—No te acostumbres a que te lo ponga fácil.

Se rio. Me giré hacia él.

—No quiero perder mi vida por una relación.

—Yo tampoco quiero que lo hagas.

—No quiero empezar a pedir permiso para cosas.

—No te lo pediría.

—No quiero que dentro de dos años nadie me diga que debería dejar mi empresa, mudarme, tener hijos o casarme porque es lo que toca.

Álex me miró.

—No quiero decidir esas cosas por ti.

—Ya lo sé.

—Claudia, no tengo un plan para ti.

—Eso no suena romántico.

—Quería que lo supieras.

Me apartó un mechón de pelo de la cara.

—Me gustas. Me gusta estar contigo. Quiero seguir viéndote después de la boda.

Sentí un pequeño vértigo.

—Madrid y Valencia.

—Existen trenes.

—Tienes turnos.

—Tú también trabajas.

—No me voy a mudar.

—No te lo he pedido.

—Y tú tampoco vas a reorganizar tu vida.

Álex dudó un instante y lo vi.

—¿Qué?

—Hay cosas del trabajo que aún no sé.

—¿La formación?

—Sí.

—¿Qué pasa?

Antes de responder cambió de tema hacia octubre, cuando una clienta quería casarse en un hotel de Segovia y Nerea me había enviado el presupuesto. La maniobra fue tan torpe que la dejé pasar solo porque quería escuchar hasta dónde llegaba.

—¿Tienes trabajo todos los fines de semana? —preguntó Álex.

—Casi.

—¿Y vacaciones?

—Palabra ofensiva.

—Podríamos irnos tres días cuando pase agosto.

—¿A dónde?

—Donde quieras.

—No planifiques.

—Solo pregunto.

—Eso empieza así.

—¿Cómo?

—Tres días. Luego una maleta. Luego alguien dice «ya que estamos».

Álex se rio.

—Tienes una relación extraña con las maletas.

—Tú pareces vivir con una preparada.

La sonrisa se le quedó a medias.

—A veces.

—¿Por los turnos?

—Por trabajo.

—Misterioso otra vez.

—No es…

El móvil sonó antes de que pudiera volver al tema. Era el parque: un compañero tenía un problema familiar y necesitaban cubrir parte del turno del domingo. Álex aceptó. Cuando colgó, yo ya recogía el vestido.

—¿Te vas?

—Necesitas dormir.

—Podemos seguir hablando.

—Mañana. Y no te olvides de lo que ibas a contarme.

—No me olvido.

—Promételo.

—Te lo prometo.

Me besó antes de que saliera. Volví a mi habitación con la carpeta. La dejé encima de la maleta y puse el despertador, pero tardé en apagar la lámpara.